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Puesta en escena para obra de teatro "Vida"

>> viernes, 31 de mayo de 2013

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Masterclass con Ramón Salazar

>> miércoles, 29 de mayo de 2013



 
   

    

 
    

    

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"Una sirena en la bañera"

Rotuladores de colores , bolígrafo y típex sobre papel para acuarela

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Retrato de Francis Poulenc

>> martes, 28 de mayo de 2013

Rotulador y acuarela azul sobre papel

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"Pupupidú" ("El difunto es un vivo", Ignacio F. Iquino, 1941)

>> domingo, 26 de mayo de 2013

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LUNA DE HIEL


Se había pasado toda la noche en vela. Ahora, amanecía. Sentada al borde de la cama, los primeros rayos del sol fueron poco a poco iluminando la estancia. Hoy era el gran día, el día de su boda. Sentada al borde de la cama, lucía su salto de cama de forma nada elegante. Le miraba a él, que sonreía estúpidamente con sus ojos cerrados. Aquella noche, la luna había sido testigo de la furia de un par de impacientes que habían sido incapaces de esperar un día más para dar rienda suelta a su deseo. Esta luna, tan redonda y blanca, había permanecido esta vez oculta tras las nubes. Parecía sentir vergüenza de ver algo a sus ojos (a sus cráteres) indigno. Aquella noche debía de haber tenido lugar en la más completa oscuridad, ocultando así a los ojos de todos unos hechos inmorales. Aquella noche tenía que haber sido también sorda, impidiendo así que determinadas cosas hubiesen sido escuchadas. Pero no, aquella noche tuvo que existir, permitiendo así que ciertas personas la ocupasen en divertimentos de lo más impuros. El sol, incluso, como adivinando lo que dentro de un rato iba a suceder, tuvo a bien marcharse antes de tiempo para evitarse este mal trago.
Lo que en aquel dormitorio aconteció, hemos decidido no reproducirlo aquí. Los lectores tienen derecho a no ensuciarse los ojos con una lectura tan innoble.
Hablemos, pues, del presente. De aquel amanecer, de aquella novia que aquella noche padeció de insomnio. De aquel novio con aquella sonrisa estúpida y aquellos ojos cerrados.
Fuera del hotel, comenzaron a escucharse los primeros sonidos del día. Una campana de una iglesia a lo lejos, representando más que nunca la conciencia de los pecadores. Alguien que baja a comprar el periódico y se encuentra con otro que vuelve ya con él. Una gorda que saca a su ridículo caniche (mas, qué culpa tiene el pobre perro de pertenecer a esta raza y de haber sido llevado por su ama a la peluquería para ser sometido a un corte de pelo de estilo tan absurdo). Alguien que enciende su transistor desde su baño para oír las noticias y abre la ventana para que todo el mundo se entere de la línea editorial que le gusta seguir. Un pájaro que se ha aburrido de estar en su nido y sale a picotear algún manjar abandonado en alguna acera.
Ella era la única que no había mostrado actividad desde la noche anterior. Concretamente, desde las dos y media de la madrugada… A no ser que quedarse despierto sea ya una actividad…
Comenzó a sonar el teléfono de la habitación. La primera llamada no la cogió. La segunda se lo pensó. Fue en la tercera cuando descolgó el aparato: “¿Sí? ¿Mi madre? Pásemela… ¡Hola mamá! No, no he dormido nada… No sé, ya veré… Si, a las doce, de acuerdo. Un beso.”
Contestaba casi automáticamente, sin ser consciente de que aquella boda no iba a tener lugar. Colgó y miró a Jacinto. Allí seguía, desnudito y con la colcha de la cama revuelta. La botella de champaña estaba a la mitad, reposando sobre el cubo, caliente y rodeada  por el aguachirri de los hielos derretidos.
Entonces, como tocada por la varita de la responsabilidad, volvió de Saturno a la Tierra y recobró la conciencia perdida. Quizá fue el insistente tañer de la campana de la iglesia en la que supuestamente iba a contraer matrimonio con Jacinto. Ahora fue ella la que decidió llamar. Cogió el listín telefónico, buscó una página, encontró un número y lo marcó. “Hola. Sí… ¿Funeraria “Descanso eterno?” Mi nombre es Anabel Martín y quisiera solicitar sus servicios...”
La muerte no descansa ni en domingo, como tampoco lo hacen las funerarias. Hay que estar siempre dispuesto a atender al prójimo.     
Colgó y contactó con el propio hotel. No quería que le pasasen más llamadas a la habitación.
Treinta años esperando este día y ahora todo se había ido al traste. Se acercó a Jacinto y le miró con ternura: “¡Ay, mi Jacintito! ¡Pero qué travieso has sido siempre!” Se había empeñado en pasarse toda la noche satisfaciendo las necesidades de su cónyuge. Ella, que no sabía decir que no, aceptó como quien decide que le cuenten el “Decamerón” de pe a pa, con hechos y no con teoría.
Él, que había sido siempre muy original, quiso tenerla entretenida en todos los sentidos, y se inventó un sinfín de historias fantásticas para aderezar la velada. Le parecía que dos cuerpos no eran suficientes, que había que disfrazarlos con poética. Pero tanta literatura fue excesiva, y el pobre Jacinto sucumbió en su hazaña. Sucumbió feliz, con las botas puestas.
Mágicamente, ella olvidó el momento en el que se encontraba y comenzó a retroceder en el tiempo. Al fin y al cabo, lo que siempre quedan son los buenos recuerdos. Además, ella nunca quiso casarse. A su memoria vinieron momentos estupendos de su vida, momentos incluso anteriores a Jacinto. Toda su vida se desplegó ante ella recordándole los años que tenía. Poco a poco, dejándose llevar de nuevo por su automatismo, por su inconsciencia, comenzó a vestirse, salió de la habitación, llegó hasta la calle, cogió el coche y se marchó del pueblecito. Y todo esto lo hizo recordando.

La policía la encontró en el pantano que había a tres kilómetros, flotando en el agua con el abrigo puesto mientras cantaba una deliciosa tonadilla gaditana. Anabel nunca volvió a ser la Anabel que todos conocían. Anabel ya no era Anabel, era su propio pasado.

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LO QUE NO SABE UN SECUESTRADOR

>> sábado, 25 de mayo de 2013


Aquel chico que siempre tosía tuvo mala suerte. Lo tenía todo planeado, sabía a quién, cómo y dónde secuestrar a aquella muchacha que nunca había visto reír. Fue a plena luz del día, mientras ella salía de la panadería tras haber comprado una baguette. Como, a pesar de ser secuestrador tenía buena voluntad, aprovechó y compró un poco de fiambre con el que rellenar el pan que ella había comprado para dárselo después convertido en bocadillo. Hasta le quitó la mordaza para que lo pudiera comer.
Al llegar a la casa, una chabola en mitad del bosque, la condujo sin quitarle todavía la venda, para que no supiese dónde se encontraba. Una vez dentro, la ató a una silla y le devolvió la vista. Tenía unos ojos terriblemente bellos, de esos que hacían que un secuestrador enamoradizo se fijase en ellos. “Secuestrada por amor”.

-¿Quién es usted?
-¿Qué importa eso? Dime: ¿Me quieres?
-No sé quién eres.
-¿No te parezco atractivo?
-La primera impresión que tengo de ti no ha sido muy buena, la verdad. Ahora no estoy como para fijarme en bellezas o fealdades…
-No importa. Ya habrá tiempo para que te enamores.

El chico que siempre tosía tuvo muy mala suerte eligiendo a aquel objetivo. Y es que no se puede secuestrar a una secuestradora. Ella también sabía cómo utilizar sus armas… las armas de la belleza. Su plan era siempre el mismo: esperar a que algún incauto se fijara en ella y la secuestrara, para después hacer que cambiasen las tornas y que el secuestrador acabara atado a la silla de la que creía su víctima. Era mucho más sencillo poner un gusano en el anzuelo que salir a pescar sin ningún cebo. Los peces acudían a ella sin necesidad de buscarlos.
La chica que nunca reía solo necesitó de un día y medio para someter al chico que siempre tosía.

-No tosas tanto. Alguien de fuera nos puede oír y venir para ver qué es lo que sucede aquí…
-Si no han venido ya…
-¿A qué te refieres?
-A que toso mucho… y a que estamos en medio de un bosque. Ni un zorro he visto acercarse…
-Cállate.
-¿Te molesta mi voz?
-No. Pero no quiero conocerte, no quiero cogerte cariño. Eso puede ser fatal para mis planes… Yo soy muy empática…

Ella en cierto modo temía a que aquello que él le había dicho se cumpliese: “Ya habrá tiempo para que te enamores”. Aquella frase se podría interpretar también de este modo: “Tarde o temprano te enamorarás.” El roce hace el cariño ¿no?

-Oye, tú… Tienes pinta de enamoradizo…
-Tranquila, no es contagioso…
-¿Ibas a pedir un rescate por mí?
-Yo no quería dinero. Yo te quería a ti. No soy tan materialista…

Aquellas palabras le llegaron muy hondo. No obstante, ella no se iba a dejar engatusar. Los que se enamoran se vuelven idiotas, dijo Bernard Shaw… por poder, se podía enamorar hasta de su tos. Pero aquello no sucedería.

