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LO QUE NO SABE UN SECUESTRADOR

>> sábado, 25 de mayo de 2013


Aquel chico que siempre tosía tuvo mala suerte. Lo tenía todo planeado, sabía a quién, cómo y dónde secuestrar a aquella muchacha que nunca había visto reír. Fue a plena luz del día, mientras ella salía de la panadería tras haber comprado una baguette. Como, a pesar de ser secuestrador tenía buena voluntad, aprovechó y compró un poco de fiambre con el que rellenar el pan que ella había comprado para dárselo después convertido en bocadillo. Hasta le quitó la mordaza para que lo pudiera comer.
Al llegar a la casa, una chabola en mitad del bosque, la condujo sin quitarle todavía la venda, para que no supiese dónde se encontraba. Una vez dentro, la ató a una silla y le devolvió la vista. Tenía unos ojos terriblemente bellos, de esos que hacían que un secuestrador enamoradizo se fijase en ellos. “Secuestrada por amor”.

-¿Quién es usted?
-¿Qué importa eso? Dime: ¿Me quieres?
-No sé quién eres.
-¿No te parezco atractivo?
-La primera impresión que tengo de ti no ha sido muy buena, la verdad. Ahora no estoy como para fijarme en bellezas o fealdades…
-No importa. Ya habrá tiempo para que te enamores.

El chico que siempre tosía tuvo muy mala suerte eligiendo a aquel objetivo. Y es que no se puede secuestrar a una secuestradora. Ella también sabía cómo utilizar sus armas… las armas de la belleza. Su plan era siempre el mismo: esperar a que algún incauto se fijara en ella y la secuestrara, para después hacer que cambiasen las tornas y que el secuestrador acabara atado a la silla de la que creía su víctima. Era mucho más sencillo poner un gusano en el anzuelo que salir a pescar sin ningún cebo. Los peces acudían a ella sin necesidad de buscarlos.
La chica que nunca reía solo necesitó de un día y medio para someter al chico que siempre tosía.

-No tosas tanto. Alguien de fuera nos puede oír y venir para ver qué es lo que sucede aquí…
-Si no han venido ya…
-¿A qué te refieres?
-A que toso mucho… y a que estamos en medio de un bosque. Ni un zorro he visto acercarse…
-Cállate.
-¿Te molesta mi voz?
-No. Pero no quiero conocerte, no quiero cogerte cariño. Eso puede ser fatal para mis planes… Yo soy muy empática…

Ella en cierto modo temía a que aquello que él le había dicho se cumpliese: “Ya habrá tiempo para que te enamores”. Aquella frase se podría interpretar también de este modo: “Tarde o temprano te enamorarás.” El roce hace el cariño ¿no?

-Oye, tú… Tienes pinta de enamoradizo…
-Tranquila, no es contagioso…
-¿Ibas a pedir un rescate por mí?
-Yo no quería dinero. Yo te quería a ti. No soy tan materialista…

Aquellas palabras le llegaron muy hondo. No obstante, ella no se iba a dejar engatusar. Los que se enamoran se vuelven idiotas, dijo Bernard Shaw… por poder, se podía enamorar hasta de su tos. Pero aquello no sucedería.

-¿Tienes familia?
-Nada importa ya porque solo pienso en ti…
-No digas tonterías… Oye, necesito dinero, así que más vale que me des el nombre de alguien que te tenga suficiente estima como para darme una suma considerable a cambio de ti…
-No tengo a nadie. Soy un huerfanito…
-Eres un imbécil…
-Llámame lo que quieras. Estoy a tu disposición…
-No me gustan los que se esclavizan por otro…
-¿Y qué es el amor sino eso?
-Algo más loable, sin duda alguna. Algo que yo no conoceré jamás…
-Dame un beso…
-Haré algo mejor. Te pondré la mordaza.


Los días pasaban y ella tenía cada vez menos ganas de seguir con el secuestro. Un día, le liberó. Había comenzado a plantearse su profesión. Se había sentido indigna de ella. Aquel secuestrador tan atípico le había tocado la fibra sensible. A partir de ahora, solo se dedicaría a enamorar a otros y ya está. Nunca más los secuestraría.


A mi amiga Cristina, a la que se le ocurren historias increíbles... como ésta.

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