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OPOSICIONES A FILÓSOFO

>> domingo, 2 de junio de 2013

Mario Benedetti
Un amigo en cierta ocasión me recomendó, a propósito de una larga charla que mantuvimos acerca del amor,  la lectura de un cuento de Benedetti titulado “Reunión de sentimientos”. Éste comenzaba así: “Una vez se reunieron en un lugar de la tierra todos los sentimientos y cualidades de los hombres…” La locura propuso jugar al escondite, y fue quien se encargó de encontrar al resto de sus compañeros. Todos fueron descubiertos, incluso el amor, que se ocultó tras un rosal. La locura comenzó a mover con una horquilla las ramas de dicho arbusto, con tan mala fortuna que las espinas hirieron los ojos del amor, dejándole ciego. La locura decidió entonces convertirse en su lazarillo. Por ello, las últimas palabras del cuento dicen que “el amor es ciego y la locura siempre lo acompaña”. Se ha escrito mucho acerca del amor, y a mi juicio creo que hay asuntos sobre los que no cabe filosofar, sino más bien fabular. Cuando algo que resulta tan abstracto acaba novelizándose, ficcionándose, creemos encontramos más cerca de poder desentrañarlo.
Cuando los niños desean comprender algo que, debido a su edad, resulta complejo de explicarse, los adultos recurren a la fábula para dar apariencia lógica a algo, revistiéndolo de un envoltorio mucho más atractivo. No obstante, hay realidades que se resisten aún a los adultos, y es por ello que existen cuentos incluso para ellos. Y todavía diría más: el adulto a veces es capaz de construirse ficciones para después creerlas a pies juntillas. Porque hay que explicar el mundo en todos sus aspectos debido a que no soportamos la incertidumbre (es decir, el ser conscientes de que hay cosas que nunca alcanzaremos a comprender porque nuestra naturaleza está limitada). Hay quien los denomina “dogmas”, pero incluso este término se queda pequeño. No podemos enmarcarlo todo con nuestras palabras.  
El filósofo se empeña una y otra vez en hacerse cargo de asuntos que sabe de antemano que no podrá resolver, ni tan siquiera acercarse más de lo que otros ya se han acercado con anterioridad. ¿Qué es lo que le mueve entonces a reflexionar acerca de ellos? La conciencia de que son materias fundamentales que le afectan como ser humano. Es entonces cuando surge la visión subjetiva que cada uno tiene de una cosa. Esto es, el filósofo crea su propia definición de las cosas.
Se puede avanzar en cuestiones científicas, pero aquello que resulta en sí abstracto solo le permite a quien lo estudia rodearlo, observarlo desde diferentes prismas. Se puede conocer qué efectos produce en nuestra biología el estado del enamoramiento (las hormonas que segregamos, como la feniltelitamina), pero no podremos encontrar el amor con un microscopio, ni saber cómo nos enamoramos, ni cuándo, ni por qué, ni cuándo abandonamos este estado. 
José Luis Sampedro
“Amor” es una palabra que nosotros hemos inventado para civilizar algo que se encuentra en nuestra naturaleza animal (esto es, la necesidad de reproducción para continuar la especie, nuestra inclinación a sentirnos atraídos hacia otro ser). Es como cuando hablamos de la “Naturaleza”. ¿Existe como tal? No, es algo inventado por nosotros, porque necesitamos denominar todo lo que vemos y creemos que existe. Respecto a las definiciones, pondré un ejemplo que, a mi juicio, se ajusta bastante a la idea del amor: José Luis Sampedro dijo en una entrevista que el amor consistía en dar y en recibir. Hay quien sabe dar y no recibir, y viceversa. Pero en el amor deben de darse las dos cosas.
Ciertamente, el amor puede ser cosa de uno, pero si este afecto no encuentra una respuesta, morirá en su intento de encontrar una forma, un destino. Hay quien cree que necesita enamorarse, cuando en realidad lo que le sucede es que no soporta la soledad. Hannah Arendt nos demostró que se puede estar solo pero no en soledad. Para ello creó el término “solitud”, refiriéndose a la persona que se encuentra sola pero en realidad está en compañía de sí misma. Distinguía entre conocimiento y pensamiento. Conocer implicaba acumular teorías, ideas y saberes, e incluso ser capaz de resolver cuestiones técnicas al respecto. En cambio,  el pensamiento lo definía como una suerte de diálogo continuo y profundo con nosotros mismos en lo que llama solitud: una reflexión crítica sobre nuestras propias acciones, y a la vez sobre la ejemplaridad de cualquier acción, en nuestra más íntima soledad.

