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LUNA DE HIEL

>> domingo, 26 de mayo de 2013


Se había pasado toda la noche en vela. Ahora, amanecía. Sentada al borde de la cama, los primeros rayos del sol fueron poco a poco iluminando la estancia. Hoy era el gran día, el día de su boda. Sentada al borde de la cama, lucía su salto de cama de forma nada elegante. Le miraba a él, que sonreía estúpidamente con sus ojos cerrados. Aquella noche, la luna había sido testigo de la furia de un par de impacientes que habían sido incapaces de esperar un día más para dar rienda suelta a su deseo. Esta luna, tan redonda y blanca, había permanecido esta vez oculta tras las nubes. Parecía sentir vergüenza de ver algo a sus ojos (a sus cráteres) indigno. Aquella noche debía de haber tenido lugar en la más completa oscuridad, ocultando así a los ojos de todos unos hechos inmorales. Aquella noche tenía que haber sido también sorda, impidiendo así que determinadas cosas hubiesen sido escuchadas. Pero no, aquella noche tuvo que existir, permitiendo así que ciertas personas la ocupasen en divertimentos de lo más impuros. El sol, incluso, como adivinando lo que dentro de un rato iba a suceder, tuvo a bien marcharse antes de tiempo para evitarse este mal trago.
Lo que en aquel dormitorio aconteció, hemos decidido no reproducirlo aquí. Los lectores tienen derecho a no ensuciarse los ojos con una lectura tan innoble.
Hablemos, pues, del presente. De aquel amanecer, de aquella novia que aquella noche padeció de insomnio. De aquel novio con aquella sonrisa estúpida y aquellos ojos cerrados.
Fuera del hotel, comenzaron a escucharse los primeros sonidos del día. Una campana de una iglesia a lo lejos, representando más que nunca la conciencia de los pecadores. Alguien que baja a comprar el periódico y se encuentra con otro que vuelve ya con él. Una gorda que saca a su ridículo caniche (mas, qué culpa tiene el pobre perro de pertenecer a esta raza y de haber sido llevado por su ama a la peluquería para ser sometido a un corte de pelo de estilo tan absurdo). Alguien que enciende su transistor desde su baño para oír las noticias y abre la ventana para que todo el mundo se entere de la línea editorial que le gusta seguir. Un pájaro que se ha aburrido de estar en su nido y sale a picotear algún manjar abandonado en alguna acera.
Ella era la única que no había mostrado actividad desde la noche anterior. Concretamente, desde las dos y media de la madrugada… A no ser que quedarse despierto sea ya una actividad…
Comenzó a sonar el teléfono de la habitación. La primera llamada no la cogió. La segunda se lo pensó. Fue en la tercera cuando descolgó el aparato: “¿Sí? ¿Mi madre? Pásemela… ¡Hola mamá! No, no he dormido nada… No sé, ya veré… Si, a las doce, de acuerdo. Un beso.”
Contestaba casi automáticamente, sin ser consciente de que aquella boda no iba a tener lugar. Colgó y miró a Jacinto. Allí seguía, desnudito y con la colcha de la cama revuelta. La botella de champaña estaba a la mitad, reposando sobre el cubo, caliente y rodeada  por el aguachirri de los hielos derretidos.
Entonces, como tocada por la varita de la responsabilidad, volvió de Saturno a la Tierra y recobró la conciencia perdida. Quizá fue el insistente tañer de la campana de la iglesia en la que supuestamente iba a contraer matrimonio con Jacinto. Ahora fue ella la que decidió llamar. Cogió el listín telefónico, buscó una página, encontró un número y lo marcó. “Hola. Sí… ¿Funeraria “Descanso eterno?” Mi nombre es Anabel Martín y quisiera solicitar sus servicios...”
La muerte no descansa ni en domingo, como tampoco lo hacen las funerarias. Hay que estar siempre dispuesto a atender al prójimo.     
Colgó y contactó con el propio hotel. No quería que le pasasen más llamadas a la habitación.
Treinta años esperando este día y ahora todo se había ido al traste. Se acercó a Jacinto y le miró con ternura: “¡Ay, mi Jacintito! ¡Pero qué travieso has sido siempre!” Se había empeñado en pasarse toda la noche satisfaciendo las necesidades de su cónyuge. Ella, que no sabía decir que no, aceptó como quien decide que le cuenten el “Decamerón” de pe a pa, con hechos y no con teoría.
Él, que había sido siempre muy original, quiso tenerla entretenida en todos los sentidos, y se inventó un sinfín de historias fantásticas para aderezar la velada. Le parecía que dos cuerpos no eran suficientes, que había que disfrazarlos con poética. Pero tanta literatura fue excesiva, y el pobre Jacinto sucumbió en su hazaña. Sucumbió feliz, con las botas puestas.
Mágicamente, ella olvidó el momento en el que se encontraba y comenzó a retroceder en el tiempo. Al fin y al cabo, lo que siempre quedan son los buenos recuerdos. Además, ella nunca quiso casarse. A su memoria vinieron momentos estupendos de su vida, momentos incluso anteriores a Jacinto. Toda su vida se desplegó ante ella recordándole los años que tenía. Poco a poco, dejándose llevar de nuevo por su automatismo, por su inconsciencia, comenzó a vestirse, salió de la habitación, llegó hasta la calle, cogió el coche y se marchó del pueblecito. Y todo esto lo hizo recordando.

La policía la encontró en el pantano que había a tres kilómetros, flotando en el agua con el abrigo puesto mientras cantaba una deliciosa tonadilla gaditana. Anabel nunca volvió a ser la Anabel que todos conocían. Anabel ya no era Anabel, era su propio pasado.

2 comentarios:

José Arturo Visedo Manzanares 28 de mayo de 2013, 4:58  

En el colegio, de pequeño, creo recordar, o tal vez no fuese como recuerdo, me pidieron, en algún momento, que hiciese una redacción sobre una silla. Aquello parecía dificilísimo, si no imposible. ¿Que se puede decir de una silla?; la describes y ya está. Se acabó. Pero hoy, aprendiendo con tus historias inverosímiles, creo que podría escribir, sobre una silla, el guión de un best seller. Un saludo.

nosoydali 28 de mayo de 2013, 4:59  

¡Menudo piropo! ¡Gracias Arturo! ¡Ojalá todos los comentarios sobre mis historias fueran como los tuyos!

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