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Carteles para obra de Teatro "VIDA" del Grupo "Cáscara rota" . Estreno y funciones en San Casciano (Italia) el 28 y 30 de junio

>> miércoles, 26 de junio de 2013








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Proceso creación obra teatral "VIDA"

>> jueves, 20 de junio de 2013

Cabeza de marioneta en papel maché y barras de madera para las articulaciones de brazos y piernas







Bocetos preparatorios












Pruebas de vestuario


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Combatiendo a la memoria

>> domingo, 16 de junio de 2013

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Retrato de José Ramón Encinar

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Concierto en la Sala Zanzíbar (Viernes 14)

Con Pablo Santamaría ensayando en la calle


Con Alma Aguilar y Pablo Santamaría, interpretando "El jardín secreto"

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UN NEGRO SENTIDO DEL HUMOR

>> sábado, 15 de junio de 2013


Voy a contaros la peor pesadilla que he sufrido de todas las que recuerdo hasta la fecha. Fue soñada la semana pasada, en la víspera de mi treinta cumpleaños. En ella se concretaban pocos datos que pudieran hacer del relato algo verosímil. No obstante, no era de esos sueños lúcidos en los que eres consciente de que todo es una ficción. Me lo creí de arriba abajo, cayendo en mi propia trampa.
Como digo, puedo rememorar muy pocos elementos del mismo. La mayoría de las cosas que aquí paso a describir, he tenido que reconstruirlas. Esta tarea un tanto chapucera de rellenar vacíos es en realidad algo normal en estos casos. Desde que despertamos y tratamos de rememorar lo que hemos soñado, ya estamos reinventando.
Los elementos traumáticos se recuerdan con absoluta claridad, mientras que el resto de situaciones secundarias han de pagar la pena de lo imprescindible convirtiéndose en un paisaje pantanoso (cuya densidad resulta difícil de desentrañar) e invadido por la neblina del olvido.
Los elementos clave con los que puede comenzarse esta historia son los siguientes: una carta y un ministerio. La carta la recogí del buzón al llegar a casa, tras un día de trabajo en la clínica. Sobre ella se encontraba impreso el logotipo del ministerio en cuestión (esto es lo que no recuerdo muy bien, ni siquiera de qué ministerio se trataba). Entré en casa y, sin quitarme el abrigo, me senté a la mesa y abrí el sobre. Algo me decía que aquella carta no iba a traerme nada bueno. La leí y mi inquietud siguió sin disiparse: Estaba citado en aquel lugar. Un señor importante quería hablar conmigo de un asunto que, al parecer, me concernía.
Hice bien en no quitarme el abrigo, puesto que nada más terminar de leer, volví a salir de casa. Necesitaba saber de qué se trataba todo este lío.
Llegué rápidamente al Ministerio. De hecho, solo tuve que cruzar, ya que estaba en la acera de enfrente (cosa extraña, ya que hasta entonces no me había percatado de que tal edificio existía, y solo al leer la dirección que figuraba en la carta fui consciente).
Los problemas siempre son complicados de resolver. Por ello, el despacho al que tenía que acudir estaba situado en la última planta del bloque y, para más inri, el ascensor no funcionaba. Veinte pisitos, ahí es nada.
Cuando por fin llegué, me encontré con un largo pasillo lleno de despachos. Ninguno de ellos estaba señalado por ninguna placa, por lo que tuve que ir llamando de uno en uno hasta dar con el que era (es decir, el último de todos ¿cómo no haberlo imaginado?)
“Pase, pase. Hace ya tres horas que le estaba esperando… Concretamente, el tiempo que tardó en llegarle la carta a su casa”.
Me acerqué hasta aquel hombre de rasgos comunes a los de otros hombres vulgares (seguramente también tendría un nombre vulgar, como Pepe Pérez o Paco Méndez).
“Siéntese, por favor. El caso que nos ocupa en este caso es de vital importancia… para usted. Verá, el caso es que… bueno, esto que voy a decirle no viene mucho al caso, de modo que no tiene por qué hacerme usted mucho caso…”
Este diálogo está totalmente inventado. No acierto a recordar las palabras exactas. Quitándole el humor surrealista, aquel señor vino a decirme lo siguiente: “¿Recuerda el examen final de ciencias naturales que hizo en el instituto? Sí, en efecto, ese para el que no había estudiado lo suficiente y que hizo con tanto miedo… Estaba usted en lo cierto. No merecía la nota que obtuvo. Sacó un ocho y merecía un cuatro. Un cuatro con setenta y cinco, para más detalles. Su profesor se equivocó a la hora de evaluarlo y le hizo pasar de curso erróneamente. Pues bien, ahora que hemos dado con el fallo, sentimos decirle que todo lo que ha hecho de ahí en adelante (todo lo que le ha permitido hacer la nota de aquel examen) queda oficialmente anulado: su prueba de selectividad, su carrera, su trabajo como médico… Lo sentimos mucho”.
¡Yo, que siempre había tratado de tenerlo todo atado y bien atado para poder dormir tranquilo por las noches! Yo, que puedo presumir de ser un hombre tan obsesionado con el orden que casi rallo en la neurosis… ¿Yo me merecía esto?
“¡En todo caso el fallo será del sistema, no mío! ¿Por qué tengo que cargar con este peso?”
Paco Méndez o Pepe Pérez me dijo que mi error había estado en tener engañado al sistema durante todo este tiempo, en saber que yo no era merecedor de aquella nota.
“¿Y el profesor? ¿No tiene también algo de culpa en todo esto?”
“Sí que la tiene, pero está ya muerto. Usted en cambio ha sobrevivido todos estos años como un verdadero hipócrita… Nadie puede engañar al gobierno y usted lo sabe…”
Traté de recordarle la teoría de Descartes:
“¡Los sentidos nos engañan! Yo podía creerme perfectamente que merecía aquella nota… En un examen se pasan nervios, no somos conscientes de lo que hacemos…”
Mi vida acababa de perder su sentido, puesto que había tirado a la basura todos esos años de mi vida… Unos años en los que había vivido en la mentira… ¡Pero yo no era el mentiroso, lo juro!
“¡Yo no soy un mentiroso, se lo juro!”

Todo fue en vano. Fui desposeído de mi currículum y acabé arrojado a la calle como un paria… Aunque si todo había sido una ficción, en realidad no debía de dolerme tanto. Pero me dolió, porque los sueños no te cuentan nada de esto y tú vives en la ignorancia, hasta que una pesadilla viene y te da en las narices con su negro sentido del humor.

