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ROBERT BRESSON, EL CINEASTA DE LOS PEQUEÑOS MILAGROS COTIDIANOS

>> jueves, 2 de mayo de 2013


Cartel de "Pickpocket"

La pasada semana, asistí una tarde a la proyección del film “Pickpocket”. Mi profesor de estética cinematográfica, Carlos Reviriego, fue quien propuso el visionado. Así pues, ante un público selecto, el proyector comenzó a desgranar una serie de imágenes que tenían como banda sonora una serie de partituras compuestas por Lully (aquel músico barroco que murió por una infección en el pie, provocada por el bastón con el que marcaba el tempo a su orquesta). El film estaba dirigido por francés, aunque no de origen italiano como Lully: Robert Bresson. De él ya había visto sus filmes “Diario de un cura rural” y “Un condenado a muerte se ha escapado”. En la actualidad, considerado uno de los cineastas de culto francés, a Bresson le fue negado este privilegio por parte de su país durante una buena parte de su vida. Al parecer, la estética bressoniana se encontraba un tanto apartada del público general. Quizás sus planteamientos, la visión que tenía de las cosas, pudiera considerarse de otra época. Un tiempo medieval, tal vez. 

Robert Bresson

Bresson fue el maestro de la sencillez, de la búsqueda de la verdad mediante la síntesis. Dejaba las cosas en su esqueleto más elemental y, una vez logrado, las exponía ante los ojos de los demás. Hombre de pocas palabras (y de pocos filmes), consiguió que sus juicios fueran repetidos por generaciones futuras, por admiradores de su genio (esos admiradores que consiguieron ensalzar su nombre en la historia del cine). Quizá para muchos sus postulados fuesen excesivamente radicales. Él hablaba del cine como teatro filmado, y describía a sus actores como modelos (cuerpos) puestos delante con el solo fin de contar una historia. Se convertían en efigies, en figuras estáticas y pétreas como personajes de un retablo antiguo. No mostraban sentimientos y se limitaban a actuar hablando o realizando acciones como personas ante una cámara, no como “intérpretes”. Y precisamente de ese modo, Bresson mostraba el milagro cinematográfico. Lo tenía planeado de antemano. No lo buscaba porque ya lo había encontrado previamente. Esto le obligaba a mostrar las cosas limpiamente, tal como sucedían, sin ningún tipo de ambigüedades para el público. Por ello, muchas de sus escenas parecían teatralizadas (en el otro cine no se habrían desarrollado así). Y entonces, el espectador, contra todo pronóstico, acababa mordiendo el anzuelo. Todas estas aparentes barreras desaparecían para él y acababa sumergiéndose en la historia, volcándose hacia los personajes, sintiendo por éstos empatía. Sucedía este milagro, el film quedaba rodeado de una especie de aura extraña que lo hacía flotar, como tocado por una varita mágica. Un cine a la altura del de Dreyer o del de Ozu.    
“Pickpocket” es la historia de un pobre diablo condenado, por una extraña fuerza que vive en él, a cometer actos de pillaje. Michel, que así es su nombre, nos recuerda el caso de otros personajes anteriores en la filmografía de Bresson, hombres que viven en un encarcelamiento simbólico, que necesitan salir de una prisión en la que se encuentran, física o espiritualmente. Paradójicamente, este ladrón solo puede liberarse de aquello que le oprime siendo detenido. Solo cuando sea introducido en una celda comprenderá que el fin de su tormento habrá acabado.

Escena de "Pickpocket"

Es la escena final quizá uno de los ejemplos más bellos de un cine ya perdido, condenado por el cambio de época (y con ello, de mentalidad) a ser tenido en cuenta tan solo por un grupo de personas dotadas de cierta sensibilidad, por ciertos “medievalistas”. Estos nostálgicos tienen la obligación de recoger el relevo y abanderar esta conciencia cinematográfica, este recuerdo de un cine que no debe de morir y que siempre sufrirá la amenaza de sufrir desatención por parte de un público mayoritario y cegado por sus propias orejeras.
Como decía, la escena final podría definirse como “escena de amor místico”, quizá el más bello de todos los imaginables, donde por encima de los pecados humanos subsiste “la fe en el otro”. El ser humano es condenado por sus errores pero también salvado por este tipo de actitudes, por estos sentimientos que lo elevan sobre aquello susceptible de ser corrompido.
Es este don otorgado por Bresson a sus criaturas lo que define a su cine, lo que hace que sintamos hacia sus personajes ese otro “amor” por el prójimo, limpio e insobornable.
Robert Bresson me ha enseñado su lección, me ha animado a realizar un cine posible y sencillo, exento de complicaciones. Un cine donde prima lo esencial por encima de detalles innecesarios.

2 comentarios:

klee 6 de mayo de 2013, 14:41  

La verdad es que no hace mucho que vi la pelicula, y concuerdo contigo en la belleza y singularidad del universo de Breson,la musica sacra que crea una atmosfera mistica que nos adentra a traves de una aperente frialdad a un desmorronamiento de la mascara al reconocer finalmente al ser amado.
De todos modos en todas las epocas hay propuestas profundas e interesantes dignas a tener en cuenta , para mi modo de entender el cine, no es tan importante desprenderse de lo superfluo como la capacidad de sorprender y emocionar al espectador.
un saludo
te seguire , me gusta tu blog.

nosoydali 7 de mayo de 2013, 1:50  

Estoy totalmente de acuerdo contigo. La propuesta de Bresson es tan válida como tantas otras dignas a tener en cuenta de otra serie de cineastas. ¡Gracias por tus plabras! ¡Un saludo!

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