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IMAGEN RECOBRADA

>> miércoles, 1 de mayo de 2013



Caminaba con mi pareja por una calle de Dresde. Ella me había llevado hasta allí bajo la excusa de su curiosidad como historiadora de arte. “Es tan maravilloso… por fin podemos ver un trocito de la ciudad tal y como era antes de la guerra”. Se refería a la obra de reconstrucción que se estaba llevando a cabo, volviendo a levantar edificios según planos antiguos con el fin de devolver el antiguo esplendor a la ciudad. Yo no compartía su misma opinión. Creo que tratar de hacer algo de este tipo iba contra las leyes de la propia historia. Si las bombas habían acabado con una parte de la historia, había que asumirlo. De seguir así, podríamos acabar llevando la contraria a la propia naturaleza, reconstruyendo aquello que un terremoto, un incendio o un diluvio habían destruido. ¿Para qué reconstruir algo de este modo, como si se estuviera llevando a cabo la edificación de una especie de parque temático? Si existía Eurodisney, ¿por qué no la “ciudad de Dresde de antes de la guerra”?
Nos habíamos detenido ante una gran iglesia. “Mira, la Frauenkirche” me dijo totalmente emocionada. “¿No es maravilloso el ser humano? Todo esto no existía hace unos pocos años, y ahora… no sé ¿no te parece increíble?” Yo le contesté algo tópico, pero cierto al fin y al cabo: “El ser humano nunca llegará a superar con sus restauraciones el número de cosas que es capaz de destruir”.
Después de echar un rápido vistazo a la monumental construcción, detuve mi mirada en los transeúntes, habitantes que caminaban todavía extrañados de tener que convivir con estos nuevos vecinos de piedra. De todos ellos, había una pareja que parecía como nosotros, extranjera. “Precisamente aquellos que vienen de fuera parecen ser los que menos se detienen en estas atracciones turísticas” pensaba mientras les miraba avanzar hacia nosotros por la izquierda. Calculé que cada uno de ellos tendría ya más de sesenta años. Daba la sensación de ser un matrimonio consolidado, a la vez que se mostraban en una actitud tan cariñosa como la de los que llevan casados apenas unos años. La mujer no le llamaba tanto la atención como el hombre. Poseía unos rasgos que se le antojaban cercanos. Esa nariz, esos ojos, esa mandíbula…
Una imagen le vino a la mente: un hombre de unos treinta años se encontraba subido a un vagón de tren. Con su mano izquierda moviéndola de un lado a otro se despedía de dos niños y una mujer, que se encontraban abajo, en la estación. Aquel hombre iba impecablemente vestido: lucía una gabardina beige con todos los botones abrochados, llevaba su par de guantes blancos de piel enfundados en las manos. Un fino bigote dibujado bajo su nariz le daba un porte aristocrático, al igual que un cabello peinado hacia tras con gomina. Aquella estación no se encontraba invadida de humo blanco, como pasaba en las películas, pero era aún así una estación que se había convertido en cinematográfica. ¿Por qué? Digamos que dicha imagen, embalsamada por la memoria tras tantos años, había adquirido con el tiempo un aspecto de reliquia alojada en una vitrina antigua. Parte de esta imagen había sido retocada gracias a la imaginación, capaz de cubrir agujeros negros con su creatividad.
“¿Cuándo volverá, mamá?” le preguntó uno de aquellos niños a la mujer. “Creo que en un par de meses le volveremos a tener en casa, cariño. Me dijo que se trataba de un pequeño asunto de negocios…”
Pero aquel hombre no regresó al cabo de dos meses, ni de dos años, ni de dos lustros. No obstante, aquel niño procuró evocar su imagen cada noche para no perderlo del todo. No pudo valerse ni tan siquiera de fotografías, pues su madre acabó por destruir todo elemento que le recordara en aquella casa. Cuando creció, llegó a la conclusión de que no valía la pena ni tan siquiera su imagen en la memoria. ¿Para qué guardar una mínima deferencia hacia aquel hombre que no había tenido ninguna con ellos?
La memoria, que es sorprendente y traicionera, devolvió a la mente de aquel niño de cuarenta años la imagen de aquel padre antiguo. La traición, según se mire, puede ser llevada a cabo por uno mismo, y esto es lo que sucedió. Octavio Fernández pasó por delante de Luis Fernández, y como era de esperar, ni se fijó en él. No puede enmendarse una actitud mantenida durante veinticinco años en un solo día. El que ha sido de una forma durante tanto tiempo, seguirá siéndolo el tiempo que haga falta, hasta que la vejez acuda a él como motivo final para no rectificar esta mala costumbre.
“¿Qué te ocurre, amor?” me preguntó la historiadora de arte. “No es nada, tan solo que me pareció ver a alguien… pero no era nadie.” A continuación, volví a mirar a la iglesia y me dije: “Mejor continuar siendo una ruina que una mala restauración…”

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