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"Informe para una academia"

>> jueves, 13 de junio de 2013

Bolígrafo sobre papel

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PERTURBADOR (Microrrelato)

>> martes, 11 de junio de 2013


Las personas que viajan  en tren a diario se habrán percatado de un extraño fenómeno que ha comenzado a producirse en los andenes de las estaciones. Me estoy refiriendo a esos individuos que se quedan sentados en los bancos y que, a diferencia del resto de viajeros, cuando llega el tren no se suben a él. Su forma de actuar genera inquietud en quienes se los encuentran. Durante un tiempo, yo decidí también, por voluntad propia, formar parte de ellos, de aquel grupo marginal de perturbadores. Lo único que buscaba era perturbar a la gente con la que me cruzaba en aquellos momentos.
Todos los días reservaba una hora de mi vida para este fin. Pagaba mi billete de metro, escogía una de las líneas de tren más concurridas y llegaba hasta la estación preferida para los trasbordos. Allí me bajaba para quedarme sentado en uno de los bancos, esperando a la hora punta. Cuando por fin llegaba, comenzaba mi interpretación, dentro de la cual convivían distintos rituales:
Solía empezar por el de mirar fijamente a uno de los viandantes que tenía cerca de mí. Si la persona en cuestión estaba sentada en el mismo banco, mucho mejor. Cuando la víctima comenzaba a inquietarse, podían pasar varias cosas. Algunos, por ejemplo, me preguntaban por mi actitud e incluso me atacaban. Mi respuesta se traducía entonces en mirarles todavía más fijamente e incluso en enarcar las cejas, como hacen los personajes misteriosos de las películas.
Luego tenía otro truco muy bueno: me levantaba y comenzaba a caminar rodeando a la gente que estaba de pie, junto a la línea de seguridad (aquella que no permite avanzar más porque las vías están ya próximas). Esto provocaba que la gente se moviese de donde estaba e incluso se pegase a la pared para que yo no me acercara.
Otra forma de actuar que no intimidaba tanto era la de esconderme en los huecos que siempre hay entre banco y banco o separando los carteles de publicidad. Ahí donde la visibilidad es nula y la gente solo podía apreciar de mí los zapatos sobresaliendo por abajo, o el ala del sombrero por arriba.
Una vez llamaron a la policía (alguien se debió de sentir molesto). Cuando el agente se acercó a mí para pedirme explicaciones, aproveché para dar rienda suelta a mi imaginación. Aparte de las frases que dije, he construido otras nuevas por si se vuelve a producir la misma situación: “He tenido un día muy malo…” Estoy nervioso, eso es todo…” “No consigo recordar las partes importantes del temario del que me tengo que examinar dentro de una hora” A medida que uno va discurriendo, se le ocurren cosas más complejas. Por ejemplo: “El tren está tardando y no sé si voy a llegar a tiempo para entregar al banco el dinero de este mes…”
Hubo una vez un tipo al que le hizo gracia esta forma mía de ser. El muy imbécil se pensó que era sociólogo, y que me encontraba realizando un estudio. Con su descabellada deducción insultó a los sociólogos comparándome con ellos. Me preguntó con una estúpida sonrisa: “¿Y de qué trata su trabajo? ¿Quizá de las formas de comportamiento de las personas en espacios abiertos?”
¿Y qué hice yo ante aquella situación? Nada. Aquel hombre me sacó de mi personaje, consiguió desestabilizarme.

Desde aquel día, abandoné la idea de perturbar a las personas. Tenía miedo de atraer, con mi actitud, a los imbéciles. 

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"Il barbiere di Siviglia" (dos escenas)

>> sábado, 8 de junio de 2013

Acuarelas de colores sobre pale granulado

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EJERCICIO SOBRE EL TIEMPO EN ESCENA

>> viernes, 7 de junio de 2013


ESCENA 1

JOE y EDNA entran en un piso vacío, dejando la puerta entreabierta.

JOE.- ¿Qué te parece?
EDNA.- No sé, Joe… ¿Crees que podremos pagar todo esto?
JOE.- Edna, cariño… No te he pedido que pienses en cosas que me competen a mí… Te he preguntado simplemente qué te parece todo esto…
EDNA.- ¿Pues qué me va a parecer? Que es como si acabase de entrar en un sueño… ¡Joe, prométeme que no me harás despertar…!
JOE.- Te prometo algo mejor: convencerte de que esto es real.

EDNA y JOE se abrazan.

JOE.- (Señalando al centro de la sala) Aquí irá nuestra mesa de comedor (indicando, después, las ventanas) y allí lucirán unas cortinas de nenúfares… (yendo hacia una de las esquinas) Y aquí, el rincón de juegos para los niños… Creo que con el dinero ahorrado de este mes podré comprarle al pequeño Jimmy un caballo-balancín y a Lucille una muñeca de esas que cierran los ojos cuando se recuesta…
EDNA.- Joe, ten cuidado con esos castillos en el aire…
JOE.- ¡Edna! ¿Por qué eres tan reacia a ser feliz?
EDNA.- ¡Todo lo contrario! Soy realista para evitar la infelicidad… ¿No lo entiendes? Mientras tú caminas sin saber qué suelo tienes debajo, yo calculo cada una de las pisadas.
JOE.- Estás echando a perder uno de los momentos más bellos de nuestra vida…
EDNA.- ¡No, tú eres el que puedes echarlo a perder si sigues comportándote de manera tan inconsciente!

JOE no sabe qué decir y se sienta en el suelo, apesadumbrado. EDNA se acerca hasta él y le acaricia el pelo.

EDNA.- Solo te digo que ahora  tenemos que adoptar una actitud responsable… Tenemos una casa que mantener, unos hijos a los que dar un hogar confortable… ¿Qué te crees, que a mí no me ilusiona nada de esto? ¡Ay, Joe, qué poco me conoces! Precisamente como yo sí te conozco y sé cómo eres, trato de advertirte… Porque soy tu mujer y porque te quiero… ¡Quiero lo mejor para ti, para nosotros, para nuestros hijos!

JOE atrae para sí a EDNA y la abraza.

JOE.- ¡Oh, Edna! ¡Perdóname! A veces parece que no sé valorar todo lo que haces por nosotros…
EDNA.- No tienes que pedirme perdón… me conformo con que atiendas mis consejos… Nada más…

Entran en el piso los PADRES de EDNA.

ROSCOE.- (A EDNA) ¡Hija mía, podrías habernos dicho que eran cinco pisos sin ascensor!
MARGARET.- Tu padre anda más quejita que de costumbre… Desde que se nos estropeó el televisor y no puede ver el béisbol, está insoportable…
EDNA.- Nos han dicho que en un par de años pondrán un pequeño montacargas… ¿No os habéis fijado en el hueco? Ahí va a ir…
JOE.- Bueno, ¿qué les parece la chocita?
MARGARET.- No está mal, nada mal… Claro, que todavía falta el calor del hogar, como es natural… Con unos cuantos arreglos quedará perfecto…
ROSCOE.- ¿Pondréis televisor, muchachos? Igual tengo que venir algún domingo a haceros compañía…
EDNA.- No lo sé, papá… Le estaba diciendo hace un momento a Joe que deberemos prescindir de muchos lujos… nuestra economía no está muy boyante…
MARGARET.- Di que sí, cariño… A mí mis padres me educaron en la sencillez y nunca me faltó de nada… fui una niña feliz…
JOE.- Con un pequeño esfuerzo por parte de todos, este lugar se convertirá en el sueño que todo americano siempre ha perseguido. ¡Nuestros amigos rabiarán de envidia!

Todos ríen.




ESCENA 2

(Extraída de "Esperando al zurdo", de Clifford Odets


Precedente inmediato: hoy, la que les vendió los pocos muebles que poseían se los ha llevado por falta de pago de los plazos que aún les quedaban. Edna ha tenido que acostar a los niños para que no se dieran cuenta de que no tenía nada que darles de cenar. La situación ha tocado fondo. No se puede aguantar más.

