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Espejismo

>> martes, 30 de julio de 2013

Extranjero en tierra caliente
me salvan estas frescas aguas
y con ellas desaparezco
entre olas me fundo y deshago
y en nada todas me convierten.

Ahora no existe el horizonte
dibujado en él hay dos ojos
que me observan y se divierten
inocentes de travesura
los veo ahora y por ello existen.

Bajo los ojos, su sonrisa
un sol de atardecer que ciega.
Lejos se adentra, inalcanzable
promesa incumplida, ya muere
y yo veo llegar la noche.

Es el peor de los castigos
ver ésta su desaparición.
Será quizá mayor condena
vivir pensando en su mirada
el haberla sobrevivido.

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Convocar a Tchaikovsky


Partitura original de la "Patética" de Tcahikovsky
En esta noche de calor, tratando de conciliar el sueño tumbado sobre un colchón a ras del suelo, escuchando el griterío festivo que sube desde las terrazas del paseo marítimo (aplacado tan solo por la puerta de cristal del balcón), tratando de olvidar que estoy aquí, en esta jungla de asfalto y hormigón llamada Benidorm, me parece escuchar la "Patética" de Tchaikovsky. Es como un mecanismo de supervivencia, la búsqueda de un equilibrio perdido. Una característica más de esta máquina perfecta denominada "cuerpo humano". ¿Y por qué esta canción concretamente y no otra? No es la primera vez que acude a mí, como un bote salvavidas, en estos días de "descanso". No soporto la inactividad a la que esta villa costera me somete. Otrora un pueblecito de pescadores, en la actualidad apenas una sombra de lo que fue, lujoso páramo, salvado y condenado por el turismo. Apenas unas pocas edificaciones originarias han logrado sobrevivir a la especulación inmobiliaria. Una persona corta de vista podría creerse, echando una furtiva mirada a su skyline, en Nueva York. Rápidamente caería en la cuenta de que ese posible glamour ha quedado sepultado por el polvo sucio de la península. En un intento por importar paisajes extranjeros, ha quedado algo extraño, que no es ni de aquí ni de allí.
Tchaikovsky moriría de tristeza aquí. Rachmaminov encontró en Dresde el lugar ideal en el que recobrarse de su depresión tras la injusta frialdad con que fue acogida por parte del público su Primera Sinfonía. En este lugar de Alemania compuso "La isla de los muertos" (por supuesto, este lugar simbólico no era Benidorm). Como Rachmaminov, Tchaikovsky tampoco tuvo éxito con su "Patética". Ambos compositores fueron hombres de otro tiempo (Tchaikovsky más). ¿Qué diría Rachmaninov de aquella Dresde resurgida de sus cenizas tras la Segunda Guerra? ¿Encontraría en aquel escenario postapocalíptico de arquitectura comunista la inspiración perdida, la energía necesaria con la que recobrar el optimismo perdido? ¿Su idea de belleza comulgaría con aquella nueva idea de estética, apartada de cualquier influencia burguesa? (es decir, de cualquier influencia de tiempos pasados, de épocas irrecuperables)
La escritura nos salva del hastío. También la lectura de lo escrito. Y, por qué no, lo anacrónico, el viaje hacia otras épocas, hacia otros mundos. La huída, la fuga, la escapada mental, un viaje de la sugestión. Es la música la que nos conduce. Si el director de orquesta es capaz de activar unos dedos que van a unos trastes o a unos pistones, es la rememoración de una partitura lo que puede conducirnos a otros lugares, a otros tiempos, etcétera. El mundo de Tchaikovsky ya no existe: su Rusia es la Rusia de los zares, de los carruajes, de las llamas en las farolas. Su "Patética" además es el resultado, no solo de una época, sino de un estado anímico, de una personalidad. Quizá acudió a mi mente por eso, porque en cierto sentido me encuentro en una situación parecida a la de su autor: un momento de crísis personal. Como si todo un mundo anterior hubiese sucumbido en pos de otro nuevo todavía invisible para quien lo espera, si es que lo espera y lo necesita (Tcahikovsky murió nueve días después de dar a conocer ésta su última obra). La "Patética" anuncia un final y parece no prometer un nuevo comienzo a posteriori. Un canto de cisne, bello y melancólico (como por otro lado es toda la música de su autor). Es una obra madura, en absoluto trágica como podría serlo "La muerte y la doncella" de Schubert. El compositor se encontraba aquejado de una depersión que había llevado arrastrando durante toda su vida, había dejado de creer en fabulosos paisajes y para inspirarse en su propia instrospección. Se baraja la posibilidad de que pudiera haber sido él quien hubiese puesto su propio punto y final, de la misma manera que era capaz de crear mundos nuevos con el don sobrenatural que poseen los compositores. Dicen que puedieron ser sus compañeros al descubrir su homosexualidad los que le presionaron, conduciéndole al suicidio.
Quizá lo más conmovedor de la biografía de Tchaikovsky fuese aquella secreta relación de cariño y admiración que se forjó entre él y su mecenas, mujer que nunca conoció pero que siempre creyó en él.
Y Tchaikovsky se carteaba con ella desde su soledad, la soledad del creador. Porque la escritura, ya sea musical o literaria, exige de ese diálogo solo posible con uno mismo. Una conversación monológica acompañada de otros valores como pueden ser los del tesón o la fortaleza física y anímica (no flaquear, nunca dejar de creer en uno mismo y en la empresa que se está llevando a cabo). Admiro a quien es capaz de afrontar retos de gruesa magnitud: escribir mil páginas de una novela o componer una sinfonía de hora y media (de hecho, se decidió que la duración de los compact disc debía de ser de noventa minutos porque era lo que abarcaba la Novena Sinfonía de Beethoven, también llamada "Coral").
La "Patética" tiene el don de aparecerse ante mí con sus diferentes movimientos en diferentes lugares y momentos. Muchas veces ha acudido estando yo en la playa. Aquí, en este lugar de Alicante ajeno a todo posible encantamiento, donde hasta el agua se aburre y no sabe si subir o bajar con la marea, donde la bandera roja se destiñe esperando para ser izada. Quizá el socorrista se aburre de serlo también aquí, o aprovecha para conocer a muchachas que nunca pensarán en Tchaikovsky porque ni siquiera sabrán quién es ése. "Nos suena a ruso" dirán atribuladas.
Desde aquí le conjuro, a esta hora de la tarde en quenada ocurre si no se lo provoca desde la soledad, interiormente, sin que nadie lo sospeche desde fuera.               