-¿Tienes familia?
-Nada importa ya porque solo pienso en ti…
-No digas tonterías… Oye, necesito dinero, así que más vale que me des el nombre de alguien que te tenga suficiente estima como para darme una suma considerable a cambio de ti…
-No tengo a nadie. Soy un huerfanito…
-Eres un imbécil…
-Llámame lo que quieras. Estoy a tu disposición…
-No me gustan los que se esclavizan por otro…
-¿Y qué es el amor sino eso?
-Algo más loable, sin duda alguna. Algo que yo no conoceré jamás…
-Dame un beso…
-Haré algo mejor. Te pondré la mordaza.


Los días pasaban y ella tenía cada vez menos ganas de seguir con el secuestro. Un día, le liberó. Había comenzado a plantearse su profesión. Se había sentido indigna de ella. Aquel secuestrador tan atípico le había tocado la fibra sensible. A partir de ahora, solo se dedicaría a enamorar a otros y ya está. Nunca más los secuestraría.


A mi amiga Cristina, a la que se le ocurren historias increíbles... como ésta.

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LA CHICA QUE LEÍA “HAMLET” EN UN VAGÓN DE TREN (Microrrelato)


Aquel chico se había puesto extraordinariamente nervioso al sentarse al lado de aquella chica. Tan nervioso que tuvo que sacar su libreta para ponerse a escribir. ¿Y cuál sería el asunto de su texto? Realmente no le apetecía ponerse trascendental en aquellas circunstancias. Solo necesitaba calmar su inquietud con una actividad que lo aislase de aquella realidad. ¿Y si escribiese un poema? Ella podría leerlo de refilón y enamorarse de él. ¿Pero sobre qué versarían sus versos? ¡Qué tontería! Ella ya estaba leyendo. Leía el “Hamlet” de Shakesperare. De hecho, estaba en el tren por el solo motivo de la lectura. Cogía siempre aquella línea, la línea seis circular, que no tenía principio ni fin, en la que podía estarse horas y horas sin que nadie le molestase. Una biblioteca móvil. Muchos no podrían concentrarse entre tanto ajetreo, solo leerían allí para hacer más llevadero su viaje, pero ella encontraba allí aquella calma que le faltaba en otros lugares. Cortázar podría haberle dedicado un cuento, como el de aquel hombre que vivía en el metro de París. Ella estaba tan sola como él, como su compañero de viaje, que bien podría ser también un personaje cortazariano. Los dos estaban solos, pero ni él ni ella querían confesarlo. Quizá fuera por eso, porque eran dos seres idealistas. Al vivir en las nubes, les estaba vedado tocar el suelo y, con ello, entablar una conversación en tales circunstancias. Ambos veían esta posibilidad como algo tan romántico que resultaba imposible de materializarse.
Una voz artificial anunció la parada: “Esperanza”. Como si un titiritero hubiese tirado de la cuerda que movía la cabeza de su títere, ella levantó la cabeza y trató de evitar mirarle. Se levantó y se dirigió hacia la puerta esperando que ésta se abriese. Él dejó de escribir al no esperarse la partida de su amada secreta (o al menos, una partida tan repentina- aunque esto siempre sucede, siempre se nos hacen cortas este tipo de vivencias) y abrió la boca para decir algo. Pero su voz no fue capaz de salir afuera, quedándose dentro resignada.
Miró de nuevo su cuaderno, concretamente los dos únicos versos que había sido capaz de anotar:

“Como un viaje en tren

Donde todo pasa y nada queda…”

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EL TEATRO, PÍLDORA SIN PROSPECTO

>> miércoles, 22 de mayo de 2013

Valle-Inclán entre la multitud

Según Valle-Inclán, el escritor podía escoger entre tres formas de ver a sus personajes a la hora de construirlos: la primera, de rodillas, ensalzándoles a la categoría de héroes (como en el caso de Homero). La segunda, mirándoles de tú a tú, con igualdad. La tercera (la escogida por él), mirándoles desde arriba, en una situación de superioridad. Así, uno no se identificaba con ellos, les observaba como títeres, cosas o animales y no como personajes. Podríamos decir que esta mirada, la valleinclanesca, hablaba de la elaboración de una pieza teatral concebida, más que desde las alturas, desde abajo, desde el patio de butacas. El escritor debía convertirse en espectador para comprender con objetividad lo que estaba escribiendo. El espectador debe de creer que esos personajes existen, que son personas reales. Deben volverse verosímiles. Muchas veces, el dramaturgo cae en el error de dar por sentado que hay elementos de la historia que se entienden, y por eso no los desarrolla suficientemente. Tan metido se encuentra en la historia, tan bien se la conoce, que a veces olvida que el espectador no está dentro de su cabeza y no se la conoce tan bien como él cree. El teatro no es un acto de fe, sino que hay que convencer a quien lo presencia como público. De lo contrario, el programa de mano que se ofrezca a la entrada del teatro con toda la información de la obra, puede convertirse en un prospecto medicinal en el que se indiquen las instrucciones de cómo tragar esa píldora que sería la pieza teatral. Si existen agujeros negros, partes que no se comprenden de la propia obra, y debemos sentirnos obligados a recurrir a explicaciones externas sobre la misma, hay algo que no está funcionando.
Aunque suene un tanto grosero, “en el teatro es más sencillo meter que sacar”. Todo lo que haya en escena tiene que tener un sentido, no se pueden introducir elementos de forma gratuita. En escena, lo que no se ve, no está. No se puede dar nada por sobreentendido. Un personaje será más representativo cuanta más información tenga el espectador de él. La emoción es cosa de información. Como decía Chéjov, cuando en una pared hay un clavo es para que alguien cuelgue un cuadro. Igualmente, si aparece una pistola, debe de dispararse. De Chéjov también era la siguiente frase: “Si un personaje queremos que esté triste, no debe de decir “estoy triste” sino que debemos de ponerlo mirando el reflejo de la luna en el agua”. En este caso, Chéjov hace alusión a la poética, a la forma de contar algo sin necesidad de decirlo explícitamente.

Antón Chéjov

Todos estos consejos no son más que eso, consejos. Oficialidad. Los casos concretos existen para romper las normas, para convertirse en excepciones que ponen en peligro la confirmación de la regla. Sin ir más lejos, Fernán Gómez dijo esto de la norma chejoviana: “Lo siento, Chéjov está equivocado porque, aunque haya un solitario clavo en un decorado, puede que alguien no quiera colgar nada. Cuando un personaje hace algo, no hay que buscarle siempre una explicación, puede que no signifique nada.”
Aristóteles ha sido utilizado siempre a la hora de construir una ficción, se han empleado sus consejos como teoría pura y dura, cuando en realidad la concepción que él tenía de la ficción estaba bastante alejada de tal y como nosotros concebimos este noble arte. Nosotros lo hemos vuelto excesivamente complejo y, en la actualidad, estamos tendiendo a simplificarlo. Nos encontramos retornando a una suerte de orígenes, obligados debido a las complicaciones económicas. Aguzamos el ingenio y retomamos la frase “Menos es más” de Mies Van der Rohe. Poco a poco, nos hemos ido despojando del barroco del teatro, de todos esos adornos que casi pueden constituir un delito dentro de nuestro código de honor. El espectador debe de estar más activo que nunca, ser capaz de imaginar a partir de un cuadrilátero delimitado por cuatro líneas pintadas en el suelo y una silla en su centro, el salón de tronos de un palacio. Si Bresson hablaba del cine como teatro filmado, tal vez el invento del cine n tres dimensiones supusiera para él el descubrimiento, por parte del cineasta, del teatro. Un cine económico o un teatro caro, al fin y al cabo.
El espacio se ha ido desnudando de realidad y de oropel, quedando sobre el escenario los elementos más significativos y simbólicos. Lo abstracto realmente nunca ha existido, puesto que cada vez que alguien ve algo de este tipo siempre trata de traducirlo a imágenes.
Peter Brook hablaba de la posibilidad de establecer un conflicto en escena simplemente colocando a un hombre sentado y a otro de pie, pasando ante él y barriendo el polvo del suelo. A Grotowski le debió de parecer un conflicto demasiado simplificado, y añadió que el hombre que barre, lo hace a sabiendas de que el otro personaje tiene alergia al polvo.
Miguel Delibes decía que, para escribir una novela, solo eran necesarias tres cosas: un personaje, un paisaje y una pasión.
Godard, volviendo a Aristóteles, decía que una historia tenía que tener una introducción, un nudo y un desenlace, sí, aunque no necesariamente en ese orden. Incluso, poniéndose a concretar, afirmaba que para realizar una película sólo eran necesarias una pistola y una chica.
El conflicto lo puede padecer un solo personaje consigo mismo. Un conflicto interior. No obstante, los puntos de vista pueden enriquecer esta sola visión, porque ¿quién nos asegura que este personaje nos está contando su verdad y no nos está mintiendo? El conflicto del personaje le hace avanzar, progresar. El teatro es una sucesión de presentes.