JOE.- ¿Dónde están los muebles?
EDNA.- Se los llevaron. No pagamos la cuota.
JOE.- ¿Cuándo?
EDNA.- A las tres.
JOE.- No pueden hacer eso.
EDNA.- ¿No pueden? Pero lo hicieron.
JOE.- ¡Desalmados! Ya habíamos pagado las tres cuartas partes.
EDNA.- El hombre dijo que volvieras a leer el contrato.
JOE.- Seguramente firmamos un contrato falso.
EDNA.- No. Es un contrato en regla. Y lo firmaste.
JOE.- No seas así, Edna.
EDNA.- No, Joe. Deja eso para el cine; a Clark Gable le pagaban kilos de plata por hacer eso.
JOE.- ¡Lindo hogar este! A uno no le dan ganas de volver a casa, ¡te lo juro!
EDNA.- ¿Quién tiene la culpa?
JOE.- ¡Vamos a empezar de nuevo?
EDNA.- ¿De qué quieres hablar? ¿De libros?
JOE.- Te voy a dar una cahetada.
EDNA.- No, no lo vas a hacer.
JOE.- Edna, escúchame; a veces me sacas de mis casillas.
EDNA.- Mírame, estoy muerta de risa.
JOE.- No me insultes, Edna. ¿Qué puedo hacer si la época es mala? ¿Qué diablos quieres que haga? ¿Que me tire al río?
EDNA.- ¡No grites! recién acosté a los niños para que no se den cuenta de que no hay cena. Y si no le arreglo los zapatos a Emmy, mañana no podrá ir al colegio. Por lo menos, déjala dormir.
JOE.- Querida, hoy trabajé toda la tarde… anduve cinco horas sin un pasajero. Es la crisis.
EDNA.- Cuéntaselo al de los muebles.
JOE.- El taxi marcaba 2,20. Edna, una mujer andaba con un perro y estaba algo borracha… me dio 25 centavos de propina ¡por equivocación! Escúchame, estamos llenos de oro.
EDNA.- ¿Sí? ¡Cuánto?
JOE.- Tomé un completo en una lechería: un dólar con cuatro.
EDNA.- Sí, mañana vence el segundo mes de alquiler.
JOE.- No me mires así, Edna.
EDNA.-No te estoy mirando. Estoy mirando a través de ti… Pensar que todo iba a ser tan lindo! Un chalecito junto al arroyo y rosas en primavera… Eres un fracasado, Joe. Y estás loco si crees que lo voy a soportar mucho más.
JOE.- Si pudiera, buscaría otro trabajo. Pero no hay trabajo… ¿No lo sabes?
EDNA.- Hemos tocado fondo. Es lo único que sé.
JOE.- ¿Qué puedo hacer?
EDNA.- ¿Quién es el hombre en esta casa? ¡Tú o yo?
JOE.- Esa no es un respuesta ¿Por qué no me ayudas? ¡Dios! ¿No me vas a ayudar? En todo el día no he tomado más que un café con leche. Yo también tengo hambre. me rompería las manos trabajando si…
EDNA.- Voy a abrir una lata de sardinas.
JOE.- No. Ahora me vas a decir qué es lo que quieres que haga.
EDNA.- No soy dios.
JOE.- Quisiera volver a los diez años y no tener que pensar el el próximo minuto.
EDNA.- Sí, pero no tienes diez años y tienes que pensar en el próximo minuto. Y tienes dos hijos durmiendo en la habitación de al lado. Y necesitan comida. Y ropa. Y zapatos. Durante cinco años me he pasado las noches despierta oyendo latir mi corazón… ¿Por qué no se juntan todos? ¿Por qué no hacen una huelga pidiendo aumento? Papá hizo una durante la guerra y le aumentaron. ¿No ves que me estoy volviendo una vieja bruja?
JOE.- Las huelgas no sirven.
EDNA.- ¿Quién lo dijo?
JOE.-Además, eso significa que mientras dure no ves un centavo. Y cuando se acaba, la compañía te despide.
EDNA.- Bueno, supongamos que te despiden ¿Qué pierdes?
JOE.- Ahora estamos sacando entre seis y siete dólares por semana.
EDNA.- Sí, el alquiler.
JOE.- Ya es algo, Edna.
EDNA.- No, no es algo. Si os van a seguir aplastando. Y os van a llegar a pagar tres o cuatro dólares por semana antes de que os deis cuenta. Y cuando ganes tres dólares por semana también vas a decir: ¡peor es nada!
JOE.- Hay demasiados taxis por las calles. Eso es lo que pasa.
EDNA.- ¡Pero grandísimo tonto! Deja que la compañía se preocupe por eso. ¿No te das cuenta de que si los txis no dieran dinero, los meterían en el garaje? O crees que la empresa funciona nada más que para pagarle el alquiler a Joe Mitchell.
JOE.- No entiendes nada de negocios, Edna.
EDNA.- No, pero entiendo esto: tu patrón nos está explotando a todos. Y no sólo a vosotros, sino también a vuestras mujeres y a vuestros hijos que van a crecer raquíticos y desnutridos. ¿No ves cómo los niños se resfrían continuamente? Parecen fantasmas. Betty no ha visto un pomelo en su vida. El otro día la llevé a la frutería y vió un cajón de pomelos y me preguntó: “¿Qué es eso?” Por Dios, Joe. ¿No comprendes que el mundo debe ser para todos?
JOE.- Los vas a despertar, Edna.
EDNA.- No me importa, si también te despierto a ti.
JOE.- Un hombre solo no puede hacer una huelga.
EDNA.- ¿Y quién dijo un hombre? Son muchos en esa porquería de sindicato que tienen
JOE.- El sindicato no es una porquería.
EDNA.- ¿No? ¿Qué hace? Cobra la mensualidad y te palmea en la espalda.
JOE.- Están haciendo planes.
EDNA.-¿Ah, sí? ¿Qué planes?
JOE.- No sé. No nos lo dicen.
EDNA.- ¿Así que esos hombres malos no le quieren contar al pobrecito de Joe los planecitos que tienen para el sindicato? ¿Pero qué es esto? ¿Una compañía de boy-scouts?
JOE.- Sabes muy bien que son pistoleros. Los que dirigen te meten cuatro tiros por una moneda de cinco.
EDNA.- ¿Y por qué aguantas eso?
JOE.- ¿No me quieres vervivo?
EDNA.- No… Me parece que no, Joe. Si no eres capaz de levantar un dedo para arregalar nuestra situación, entonces, no me importas.
JOE.- Pero… no compresdes querida…
EDNA.- ¡No me importa! Ni tú ni todos esos cobardes que no quieren pelear. ¡Que los maten y los hagan picadillo! ¡A mi me importan mis hijos, mi casa, mi marido! ¡Quiero un futuro, Joe! ¡Y alguna vez tendremos que empezar a pelear por que llegue de una maldita vez!

EDNA SE DA LA VUELTA Y SE METE EN LA HABITACIÓN DE LOS NIÑOS. ANTES DE ENTRAR MIRA A JOE. JOE MIRA A EDNA. JOE QUEDA SÓLO EN ESCENA, JUNTO CON SUS PENSAMIENTOS.



ESCENA 3

Casa de los PADRES de EDNA. ROSCOE se encuentra en una butaca, viendo la televisión. Los niños se encuentran junto a él tratando de llamar su atención.

ROSCOE.- (Gritando) ¡Edna, dile a tus hijos que dejen de molestar! Así no hay forma de ver el partido…

EDNA sale de la cocina con un delantal y unas manoplas.

EDNA.- (A los niños) ¡Vamos, vamos, dejad al abuelo! ¿Queréis venir a tomar un poco de pastel de carne?
JIMMY.- ¡No! ¡Está asqueroso! ¡La abuela no sabe cocinar!
LUCILLE .- ¡Llevamos dos semanas comiendo los mismos platos!
EDNA.- ¡Basta! ¡No ofendáis con vuestras palabras!