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ESCRIBIR POR ENCARGO

>> lunes, 29 de julio de 2013

Mi prima me pidió aquella tarde que escribiera un cuento de vestidos largos y de amor. Una historia de época que acabase bien y que fuese larga. Un nuevo "Orgullo y prejuicio".
-¿De cuántas páginas?
-Da igual.
-¿Y cómo voy a inspirarme aquí, en una terraza de un piso de Benidorm, donde no existe la palabra "silencio"?
Hace medio año, escribí la adaptación de un cuento de Horacio Quiroga que se titulaba "El almohadón de plumas". Concebido como un guión cinematográfico que sirviera de base para un supuesto cortometraje, la historia acabó siendo tan infiel al texto original que ahora solo podría figurar en los títulos de crédito como "Inspirada libremente en..." Me había permitido ciertas licencias: quité a la extraña criatura del relato e introduje a un personaje inspirado en el de "La Regenta" (algún día tendré que leer ese libro), un joven clérigo que acaba enamorándose de la protagonista. Un descreído, como San Manuel Bueno, mártir (ese sí lo leí).
-Escribes sobre tu prima, no sobre lo que te pide tu prima, y eso no es justo- me dice mientras escribo estas líneas, sospechando el motivo real en el que me estoy inspirando, alejado de lo que ella en realidad esperaba.
Vayamos, pues, al grano.
-¿Cómo dices que es la protagonista?
- Es un chicazo. No es la típica repipi. A lo mejor es pobre y puede que no sea muy guapa, pero se las sabe todas y eso hace que los hombres se asusten y a la vez se interesen por ella.
-Entonces es como Jo, la de "Mujercitas"...
- Sí, una mezcla entre esa y Elizabeth Bennet... Ahora te diré cómo viste: luce un vestido sencillo y blanco, como los que lucía Maria Antonieta cuando iba a su casita de campo. ¡Adoro las biografías de las princesas! Sissí, la última zarina de Rusia... Bueno, que sepas que además la protagonista tiene que parecerse a mí, ya que voy a ser yo la que lea la historia. ¿De acuerdo? A ver... ¿en qué estábamos? ¡Ah, sí! Maria Antonietta. Ya sabes, su marido se iba de caza por ahí y ella se hizo construír una casa en el campo. Se iba allí con sus damas y sus niñas. Y esto es lo más importante: se ponía vestidos frescos, blancos y sencillos... los de toda la vida.
- Ya... ¿Y querrás que haya un chico, no?
-Mejor dos chicos. Dos polos opuestos pero a la vez deben ser parecidos.
-Mucho pides tú, ¿eh?
-Hay que ser exigentes... Se han escrito ya tantas historias que hay que ser originales. No importan tanto lo que escribes sino cómo lo escribes. Cada uno tiene su forma de escribir, de componer canciones... de soñar. En realidad, hay mucho inepto que no hace lo que le gusta sino lo que los demás esperan de ellos. Por eso escriben, porque escriben lo que les gustaría hacer y no pueden o no quieren, que en este caso es lo mismo. Los que en lugar de escribir llevan a cabo sus deseos son las personas felices. El resto son los ineptos, los amargados. Animales de costumbres.
Después de esta lección de filosofía, la chica de dieciocho años mira a su primo de veinticinco.
-Oye, no me despistes... ¿Qué pasa con el chico o con los chicos?
-No sé, dime tú...
-Pues lo que se lleva ahora. Lo típico. El bueno, soso y tonto. De él se enamorará al principio la chica. Y el malo, sexy. Poco a poco, la chica cambiará su objeto de deseo e irá fijándose en el chico malo y, a medida que le vaya conociendo, descubrirá que en el fondo no es malo...
- ¿Y el bueno? ¿Qué pasará con él?
-Pues que se volverá malo porque es un infeliz... o puede que se vaya con la amiga fea de la chica... Y luego tiene que haber un obstáculo. Si no, el libro termina rápido.
-Hay una guerra...
-O la relación entre chico y chica que no puede ser por diferencia de dinero, o de clase, o porque los padres que se oponen... O el chico puede palmarla... O pueden separarse y luego volverse a encontrar. ¡Y tiene que hqaber bailes y fiestas!
-Pues ya me lo has contado todo. Ya tienes lo que querías ¿no? ¿Para qué quieres que lo escriba? Conoces la historia mejor que yo. ¡Escríbela tú!
-No, se me da mal escribir. No todo el mundo escribe bien, hay que saber contar las cosas.
- ¿Y quién te dice que yo...?
- De esto sí. De lo que he leído tuyo, lo que más me ha gustado ha sido "El almohadón de plumas"...
-Pues ni siquiera es una historia original mía...
-Ya, y esta historia que te estoy pidiendo que escribas se me ha ocurrido a mí. Por eso sé que puedes hacerlo, porque sé que ya has hecho esto antes y lo has hecho muy bien...
-No sé si me interesa escribir esta historia...
-Lo harás.
-¿Por qué?
-Porque lo digo yo.
-¿Y qué gano escribiendo yo esta historia, vamos a ver?
-Satisfacción personal, hacer feliz a más gente... y vivir cosas que de otro modo no podrías vivir...
-Pero aún así no podrías vivirlas... A no ser que inventasen la máquina del tiempo... Eso me excluye del resto de fracasados de los que hablas. Yo tengo la excusa perfecta.
-Da igual la época. La historia de fonfo es una historia universal. Una historia de amor. Seguramente tú no irías a hablar con esa chica ni harías lo que hace el chico malo... Ya sabes, "vergüenza" y "qué dirán"... Hoy mismo podías haber ido a hablar con esa chica de la plataforma en el mar y no has ido ¿eh? ¿Por qué no, señor Mateo? Por lo visto, es mejor escribir con pseudónimo, poner en boca de otros los que tú nunca te atreverías a decir.
-Se me están quitando las ganas de escribir...
- No te agobies. Sé que ahora ya no es un cuento, ahora es un libro entero lo que tienes por delante. Tienes toda la vida para escribirlo, no sólo esta tarde...
-Sí... Ya tengo título: "La novela de un impotente"...