La filósofa Hannah Arendt 
Tal reflexión implica una mentalidad amplia, una capacidad de ponerse en el lugar del otro para tratar de entender su punto de vista. Según Arendt, este diálogo interior fortalece nuestra conciencia y, en algún sentido, dificulta el olvido. O a la inversa, precisamente porque dificulta el olvido de aquello que vemos y hacemos fortalece nuestra conciencia y nos avoca al dialogo con ella. Esto nos obliga a escuchar respetuosamente su voz, aunque no siempre se le haga caso.  
El filósofo muchas veces se deja engañar por sí mismo, no es capaz de separar su propia subjetividad y define como “realidades” aquello que no es más que pura elucubración. Así, durante la ilustración, los pensadores se afanaron en tratar de dar por zanjados asuntos que todavía siguen abiertos. Por ejemplo, el asunto de la bondad y de la maldad. Estos términos, al ser también invención del hombre, son imposibles de encontrar en la realidad física. ¿Qué genera la bondad y la maldad? ¿Ya existen en el ser humano desde que nace o se generan después? Rousseau hablaba del buen salvaje, que es bueno por naturaleza y que, al no haber sido contaminado por la maldad de otros hombres, permanece puro en su esencia. Vive en pueblos apartados de las ciudades, en contacto con la Naturaleza y en armonía. Se rodea de personas que son como él, que no han conocido la maldad y no han sido contaminados por ella. Una verdadera utopía.
A mi juicio, el ser humano es bueno, en tanto en cuanto obra pensando que lo que hace, está bien. De lo contrario, entraría en contradicción y no llevaría a cabo ninguna de sus acciones, pues no tendrían sentido. La cuestión está en qué entiende cada uno por bondad y por maldad. Cada uno relativiza a su manera, y es entonces cuando chocan distintos pareceres y se generan los problemas en la convivencia. Parte de la culpa la tuvo un tal Maquiavelo, que relativizó las leyes morales al decir que podrían infringirse cuando fuese necesario. Algo que Napoleón tomó al pie de la letra con aquella otra frase que venía a decir que el fin justificaba los medios.
El sistema de percepción según Descartes
¿Y el alma? ¿El ser humano posee un alma? Algo, sin duda, nos proporciona energía, nos hace estar vivos… Algo por encima de nosotros nos ha creado, igual que ha sido creado el mundo y el universo. ¿Pero qué lo originó y qué originó esa fuerza originadora? No somos capaces de encontrar un límite, no podemos ponerle puertas a lo infinito. ¿Hay algo más allá del universo? ¿Dónde acaba si acaba? Pero volvamos a lo anterior. Descartes defendía que el “alma” era algo físico, pues se encontraba unida al cuerpo a través de la glándula pineal, que se encontraba en el cerebro. A través de ella, el alma comunicaba al cuerpo sus pensamientos y demás operaciones, y recibía de éste las impresiones. Quien sentía y sufría las pasiones era el alma. Por lo tanto, según Descartes, el alma era algo que podía verse de haber existido el aparato de rayos-x en su época.
Es este misterio el que convierte a dichas materias en algo fascinante. En cierto sentido,  deberíamos de desistir en nuestra tarea de curiosos, no tratar de descifrar aquello que nos tiene hipnotizados. Rechazar beber del cáliz de la sabiduría, como los héroes de los relatos de la antigüedad intentaron no desafiar a los dioses tratando de ponerse a su altura.   

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