MARGARET sale de la cocina vestida también con ropa de faena.

MARGARET.- Si no os gusta os vais a un comedor social… O, mejor aún, le decís a vuestro padre que trabaje en algo. ¡Es un vago redomado!
EDNA.- ¡Mamá, por favor! A Joe le echaron del trabajo hace dos semanas y todavía no ha tenido tiempo de encontrar nada…
ROSCOE.- Yo en sus tiempos ya habría encontrado dos trabajos…
EDNA.- ¡Basta, papá! Sois injustos con Joe…
MARGARET.- De verdad, no sé lo que viste en él… No ha hecho más que llevarte por el camino de la amargura…
EDNA.- ¡Soy mayorcita y sé lo que hago! ¡Claro que a vosotros os habría encantado que hubiese encontrado a un príncipe de la realeza!
ROSCOE.- Con que ganara billetes bateando me habría valido, querida…
EDNA.- Escuchadme… Sé que os tengo que estar eternamente agradecida por habernos acogido en vuestra casa al habernos quedado sin piso… Pero lo que no voy a permitir es que os metáis en mi vida privada…
MARGARET.- ¿Privada? Aquí, en esta casa, ninguno tenemos intimidad… Ni siquiera esas criaturitas, tan inconscientes como son…

JOE entra en el piso. Viene con un pan debajo del brazo y con cuatro periódicos.

ROSCOE.- Vaya, el que faltaba…
JOE.- Buenas tardes…
EDNA.- (Besándole) ¿Qué tal, cariño?
JOE.- He cogido los periódicos por si encuentro alguna oferta de trabajo…
EDNA.- (A sus padres) ¿Veis? ¡Joe es bueno, está haciendo por mejorar la situación!
ROSCOE.- Comprando el periódico con el dinero de mi jubilación… Así yo también me busco un futuro…

LUCILLE se acerca hasta su padre y trata de quitarle el pan. JOE se resiste pero al final ella acaba arrebatándoselo. Abre el papel y descubre parte de la barra a la que le falta una parte.

LUCILLE.- Papá, te has comido parte del pan…
MARGARET.- Pero… ¿Es posible?
EDNA.- Lo diré yo porque él seguro que no se atreve… Joe ayer no cenó, lo hizo para ahorraros gastos… Se siente culpable…
JOE.- Bueno, bueno, ya está bien… (Abre uno de los periódicos, que aparece enteramente subrayado) Escuchad, he leído por encima que buscan trabajadores para una nueva fábrica que ha abierto en las afueras…
ROSCOE.- Ah, sí… Olvídalo, Joe… Allí no buscan a tipos como tú… Buscan experiencia en cosas que tú no has tocado ni de refilón ¿entiendes?
JOE.- (Encarándose a ROSCOE) Yo entiendo de muchas más cosas de las que cree… ¡Usted sí que lo tendría complicado en la actualidad con su pobre experiencia!
EDNA.- ¡Joe, por Dios!
MARGARET.- ¡Oye, chico! ¿Quién te crees que eres para hablarle así a mi marido? Es más ¿cómo te atreves a morder la mano de quien te da de comer?
JOE.- ¡Si no lo dice revienta, señora! ¿Va a estar siempre restregándonos por la cara lo de que estamos viviendo en su casa? ¡Que sepa que para una madre la primera obligación es ocuparse de su hija!
ROSCOE.- Sí, pero no de un gandul como tú y de dos niños malcriados…
EDNA.- Oye, papá, no…
JOE.- ¡Sí, hombre! Déjale que hable y se desenmascare… ¿Saben lo que les digo? Que nos vamos de aquí… No necesitamos limosnas…
MARGARET.- ¡Eso, eso, iros directos a un hospicio!
JOE.- (Cogiéndola del brazo) ¡Vamos, Edna! Avisa a los niños…
EDNA.- ¿Qué haces?
JOE.- Todavía tenemos dignidad…
EDNA.- Eso, tú primero la dignidad antes que nada… ¡Vámonos a vivir debajo de un puente con tu puñetera dignidad!
JOE.- ¿Piensas quedarte aquí después de todo esto?
EDNA.- Joe, son mis padres… Además, están los niños… ¿Crees que ahora estamos para aventuras?
MARGARET.- Di que sí, hija mía. Hay que tener dos dedos de frente para algunas cosas…
JOE.- (Mira con cara de odio a MARGARET y después se dirige a EDNA) Si tú no vas, me iré yo solo de aquí…

EDNA se queda callada.

ROSCOE.- ¡Adelante, la puerta está abierta!

JOE mira a EDNA, que le mira suplicándole, a punto de echarse a llorar.

JOE.- Muy bien, buenas tardes…

JOE se marcha.

ROSCOE.- (Indicando el pan y el periódico que JOE lleva bajo el brazo) ¡Joe, deja esas cosas sobre la mesa! No son tuyas…
EDNA.- ¡Padre!

JOE obedece y las deposita. Luego se marcha.

MARGARET.- (A EDNA) ¿Te lo dije o no? Esto iba a acabar mal…
LUCILLE.- (A JIMMY) ¿Dónde va papá?

JIMMY.- ¿No lo has oído? ¡A vivir debajo de un puente!

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Tomás Bretón. "En la Alhambra" (1898)

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VIDA Y OBRA DE OTRO HOMBRE MEDIOCRE (Microrrelato)

>> jueves, 6 de junio de 2013


Su nombre estaba condenado a pasar a formar parte de las enciclopedias de literatura más prestigiosas. Él, cuyo proverbial manejo de la lengua le había hecho traspasar fronteras. Pero la cosa no se quedaba tan solo en la forma, sino que llegaba con sobresaliente al contenido: sus historias resultaban magistrales, consiguiendo que la persona más desinteresada por la literatura y por el mundo en general, acabase recobrando el interés perdido por todo.
No debemos quitarle mérito a su tarea, pero él... él era un genio con pies de barro.
Si la gente conociese la verdad… La pregunta es: ¿Deben conocerla? Quizás sería cruel desmitificar a la persona que tantas alegrías ha dado al mundo de la cultura. El problema reside en que la gente no quiere suficientemente a la cultura. Si la amase como es debido leyendo más, hace tiempo que habrían descubierto la trampa que se escondía tras este farsante.
Aquel hombre vivía del pasado literario. En realidad todos los escritores beben, para inspirarse, de estas fuentes que les brindan los grandes genios. Pero él lo hacía literal y literariamente. Sacaba sus grandes tijeras, recortaba fragmentos maravillosos de otros libros y los iba ensamblando. Como ya he dicho anteriormente, no hay que quitarle mérito a este trabajo, pues solo quien posee un gusto exquisito en cuestiones literarias sabe apreciar dónde está lo bueno (eso sí, para luego aprovecharse vilmente de estos descubrimientos). Y no solo sabía apreciar la calidad, sino que era capaz de ensamblarla en sus pequeños ejemplos para constituir una nueva historia. Él construía criaturas partiendo de trozos de grandes obras maestras. Esa era su labor. Cuando la gente leía “su obra”, en realidad estaba leyendo un gazpacho cocinado con trozos de Tolstoi, Mann, Kafka y Sarte. Ellos eran sus verduras.

