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ERA SOLO UNA BROMA

>> sábado, 11 de mayo de 2013



Como todos los años, al inicio de las clases, el profesor puso al día el material de trabajo que entregaría a los alumnos. Entre los documentos, se encontraba el de la bibliografía. Al repasar la lista de recomendaciones con el fin de renovarla, pensó en incluir dentro de ella un libro inventado. “Será una pequeña broma”, pensó para sí. En el apartado de libros acerca de teoría teatral escribió como último título: “Meta-teatro y parálisis de personaje. Heinrich Weimmer. Editorial: Fondo de cultura ecuménica. Año 1967.”
Un mes después de haberla repartido a sus alumnos, apareció uno de ellos (Tomás se llamaba) al final de las clases para hablar con ella.
“He leído el libro de Weimmer y me ha gustado mucho”. La profesora no pudo evitar esbozar una tímida sonrisa. “¡Vaya por Dios, tenía que ser el alumno más aplicado quien metiera la pata!”. Al parecer, alguien había picado el anzuelo y la broma había funcionado a las mil maravillas. Por una cuestión de crueldad, la profesora decidió continuar con la farsa: “No estaría de más que emplearas ese libro para tu trabajo final. Seguro que has aprendido cosas que te pueden ser útiles”. Para sorpresa de ella, el alumno dijo un sí muy convencido. Ni siquiera notó en él nerviosismo, ni necesidad de improvisación ante una situación que debiera ser incómoda. “Vamos a ver a quién se pilla antes, si a un mentiroso o a una profesora”.
Cada vez que el muchacho concertaba una tutoría con la maestra, con el fin de avanzar en su proyecto final, ella se frotaba las manos. Lo extraño de todo es que el muchacho continuaba con la broma, iba trayéndole fragmentos extraídos del supuesto libro inventado, sin ningún tipo de pudor.
Siendo la profesora consciente de que aquella bola iba haciéndose cada vez más grande, decidió un día cortar por los sano y poner final a aquel sinsentido.
“Bueno, Tomás. Reconozco que has jugado muy bien tus cartas y has estado a punto de convencerme de que te habías leído en realidad aquel libro. No sé lo que te propones pero creo que el disparate ya ha llegado demasiado lejos. Será mejor que escojas un libro real ahora que todavía estás a tiempo, y empieces tu trabajo de nuevo…” Tomás puso una cara como de no comprender de qué le estaba hablando aquella mujer. “¡Vamos, no me hagas pasar por esto!”. Tomás dijo: “No sé a qué se refiere. Creo que ese libro que usted considera “irreal” es el mejor de toda la bibliografía”. La profesora, que aún conservaba un cierto poso lúdico,  volvió a  ponerse la máscara y le desafió a un nuevo reto: “Está bien. Mañana me vas a traer el libro con las partes que vas a utilizar subrayadas. ¿De acuerdo?”
Al día siguiente, Tomás apareció con su mochila en el despacho de la maestra. La puso sobre la mesa y sacó de ella el libro, ante la mirada atónita de quien le había retado el día anterior. Sin saber muy bien que hacer, optó por lo más lógico: coger el libro. Lo abrió ante ella y pasó sus hojas como para cerciorarse de que finalmente su propio invento existía. “Parece real… eso o es una falsificación muy buena… no, no tiene sentido. Tienes que ser real, por fuerza.”
Por si esto fuera poco, todavía faltaba una nueva sorpresa que superaría a la anterior. Tomás abrió su boca para decir aquello que la profesora recordaría toda su vida: “He contactado con él. Tiene ya ochenta años, pero va a venir a España para dar una serie de confianzas. He quedado con él mañana en un café. Es de esos ancianos que gusta de que la sangre joven les vaya a ver para comentar su obra. Les gusta sentirse vivos.”
Al día siguiente, la profesora se presentó con su alumno en el café. Allí estaba el tal Weimmer, tomando un café mientras les esperaba.
-         Qué alegría de conocerla, señorita...
Al parecer, aquel anciano había estado casado con una española, una filósofa exiliada en Hamburgo tras la guerra. Por eso hablaba también el español.
-         Y, dígame una cosa… ¿cómo es que les recomienda mis libros a sus alumnos?
-         Pues… verá… en realidad yo no he leído mucho de usted…
La pobre Antonia no sabía qué hacer. ¡Menuda situación!
-         No sea usted humilde… Yo soy un bicho raro y hay que conocerme en profundidad para recomendarme…
-         Bueno…en realidad…no sé qué decir… ¿Y qué se encuentra usted escribiendo, señor Weimmer?
-         Pues mire, ahora he encontrado mi pasión en los cuentos, en los relatos breves… Me encuentro escribiendo uno concretamente acerca de una mujer llamada Antonia que decide un día inventarse…
Ella no quiso saber más. Esa era su historia. Comprendió de inmediato que ella era el personaje ficticio, y no él. Llegar a esta conclusión fue más rápido que asumir su propia inexistencia. ¡Pobre Antonia! ¿Quién le mandaría inventarse libros para su bibliografía?

2 comentarios:

José Arturo Visedo Manzanares 12 de mayo de 2013, 5:37  

He leído del perfil:
"Intereses: Todo lo que humanice al hombre sin encasillarlo en nada"; que me recuerda a Terencio: Homo sum y todo lo que se refiere al hombre, me interesa (porque no me sé la frase completa en latín).

Me suelo quedar boquiabierto con tus "historias". Enhorabuena.

A. Visedo (de El Guernica y Madrid).

nosoydali 12 de mayo de 2013, 11:30  

Es todo un placer que unas palabras como las que escribí hace mucho, mucho tiempo, sugieran citas de grandes pensadores. En cuanto a mis historias, cobran sentido cuando son disfrutadas por personas como tú.
¡Gracias por la generosidad de tus palabras! ¡Un abrazo!

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