Brecht durante un ensayo

Además del punto de vista del protagonista, aparecerán en escena el de los otros personajes. El saber cómo le ven los demás, nos ayudará a comprenderle todavía mejor. Como decía Brecht, “el personaje es el otro”. Evidentemente, cualquier acción que lleva a cabo el protagonista afectará al resto de personajes y viceversa. Además, que un personaje sea contradictorio no quiere decir que sus acciones sean ilógicas, sino que forman parte de su forma de ser y, por tanto, lo enriquecen. Otra cosa que decía Brecht es que debía de conocerse del personaje no solo las razones de por qué elegía realizar una acción, sino conocer además por qué había decidido no hacer aquella otra que podía haber hecho. No tanto por qué un personaje se va a la derecha, sino porqué no va a la izquierda.
El espectador ha de realizar un auténtico ejercicio de abstracción, pues no es una persona a la que debe de ver, sino a un personaje. Además, no debe de caerle en gracia porque éste sea bondadoso. Debe de quererle porque comprenda los motivos de sus acciones, por muy nefastas que éstas sean.

Hay que hablar constantemente al ojo. El propio Valle Inclán, tiene una serie de piezas breves teatrales que concluyen con acciones físicas. En “La rosa de papel”, el escritor nos propone una situación difícil de llevar a teatro: un hombre que vela el féretro de su mujer, tropieza y hace caer una vela encendida al cadáver, el cuál acaba incendiándose y, con él, prendiéndose fuego toda la casa. Si bien este relato parece más propio del escenario novelesco que del teatral, el espectador se hace una idea de lo importante que es aquello que acontece en las tablas.
Es posible que en algunos casos la acción no tenga lugar en escena, que sea contada por otros personajes. Las razones pueden ser de lo más variopintas: desde la imposibilidad de su representación debido a su complejidad, hasta una intención de evitar escenas de contenido escabroso. No obstante, a veces una descripción exhaustiva y detallada puede resultar peor que la propia imagen de un hecho desagradable pero fugaz. Esconder detrás de una cortina puede ser todavía más perverso, pues lo que hacemos es incentivar a la imaginación, crear en la mente aquello que quiere eludirse de forma visual.
El teatro es una profesión que no está hecha para la posteridad. Es como una estatua de hielo, que acaba desapareciendo sin dejar más huella que la del recuerdo.

Por otro lado, todo aquello que dentro del teatro es propuesto con la intencionalidad de romper con lo convencional, acaba automáticamente convirtiéndose en eso, en convencional. Lo único con lo que todo el mundo estará de acuerdo en cualquier época es que el teatro es una gran mentira que hay que contar maravillosamente.   

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"Idilio conyugal"



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UNA SIRENA EN LA BAÑERA



“Adiós, Max. Me voy a pescar”
Trevor acudió al cuarto de baño con su caña y su cesta con gusanos. Nada podía haberle hecho suponer lo que allí se iba encontrar. Max había aprovechado una de las largas e ininterrumpidas siestas de su amigo para efectuar una llamada telefónica. Cogió uno de aquellos números que publicaba el periódico, el de una tal “Bárbara”. Nada más escuchar la voz femenina al otro lado, habló, y sus instrucciones fueron claras: “Compra un disfraz de sirena y preséntate en la calle Trafalgar Nº 43. Sólo tendrás que meterte en una bañera durante unas horas…”
Max, que solía echarle diariamente a su amigo Trevor todo tipo de peces en la bañera, había recordado que aquel día era el de su cumpleaños, y que merecía una sorpresa. “¿Qué mejor que una sirena?… El pobre está tan solo…”
Trevor salió corriendo del cuarto de baño para avisar a su amigo del feliz hallazgo.
“¡Max, Max! ¡No te lo vas a creer! ¡He pescado a una sirena…!”
Su amigo le dio el siguiente consejo: “Quédate con ella un rato y charlar. A las sirenas hay que tratarlas con cariño, saberlas escuchar… No todos los días se encuentra uno con ellas…”
¡Pobre Trevor! Hacía casi un año que había perdido la razón. Un día se levantó y le dijo a su compañero de piso que el barco en el que viajaban había naufragado en una isla paradisíaca. Estaba realmente excitado: por un lado, le preocupaba la subsistencia de los dos, apartados de toda civilización; por otra parte, había soñado con esta historia desde que era niño y leyó “Robinson Crusoe”. En un principio, Max pensó que se trataba de una broma. Luego, trató de hacerle entrar en razón… y cuando llegó a la conclusión de que sus esfuerzos eran en vano, decidió llevarle la corriente y hacerle sentirse feliz en su mundo imaginario. Pronto comenzaron a cambiar cosas en la casa: la mesa del comedor se convirtió en una improvisada cabaña. Ambos se refugiaban bajo ella cuando creían que iba a ponerse a llover o simplemente cuando querían dormir o comer. Max, que era todo un artista, pintó un fondo de paisaje caribeño, con su cielo rosado, sus palmeras agitándose al viento y su arena lamida por el mar. También compró una serie de discos de efectos sonoros (sonidos de pájaros, oleaje, lluvia, etcétera). De vez en cuando ponía también la “Pastoral” de Beethoven, pero solo en contadas ocasiones.
Trevor trataba de ayudar como podía. Lo que más le gustaba era irse a pescar a ese mar contenido dentro de la bañera del aseo. Max lo llenaba de agua e iba enriqueciéndolo yendo a comprar pescado y marisco, además de aderezar el agua con sal.
Para Trevor, aquel 21 de mayo fue el mejor cumpleaños de su vida… Mejor dicho: fue el mejor día de su vida. Allí estaba, frente a esa Venus rubia que lo observaba embutida en un tosco disfraz.
-         Me llamo Bárbara.
-         No sabía que las sirenas tuviesen nombres propios.
-         Los tenemos, pero las personas no los conocen porque no podemos comunicarnos con ellas… hablamos diferentes idiomas…
-         Lo sé. Algo de eso leí en “La Odisea” de Homero. No obstante, sabéis atraerlas, en concreto sabéis cómo atraer a los hombres hasta vosotros con vuestros bellos cantos…
-         ¿Quieres oírme cantar?
-         No, no quiero. Puedo sentirme irresistiblemente atraído por ti, lo cual no me disgustaría, pero al final acabarías matándome… Lo dice la Historia
-         ¡Eso no son más que cuentos! El tal Homero nunca vió a ninguna sirena. Tú en cambio, eres alguien privilegiado por haberme encontrado. Dime una cosa: ¿vas a pescarme o no?
-         No… Te dejaré en libertad. No quiero que te pongas enferma, que pierdas tu color. Pero prométeme que volverás a verme…
-         Lo prometo… Y ahora… ¿No te apetece meterte conmigo en el agua?
-         Sólo si prometes no hacerme daño…
-         Soy muy cariñosa…
-         Yo también…
Y Trevor se introdujo en aquella diminuta bañera que, milagrosamente, permitía que dos cuerpos convivieran en su interior. La sirena besó a Trevor, y él tiró la caña y la cesta fuera para tener más espacio y poder abrazarla con las manos, ya liberadas.
Aquella tarde, Trevor recuperó la cordura. Aquella tarde, Max se alegró de haber acertado con su regalo de cumpleaños. Aquella tarde, la sirena (Bárbara) no volvió a su casa.

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La marioneta (realizada para la obra teatral "Vida")

>> lunes, 20 de mayo de 2013





Alambre, tela e hilo blanco y acrílico negro


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Escena

>> sábado, 18 de mayo de 2013


El escenario, un taller de pintura en la época del barroco. En el fondo, algunos lienzos en blanco todavía sin empezar y apoyados contra la pared. En el centro de la escena, un caballete puesto de espaldas al público sobre el cual reposa otro lienzo. Alrededor, unas mesas sobre las cuales reposan todo tipo de elementos para la tarea pictórica: tarros conteniendo diversos pigmentos, pinceles, líquidos con los que disolver la pintura, etcétera. En el extremo izquierda, una percha sobre la que cuelga un traje y una peluca de época. En escena, sentado, un hombre ataviado con ropa de faena sostiene una gran paleta en una mano y unos pinceles en la otra. Se encuentra mirando el cuadro que tiene delante. Trata de decidirse a comenzar a pintar, pero cada gesto no es sino un intento frustrado de esta tarea. Un criado ataviado con su uniforme aparece por la izquierda y se queda mirando, durante un tiempo y con curiosidad, al pintor.

CRIADO
¿Qué hace, señor?

PINTOR
(Sin mirarle, irónico) Riego las plantas en el jardín…  ¿A ti que te parece?

CRIADO
Lleva un rato sin hacer nada… por eso se lo digo.

PINTOR
Así que estabas espiándome, ¿no?

CRIADO
No exactamente… Es que me había quedado embelesado mirándole hacer todos esos gestos absurdos… ¿No piensa pintar hoy?

PINTOR
Estoy en ello, Rigoberto… estoy en ello…

CRIADO
¿Cuánto lleva así? Me refiero dando pinceladas en el aire, sin tocar el lienzo…

PINTOR
Eso no es cosa de tu incumbencia…

El CRIADO se acerca hasta el PINTOR.

