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UN NEGRO SENTIDO DEL HUMOR

>> sábado, 15 de junio de 2013


Voy a contaros la peor pesadilla que he sufrido de todas las que recuerdo hasta la fecha. Fue soñada la semana pasada, en la víspera de mi treinta cumpleaños. En ella se concretaban pocos datos que pudieran hacer del relato algo verosímil. No obstante, no era de esos sueños lúcidos en los que eres consciente de que todo es una ficción. Me lo creí de arriba abajo, cayendo en mi propia trampa.
Como digo, puedo rememorar muy pocos elementos del mismo. La mayoría de las cosas que aquí paso a describir, he tenido que reconstruirlas. Esta tarea un tanto chapucera de rellenar vacíos es en realidad algo normal en estos casos. Desde que despertamos y tratamos de rememorar lo que hemos soñado, ya estamos reinventando.
Los elementos traumáticos se recuerdan con absoluta claridad, mientras que el resto de situaciones secundarias han de pagar la pena de lo imprescindible convirtiéndose en un paisaje pantanoso (cuya densidad resulta difícil de desentrañar) e invadido por la neblina del olvido.
Los elementos clave con los que puede comenzarse esta historia son los siguientes: una carta y un ministerio. La carta la recogí del buzón al llegar a casa, tras un día de trabajo en la clínica. Sobre ella se encontraba impreso el logotipo del ministerio en cuestión (esto es lo que no recuerdo muy bien, ni siquiera de qué ministerio se trataba). Entré en casa y, sin quitarme el abrigo, me senté a la mesa y abrí el sobre. Algo me decía que aquella carta no iba a traerme nada bueno. La leí y mi inquietud siguió sin disiparse: Estaba citado en aquel lugar. Un señor importante quería hablar conmigo de un asunto que, al parecer, me concernía.
Hice bien en no quitarme el abrigo, puesto que nada más terminar de leer, volví a salir de casa. Necesitaba saber de qué se trataba todo este lío.
Llegué rápidamente al Ministerio. De hecho, solo tuve que cruzar, ya que estaba en la acera de enfrente (cosa extraña, ya que hasta entonces no me había percatado de que tal edificio existía, y solo al leer la dirección que figuraba en la carta fui consciente).
Los problemas siempre son complicados de resolver. Por ello, el despacho al que tenía que acudir estaba situado en la última planta del bloque y, para más inri, el ascensor no funcionaba. Veinte pisitos, ahí es nada.
Cuando por fin llegué, me encontré con un largo pasillo lleno de despachos. Ninguno de ellos estaba señalado por ninguna placa, por lo que tuve que ir llamando de uno en uno hasta dar con el que era (es decir, el último de todos ¿cómo no haberlo imaginado?)
“Pase, pase. Hace ya tres horas que le estaba esperando… Concretamente, el tiempo que tardó en llegarle la carta a su casa”.
Me acerqué hasta aquel hombre de rasgos comunes a los de otros hombres vulgares (seguramente también tendría un nombre vulgar, como Pepe Pérez o Paco Méndez).
“Siéntese, por favor. El caso que nos ocupa en este caso es de vital importancia… para usted. Verá, el caso es que… bueno, esto que voy a decirle no viene mucho al caso, de modo que no tiene por qué hacerme usted mucho caso…”
Este diálogo está totalmente inventado. No acierto a recordar las palabras exactas. Quitándole el humor surrealista, aquel señor vino a decirme lo siguiente: “¿Recuerda el examen final de ciencias naturales que hizo en el instituto? Sí, en efecto, ese para el que no había estudiado lo suficiente y que hizo con tanto miedo… Estaba usted en lo cierto. No merecía la nota que obtuvo. Sacó un ocho y merecía un cuatro. Un cuatro con setenta y cinco, para más detalles. Su profesor se equivocó a la hora de evaluarlo y le hizo pasar de curso erróneamente. Pues bien, ahora que hemos dado con el fallo, sentimos decirle que todo lo que ha hecho de ahí en adelante (todo lo que le ha permitido hacer la nota de aquel examen) queda oficialmente anulado: su prueba de selectividad, su carrera, su trabajo como médico… Lo sentimos mucho”.
¡Yo, que siempre había tratado de tenerlo todo atado y bien atado para poder dormir tranquilo por las noches! Yo, que puedo presumir de ser un hombre tan obsesionado con el orden que casi rallo en la neurosis… ¿Yo me merecía esto?
“¡En todo caso el fallo será del sistema, no mío! ¿Por qué tengo que cargar con este peso?”
Paco Méndez o Pepe Pérez me dijo que mi error había estado en tener engañado al sistema durante todo este tiempo, en saber que yo no era merecedor de aquella nota.
“¿Y el profesor? ¿No tiene también algo de culpa en todo esto?”
“Sí que la tiene, pero está ya muerto. Usted en cambio ha sobrevivido todos estos años como un verdadero hipócrita… Nadie puede engañar al gobierno y usted lo sabe…”
Traté de recordarle la teoría de Descartes:
“¡Los sentidos nos engañan! Yo podía creerme perfectamente que merecía aquella nota… En un examen se pasan nervios, no somos conscientes de lo que hacemos…”
Mi vida acababa de perder su sentido, puesto que había tirado a la basura todos esos años de mi vida… Unos años en los que había vivido en la mentira… ¡Pero yo no era el mentiroso, lo juro!
“¡Yo no soy un mentiroso, se lo juro!”

Todo fue en vano. Fui desposeído de mi currículum y acabé arrojado a la calle como un paria… Aunque si todo había sido una ficción, en realidad no debía de dolerme tanto. Pero me dolió, porque los sueños no te cuentan nada de esto y tú vives en la ignorancia, hasta que una pesadilla viene y te da en las narices con su negro sentido del humor.

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