        

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VIDA Y OBRA DE UN HOMBRE MEDIOCRE (Microrrelato)


Él era quien más sabía de Cine en el mundo. En su haber, contaba con la mayor lista de libros publicados sobre esta materia. Además, contaba con el récord de persona invitada más veces a programas sobre el séptimo arte.
Solo había un problema: aquel hombre era ciego. Pero no ciego desde hace un año, ni diez, ni cincuenta: ciego de nacimiento. ¿Dónde estaba, pues el secreto? Podríamos decir que en un nutrido grupo de esbirros que lo acompañaban diariamente a la filmoteca de la ciudad. Como él, dedicaban su vida al cine, pero sus nombres quedaban protegidos en la sombra del anonimato, en la oscuridad de la sala de proyecciones. Ellos vivían para él. A lo largo de la semana, se iban turnando para acompañarle a tres proyecciones diarias: mañana, tarde y noche. Se sentaban junto a él y le iban explicando todo lo que acontecía en la pantalla. Si las películas eran mudas, el trabajo se simplificaba mucho más, pues ningún sonido al que prestar atención les impedía la descripción pormenorizada de las imágenes y, en general, de la historia.

Incluso si había que leer libros se los leían, sentándose en una butaca frente a él. Y, como no, él corría con los gastos: les daba de comer, les ofrecía una guarida en la que subsistir… Todo estaba planeado al milímetro para que nadie supiese que él, una eminencia en el mundo del cine, hablaba por boca de ganso.

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“HELP!” (Microrrelato)


El otro día, mientras me dirigía al trabajo, un policía se interpuso en mi camino. En un principio, me asusté. Cuando un policía te detiene, aunque tengas la conciencia tranquila, es normal que sospeches de ti mismo. El policía, sin embargo, no parecía seguro de sí mismo. Estaba asustado.
“¡Ayúdeme, por favor! ¡Un hombre me persigue!”
La situación era, cuanto menos, inesperada.
“No sé, usted es policía, debería de saber defenderse ¿no?” le contesté.
“No, yo no soy policía. En realidad, estoy suplantando una personalidad. Un hombre me pagó para que le sustituyese. Somos idénticos.”
La cosa se ponía interesante.
“¿Y por qué le pidió que ocupara su lugar?”

Él contestó: “Está guardando cama. En su última semana de servicio, comenzó a sufrir manía persecutoria…”

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PÁJARO DEL ATARDECER

>> miércoles, 5 de junio de 2013


Ayer te volviste a posar en la baranda de mi ventana
¿Por qué siempre a esta hora, en este lugar?
Siempre atareado, no te puedo atender
¿Acaso me necesitas?... o… ¿Qué me debes?
Hay muchas más casas en las que posarse y descansar.

Parece que solo puedes existir en esta hora
Porque el resto del día, para mí, desapareces.
Son las siete de la tarde, la hora que te ha concebido,
Y vuelves a distraerme de mis ocupaciones,
Por un momento, me concedes un descanso.

Eres solo un punto de atención, negro,
Como el vuelo de una mosca, que tampoco quiere de mí nada.
Y es cuando consigues que construya un pensamiento acerca de ti,
Cuando logras que me centre en tus volátiles motivaciones
Cuando levantas el vuelo y te vas, como una cruel burla.

A diferencia del cuervo de Poe, tú me das la espalda,
Quizá buscas este lugar, pero no me quieres a mí.
A lo mejor, igual que hay diferentes tiempos en el mundo
Como la salida y la puesta del sol, la duración de cocción
De un huevo duro, tú tienes tu propio tiempo, y yo no lo comprendo.

Tú seguirás apareciendo, aunque no te importe que no comprenda.
Tú tienes tu biografía, y yo la mía, dejémoslo ahí.
Volvamos al trabajo, posemos la mirada en la pantalla,
Retomemos la escritura, los trabajos atrasados, el vaso medio vacío,
La relectura de textos pesados, del estudio de dogmas absurdos.

Se acabó el tiempo de desentrañar formas de nubes, de ver la evolución
De las flores allí en el jardín, de escuchar los sonidos de los pisos vecinos,
De colorear imágenes en blanco y negro, de elucubrar sobre imposibles,
De inventar sobre papel mojado, de pensar escribiendo con un palo en la arena.

A cada cosa su momento; ahora, toca esperar a la noche.    

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COMO UN MUERTO VIVIENTE

>> martes, 4 de junio de 2013


Estaba sentado en el sofá del pequeño salón. Miraba aquí y allá tratando de distraer sus tentadores pensamientos. Aún a pesar de estar solo en la habitación, se mostraba nervioso. Sus piernas se movían con un ritmo mínimo pero rápido. Un ritmo ya aprendido que iba con su carácter inquieto. Una voz llegaba hasta allí desde otra estancia:
“¿Y qué vas a hacer este verano?”
Armando no sabía muy bien qué contesta. Por un lado se mostraba confiado. Al fin y al cabo era su amiga. Por otro, siempre había algo que parecía decirle que cada cosa que dijese la tenía que preparar con antelación, escogerla con cuidado.
“Creo que aprovecharé para estudiar inglés. Además, tengo pendientes una serie proyectos personales que durante el curso no he podido hacer. Ya se sabe, primero la obligación y luego la devoción…”
Aquello último había resultado un poco forzado. ¿A santo de qué venía aquel dicho? No obstante, en general había estado de notable. Lo que más temía es que ella le considerase un inmaduro. Era obvio que había una diferencia de edad, pero también es verdad que a determinadas edades, no resulta tan evidente como en otras.
“Haces bien. Yo debería ser un poco como tú y centrarme un poco más…”
Aquella contestación le gustó. De hecho, le hacía ilusión que ella admirase en él cosas dignas de ser tenidas en cuenta.
Comenzó a sonar el agua de la ducha. Armando detuvo de nuevo a su imaginación. De hecho, desde su posición, solo con inclinar levemente su cuerpo podría ver el interior del cuarto de baño. Ella había dejado la puerta abierta y, por lo poco que podía ver, no se había molestado tan siquiera en correr la cortina de la bañera. Él sólo quería ver su cuerpo brillar por el efecto del agua, un cuerpo que podía imaginarse perfectamente tras la ropa que siempre lo ocultaba cuando estaba ante él.
No obstante, algo le decía que no podía traicionar la confianza que ella le ofrecía. Había tenido que soportar en muchas ocasiones los relatos que ella le contaba pormenorizadamente de cada una de las aventuras que había tenido con otros hombres. Hombres de esos de “aquí te pillo, aquí te mato… y por la mañana me levanto…y me voy para no volver a verte”. Algo que admiraba en ella era su forma tan avanzada de ver las cosas. Su libertad sexual. Algo que él no había conocido casi hasta la fecha, ya que su educación había sido bien distinta. Ahora, se encontraba descubriendo cotos que hasta ahora le habían sido vedados. Cosas que podía intuir, pero solo intuir, tan latentes como estaban. El despertar de una época que, sin duda, le iba a traer muchos sinsabores, ya que todavía se encontraba a años luz de la mayoría de chicos y chicas de su edad que sexualmente estaban más avanzados.
¿Por qué le había llamado aquella tarde? ¿Qué quería de él? Sin duda, se había acabado convirtiendo en su confidente, alguien con el que contar tanto para las cosas buenas como las malas. Como un novio pero sin ser un novio. He ahí el conflicto.
Clara salió del cuarto de baño con una toalla pequeña en la cabeza, atrapando su pelo oscuro, y otra más grande cubriéndole el torso.
“Te quiero enseñar un vestido nuevo que me compré el otro día. Espera un momento, que voy a mi habitación y me lo pongo”.
Armando se quedó como un fósil en la misma postura que había adoptado desde que llegó. Lo único que modificó fue una de las piernas, que cruzó sobre la otra.
Al poco tiempo ella volvió a aparecer, con un infantil vestido de marinero que se pegaba a su piel, mojado por el agua de la ducha todavía impregnada en el cuerpo.
“¿Qué te parece?”
“Es bonito, te realza la figura” mintió.
“Me lo voy a dejar puesto para después. He quedado con Quique ¿sabes?”
Armando recordó a Quique, aquel compañero al que había presentado a Clara hace dos semanas.
“Estamos saliendo ¿sabes?”
Él se sintió idiota. Clara pertenecía a su grupo íntimo de amigos, ella conocía a todo bicho viviente con el que él se cruzaba. A todos se los había presentado, y con casi todos había mantenido relaciones esporádicas. “¿Y por qué con él no?” era la pregunta con la que se martilleaba constantemente el cerebro.
“En el fondo, me gustaría que fuese como tú… Tú eres especial ¿sabes?” Ahí estaba la respuesta a su pregunta. Él era especial. Seguramente había acabado convirtiéndose en su padre y en su hijo a la vez. Alguien que te cuide y a quien cuidar. Y ¿por qué no? Alguien con quien jugar.
Clara se sentó a su lado en el sofá y encendió un pitillo.
“Me siento como renovada… ¿Seguro que no te quieres venir con nosotros?”
Era lo único que le faltaba. Ser testigo de sus intimidades con aquel Quique. Y lo mejor de todo es que Quique se sentiría incómodo con su presencia. Él sería como un grano en el trasero a la hora de sentarse.
Pero él no podía reprocharle nada a ella. Seguramente todas estas cosas las estaría haciendo de forma inconsciente, sin pensar que con ellas le hacía daño. El que jugaba a algo perverso y masoquista era más bien él, por haber seguido con aquella relación y no haber puesto punto y final hace tiempo, porque… ¿hace cuánto que se conocían? Bueno… ¿Qué más daba?
“Me voy a marchar, Clara…”
“¿Ya? ¿Tan pronto?”
“Sí, tengo cosas que hacer…”
“Bueno, como quieras”
“Dale recuerdos a Quique”
“De tu parte”
Le dio dos besos, abrió la puerta y antes de volverla a cerrar le dedicó un último gesto de cariño. Después, se encontró con la oscuridad del rellano. La luz no funcionaba. Respiró profundamente y comenzó a bajar las escaleras como un muerto viviente.