CRIADO
Perdone, solo trataba de ayudarle, señor…

PINTOR
Pues creo que poco puedes hacer en esta tarea…

El CRIADO hace un amago de marcharse, cuando el PINTOR le coge del brazo.

PINTOR
Verás… Se trata de un encargo… Un cuadro alegórico para la entrada de un palacete… Yo dije que “sí” muy rápido sin saber a lo que me atenía… Sinceramente, no sé cómo enfrentarme al encargo…

CRIADO
Y es usted demasiado orgulloso como para decir que no…

PINTOR
¡Esa lengua, Rigoberto!

CRIADO
Es eso ¿verdad? A ver, cuénteme de lo que se trata…

PINTOR
El tema es el siguiente: “El rapto de Europa”… ¿Sabes acaso lo que es eso?

CRIADO
Naturalmente, señor… Algunas tardes, cuando el señor pinta, me permito entrar en su biblioteca y leer alguno de esos libros que el señor tiene cogiendo polvo en su librería…

PINTOR
Si cogen polvo es porque no les pasas el trapo con regularidad…

CRIADO
Puede ser… Pero también se debe a que usted solo los tiene ahí para presumir ante las visitas…

El CRIADO se dirige al extremo derecha de la escena.

CRIADO
La cosa es así: Europa, hija del rey de Tiro, era mujer de gran belleza (hace gestos con las manos dibujando el cuerpo femenino, con resaltando los pechos y caderas). Un día,  Zeus, rondando desde el cielo a los pobres mortales, descubrió a Europa en la playa como Dios la trajo al mundo… Y, claro, como los Dioses eran tan débiles ante la carne, quedó rápidamente prendado de ella. ¿Y qué hizo para conquistarla? (Esboza con los dedos de una mano unos cuernos)  Se hizo pasar por toro, un toro blanco, y se presentó allí de aquella guisa. Europa se acercó a él, comenzó a acariciarle… Y cuando Zeus la tenía en sus garras, la cogió y se la llevó montada en su lomo a través del mar. (Termina la explicación gestualizando el momento de la fuga)

PINTOR
(Asombrado) Rigoberto, me dejas de una pieza…

CRIADO
Ahora le toca a usted: ¿Dónde está el problema?

PINTOR
Pues en que nunca he pintado una escena tan difícil. Se me escapa la composición, los colores e iluminación e incluso la representación animal… En general, me asusta pintar una escena sobrenatural como ésta… Los elementos de la naturaleza son tan difíciles de imitar… El cielo con sus nubecillas, el mar con sus olas y sus corrientes, la espuma… La arena de la playa, la vegetación…

CRIADO
Señor… ¿Me está diciendo que no es capaz de pintar nada de eso? ¿Y qué ha hecho hasta ahora?

PINTOR
Retratos, muchos retratos… Yo soy pintor de caras… Y si tienen una máscara de por medio, mucho mejor… Eso que me evito en pintar…

El CRIADO se acerca hasta el cuadro.

CRIADO
¿Me permite?

El CRIADO le coge al PINTOR la paleta y el pincel y comienza a mancharlo con la pintura para abocetar con él una serie de elementos sobre el lienzo.

CRIADO
A mi juicio, yo lo veo así: Aquí está la vaca…

PINTOR
El toro, Rigoberto… El toro…

CRIADO
Es cierto. Perdóneme señor, pero con la cosa esta de que era un toro blanco, me vino a la cabeza una vaca…

PINTOR
Continúa

CRIADO
Bueno, más o menos, aquí tenemos al toro. Aquí a su derecha, la bella Europa, rodeada de sus acompañantes femeninas… porque no olvide que no estaba sola… Luego, al fondo, el mar… Y, sobre el cielo, una suerte de seres mitológicos cotilleando lo que sucede en la tierra. ¿Ve como no es tan complicado? Esto es un mero bosquejo, yo al fin y al cabo solo soy un criado… Ahora le toca a usted darle el toque artístico…

El CRIADO, una vez terminado el trabajo, le devuelve al PINTOR el pincel y la paleta.

PINTOR
Había pensado irme al campo a tomar unos bocetos de la naturaleza… Cerca de aquí vive un campesino que tiene en su haber ovejas y gallinas…

CRIADO
Pero señor… ¿Y el toro? ¿Y la playa?

PINTOR
De algo me servirán ¿no? Al fin y al cabo son naturaleza también… ¿Qué más da un monte que un acantilado? ¿Qué más da un río que un mar? En los dos lugares hay hierba, piedras y agua…

CRIADO
¿Y las ovejas? ¿Qué tienen en común una oveja y una vaca?

PINTOR
Un toro, querrás decir… Pues, aparentemente, nada. Pero bueno, también está la creatividad del artista ¿no? No todo va a ser pintar del natural. También está la memoria eidética, y yo he tenido que ver un toro seguro… Recuerdo que, de niño, mi padre me llevó a una feria de ganado…

CRIADO
Bueno, bueno. Usted mismo… Le voy a dejar, que tengo que seguir con las cosas de la casa. Le he dicho a Mariana que prepare hoy un guiso de esos que tanto le gustan de carne… igual el filete le inspira para pintar a Zeus…

PINTOR
Queda con Dios, Rigoberto… Y muchas gracias por tus consejos. ¡Eres una caja de sorpresas!

CRIADO
El señor me tiene muy desatendido y desaprovechado… ¡De haberme llamado, ya tendría medio cuadro pintado hace tiempo!      

PINTOR
¡Bueno, bueno, no exageremos!

CRIADO
Adiós, señor.

PINTOR
Adiós, Rigoberto…

RIGOBERTO se marcha por donde ha venido.


      

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"La vida por delante" (Fernando Fernán Gómez, 1958)

>> viernes, 17 de mayo de 2013

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LA ESCRITURA DEL PENSAMIENTO

"El sueño de la razón produce monstruos", grabado de Goya

Cuentan las crónicas antiguas acerca de Tales de Mileto la siguiente historia: una noche, estando el filósofo caminando por el campo, tomó por distracción la visión de las estrellas. Tan preocupado estaba por lo que sucedía en el cielo que no se percató de los problemas de la tierra. El pensador cayó dentro de un hoyo, lo que provocó las risas de una vieja que por allí pasaba.
Como Tales, otras tantas figuras han ido engrosando a lo largo de la historia una lista  que podríamos denominar (con permiso de Rousseau) de “soñadores paseantes solitarios”. Beethoven buscaba la tranquilidad de los bosques alemanes para caminar con su sombrero de copa, con las manos en la espalda y siempre echado hacia delante, esbozando en su mente algunos compases de una posible partitura (quizá la “Pastoral”).
Hay quien defiende que el pensamiento se provoca caminando (o, al menos, que se estimula). A otros, sin embargo, se les enciende la famosa bombilla en situaciones de lo más sorprendentes (recordemos el descubrimiento de la ley de la hidrostática por parte de Arquímedes –“¡Eureka!”-justo en el momento de introducirse dentro de su bañera). Nos hayamos, pues, en un terreno bastante abstracto y poco investigado: aquel del trabajo mental, que permanece solo visible para quien lo practica y resulta invisible para los demás. Sin esta labor previa, no existiría lo que viene después, es decir, su resultado en una concreción física. De Picasso es la frase que dice: “que la inspiración te coja trabajando”. Así pues, no podemos esperar que el espíritu santo baje mientras nosotros estamos de brazos cruzados.
Puede ser en el momento menos pensado: la idea puede venir a la cabeza del pensador  mientras éste hace cola en una frutería, cuando está poniendo su vista en unos limones maduros. El resto de las personas que tiene alrededor no lo saben, no podrían imaginar que él está incubando un “eureka”.
Para el escritor, no solo existe la “escritura mental” sino que es necesaria para poder escribir sobre papel.
Existieron casos de pensamiento frustrado que no pudo ver la luz, como el de Maurice Ravel. El compositor sufrió una enfermedad neurológica al final de su vida que le impidió concretar sus últimas concepciones musicales. Concretamente, su ópera sobre Juana de Arco nunca pudo hacerse realidad debido a este problema.
También son famosas las últimas palabras del escritor Honoré de Balzac: “Ocho horas con fiebre, ¡me habría dado tiempo a escribir un libro!”

"El monje ante el mar", óleo de Friedrich

En el caso del guionista, la creación mental resulta incluso mucho más apasionante que el momento de volcar todo este proceso en un libreto. Puede decirse que es la parte más compleja, sí, pero que una vez concebida, como diría Hitchcock, la película ya está en la cabeza y solo queda rodarla… o escribirla. Vamos, que el resto acaba resultando un mero “trámite”, si se me permite la ironía.
Cuanta más experiencia tenga el guionista o el escritor, con más paso firme caminará por el laberinto de su imaginación. En sus primeras incursiones o exploraciones será normal que acabe perdiéndose y acabando en callejones sin salida, no quedándole otro remedio que desandar lo andado para volver a la “puerta de entrada”. Habrá veces que creerá haber encontrado un posible camino para su historia, cuando la auténtica alternativa se encontrará un poco más adelante. De haber seguido caminando, se la habría encontrado al doblar la esquina, pero al haberse decidido por la primera y deslumbradora impresión, habrá cedido a la vana ilusión y tardará en encontrar la vía correcta.
El escritor debe de sacrificar muchas de sus ideas en pos de una historia coherente. Más vale un texto con menos ingenio pero con más cordura. Enseguida, saltará la alarma y la cabeza nos dirá: “Esta idea no es de esta historia”. Muchas veces, las ideas desechadas simplemente se guardan en un cajón, a la espera de una oportunidad que les sea propicia. Viajan con nosotros, nos dicen: “Sabes que tienes que escribirme”. El escritor les responde. “Lo sé, peor ahora no es el momento. Confío en vosotras porque sé que sois valiosas, pero debéis de esperar a una historia que os haga justicia”.

