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UNA SIRENA EN LA BAÑERA

>> miércoles, 22 de mayo de 2013



“Adiós, Max. Me voy a pescar”
Trevor acudió al cuarto de baño con su caña y su cesta con gusanos. Nada podía haberle hecho suponer lo que allí se iba encontrar. Max había aprovechado una de las largas e ininterrumpidas siestas de su amigo para efectuar una llamada telefónica. Cogió uno de aquellos números que publicaba el periódico, el de una tal “Bárbara”. Nada más escuchar la voz femenina al otro lado, habló, y sus instrucciones fueron claras: “Compra un disfraz de sirena y preséntate en la calle Trafalgar Nº 43. Sólo tendrás que meterte en una bañera durante unas horas…”
Max, que solía echarle diariamente a su amigo Trevor todo tipo de peces en la bañera, había recordado que aquel día era el de su cumpleaños, y que merecía una sorpresa. “¿Qué mejor que una sirena?… El pobre está tan solo…”
Trevor salió corriendo del cuarto de baño para avisar a su amigo del feliz hallazgo.
“¡Max, Max! ¡No te lo vas a creer! ¡He pescado a una sirena…!”
Su amigo le dio el siguiente consejo: “Quédate con ella un rato y charlar. A las sirenas hay que tratarlas con cariño, saberlas escuchar… No todos los días se encuentra uno con ellas…”
¡Pobre Trevor! Hacía casi un año que había perdido la razón. Un día se levantó y le dijo a su compañero de piso que el barco en el que viajaban había naufragado en una isla paradisíaca. Estaba realmente excitado: por un lado, le preocupaba la subsistencia de los dos, apartados de toda civilización; por otra parte, había soñado con esta historia desde que era niño y leyó “Robinson Crusoe”. En un principio, Max pensó que se trataba de una broma. Luego, trató de hacerle entrar en razón… y cuando llegó a la conclusión de que sus esfuerzos eran en vano, decidió llevarle la corriente y hacerle sentirse feliz en su mundo imaginario. Pronto comenzaron a cambiar cosas en la casa: la mesa del comedor se convirtió en una improvisada cabaña. Ambos se refugiaban bajo ella cuando creían que iba a ponerse a llover o simplemente cuando querían dormir o comer. Max, que era todo un artista, pintó un fondo de paisaje caribeño, con su cielo rosado, sus palmeras agitándose al viento y su arena lamida por el mar. También compró una serie de discos de efectos sonoros (sonidos de pájaros, oleaje, lluvia, etcétera). De vez en cuando ponía también la “Pastoral” de Beethoven, pero solo en contadas ocasiones.
Trevor trataba de ayudar como podía. Lo que más le gustaba era irse a pescar a ese mar contenido dentro de la bañera del aseo. Max lo llenaba de agua e iba enriqueciéndolo yendo a comprar pescado y marisco, además de aderezar el agua con sal.
Para Trevor, aquel 21 de mayo fue el mejor cumpleaños de su vida… Mejor dicho: fue el mejor día de su vida. Allí estaba, frente a esa Venus rubia que lo observaba embutida en un tosco disfraz.
-         Me llamo Bárbara.
-         No sabía que las sirenas tuviesen nombres propios.
-         Los tenemos, pero las personas no los conocen porque no podemos comunicarnos con ellas… hablamos diferentes idiomas…
-         Lo sé. Algo de eso leí en “La Odisea” de Homero. No obstante, sabéis atraerlas, en concreto sabéis cómo atraer a los hombres hasta vosotros con vuestros bellos cantos…
-         ¿Quieres oírme cantar?
-         No, no quiero. Puedo sentirme irresistiblemente atraído por ti, lo cual no me disgustaría, pero al final acabarías matándome… Lo dice la Historia
-         ¡Eso no son más que cuentos! El tal Homero nunca vió a ninguna sirena. Tú en cambio, eres alguien privilegiado por haberme encontrado. Dime una cosa: ¿vas a pescarme o no?
-         No… Te dejaré en libertad. No quiero que te pongas enferma, que pierdas tu color. Pero prométeme que volverás a verme…
-         Lo prometo… Y ahora… ¿No te apetece meterte conmigo en el agua?
-         Sólo si prometes no hacerme daño…
-         Soy muy cariñosa…
-         Yo también…
Y Trevor se introdujo en aquella diminuta bañera que, milagrosamente, permitía que dos cuerpos convivieran en su interior. La sirena besó a Trevor, y él tiró la caña y la cesta fuera para tener más espacio y poder abrazarla con las manos, ya liberadas.
Aquella tarde, Trevor recuperó la cordura. Aquella tarde, Max se alegró de haber acertado con su regalo de cumpleaños. Aquella tarde, la sirena (Bárbara) no volvió a su casa.

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