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Celibidache dirige "Feria" ("Rapsodia española") de Maurice Ravel

Ravel - Rhapsodie espagnole - 4 Feria (Celibidache) from time-leap on Vimeo.

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¡DEMUÉSTRELO, SEÑOR DEMÓSTENES!


Había pasado mucho tiempo desde la última vez que había tratado de dirigirse a la concurrencia. Aquella noche, solo en mitad de la playa y sin otro testigo que un trozo de espejo que había colocado de pie, apoyado en una piedra, reflejando su cuerpo, llegó a la conclusión de que estaba preparado para volver a la vida pública. El mar había escuchado pacientemente, yendo y viniendo a la orilla con cada ola, al sabio griego. Éste, había pronunciado el mejor de sus discursos hasta la fecha, partiendo de una idea que había escuchado a Platón cuando tuvo la suerte de asistir a una de sus clases. Al concluirlo, había sentido cómo el vello de su cuerpo se erizaba, ante la satisfacción de ver recompensados sus esfuerzos. Se quitó el cuchillo de entre los dientes y se sacó las piedrecitas que se había introducido en la boca, todo con un solo fin: terminar de vencer su tartamudez. Tras haberse rapado el pelo con el fin de obligarse a no salir a la calle y así practicar sin descanso su oratoria, el cabello le había vuelto a crecer e incluso parecía más fuerte que el anterior. En algunos momentos de su retiro le habían vuelto ciertos recuerdos traumáticos a su memoria, pero hasta estos habían conseguido ser dominados por el propio Demóstenes, logrando hacerlos desaparecer, sometiendo a un férreo control a su mente. La peor de aquellas imágenes revividas, aquella que más se había repetido sin otro fin que el de torturar a quien la padecía, era la de aquellos espectadores que sabotearon su primera y última aparición y le obligaron a bajar de la tribuna.
“¿Para qué nos repite diez veces la misma frase?” había exclamado uno. Luego, otro le siguió: “¡Hable más alto! No se escucha, ¡ponga el aire en sus pulmones y no en su cerebro!” Lo demás, fueron unas sonoras y no menos crueles carcajadas.
Él, que todo lo había conseguido a fuerza de obstinación, no iba a dejarse amedrentar por un grupo de chismosos que solo sabían ver los defectos de los demás sin percatarse de que ellos mismos eran unos fracasados.

-         ¡Maestro!

Alguien se aproximaba por la cala. Demóstenes fue poco a poco viendo cómo sus rasgos se concretaban al acercarse cada vez más. Era Achiles, un joven al que conoció el día de su presentación y que, tras su retirada temporal de escena, se había empeñado en mantener una relación con él. Demóstenes se había mostrado reacio desde el primer momento, considerando que nadie debía de invadir su intimidad. En aquellos momentos, no se encontraba dispuesto a comunicarse con nadie, tan solo consigo mismo. Necesitaba reflexionar y trabajar sobre su propia figura, demostrar que podía convertirse en un gran orador. A pesar de esto, el joven, que era si cabe todavía más obstinado que Demóstenes, le escribió una serie de cartas y se las envió. Nunca obtuvo respuesta, por lo que su intento de diálogo acabó convirtiéndose en un monólogo. Un monólogo que no dejaba de ser una “carta de presentación”.

-         ¡Ah, eres tú! ¿Es que acaso no te has aburrido de agotar tu energía inútilmente conmigo?
-         No, maestro…
-         ¿Cómo me llamas “maestro” cuando nada te he enseñado?
-         Usted es mi maestro porque yo quiero ser como usted…
-         Tú no me conoces, muchacho…
-         El haberle visto aquel día atreviéndose a presentarse ante los demás aún conociendo sus limitaciones, me hizo sentirme muy próximo a su forma de ser. Yo también deseo ser un buen orador…
-         Lo sé, y tienes talento. Que no te haya contestado tus cartas no quiere decir que no las haya leído. Tus palabras se encuentran plagadas de sabiduría, y resulta cosa extraña en un chico de tu edad…
-         Lamento haberle causado molestias por haber sido tan insistente…
-         No, nada de eso. Es solo que necesitaba retirarme de la vida mundana, reconstruirme ¿comprendes? Entrenarme para el gran día…
-         Presiento que ese gran día está cerca… Ya no tartamudea, ahora se le ve más seguro en sus gestos y miradas…
-         Veremos si consigo demostrar lo que valgo…
-         Precisamente por eso he venido, maestro… Tengo noticia de un caso injusto que quizá podría interesarle… Se trata de un fabricante de lámparas. Sus hijos quieren arrebatarle su patrimonio.
-         Y quieres que lo defienda con mi discurso…
-         Puede ser un día grande…

El sabio reflexionó durante unos instantes.

-         Veré qué puedo hacer, necesito ponerme al corriente de este caso. ¿Puedes presentarme a este hombre?
-         ¡Claro, maestro!