Retrato de Charles Dickens y de sus "criaturas" 

Huelga decir que el escritor debe de ser un gran conocedor de las cosas por las que se interesa. No obstante, el guión crea una nueva frustración en él, pues su lenguaje espartano le impedirá explayarse más de lo debido en los diferentes aspectos de su historia. Si un egiptólogo tuviera que escribir una escena cinematográfica acerca del descubrimiento de la tumba de Tutankamón, de seguro que ese día se sentaría ante la máquina de escribir afeitado y con camisa nueva. Alguien le tendría que decir entonces: “Esto no es una novela ni un ensayo histórico. Limítese a una descripción breve y fluida, para que el lector de su historia no se aburra leyéndola.” Cruel pero cierto. Cuanto antes sepamos estas cosas, menor será el sufrimiento. Debemos de aceptarlo.
El pensamiento nunca se toma vacaciones (incluso durante los sueños desempeña su labor y nos conduce por paisajes fantásticos o terroríficos). Es por ello, a mi juicio, que debemos sacarle partido, buscándole un trabajo productivo para obtener de él la máxima rentabilidad posible. 

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Xavier Montsalvatge. "Sonatina pour Yvette". Tercer movimiento. Hisako Hiseki, piano

>> miércoles, 15 de mayo de 2013

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“FRESAS SALVAJES”. UN VIAJE HAVIA LA INTROSPECCIÓN



Un día antes de ser homenajeado en la catedral de Lund, el eminente físico Isak Borg, de 78 años, se encuentra en el gabinete de su casa, esperando a que su ama de llaves le avise de la hora del almuerzo. Ante él, los retratos de su mujer Karin ya fallecida, su madre de casi cien años y su hijo Evald. Las primeras palabras que escuchamos, las pronuncia la propia voz del protagonista:  
“Las conversaciones suelen reducirse en comentar y censurar la manera de ser y el comportamiento del prójimo. Y esto ha sido lo que me ha llevado a renunciar de manera rotunda a esa vida social. He pasado toda la vida sobrecargado con un trabajo agobiante, pero me siento satisfecho de haber vivido así. […] Creo que debo añadir un dato más: Yo soy un viejo pedante, y esto como es natural ha causado molestia tanto a mí mismo como a los que viven junto a mí.”
Con este prólogo comienza el filme “Fresas salvajes”, de Ingmar Bergman. Para quienes se encuentren ya familiarizados con la obra del cineasta sueco, esta película será, como el resto de su extensa filmografía, un ejemplo más de su coherente visión del ser humano, influida evidentemente por sus propias vivencias. El individuo para Bergman resulta, debido a su complejidad, una fuente inagotable de investigación. Introducirse en su psicología, comprender más sus sombras que sus luces, resulta fascinante. Unas sombras que se potencian todavía más con este blanco y negro capaz de expresar hasta extremos impensables el carácter siempre vivo de sus personajes. Este “expresionismo” tan valorado por Bergman, tuvo sus orígenes en los del cineasta, esto es, en el teatro. El cineasta valoró siempre la capacidad de sus actores de transmitir en escena, ya fuese sobre las tablas escénicas o en los decorados de unos estudios cinematográficos. Tuvo, además, la suerte de contar para la fotografía de sus filmes con Sven Nykvist, uno de los pocos artesanos en su oficio que nos hizo creer que la iluminación trabajaba a su servicio, y no al revés, incluso en ambientes naturales.
Tras este prólogo bergmaniano a propósito de ese otro prólogo de “Fresas salvajes”, conviene repasar la voz en off primera del profesor Borg. De ella, deducimos su condición solitaria, parapetada en el estudio racional de la física, apartado de toda pasión o elemento que remita a los sentimientos. A partir de este momento, el momento en el que nos unimos a él como espectadores de su película, el anciano comenzará dos viajes que en realidad son uno solo: el viaje hacia Lund, donde se celebrará su jubileo doctoral, y el viaje hacia una reflexión de su propia vida.     
Aristóteles hablaba de la Anagnórisis, término que hacía referencia, como recurso narrativo, al “descubrimiento por parte de un personaje de datos esenciales sobre su identidad, sus seres queridos o su entorno, ocultos para él hasta ese momento”. Es evidente que para que un personaje descubra algo dentro de él, ese algo debe de existir previamente, aunque permanezca “dormido” en su interior. De ello depende la verosimilitud de un relato. Isak Borg comenzará a redescubrirse en este viaje, un viaje que será el marco del filme.
Un individuo puede conocer cosas de sí mismo no solo valiéndose de su propia consciencia. También cuenta la opinión que de él pueden tener los demás, e incluso la invocación de los recuerdos o los sueños.
El primer propio punto de vista acerca del profesor lo recibimos, por tanto, de él mismo. En esta definición que sobre sí mismo hace, encontramos algunos elementos interesantes: el primero de todos hace referencia a la visión que tiene de los demás, la cual reduce de una forma categórica y taxativa, mostrándonos su vertiente “censuradora”, por así decirlo. En la segunda parte, advertimos una negación de la realidad por su parte, puesto que ese autorretrato que él quiere hacer positivo intuimos que no lo es tanto debido a sus pequeñas dudas, a sus “peros” (incluyendo la referencia a su “pedantería).


   
Tras el prólogo inicial seguido de los parcos títulos de crédito a los que Bergman nos tiene acostumbrados  (aderezados, eso sí, con una banda sonora que se ha vuelto inseparable ya del resto de la obra), asistimos a una pesadilla que esa misma noche padece el personaje: en ella, camina por calles desiertas de edificios abandonados (lo que alude a su marginación social). Cada casa tendrá las paredes y ventanas tapiadas (esto indica que el personaje no quiere ver lo que hay dentro de la casa, de “su casa”). En una de las fachadas, hay un reloj sin manecillas bajo el cual surgen dos ojos de mirada penetrante (el tiempo se le ha acabado y los ojos que le miran lo acentúan). Borg sacará un reloj de cadena que tiene guardado y comprobará que éste se encuentra también desprovisto de las manecillas correspondientes. A continuación, se percatará de un sujeto que le da la espalda y al posar su mano sobre su hombro, éste se girará y mostrará un rostro de rasgos aplastados (ello nos habla de la represión que el protagonista se auto-ejerce). Por último, un carruaje fúnebre pasará ante él. Una de las ruedas chocará contra una farola y acabará separándose del resto del coche, volcándolo y provocando la caída del féretro. Éste se abrirá ante él y verá que quien se encuentra dentro es él mismo (de nuevo, la referencia al final de su tiempo, a la muerte).
Este sueño nos ha permitido conocer un poco más acerca del personaje. Una mirada no consciente contada por él mismo.


Al día siguiente, Isak preparará su equipaje para ir en automóvil hasta Lund. Surgirá un tercer personaje, su nuera Marianne, que ha estado viviendo con él y que va a volver a su lado hasta Lund, donde se encuentra su marido e hijo de Isak, Eval. La relación de ambos se encuentra en un periodo crítico y Marianne ha decidido poner tierra de por medio durante un tiempo al lado de Isak. Eval es un personaje traumatizado, cuya personalidad se ha ido construyendo o, mejor dicho, deteriorando, debido a la educación recibida por su padre. 
Durante el viaje asistimos a una serie de reproches de Marianne hacia Isak. Le retrata como un ser egoísta incapaz de mirar por los demás, ni siquiera por aquellos más cercanos a él. Él repetirá en varias ocasiones: “¿Yo dije eso?” lo que nos da una idea de su propia inconciencia respecto de este asunto, a todas luces tan importante en su vida. Ya tenemos por tanto una tercera mirada, la del otro (su nuera y su hijo).
En un momento del viaje, el coche se detendrá ante la casa en la que Isak pasó sus años de juventud. Allí, comenzará a revivir imágenes del pasado (imágenes que curiosamente no pudo presenciar pero que intuye), como aquella en la que su hermano, Sigfrid, le arrebatará a su primer amor, Sara, debido precisamente a su desatención, a su poco cuidado en mantener el afecto que los demás pueden profesarle, tan ocupado como siempre anduvo en sus propios pensamientos, a su vida interior.


