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PERTURBADOR (Microrrelato)

>> martes, 11 de junio de 2013


Las personas que viajan  en tren a diario se habrán percatado de un extraño fenómeno que ha comenzado a producirse en los andenes de las estaciones. Me estoy refiriendo a esos individuos que se quedan sentados en los bancos y que, a diferencia del resto de viajeros, cuando llega el tren no se suben a él. Su forma de actuar genera inquietud en quienes se los encuentran. Durante un tiempo, yo decidí también, por voluntad propia, formar parte de ellos, de aquel grupo marginal de perturbadores. Lo único que buscaba era perturbar a la gente con la que me cruzaba en aquellos momentos.
Todos los días reservaba una hora de mi vida para este fin. Pagaba mi billete de metro, escogía una de las líneas de tren más concurridas y llegaba hasta la estación preferida para los trasbordos. Allí me bajaba para quedarme sentado en uno de los bancos, esperando a la hora punta. Cuando por fin llegaba, comenzaba mi interpretación, dentro de la cual convivían distintos rituales:
Solía empezar por el de mirar fijamente a uno de los viandantes que tenía cerca de mí. Si la persona en cuestión estaba sentada en el mismo banco, mucho mejor. Cuando la víctima comenzaba a inquietarse, podían pasar varias cosas. Algunos, por ejemplo, me preguntaban por mi actitud e incluso me atacaban. Mi respuesta se traducía entonces en mirarles todavía más fijamente e incluso en enarcar las cejas, como hacen los personajes misteriosos de las películas.
Luego tenía otro truco muy bueno: me levantaba y comenzaba a caminar rodeando a la gente que estaba de pie, junto a la línea de seguridad (aquella que no permite avanzar más porque las vías están ya próximas). Esto provocaba que la gente se moviese de donde estaba e incluso se pegase a la pared para que yo no me acercara.
Otra forma de actuar que no intimidaba tanto era la de esconderme en los huecos que siempre hay entre banco y banco o separando los carteles de publicidad. Ahí donde la visibilidad es nula y la gente solo podía apreciar de mí los zapatos sobresaliendo por abajo, o el ala del sombrero por arriba.
Una vez llamaron a la policía (alguien se debió de sentir molesto). Cuando el agente se acercó a mí para pedirme explicaciones, aproveché para dar rienda suelta a mi imaginación. Aparte de las frases que dije, he construido otras nuevas por si se vuelve a producir la misma situación: “He tenido un día muy malo…” Estoy nervioso, eso es todo…” “No consigo recordar las partes importantes del temario del que me tengo que examinar dentro de una hora” A medida que uno va discurriendo, se le ocurren cosas más complejas. Por ejemplo: “El tren está tardando y no sé si voy a llegar a tiempo para entregar al banco el dinero de este mes…”
Hubo una vez un tipo al que le hizo gracia esta forma mía de ser. El muy imbécil se pensó que era sociólogo, y que me encontraba realizando un estudio. Con su descabellada deducción insultó a los sociólogos comparándome con ellos. Me preguntó con una estúpida sonrisa: “¿Y de qué trata su trabajo? ¿Quizá de las formas de comportamiento de las personas en espacios abiertos?”
¿Y qué hice yo ante aquella situación? Nada. Aquel hombre me sacó de mi personaje, consiguió desestabilizarme.

Desde aquel día, abandoné la idea de perturbar a las personas. Tenía miedo de atraer, con mi actitud, a los imbéciles. 

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