Los dos hombres abandonaron la playa y se adentraron en la polis. Al día siguiente, Demóstenes fue presentado a aquel pobre hombre por Acholes, y hablaron largo rato acerca del problema al que se quería poner solución. Demóstenes se involucró todo lo que pudo en el caso y, el día de la verdad, consiguió convencer a los asistentes que, en un tiempo anterior, le habían ridiculizado.
Al concluir el juicio y ganarlo el fabricante de lámparas, alguien se acercó al sabio, que se encontraba sentado asumiendo todo lo que había conseguido en un solo día.

-         Maestro…

Demóstenes no terminaba de acostumbrarse a aquella palabra.

-         Maestro… Quería hablarle. Mi nombre es Leonidas. Yo estaba entre el público cuando usted, hace ya mucho tiempo, se presentó ante nosotros con la intención de transmitirnos sus conocimientos. En lugar de escucharle respetuosamente, agradeciéndole la transmisión de su sapiencia, hicimos mofa y burla de aquello que tenía menos importancia… Quiero decirle que lo siento, confesarle que fui alguien indigno de sus consejos…

El joven se postró ante el sabio, en señal de humillación.

-         Levanta, hijo. Nadie debe adoptar esta aptitud ante otros. En parte, no puedo darte la razón. Claro que aquello tenía importancia. No solo hay que tener cosas importantes que decir, sino que hay que saber transmitirlas. Esto es todo un arte, y yo me encontraba limitado. No debí nunca asumir una tarea tan compleja antes de estar realmente preparado…

Leonidas recibió aquel día una nueva lección, la de la humildad. No podía creer que el hombre pudiera llegar a tales cotas de modestia. Demóstenes prosiguió:


- Ahora levántate y vamos a beber algo a una taberna… Estoy sediento…

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CONSTRUCCIÓN DE UN ESPACIO ESCÉNICO


"Sucedió así. Estaban casados hacía cua­renta y seis años. Los hijos se les casaron, y se fueron; otros se quedaron a medio camino. Cayeron en los perros. Tuvieron siete, a lo largo de casi un cuarto de siglo. (Tenían una casa vieja, húmeda, larga y estrecha, con olor a albañal, que no percibían, oscura.) Ninguno de los canes les llegó tanto al corazón como Julio, un faldero blanco y sucio, cariñoso en extremo, que se pasaba el día lamiéndoles cuanto alcanzaba. Dormía a los pies de la cama y, tan pronto como asomaba la primera claridad descolorida, subía a despertarlos, a lengüetazos. Un día, le entraron celos a la vieja; creyó que el perro prefería a su cón­yuge. Calló, padeció, trató de atraer al can con triquiñuelas y golosinas; pero Julio siguió la­miendo a su esposo en primer lugar y, sin duda, con predilección. La mujer envenenó, lentamente, a su marido. Se dijo que el perro murió el mismo día que el viejo, pero fue li­cencia poética: le sobrevivió tres años, para mayor felicidad de la buena señora".

Una cama construida a base de trozos de madera, ensamblados de forma desigual y cada uno de ellos imperfecto, mostrando sus astillas y su color oscuro ennegrecido. Además, puede verse cómo de ellos sobresalen clavos que en teoría han sido utilizados para apuntalar todo el conjunto del mueble. No hay colchón ni ningún otro complemento que suavice su estado.
En torno a la cama, una serie de cubos sobre los cuales caerá el agua de las goteras del techo (este efecto puede conseguirse con sonido de goteo).
El suelo se presenta imperfecto, faltando tablillas del parquet y con algunas de las que sobreviven estropeadas debido al efecto del agua y de los arañazos.
Tres tabiques conforman el espacio de la habitación. Éstos están forrados con un papel de flores desgastado, habiendo perdido el color original y manchado de humedades.
Dos ventanas a los laterales presentan sus listones torcidos, siendo de este modo desiguales a propósito, lo que ayudará a generar junto con el resto del conjunto una sensación psicológica de inquietud y desasosiego.
La única iluminación vendrá del exterior, penetrando a través de los ventanales sin cristal.

A medida que la acción avance, todos estos elementos irán echándose a perder: las paredes se vendrán abajo, la cama cederá perdiendo la sujeción en sus patas y acabando en el suelo. Los cubos acabarán rebosando y formando charcos alrededor. 

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Francis Poulenc. "L´invitation au chateau" (Música incidental para teatro)

>> lunes, 3 de junio de 2013


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ATRAPADOS EN EL PARAÍSO


Nunca creeréis lo que estáis viendo.
Diréis que su Naturaleza es utópica
Digna de un decorado de ballet ruso.
Creeréis tocar, no árboles ni ríos
Sino planchas de madera y cartón piedra.
No queréis creer que esta música celeste
No proviene de un foso de orquesta
Sino de la flauta del pájaro y del violín eólico.

No sabéis que andáis desnudos,
Que vuestra ropa se ha quedado allá abajo, en el mundo.
Ahora el tiempo no existe. Bajo vuestros brazos
Portáis un reloj cuya arena contiene todo vuestro trabajo
Y dedicación mortal… vuestra prueba de que fuisteis hombres
Y ahora perteneceréis a los astros…

No existe un camino de regreso,
ni una posibilidad de recuperar vuestra memoria
porque todo vuestro pasado se hizo ceniza.

Agradeced que todo esto exista
Gracias a que el hombre lo ha recreado
Valiéndose de la inspiración divina.
Tal y como lo plasmó, dictado por las lenguas de lo eterno,
Aquí está, como lo imaginó, más o menos.

Es hora de recrearse en las pasiones nobles
Que tan apartadas dejasteis durante vuestra existencia.
Ahora son de obligada práctica, sois pues esclavos de la virtud.
¡Alegraos, espíritus libres, de conocer la auténtica libertad!
Por fin las ciencias se hicieron realmente exactas
Ahora todo está claro en vosotros…

Todo misterio fue resuelto
¡Bucead en el pozo de la sabiduría
Sin temor a ahogaros!

No es un sueño mitológico el que os embriaga…
No tengáis miedo
Porque pronto os acostumbraréis…



(A Daphnis et Chloé, música inspiradora raveliana)     

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RETORNO


Siempre hay que regresar
Fuera de esta campiña
Más allá de todos los bosques
Que me separan de los demás.
Aquí siempre hay un color de tarde crepuscular
No hace viento, pero tampoco calor.
Parece un verano infinito…


Hay que regresar
Para darse cuenta de que son ellos
que creen estar fuera,
los que están atrapados dentro.

Son las voces de su silencio
Las que claman que les rescate
perdidos entre tanta espesura.

Estoy fuera, siempre lo he estado
Y veo con absoluta claridad.
En mi reino no existe la noche.


A alumbraros voy
Marcándoos el camino
Entre aquellas hileras de árboles.
Cuando os libere de vuestra propia ceguera
Debéis prometerme una sola cosa:
Que me dejaréis volver allá

Para desaparecer y que nunca más me encontréis.