Alguien saca a Isak de su ensoñación: se trata de una chica idéntica físicamente a su antigua novia Sara, que estará acompañada por dos chicos jóvenes: Anders y Víctor. Uno representa la fe y otro la racionalidad, posturas entre las que se debatió Bergman a lo largo de su vida. El trío de muchachos le pedirán a Isak y a Marianne viajar con ellos en el coche, ya que van en la misma dirección y ellos no poseen un medio de transporte. Así pues, el viaje se reanudará con cinco pasajeros en total. Isak irá poco a poco enamorándose de esta nueva versión de Sara, que le recordará aquellos tiempos de juventud que él echó a perder con su actitud. Esta nueva Sara es moderna y se encuentra llena de carácter, teniendo dominados a estos dos chicos que se la disputan. Por encima de la fe y de la razón está el amor, parece decirnos Bergman, como conclusión a sus reflexiones. 
Durante una parte del trayecto, sufrirán un accidente con otro coche. Éste, al quedar defenestrado, hará que el matrimonio que viajaba en él se incorpore al otro automóvil. Esta pareja reflejará la forma de ser de Isak en sus relaciones amorosas: una actitud autoritaria y machista, capaz de destruir a quien la sufre.
Otra de las paradas interesantes dentro de este periplo será la de la visita de Isak a su madre centenaria. Ella nos ayudará a comprender la forma de ser de su hijo, educado por él. La madre se queja de no recibir apenas visitas de sus hijos (Isak tiene nueve hermanos) y se jacta de tenerles en vilo porque no se muere y no pueden recibir su herencia.
Tras volver al auto, Isak tendrá un nuevo sueño bien significativo: se reencontrará con Sara, con la que mantendrá un diálogo. Ella le obliga a mirarse reflejado en un espejo que le muestra. Esto causa dolor en Isak, a lo que ella dice: “Siendo un médico tan eminente deberías saber porque te duele… Pero no tienes ni idea. Aunque tu sabes muchas cosas en realidad no sabes nada.” Después, Sara se despedirá de él para ir a cuidar a un niño (esta figura maternal le recuerda a Isak a la falta de atención que su madre tuvo con él, lo que quizá provocó su actitud posterior con las mujeres que conoció).


Después, se dirigirá a la casa en la que entró Sara. A través de uno de sus ventanales,  asistirá a una escena íntima entre ésta y Sigfrid. Esta imagen terminará difuminándose ante su mirada. La puerta se abrirá y aparecerá Alman, aquel hombre que tuvo el accidente de automóvil con su mujer. Le ofrecerá entrar en la casa y, una vez dentro, le conducirá hasta una habitación donde está teniendo lugar un examen. Alman es el examinador e Isak, como si fuese todavía un estudiante, el examinado. Tras pedirle su papeleta de examen, Alman le presentará  la primera prueba, consistente en identificar unas bacterias a través del microscopio. Isak no consigue ver nada a través de él. El examinador le contestará que el microscopio funciona perfectamente, concluyendo que es él, Isak, el que no ve. Después, le pedirá explicar una frase apuntada en la pizarra. Isak no la entenderá: “¡Es un jeroglífico y yo soy médico! Alman le contestará: “Perfectamente, pero sepa usted que lo que está escrito es el primer deber de un médico. ¿Es que no sabe usted cuál es el primer deber de un médico? Al ser Isak incapaz de recordarlo, Alman le responde: “El primer deber de un médico es pedir perdón”. Después, realiza unas anotaciones en un papel y sigue: “Otra vez es usted culpable de culpabilidad. Haré constar que usted no ha comprendido la cuestión”. Isak pregunta: “¿Y esto es un agravante?” Alman se lo confirma de este modo: “Desgraciadamente”. La nota que finalmente le pone tras el examen es la de “incompetente”. “A parte, profesor Borg, se le acusa de otra porción de cosas que parecen menudencias pero son gravísimas: insensibilidad, egoísmo, falta de  consideración… Son quejas presentadas por su esposa”.


Después, Alman acompaña a Isak fuera de la casa, y ya en el campo le muestra una escena en la que Karin le está siendo infiel. Ella misma dice: “Ahora iré a casa y se lo contaré a Isak y se lo que el me dirá palabra por palabra: ‘Pobrecita mía, que lástima me das’ -como si él fuera el mismo dios -. Y yo me pondré a gimotear: ‘De verás te doy mucha lástima…’. Y el me dirá: “Yo siento un inmensa piedad hacia ti”. Y yo seguiré llorando un poco más y le preguntaré si el me puede perdonar. Y el me dirá: “No tienes que pedirme perdón. Yo no tengo nada que perdonarte”. Es más frio que un tempano. No siente nada de lo que dice. De pronto se pone tierno y yo le grito que no sea loco y que toda esta fingida generosidad me dan ganas de vomitar. Pero me dice que va a traerme un sedante, que no deje de tomármelo y que él lo comprende todo. Yo le digo entonces que toda la culpa es suya y con una cara muy compungida y se confiesa culpable de todo. Pero a él le importa todo un pito porque es un témpano”.
Ante esta escena, Isak le preguntará a Alman por el paradero de su mujer, y Alman le responde con crudeza: “Ya lo sabe. Se fue. Todos se han ido. Todo es silencio. Todo ha sido extirpado doctor Borg. Una obra maestra de cirugía. Sin dolor, sin convulsiones, sin hemorragia”. Isak entonces le pregunta a qué pena se le condena, siendo esta la respuesta: “No se, supongo que a la de siempre […] La soledad”. Isak formula su última pregunta: “¿Y no habrá gracia para mí?”. Alman le se lava las manos.
Poco a poco, Isak irá siendo consciente de todas estas cosas, almacenándolas en la maleta de su viaje, viéndose con ello su actitud modificada a partir de ahora. Ese témpano, utilizado por su mujer en el sueño para definirle, irá poco a poco derritiéndose, para dar lugar a un agua calma, serena. La dureza dará paso a una suavidad, y de todo esto dará cuenta en sus pensamientos justamente en el momento más solemne de la ceremonia en la catedral de Lund.


“Fresas salvajes” representa una de las obras más significativas de Bergman. A pesar de su trasfondo pesimista, cabe todavía una luz de esperanza, que es la que redime al personaje de Isak de forma definitiva.
Para el film, Bergman consiguió contar con la figura de Victor Sjöström, cineasta sueco de los orígenes del cine (guionista, director y actor) al que admiraba desde su infancia. El rodaje con él no se encontró exento de problemas: Sjöström se comportó de una forma estrafalaria a lo largo del mismo. Solo tiempo después, Bergman comprendió que ello era debido a su temor a no estar a la altura del proyecto, unido al temor de que la enfermedad que padecía le superara.

