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“LOS ILUSOS” O LA VITALIDAD DEL CINE CONTEMPORÁNEO

>> miércoles, 1 de mayo de 2013




En contra de lo que muchos agoreros puedan decir, el cine no ha muerto. Jonás Trueba así lo defiende, mediante palabra o bien llevando esta teoría a la práctica. Tras su filme “Todas las canciones hablan de mí”, el cineasta ha optado por dar un giro copernicano para demostrar que el cine es, ante todo, pasión. Debe de existir una norma invisible aunque perfectamente palpable que diga lo siguiente: “Una película resultará más atrayente para el espectador en tanto en cuanto haya sido realizada con una mayor sinceridad por parte de quien la lleve a cabo”. “Los ilusos” resulta toda una declaración de amor al séptimo arte, una propuesta arriesgada que parte de un precepto necesario como es el de la humildad. Jonás lo define más bien como “amateurismo” en el sentido de esa necesidad de reinventar el cine redescubriéndolo. Tratar de volver atrás, de olvidar lo aprendido olvidándose de todos esos corsés que pueden impedir al creador desplegar su talento, su creatividad.


El término “ilusos” hace referencia a esos creadores de historias, esos fabuladores de fantasmagorías cinematográficas. Esos “visionarios” que viven diariamente su pasión porque ésta se escapa más allá de lo que una cámara puede ser capaz de registrar. Gente vital que urde sus planes en la oscuridad y anonimato, cuando nadie es capaz de adivinar lo que se traen entre manos.
El filme de Trueba presenta una interesante estructura. A grosso modo, podemos decir que “Los ilusos” es una historia dividida a su vez en dos: por un lado, nos presenta la gestación de un proyecto cinematográfico y, por otra, nos permite contemplar diferentes escenas filmadas del mismo. Como espectadores privilegiados, asistimos a una historia de ficción y a todo aquello que se oculta tras ella, nos pone delante sus bambalinas, alternando estas dos propuestas hasta confundirlas, hasta hacer desaparecer esa fina línea que separa el mar del cielo.
Pero “los ilusos” es algo más, un proyecto bien complejo: Es una historia de retales, un proyecto fresco y vivo precisamente por su estado en constante construcción. La película es una búsqueda de la misma película, un intento logrado satisfactoriamente. Tanto el director como el resto de colaboradores, compañeros o “ilusos”, realizan un soberbio trabajo en grupo, haciendo funcionar el engranaje a las mil maravillas. Cada uno de ellos demuestra su buen hacer, su empeño en obtener de la artesanía de su trabajo un bello resultado. No se pretende obtener una perfección, pero sí existe un esfuerzo por alcanzar unos resultados óptimos acordes con la dificultad que entraña explorar un terreno desconocido. Este terreno inexplorado no es otro que el del pionerismo. Un deseo de reinvención audiovisual con todo lo mejor que nos ofrece el pasado. Godard aparece cada cierto tiempo para recordarnos que sus propuestas siguen siendo bien novedosas. El tratamiento de la imagen en relación con el sonido, todos sus experimentos llevados a cabo, se presentan a nuestros ojos en este caso con renovada fuerza y razón. El cine no es solo una historia contada ante la cámara, sino infinitos caminos para llegar a esto mismo. Es un “¿qué?” Y un “¿cómo?” (pudiendo desgranar a partir de aquí muchas más preguntas).


Cada una de las pequeñas historias de “los ilusos” no deja de ser un diálogo constante con el medio que las permite expresarse. El blanco y negro ofrece una objetividad que a su vez permite que todo el dispositivo interno se desarrolle sin problemas, dejando que el primer mensaje con el que se trabaje llegue directo y conciso. La propia cámara utilizada para la filmación, que nos remite a unos tiempos recientemente pasados, es también quien en muchos casos tiene la voz de mando, decidiendo por encima del cineasta cuándo una toma debe acabar (es decir, cuando la película toque a su fin y concluya el metraje virgen). Los propios rótulos manufacturados o elaborados de forma industrial, que nos hablan de las historias de los personajes, de la concepción del cinematógrafo, estableciendo comunicación a su vez con el espectador… Hay un sinfín de detalles que amenazan con convertirse en infinitos para quien trate de desentrañarlos.
Como reza el texto del inicio, en toda película siempre se proyectan una serie de expectativas. El público parece exigir de cada una de ellas una retahíla de motivos que las conviertan en piezas dignas de ser vistas. En esto, “Los ilusos” prometen ser lo más transparentes posibles, poner delante su realidad y no maquillar las cosas con un tamiz de artificio. Y esto es lo que más debe de agradecerse de ella: este ponerse a la altura del público y tratarlo de igual a igual. El espectador inteligente comprenderá este mensaje y lo valorará en su justa medida. Si existe una hipotética justicia cinematográfica, podemos decir con seguridad que nos encontraremos bien próximos a ella.

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