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Pierre Monteux dirige "El aprendiz de brujo"

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OPOSICIONES A FILÓSOFO

>> domingo, 2 de junio de 2013

Mario Benedetti
Un amigo en cierta ocasión me recomendó, a propósito de una larga charla que mantuvimos acerca del amor,  la lectura de un cuento de Benedetti titulado “Reunión de sentimientos”. Éste comenzaba así: “Una vez se reunieron en un lugar de la tierra todos los sentimientos y cualidades de los hombres…” La locura propuso jugar al escondite, y fue quien se encargó de encontrar al resto de sus compañeros. Todos fueron descubiertos, incluso el amor, que se ocultó tras un rosal. La locura comenzó a mover con una horquilla las ramas de dicho arbusto, con tan mala fortuna que las espinas hirieron los ojos del amor, dejándole ciego. La locura decidió entonces convertirse en su lazarillo. Por ello, las últimas palabras del cuento dicen que “el amor es ciego y la locura siempre lo acompaña”. Se ha escrito mucho acerca del amor, y a mi juicio creo que hay asuntos sobre los que no cabe filosofar, sino más bien fabular. Cuando algo que resulta tan abstracto acaba novelizándose, ficcionándose, creemos encontramos más cerca de poder desentrañarlo.
Cuando los niños desean comprender algo que, debido a su edad, resulta complejo de explicarse, los adultos recurren a la fábula para dar apariencia lógica a algo, revistiéndolo de un envoltorio mucho más atractivo. No obstante, hay realidades que se resisten aún a los adultos, y es por ello que existen cuentos incluso para ellos. Y todavía diría más: el adulto a veces es capaz de construirse ficciones para después creerlas a pies juntillas. Porque hay que explicar el mundo en todos sus aspectos debido a que no soportamos la incertidumbre (es decir, el ser conscientes de que hay cosas que nunca alcanzaremos a comprender porque nuestra naturaleza está limitada). Hay quien los denomina “dogmas”, pero incluso este término se queda pequeño. No podemos enmarcarlo todo con nuestras palabras.  
El filósofo se empeña una y otra vez en hacerse cargo de asuntos que sabe de antemano que no podrá resolver, ni tan siquiera acercarse más de lo que otros ya se han acercado con anterioridad. ¿Qué es lo que le mueve entonces a reflexionar acerca de ellos? La conciencia de que son materias fundamentales que le afectan como ser humano. Es entonces cuando surge la visión subjetiva que cada uno tiene de una cosa. Esto es, el filósofo crea su propia definición de las cosas.
Se puede avanzar en cuestiones científicas, pero aquello que resulta en sí abstracto solo le permite a quien lo estudia rodearlo, observarlo desde diferentes prismas. Se puede conocer qué efectos produce en nuestra biología el estado del enamoramiento (las hormonas que segregamos, como la feniltelitamina), pero no podremos encontrar el amor con un microscopio, ni saber cómo nos enamoramos, ni cuándo, ni por qué, ni cuándo abandonamos este estado. 
José Luis Sampedro
“Amor” es una palabra que nosotros hemos inventado para civilizar algo que se encuentra en nuestra naturaleza animal (esto es, la necesidad de reproducción para continuar la especie, nuestra inclinación a sentirnos atraídos hacia otro ser). Es como cuando hablamos de la “Naturaleza”. ¿Existe como tal? No, es algo inventado por nosotros, porque necesitamos denominar todo lo que vemos y creemos que existe. Respecto a las definiciones, pondré un ejemplo que, a mi juicio, se ajusta bastante a la idea del amor: José Luis Sampedro dijo en una entrevista que el amor consistía en dar y en recibir. Hay quien sabe dar y no recibir, y viceversa. Pero en el amor deben de darse las dos cosas.
Ciertamente, el amor puede ser cosa de uno, pero si este afecto no encuentra una respuesta, morirá en su intento de encontrar una forma, un destino. Hay quien cree que necesita enamorarse, cuando en realidad lo que le sucede es que no soporta la soledad. Hannah Arendt nos demostró que se puede estar solo pero no en soledad. Para ello creó el término “solitud”, refiriéndose a la persona que se encuentra sola pero en realidad está en compañía de sí misma. Distinguía entre conocimiento y pensamiento. Conocer implicaba acumular teorías, ideas y saberes, e incluso ser capaz de resolver cuestiones técnicas al respecto. En cambio,  el pensamiento lo definía como una suerte de diálogo continuo y profundo con nosotros mismos en lo que llama solitud: una reflexión crítica sobre nuestras propias acciones, y a la vez sobre la ejemplaridad de cualquier acción, en nuestra más íntima soledad.

La filósofa Hannah Arendt 
Tal reflexión implica una mentalidad amplia, una capacidad de ponerse en el lugar del otro para tratar de entender su punto de vista. Según Arendt, este diálogo interior fortalece nuestra conciencia y, en algún sentido, dificulta el olvido. O a la inversa, precisamente porque dificulta el olvido de aquello que vemos y hacemos fortalece nuestra conciencia y nos avoca al dialogo con ella. Esto nos obliga a escuchar respetuosamente su voz, aunque no siempre se le haga caso.  
El filósofo muchas veces se deja engañar por sí mismo, no es capaz de separar su propia subjetividad y define como “realidades” aquello que no es más que pura elucubración. Así, durante la ilustración, los pensadores se afanaron en tratar de dar por zanjados asuntos que todavía siguen abiertos. Por ejemplo, el asunto de la bondad y de la maldad. Estos términos, al ser también invención del hombre, son imposibles de encontrar en la realidad física. ¿Qué genera la bondad y la maldad? ¿Ya existen en el ser humano desde que nace o se generan después? Rousseau hablaba del buen salvaje, que es bueno por naturaleza y que, al no haber sido contaminado por la maldad de otros hombres, permanece puro en su esencia. Vive en pueblos apartados de las ciudades, en contacto con la Naturaleza y en armonía. Se rodea de personas que son como él, que no han conocido la maldad y no han sido contaminados por ella. Una verdadera utopía.
A mi juicio, el ser humano es bueno, en tanto en cuanto obra pensando que lo que hace, está bien. De lo contrario, entraría en contradicción y no llevaría a cabo ninguna de sus acciones, pues no tendrían sentido. La cuestión está en qué entiende cada uno por bondad y por maldad. Cada uno relativiza a su manera, y es entonces cuando chocan distintos pareceres y se generan los problemas en la convivencia. Parte de la culpa la tuvo un tal Maquiavelo, que relativizó las leyes morales al decir que podrían infringirse cuando fuese necesario. Algo que Napoleón tomó al pie de la letra con aquella otra frase que venía a decir que el fin justificaba los medios.
El sistema de percepción según Descartes
¿Y el alma? ¿El ser humano posee un alma? Algo, sin duda, nos proporciona energía, nos hace estar vivos… Algo por encima de nosotros nos ha creado, igual que ha sido creado el mundo y el universo. ¿Pero qué lo originó y qué originó esa fuerza originadora? No somos capaces de encontrar un límite, no podemos ponerle puertas a lo infinito. ¿Hay algo más allá del universo? ¿Dónde acaba si acaba? Pero volvamos a lo anterior. Descartes defendía que el “alma” era algo físico, pues se encontraba unida al cuerpo a través de la glándula pineal, que se encontraba en el cerebro. A través de ella, el alma comunicaba al cuerpo sus pensamientos y demás operaciones, y recibía de éste las impresiones. Quien sentía y sufría las pasiones era el alma. Por lo tanto, según Descartes, el alma era algo que podía verse de haber existido el aparato de rayos-x en su época.
Es este misterio el que convierte a dichas materias en algo fascinante. En cierto sentido,  deberíamos de desistir en nuestra tarea de curiosos, no tratar de descifrar aquello que nos tiene hipnotizados. Rechazar beber del cáliz de la sabiduría, como los héroes de los relatos de la antigüedad intentaron no desafiar a los dioses tratando de ponerse a su altura.   

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