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¡DEMUÉSTRELO, SEÑOR DEMÓSTENES!

>> martes, 4 de junio de 2013


Había pasado mucho tiempo desde la última vez que había tratado de dirigirse a la concurrencia. Aquella noche, solo en mitad de la playa y sin otro testigo que un trozo de espejo que había colocado de pie, apoyado en una piedra, reflejando su cuerpo, llegó a la conclusión de que estaba preparado para volver a la vida pública. El mar había escuchado pacientemente, yendo y viniendo a la orilla con cada ola, al sabio griego. Éste, había pronunciado el mejor de sus discursos hasta la fecha, partiendo de una idea que había escuchado a Platón cuando tuvo la suerte de asistir a una de sus clases. Al concluirlo, había sentido cómo el vello de su cuerpo se erizaba, ante la satisfacción de ver recompensados sus esfuerzos. Se quitó el cuchillo de entre los dientes y se sacó las piedrecitas que se había introducido en la boca, todo con un solo fin: terminar de vencer su tartamudez. Tras haberse rapado el pelo con el fin de obligarse a no salir a la calle y así practicar sin descanso su oratoria, el cabello le había vuelto a crecer e incluso parecía más fuerte que el anterior. En algunos momentos de su retiro le habían vuelto ciertos recuerdos traumáticos a su memoria, pero hasta estos habían conseguido ser dominados por el propio Demóstenes, logrando hacerlos desaparecer, sometiendo a un férreo control a su mente. La peor de aquellas imágenes revividas, aquella que más se había repetido sin otro fin que el de torturar a quien la padecía, era la de aquellos espectadores que sabotearon su primera y última aparición y le obligaron a bajar de la tribuna.
“¿Para qué nos repite diez veces la misma frase?” había exclamado uno. Luego, otro le siguió: “¡Hable más alto! No se escucha, ¡ponga el aire en sus pulmones y no en su cerebro!” Lo demás, fueron unas sonoras y no menos crueles carcajadas.
Él, que todo lo había conseguido a fuerza de obstinación, no iba a dejarse amedrentar por un grupo de chismosos que solo sabían ver los defectos de los demás sin percatarse de que ellos mismos eran unos fracasados.

-         ¡Maestro!

Alguien se aproximaba por la cala. Demóstenes fue poco a poco viendo cómo sus rasgos se concretaban al acercarse cada vez más. Era Achiles, un joven al que conoció el día de su presentación y que, tras su retirada temporal de escena, se había empeñado en mantener una relación con él. Demóstenes se había mostrado reacio desde el primer momento, considerando que nadie debía de invadir su intimidad. En aquellos momentos, no se encontraba dispuesto a comunicarse con nadie, tan solo consigo mismo. Necesitaba reflexionar y trabajar sobre su propia figura, demostrar que podía convertirse en un gran orador. A pesar de esto, el joven, que era si cabe todavía más obstinado que Demóstenes, le escribió una serie de cartas y se las envió. Nunca obtuvo respuesta, por lo que su intento de diálogo acabó convirtiéndose en un monólogo. Un monólogo que no dejaba de ser una “carta de presentación”.

-         ¡Ah, eres tú! ¿Es que acaso no te has aburrido de agotar tu energía inútilmente conmigo?
-         No, maestro…
-         ¿Cómo me llamas “maestro” cuando nada te he enseñado?
-         Usted es mi maestro porque yo quiero ser como usted…
-         Tú no me conoces, muchacho…
-         El haberle visto aquel día atreviéndose a presentarse ante los demás aún conociendo sus limitaciones, me hizo sentirme muy próximo a su forma de ser. Yo también deseo ser un buen orador…
-         Lo sé, y tienes talento. Que no te haya contestado tus cartas no quiere decir que no las haya leído. Tus palabras se encuentran plagadas de sabiduría, y resulta cosa extraña en un chico de tu edad…
-         Lamento haberle causado molestias por haber sido tan insistente…
-         No, nada de eso. Es solo que necesitaba retirarme de la vida mundana, reconstruirme ¿comprendes? Entrenarme para el gran día…
-         Presiento que ese gran día está cerca… Ya no tartamudea, ahora se le ve más seguro en sus gestos y miradas…
-         Veremos si consigo demostrar lo que valgo…
-         Precisamente por eso he venido, maestro… Tengo noticia de un caso injusto que quizá podría interesarle… Se trata de un fabricante de lámparas. Sus hijos quieren arrebatarle su patrimonio.
-         Y quieres que lo defienda con mi discurso…
-         Puede ser un día grande…

El sabio reflexionó durante unos instantes.

-         Veré qué puedo hacer, necesito ponerme al corriente de este caso. ¿Puedes presentarme a este hombre?
-         ¡Claro, maestro!

Los dos hombres abandonaron la playa y se adentraron en la polis. Al día siguiente, Demóstenes fue presentado a aquel pobre hombre por Acholes, y hablaron largo rato acerca del problema al que se quería poner solución. Demóstenes se involucró todo lo que pudo en el caso y, el día de la verdad, consiguió convencer a los asistentes que, en un tiempo anterior, le habían ridiculizado.
Al concluir el juicio y ganarlo el fabricante de lámparas, alguien se acercó al sabio, que se encontraba sentado asumiendo todo lo que había conseguido en un solo día.

-         Maestro…

Demóstenes no terminaba de acostumbrarse a aquella palabra.

-         Maestro… Quería hablarle. Mi nombre es Leonidas. Yo estaba entre el público cuando usted, hace ya mucho tiempo, se presentó ante nosotros con la intención de transmitirnos sus conocimientos. En lugar de escucharle respetuosamente, agradeciéndole la transmisión de su sapiencia, hicimos mofa y burla de aquello que tenía menos importancia… Quiero decirle que lo siento, confesarle que fui alguien indigno de sus consejos…

El joven se postró ante el sabio, en señal de humillación.

-         Levanta, hijo. Nadie debe adoptar esta aptitud ante otros. En parte, no puedo darte la razón. Claro que aquello tenía importancia. No solo hay que tener cosas importantes que decir, sino que hay que saber transmitirlas. Esto es todo un arte, y yo me encontraba limitado. No debí nunca asumir una tarea tan compleja antes de estar realmente preparado…

Leonidas recibió aquel día una nueva lección, la de la humildad. No podía creer que el hombre pudiera llegar a tales cotas de modestia. Demóstenes prosiguió:


- Ahora levántate y vamos a beber algo a una taberna… Estoy sediento…

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