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COMO UN MUERTO VIVIENTE

>> martes, 4 de junio de 2013


Estaba sentado en el sofá del pequeño salón. Miraba aquí y allá tratando de distraer sus tentadores pensamientos. Aún a pesar de estar solo en la habitación, se mostraba nervioso. Sus piernas se movían con un ritmo mínimo pero rápido. Un ritmo ya aprendido que iba con su carácter inquieto. Una voz llegaba hasta allí desde otra estancia:
“¿Y qué vas a hacer este verano?”
Armando no sabía muy bien qué contesta. Por un lado se mostraba confiado. Al fin y al cabo era su amiga. Por otro, siempre había algo que parecía decirle que cada cosa que dijese la tenía que preparar con antelación, escogerla con cuidado.
“Creo que aprovecharé para estudiar inglés. Además, tengo pendientes una serie proyectos personales que durante el curso no he podido hacer. Ya se sabe, primero la obligación y luego la devoción…”
Aquello último había resultado un poco forzado. ¿A santo de qué venía aquel dicho? No obstante, en general había estado de notable. Lo que más temía es que ella le considerase un inmaduro. Era obvio que había una diferencia de edad, pero también es verdad que a determinadas edades, no resulta tan evidente como en otras.
“Haces bien. Yo debería ser un poco como tú y centrarme un poco más…”
Aquella contestación le gustó. De hecho, le hacía ilusión que ella admirase en él cosas dignas de ser tenidas en cuenta.
Comenzó a sonar el agua de la ducha. Armando detuvo de nuevo a su imaginación. De hecho, desde su posición, solo con inclinar levemente su cuerpo podría ver el interior del cuarto de baño. Ella había dejado la puerta abierta y, por lo poco que podía ver, no se había molestado tan siquiera en correr la cortina de la bañera. Él sólo quería ver su cuerpo brillar por el efecto del agua, un cuerpo que podía imaginarse perfectamente tras la ropa que siempre lo ocultaba cuando estaba ante él.
No obstante, algo le decía que no podía traicionar la confianza que ella le ofrecía. Había tenido que soportar en muchas ocasiones los relatos que ella le contaba pormenorizadamente de cada una de las aventuras que había tenido con otros hombres. Hombres de esos de “aquí te pillo, aquí te mato… y por la mañana me levanto…y me voy para no volver a verte”. Algo que admiraba en ella era su forma tan avanzada de ver las cosas. Su libertad sexual. Algo que él no había conocido casi hasta la fecha, ya que su educación había sido bien distinta. Ahora, se encontraba descubriendo cotos que hasta ahora le habían sido vedados. Cosas que podía intuir, pero solo intuir, tan latentes como estaban. El despertar de una época que, sin duda, le iba a traer muchos sinsabores, ya que todavía se encontraba a años luz de la mayoría de chicos y chicas de su edad que sexualmente estaban más avanzados.
¿Por qué le había llamado aquella tarde? ¿Qué quería de él? Sin duda, se había acabado convirtiendo en su confidente, alguien con el que contar tanto para las cosas buenas como las malas. Como un novio pero sin ser un novio. He ahí el conflicto.
Clara salió del cuarto de baño con una toalla pequeña en la cabeza, atrapando su pelo oscuro, y otra más grande cubriéndole el torso.
“Te quiero enseñar un vestido nuevo que me compré el otro día. Espera un momento, que voy a mi habitación y me lo pongo”.
Armando se quedó como un fósil en la misma postura que había adoptado desde que llegó. Lo único que modificó fue una de las piernas, que cruzó sobre la otra.
Al poco tiempo ella volvió a aparecer, con un infantil vestido de marinero que se pegaba a su piel, mojado por el agua de la ducha todavía impregnada en el cuerpo.
“¿Qué te parece?”
“Es bonito, te realza la figura” mintió.
“Me lo voy a dejar puesto para después. He quedado con Quique ¿sabes?”
Armando recordó a Quique, aquel compañero al que había presentado a Clara hace dos semanas.
“Estamos saliendo ¿sabes?”
Él se sintió idiota. Clara pertenecía a su grupo íntimo de amigos, ella conocía a todo bicho viviente con el que él se cruzaba. A todos se los había presentado, y con casi todos había mantenido relaciones esporádicas. “¿Y por qué con él no?” era la pregunta con la que se martilleaba constantemente el cerebro.
“En el fondo, me gustaría que fuese como tú… Tú eres especial ¿sabes?” Ahí estaba la respuesta a su pregunta. Él era especial. Seguramente había acabado convirtiéndose en su padre y en su hijo a la vez. Alguien que te cuide y a quien cuidar. Y ¿por qué no? Alguien con quien jugar.
Clara se sentó a su lado en el sofá y encendió un pitillo.
“Me siento como renovada… ¿Seguro que no te quieres venir con nosotros?”
Era lo único que le faltaba. Ser testigo de sus intimidades con aquel Quique. Y lo mejor de todo es que Quique se sentiría incómodo con su presencia. Él sería como un grano en el trasero a la hora de sentarse.
Pero él no podía reprocharle nada a ella. Seguramente todas estas cosas las estaría haciendo de forma inconsciente, sin pensar que con ellas le hacía daño. El que jugaba a algo perverso y masoquista era más bien él, por haber seguido con aquella relación y no haber puesto punto y final hace tiempo, porque… ¿hace cuánto que se conocían? Bueno… ¿Qué más daba?
“Me voy a marchar, Clara…”
“¿Ya? ¿Tan pronto?”
“Sí, tengo cosas que hacer…”
“Bueno, como quieras”
“Dale recuerdos a Quique”
“De tu parte”
Le dio dos besos, abrió la puerta y antes de volverla a cerrar le dedicó un último gesto de cariño. Después, se encontró con la oscuridad del rellano. La luz no funcionaba. Respiró profundamente y comenzó a bajar las escaleras como un muerto viviente.

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