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LA CITA Y LA VÍCTIMA

>> lunes, 13 de mayo de 2013


En el papel lo ponía muy claro: “Calle de la linde Nº 20”. Hacía un rato que había salido del pueblo yendo en busca del lugar de la cita. Era extraño, porque la calle seguía aunque la civilización hubiese quedado atrás. “¡Las calles son para habitarlas, no para llevarlas al campo!” pensó Diego. Estaba nervioso, casi podía oler el perfume de Henrietta. “Mañana por la tarde te veo en la Calle de la linde Nº 20” le había dicho en su mal español. Ni él ni ella eran de allí. Él era español, aunque de Madrid. Ella francesa. Ambos habían ido a aquel pueblecito leonés  a pasar el verano, aunque por diferentes motivos. ¿Qué es lo que le enamoró de ella? Su voz, incluso antes de verla. Su acento tan marcado y a la vez tan suave, su poética sonora hecha realidad de manera tan inconsciente. Los amigos de su cuadrilla se habían quedado jugando al billar en el bar adonde siempre iban, aquel en el que él la había conocido. Ingenuamente se habían puesto a jugar sin miedo a hacer el ridículo, víctimas del alcohol. Allí estaba aquel grupo de extranjeros que rápidamente hicieron piña con ellos. Ella nunca había jugado y él se ofreció a enseñarla. Fue un extraño cortejo, donde solo ellos eran conscientes del mismo. Los demás jugaban al billar, ellos cogían el palo y lo acercaban a las bolas, pero estaban a otra historia.
Había comenzado a dudar de que aquel fuera el lugar correcto. ¿Se habría equivocado ella? Por fin llegó al número veinte, que lucía pintado sobre azulejo en una tapia, resquebrajado. El número estaba ahí, pero no la puerta. Tuvo que avanzar unos metros más para llegar a la entrada. Dos verjas abiertas invitaban a penetrar en aquel cementerio. Diego no podía creerlo. “Henrietta, amor, ¿qué juego es este?” La idea de la equivocación se fue acentuando en él, y cuando estaba a punto de marcharse de allí, la vió aparecer. Venía alegre, parecía no pisar el suelo por donde venía. “Hola Dieguito” le dijo poniendo la boca muy cerrada, haciendo más patente su forma de hablar cariñosa. “¿Te gusta el sitio?” le preguntó. ¿Estaba jugando con él? Diego contestó: “La verdad es que no se me habría ocurrido nunca quedar en este lugar”. Ella torció el gesto y rápidamente esbozó una nueva sonrisa: “¿Pero por qué? ¡Es tan romántico…! ¿Conoces el cementerio de París?” Él no quería conocer ningún cementerio… Por no querer, en ese momento no hubiese querido ir ni a París. Se encontraba desganado. Henrietta le tomó de la mano y le introdujo en el camposanto. A él le habían educado en un cierto respeto por estos lugares, no de gustaba entrar en ellos para estas cosas… Había incluso comenzado a ponerse supersticioso, cuando aquellas cosas realmente nunca le habían importado lo más mínimo.
Cruzaron un sendero de lápidas, panteones y mausoleos. Era indudable que muchos de aquellos monumentos funerarios eran realmente bellos. La gente que yacía en ellos debió de ser poderosa. No obstante, él era más de aquellas otras obras sencillas, piedras con un nombre sobriamente esculpido en ellas.
Como si ella le hubiese leído el pensamiento, le detuvo ante una humilde tumba. “Me recuerda a la de André Bretón”. Él no sabía de quién le estaba hablando, pero asintió igualmente.
De repente, una música de charanga llegó hasta ellos. Una música que sonaba dentro de aquel cementerio. “¿Lo oyes? ¡Es por nosotros!” Él no daba crédito. Aquella mujer deliraba, sin duda. “¡Vamos!” le dijo. “Henrietta, no me gusta esto. Quiero marcharme” le dijo. Notaba el estómago revuelto. Ella hizo caso omiso a sus súplicas y buscó la procedencia de aquella música. En cuestión de minutos, llegaron ante un monumento en mármol de estilo romántico. Las figuras pétreas de dos jóvenes eran su motivo principal. “Dos amantes muertos…Se dice amantes ¿no?” preguntó ella. “Sí, sí… amantes…” respondió él.
Bajo las figuras, se encontraba la entrada a la tumba… y estaba abierta. Aunque resultara increíble, aquella música procedía de su interior. Ella le miró con ojos pícaros, decididos a cometer una travesura. “No pienso entrar ahí dentro”. Intentó separar su mano de la de ella, pero ésta le sujetaba con firmeza, con una fuerza increíble. Sin tan siquiera comentarle su idea, ella le introdujo por aquel hueco oscuro. Había que andar con pies de plomo, pues las escaleras estaban muy empinadas y eran realmente angostas. No se veía nada, los ojos no terminaban de acostumbrarse. Cuando llegaron abajo, se hizo la claridad poco a poco. La música procedía de un viejo transistor que se encontraba colocado sobre la tumba. “Aquí no nos verá nadie” dijo Henrietta. Diego pensó: “¡Y que lo digas! No creo que nadie quiera meterse aquí para descubrirnos… sólo tú, porque estás loca de atar”. Ella le besó lentamente. Él poco a poco se dejó hacer. Fuera se oyeron unos pasos. Un sonido de pisadas apenas perceptible. Ellos, por supuesto, no lo escucharon. Ni siquiera oyeron la verja cerrarse, ni el candado ponerse, ni la llave girar dentro de él.
“Te quiero” dijo ella. “Sé que otros chicos no aceptarían hacer estas cosas. Tú eres especial.”



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ESCENA PARA “LA MUTILADA” DE TENNESSEE WILLIAMS



CELESTE se aproxima desde el vestíbulo del hotel hasta las escaleras que conducen a la habitación de TRINKET.

CELESTE
Sé que estás ahí… ¡Vamos, no hagas como que no me conoces! ¡Maldita sea, sal de tu encierro de una vez! Yo no soy una bestia inmunda, no soy una cucaracha… ¡Soy tu vieja amiga! ¿No vas a bajar el día de Navidad a compartir conmigo un poco de tu licor? ¡Bah, eres una judía egoísta!

TRINKET
(Desde su habitación) ¡Para poder vivir con dignidad hay que tener memoria, Celeste! ¿Acaso no recuerdas lo que hice por ti? ¿Has olvidado ya las cosas que tú me hiciste?

CELESTE
¿Y qué quieres que le haga? ¿Quieres que suba y vaya besando tus escalones uno a uno? ¡Yo también tengo dignidad, querida, y no estoy dispuesta a humillarme tan fácilmente! Además… No necesito tu amistad… ¡Solo quiero un poco de esa droga líquida!

TRINKET
¡Tu hermano te ha conseguido trabajo en la panadería! Creo que sería más fácil para ti vivir entre harina que ir mendigando a los demás de una manera tan bochornosa…

CELESTE
¡Eres una estúpida!

TRINKET
¡Y tú un ser infantil!

CELESTE
Pero yo aún tengo algo de lo que tú careces… y sabes muy bien a lo que me refiero.

TRINKET
No hace falta que me lo digas. Con bajar y leer en algunas paredes del hotel ciertas frases ya se puede saber la idea que tienes de mí…

CELESTE
Tú siempre serás una infeliz… Mi desgracia tiene cura. ¿Me oyes?

TRINKET
Eres cruel conmigo…

CELESTE
¡Piérdete, vieja tacaña!

CELESTE se acerca hasta BERNIE, que se encuentra sentado a la mesa del hall leyendo unas tiras cómicas.


CELESTE
Bernie, querido… ¿Qué te parece si jugamos un rato tú y yo, como en los viejos tiempos?

BERNIE
He escuchado la discusión que has mantenido con TRINKET… Si te soy sincero, me has repugnado. No me apetece tener nada que ver contigo, por el momento… Quizá luego se me olvide…

CELESTE
¡Vamos, no me vengas ahora con sensiblerías! Ya nos conoces, has asistido a más de una escena de este tipo…

BERNIE
No me estás dejando leer…

CELESTE
¡No creo que sea muy complicado concentrarse para entender una estúpida tira cómica!

Aparecen dos marineros en el hotel. CELESTE se arregla la ropa para recibirlos.

CELESTE
¡Hola, muchachos! ¿Qué? ¿Venís un rato con mamaíta?

MARINERO 1
¿Y este espantapájaros?

MARINERO 2
Por lo visto, ahora cualquiera puede ejercer sin sacarse el título…

Los dos marineros pasan de largo.

CELESTE
¡Reíros, reíros! ¡Cuando la piel comience a colgaros, entonces vendréis a mí… Buscaréis un cariño que sólo yo os podría dar. Pero entonces os diré: “Se os ha pasado vuestra oportunidad… Es ya demasiado tarde… La buena de Celeste no arrima sus carnes a cualquier muñeco…”

BERNIE
¿Te importaría mucho irte a soltar tu perorata a otro lugar? Aquí hay gente trabajando…

CELESTE
¡Ay, Bernie, Bernie!

BERNIE
Creo que te echaré de menos cuando ya no estés en este hotel…

CELESTE
¿Y quién te ha dicho que me voy a marchar?

BERNIE
Tus cosas están abajo…

CELESTE
Soy más fuerte que todos vosotros…

BERNIE
Te equivocas… Ahora sufres de debilidad… Serías capaz de acostarte con tu peor enemigo a cambio de un trozo de pastel… o de un trago de licor…

CELESTE
¡Qué ciegos estáis! ¡Con qué necedad se dicen algunas cosas!

TRINKET
(Se asoma desde su puerta sin dejarse ver) Bernie… ¿Se ha marchado ya…?

CELESTE
¡Aquí sigo, para tu información! ¡Vuélvete a meter en tu cascarón, caracol arrogante!

BERNIE
Amén.


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"El pillo"

Acuarelas y rotulador sobre papel

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“Aquellos que afirman que el cine o la literatura han muerto, lo dicen mientras presentan su nueva película o su nuevo libro”


Jonás Trueba presenta “Los Ilusos” en la Cineteca a los alumnos de la Escuela TAI. Una crónica de Javier Mateo


El pasado 30 de abril, la SalaRafaelAzcona dela Cinetecade Matadero se llenó hasta los topes para una nueva proyección de “Los ilusos”. Tras el visionado, se organizó un coloquio con el realizador, que estuvo acompañado por el protagonista del film, Francesco Carril, el director de Arte Miguel Ángel Rebollo y el de fotografía Santiago Racaj. La mesa redonda estuvo dirigida por  Carlos Reviriego, crítico en "Caimán" y en "El Cultural” de El Mundo.
El público, integrado en gran parte por alumnos de la Escuela, recibió con una calurosa acogida la película. Hubo comentarios en voz alta, sonrisas e incluso carcajadas en diversos momentos del pase. Quizá lo que más sorprendió fue la propuesta en sí, es decir, su continente por encima de su contenido, puesto que lo primero construía a lo segundo. Reviriego destacó lo novedoso de la propuesta y el giro en cuanto a planteamiento respecto del anterior film del realizador, "Todas las canciones hablan de mí".A su vez, señaló la importancia del personaje protagonista, León, como eje vertebrador del film. Sobre él pesa el pensamiento, la filosofía contenida dentro de "Los ilusos". A través de sus ojos observamos su día diario, lo cual nos lleva a desgranar poco a poco su "visión" del mundo.  "Quizá León pueda ser el alter ego de Jonás" propuso Carlos con humor. El cineasta contestó a esto: "Tal vez haya en León parte de mí en cuanto a las cosas que compartimos, en cuanto a cómo vemos ciertas cosas de la vida."

El equipo, a lo largo de cada una de sus intervenciones, señaló el factor experimental del proyecto. El propio director afirmó que necesitaba volver a atrás en la forma de trabajar, retomar unos orígenes que no quería perder, para recuperar así una frescura. "Redescubrir el cine, volverlo de nuevo novedoso e interesante".


