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EN EL PENÚLTIMO CAJÓN

>> miércoles, 8 de mayo de 2013



Eran las nueve y media cuando sonó el timbre. Nueve y treinta y uno, para ser más exactos. La familia Rodríguez Peña siempre llegaba puntual en sus visitas. Ella pensó: “Seguramente sea culpa de mi reloj… puede ir adelantado un minuto”. Abrió la puerta y se los encontró en el descansillo, sonrientes y mojados. Un niño, una niña, una mujer y Roberto.
Natalia les fue besando uno a uno mientras les dijo: “Dadme los abrigos e id pasando al saloncito. La cena ya está puesta”.
Él cumplía treinta y cinco años. Durante todo el día había estado lloviendo, pero por la noche no quedó más remedio que salir de casa. Había que celebrarlo, y qué mejor que en casa de su antigua amiga, Natalia. Ella no solo había mantenido su amistad con él, si no que había conseguido conquistar el cariño de su mujer y de sus hijos. Hacía quince años que se conocían, nada más y nada menos.
La cena no pudo resultar más convincente: cada plato había sido pensado para cada uno de los invitados, de modo que todos quedaran contentos. El primero para el cumpleañero, el segundo para su mujer y los postres para los críos. Lo había calculado todo a la perfección, conocía al milímetro las biografías de sus invitados.
Cuando estaban a punto de abandonar la mesa, ella dijo: “Os voy a enseñar algo que os va a sorprender. Roberto, tú ya lo conoces, no hace falta que vengas”. Los niños y la mujer siguieron a Natalia hasta su dormitorio, como ratones encantados por una flauta hameliana. Él se quedó sentado en su silla, con la servilleta todavía colgando groseramente sobre la camisa. De hecho había sido el único que no se la había puesto de la forma correcta, sobre las piernas.
Comenzó a llegarle el sonido de una melodía zíngara. Las notas sonaban mecánicas. “¡Ah, sí, el autómata de Praga!” Lo recordaba perfectamente, como si lo tuviera delante. Un muñeco de un mono un tanto siniestro que bailaba “Ojos verdes” de forma ortopédica. Siempre le pareció una distracción un tanto siniestra. Desde que Natalia encontró aquel juguetito en una tienda de antigüedades, tuvo que sufrirlo siempre que iba a su casa. Lo ponía ante él como quien exhibe orgulloso una pieza de caza.
Escuchaba las voces de los niños y de su mujer preguntar acerca del mecanismo de aquel invento. Él había encontrado otra distracción hipnótica: mirar fijamente a la cómoda que se encontraba tras la mesa en el saloncito. Aquella no era una cómoda cualquiera. Era el único mueble que los antiguos inquilinos habían dejado en la casa cuando Natalia la compró. Cuando todo se llenó de cajas de mudanza, parecía un bicho raro en medio de todas ellas. Él la ayudó a poner en orden aquella casa, asesorándola a la hora de adecentarla. Día tras día estuvo al pie del cañón, luchando por dar aspecto confortable a aquel extraño caos.
Una noche, se quedó a dormir. Natalia sacó un colchón más para él y lo puso junto al suyo, en el centro de aquel futuro saloncito. Tras apagar la luz, él estuvo pensando infringir las leyes un buen rato. Finalmente se decidió y cruzó la línea enemiga. Ya junto a ella, acercó su mano hacia su rostro y le dijo: “Aunque estemos en medio de la oscuridad y aparentemente no vea nada, sé perfectamente dónde tienes la nariz… ¿A que está aquí?” y posó su dedo índice en la nariz de ella. Luego prosiguió en este sentido: “Y aquí, la oreja… y aquí, el cuello, y aquí… la boca.”
Al día siguiente, él no encontró su calzoncillo. Viendo que ella dormía, decidió ponerse los pantalones sin nada debajo y, tras vestirse del todo, salió de la casa.
Nunca lo recuperó, aunque él tuvo siempre una fuerte sospecha.
Puso la servilleta sobre el mantel, se levantó y se dirigió sobre aquella cómoda. Fue examinando cada cajón concienzudamente hasta llegar al penúltimo. Al abrirlo, esbozó una sonrisa ante lo que encontró. Allí estaba la prenda interior. Llevaba catorce años planchada y doblada, esperándole. La música mecánica cesó y Roberto cerró el cajón y volvió a tomar asiento.
Natalia, su mujer y los niños regresaron con cara de haber visto al monstruo mecánico Ness.
“Ha sido increíble, papá… Parecía de verdad…”

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