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VIDA Y OBRA DE UN HOMBRE MEDIOCRE (Microrrelato)

>> jueves, 6 de junio de 2013


Él era quien más sabía de Cine en el mundo. En su haber, contaba con la mayor lista de libros publicados sobre esta materia. Además, contaba con el récord de persona invitada más veces a programas sobre el séptimo arte.
Solo había un problema: aquel hombre era ciego. Pero no ciego desde hace un año, ni diez, ni cincuenta: ciego de nacimiento. ¿Dónde estaba, pues el secreto? Podríamos decir que en un nutrido grupo de esbirros que lo acompañaban diariamente a la filmoteca de la ciudad. Como él, dedicaban su vida al cine, pero sus nombres quedaban protegidos en la sombra del anonimato, en la oscuridad de la sala de proyecciones. Ellos vivían para él. A lo largo de la semana, se iban turnando para acompañarle a tres proyecciones diarias: mañana, tarde y noche. Se sentaban junto a él y le iban explicando todo lo que acontecía en la pantalla. Si las películas eran mudas, el trabajo se simplificaba mucho más, pues ningún sonido al que prestar atención les impedía la descripción pormenorizada de las imágenes y, en general, de la historia.

Incluso si había que leer libros se los leían, sentándose en una butaca frente a él. Y, como no, él corría con los gastos: les daba de comer, les ofrecía una guarida en la que subsistir… Todo estaba planeado al milímetro para que nadie supiese que él, una eminencia en el mundo del cine, hablaba por boca de ganso.

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