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LA CITA Y LA VÍCTIMA

>> lunes, 13 de mayo de 2013


En el papel lo ponía muy claro: “Calle de la linde Nº 20”. Hacía un rato que había salido del pueblo yendo en busca del lugar de la cita. Era extraño, porque la calle seguía aunque la civilización hubiese quedado atrás. “¡Las calles son para habitarlas, no para llevarlas al campo!” pensó Diego. Estaba nervioso, casi podía oler el perfume de Henrietta. “Mañana por la tarde te veo en la Calle de la linde Nº 20” le había dicho en su mal español. Ni él ni ella eran de allí. Él era español, aunque de Madrid. Ella francesa. Ambos habían ido a aquel pueblecito leonés  a pasar el verano, aunque por diferentes motivos. ¿Qué es lo que le enamoró de ella? Su voz, incluso antes de verla. Su acento tan marcado y a la vez tan suave, su poética sonora hecha realidad de manera tan inconsciente. Los amigos de su cuadrilla se habían quedado jugando al billar en el bar adonde siempre iban, aquel en el que él la había conocido. Ingenuamente se habían puesto a jugar sin miedo a hacer el ridículo, víctimas del alcohol. Allí estaba aquel grupo de extranjeros que rápidamente hicieron piña con ellos. Ella nunca había jugado y él se ofreció a enseñarla. Fue un extraño cortejo, donde solo ellos eran conscientes del mismo. Los demás jugaban al billar, ellos cogían el palo y lo acercaban a las bolas, pero estaban a otra historia.
Había comenzado a dudar de que aquel fuera el lugar correcto. ¿Se habría equivocado ella? Por fin llegó al número veinte, que lucía pintado sobre azulejo en una tapia, resquebrajado. El número estaba ahí, pero no la puerta. Tuvo que avanzar unos metros más para llegar a la entrada. Dos verjas abiertas invitaban a penetrar en aquel cementerio. Diego no podía creerlo. “Henrietta, amor, ¿qué juego es este?” La idea de la equivocación se fue acentuando en él, y cuando estaba a punto de marcharse de allí, la vió aparecer. Venía alegre, parecía no pisar el suelo por donde venía. “Hola Dieguito” le dijo poniendo la boca muy cerrada, haciendo más patente su forma de hablar cariñosa. “¿Te gusta el sitio?” le preguntó. ¿Estaba jugando con él? Diego contestó: “La verdad es que no se me habría ocurrido nunca quedar en este lugar”. Ella torció el gesto y rápidamente esbozó una nueva sonrisa: “¿Pero por qué? ¡Es tan romántico…! ¿Conoces el cementerio de París?” Él no quería conocer ningún cementerio… Por no querer, en ese momento no hubiese querido ir ni a París. Se encontraba desganado. Henrietta le tomó de la mano y le introdujo en el camposanto. A él le habían educado en un cierto respeto por estos lugares, no de gustaba entrar en ellos para estas cosas… Había incluso comenzado a ponerse supersticioso, cuando aquellas cosas realmente nunca le habían importado lo más mínimo.
Cruzaron un sendero de lápidas, panteones y mausoleos. Era indudable que muchos de aquellos monumentos funerarios eran realmente bellos. La gente que yacía en ellos debió de ser poderosa. No obstante, él era más de aquellas otras obras sencillas, piedras con un nombre sobriamente esculpido en ellas.
Como si ella le hubiese leído el pensamiento, le detuvo ante una humilde tumba. “Me recuerda a la de André Bretón”. Él no sabía de quién le estaba hablando, pero asintió igualmente.
De repente, una música de charanga llegó hasta ellos. Una música que sonaba dentro de aquel cementerio. “¿Lo oyes? ¡Es por nosotros!” Él no daba crédito. Aquella mujer deliraba, sin duda. “¡Vamos!” le dijo. “Henrietta, no me gusta esto. Quiero marcharme” le dijo. Notaba el estómago revuelto. Ella hizo caso omiso a sus súplicas y buscó la procedencia de aquella música. En cuestión de minutos, llegaron ante un monumento en mármol de estilo romántico. Las figuras pétreas de dos jóvenes eran su motivo principal. “Dos amantes muertos…Se dice amantes ¿no?” preguntó ella. “Sí, sí… amantes…” respondió él.
Bajo las figuras, se encontraba la entrada a la tumba… y estaba abierta. Aunque resultara increíble, aquella música procedía de su interior. Ella le miró con ojos pícaros, decididos a cometer una travesura. “No pienso entrar ahí dentro”. Intentó separar su mano de la de ella, pero ésta le sujetaba con firmeza, con una fuerza increíble. Sin tan siquiera comentarle su idea, ella le introdujo por aquel hueco oscuro. Había que andar con pies de plomo, pues las escaleras estaban muy empinadas y eran realmente angostas. No se veía nada, los ojos no terminaban de acostumbrarse. Cuando llegaron abajo, se hizo la claridad poco a poco. La música procedía de un viejo transistor que se encontraba colocado sobre la tumba. “Aquí no nos verá nadie” dijo Henrietta. Diego pensó: “¡Y que lo digas! No creo que nadie quiera meterse aquí para descubrirnos… sólo tú, porque estás loca de atar”. Ella le besó lentamente. Él poco a poco se dejó hacer. Fuera se oyeron unos pasos. Un sonido de pisadas apenas perceptible. Ellos, por supuesto, no lo escucharon. Ni siquiera oyeron la verja cerrarse, ni el candado ponerse, ni la llave girar dentro de él.
“Te quiero” dijo ella. “Sé que otros chicos no aceptarían hacer estas cosas. Tú eres especial.”



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