El director de forografía, reconoció haber descubierto con "Los ilusos" que ciertas cosas que no creía posibles eran perfectamente realizables. "Probé nuevas formas de tomar imágenes, situando la cámara en lugares donde hasta entonces no se me había ocurrido posicionarla". Racaj añadió: "De Jonás se dice que consigue capturar en sus imágenes un Madrid totalmente francés. A nosotros nos interesaba obtener imágenes de un Madrid no de postal, como puede ser esa imagen que tenemos de París, sino sucio. Todos aquellos elementos que pueden contrastar en la imagen nos interesan. El rodar en lugares públicos de esta forma provocaba además que muchos de los paseantes se encontraran en mitad de un rodaje por el solo hecho de caminar por la calle. En muchas secuencias se les ve mirar hacia cámara, curiosos."

Miguel Ángel Rebollo destacó el carácter artesanal del trabajo de rodaje: "Tras la cámara se componían instalaciones que podrían considerarse obras de arte contemporáneas. Buscábamos con ellas lograr los efectos deseados de iluminación, etcétera. Nos valíamos de cualquier cosa para conseguir una luz determinada, por ejemplo: Cartones acoplados en torno a bombillas... e incluso programas de la filmoteca desplegados. Economía de medios unida a ingenio."

Francesco habló también de su experiencia como actor cinematográfico: "Hasta ahora solo había hecho teatro. No sabía muy bien cómo iba a encajar en una película. Ahora puedo decir, tras la experiencia, que estoy deseando hacer más cine. Mi resultado en el film fue el resultado de una serie de reuniones que tuve con Jonás. me llamó pidiéndome quedar el primer día, comentándome que tenía una idea para hacer una película. Ese fue el comienzo de una serie de citas en las cuales hablamos de todo menos de esta película. Poco a poco, se iba construyendo la historia a través de lo que hablábamos (nuestros gustos, aficiones...)"


Jonás habló de su experiencia en el proceso de filmación: "Las primeras escenas del comienzo del film hablan de la situación real en la que nos encontrábamos al inicio del rodaje. Estábamos buscando la historia, todavía no la teníamos. Yo no me atrevía a escribir un guión, creía que aquello que se me ocurría no iba a encajar bien. Poco a poco, la cosa fue tomando forma y fui redactando escenas, elaborando diálogos..." En cuanto al carácter estético: "Mi tío tenía una cámara antigua con la que había filmado los primeros descubrimientos de Atapuerca. Ésta cámara tenía algo mágico para mí, pues había sido testigo de excepción de momentos importantes para la Historia. Yo quería hacer algo con ella y se e ocurrió realizar un filme. Luego vino esta idea de filmar en blanco y negro, pero no como cuestión estética o poética, sino como forma de narrar algo de forma directa y concreta, logrando que la historia llegase al público sin ningún tipo de factor de distracción."

Un espectador le preguntó acerca de uno de los libros que aparecen en "Los ilusos": "La muerte del cine". Trueba aclaró que lo que pretendía era criticar al libro en sí: “Resulta divertido ver que todos esos agoreros que afirman que el cine o la literatura han muerto, hablan de ello cuando están presentando su nuevo filme o su nuevo libro. El cine no ha muerto, el cine está más vivo que nunca”
           


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"Autorretrato musical"

>> domingo, 12 de mayo de 2013


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“LIBRO SOÑADO” (Microrrelato)

>> sábado, 11 de mayo de 2013



Una noche soñó que se encontraba leyendo un libro. Se titulaba “El hombre que leía postales francesas”. Despertó y comenzó a pensar. “Ese libro… ese libro lo tuvo que escribir un americano de principios del siglo veinte…”
Salió a la calle y se dirigió a su librería de confianza. Le preguntó al dependiente por el libro. La búsqueda llevó un buen rato: primero se consultaron catálogos generales de diversas editoriales y finalmente se recurrió al ISBN. El encargado le dijo: “Ese libro que buscas no existe.”
El hombre salió de la tienda con una idea en la cabeza. “Ese libro tiene que existir, tiene un título muy bueno. Lo escribiré y será un éxito… Lo único malo es que ni soy americano ni nací en 1900…”

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ERA SOLO UNA BROMA



Como todos los años, al inicio de las clases, el profesor puso al día el material de trabajo que entregaría a los alumnos. Entre los documentos, se encontraba el de la bibliografía. Al repasar la lista de recomendaciones con el fin de renovarla, pensó en incluir dentro de ella un libro inventado. “Será una pequeña broma”, pensó para sí. En el apartado de libros acerca de teoría teatral escribió como último título: “Meta-teatro y parálisis de personaje. Heinrich Weimmer. Editorial: Fondo de cultura ecuménica. Año 1967.”
Un mes después de haberla repartido a sus alumnos, apareció uno de ellos (Tomás se llamaba) al final de las clases para hablar con ella.
“He leído el libro de Weimmer y me ha gustado mucho”. La profesora no pudo evitar esbozar una tímida sonrisa. “¡Vaya por Dios, tenía que ser el alumno más aplicado quien metiera la pata!”. Al parecer, alguien había picado el anzuelo y la broma había funcionado a las mil maravillas. Por una cuestión de crueldad, la profesora decidió continuar con la farsa: “No estaría de más que emplearas ese libro para tu trabajo final. Seguro que has aprendido cosas que te pueden ser útiles”. Para sorpresa de ella, el alumno dijo un sí muy convencido. Ni siquiera notó en él nerviosismo, ni necesidad de improvisación ante una situación que debiera ser incómoda. “Vamos a ver a quién se pilla antes, si a un mentiroso o a una profesora”.
Cada vez que el muchacho concertaba una tutoría con la maestra, con el fin de avanzar en su proyecto final, ella se frotaba las manos. Lo extraño de todo es que el muchacho continuaba con la broma, iba trayéndole fragmentos extraídos del supuesto libro inventado, sin ningún tipo de pudor.
Siendo la profesora consciente de que aquella bola iba haciéndose cada vez más grande, decidió un día cortar por los sano y poner final a aquel sinsentido.
“Bueno, Tomás. Reconozco que has jugado muy bien tus cartas y has estado a punto de convencerme de que te habías leído en realidad aquel libro. No sé lo que te propones pero creo que el disparate ya ha llegado demasiado lejos. Será mejor que escojas un libro real ahora que todavía estás a tiempo, y empieces tu trabajo de nuevo…” Tomás puso una cara como de no comprender de qué le estaba hablando aquella mujer. “¡Vamos, no me hagas pasar por esto!”. Tomás dijo: “No sé a qué se refiere. Creo que ese libro que usted considera “irreal” es el mejor de toda la bibliografía”. La profesora, que aún conservaba un cierto poso lúdico,  volvió a  ponerse la máscara y le desafió a un nuevo reto: “Está bien. Mañana me vas a traer el libro con las partes que vas a utilizar subrayadas. ¿De acuerdo?”
Al día siguiente, Tomás apareció con su mochila en el despacho de la maestra. La puso sobre la mesa y sacó de ella el libro, ante la mirada atónita de quien le había retado el día anterior. Sin saber muy bien que hacer, optó por lo más lógico: coger el libro. Lo abrió ante ella y pasó sus hojas como para cerciorarse de que finalmente su propio invento existía. “Parece real… eso o es una falsificación muy buena… no, no tiene sentido. Tienes que ser real, por fuerza.”
Por si esto fuera poco, todavía faltaba una nueva sorpresa que superaría a la anterior. Tomás abrió su boca para decir aquello que la profesora recordaría toda su vida: “He contactado con él. Tiene ya ochenta años, pero va a venir a España para dar una serie de confianzas. He quedado con él mañana en un café. Es de esos ancianos que gusta de que la sangre joven les vaya a ver para comentar su obra. Les gusta sentirse vivos.”
Al día siguiente, la profesora se presentó con su alumno en el café. Allí estaba el tal Weimmer, tomando un café mientras les esperaba.
-         Qué alegría de conocerla, señorita...
Al parecer, aquel anciano había estado casado con una española, una filósofa exiliada en Hamburgo tras la guerra. Por eso hablaba también el español.
-         Y, dígame una cosa… ¿cómo es que les recomienda mis libros a sus alumnos?
-         Pues… verá… en realidad yo no he leído mucho de usted…
La pobre Antonia no sabía qué hacer. ¡Menuda situación!
-         No sea usted humilde… Yo soy un bicho raro y hay que conocerme en profundidad para recomendarme…
-         Bueno…en realidad…no sé qué decir… ¿Y qué se encuentra usted escribiendo, señor Weimmer?
-         Pues mire, ahora he encontrado mi pasión en los cuentos, en los relatos breves… Me encuentro escribiendo uno concretamente acerca de una mujer llamada Antonia que decide un día inventarse…
Ella no quiso saber más. Esa era su historia. Comprendió de inmediato que ella era el personaje ficticio, y no él. Llegar a esta conclusión fue más rápido que asumir su propia inexistencia. ¡Pobre Antonia! ¿Quién le mandaría inventarse libros para su bibliografía?

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