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"Los consejeros"

>> miércoles, 24 de julio de 2013

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NOCHE DE VIOLINES Y DE MULTAS



Dicen que resulta imposible hablar de uno sin mencionar a los que le rodean. Al menos, si lo que se quiere es relatar hechos verídicos y, por tanto, autobiográficos. En la época actual, en la era de la comunicación, aquel que no se relaciona es como si no existiera, como si estuviese muerto… o, pero aún, es como si no figurase en los resultados de ninguna búsqueda por google. Teclear el nombre en cuestión y obtener un “cero” por respuesta.
En mi caso, me gusta jugar a la distracción, pues cuando escribo procuro metamorfosearme con la ficción (y viceversa, intentando que ésta se metamorfosee en mí). ¿Dónde empieza uno y acaba otro? He ahí el comienzo de una “leyenda”. La leyenda de esta noche, inspirada en cierto modo por Bécquer, comienza así:
Ésta es una historia que busca ser universal, esto es, no caducar en ninguna época. Ser afín a todas. Quien escribe como mero desahogo, con el fin de no perpetuarse en el tiempo sino tan solo en el instante, está perdido. Por ello, ésta historia trata de enclavarse en todos los tiempos posibles, para que con el paso del tiempo siga leyéndose y el lector que la disfrute no se sienta descontextualizado. En mi historia hay violines, agentes del orden, amigos y enamoramientos. Muchos de estos elementos son viejos compañeros de mis relatos y por ello viajo con ellos más seguro y confiado.
La historia comienza un viernes, en un local de copas de Madrid a una hora bastante imprudente, pongamos a las doce de la noche. Si queremos concretar aún más, diremos que el lugar se encuentra enclavado en un barrio de Alonso Martínez y que el motivo por el que se encuentra lleno el local es por el de un concierto. Una antigua cantante retirada decide retornar a los escenarios de la mano de unos amigos. Entre ellos hay un muchacho al que recientemente ha conocido y al que pide como favor participar en la velada con su violín. El muchacho accede. Es verano, momento en el que ciertas cosas concluyen para que nazcan otras nuevas. Momento, pues, de renovación.
La canción en la que el chico interviene se titula “El jardín secreto” y es un bello poema musical que trata de aquellos cuentos que nos contaron de niños y que a veces resurgen en nuestras vidas de adultos, pues en ellos hay caballeros, damas y dolor (es decir, rosas que pinchan).
El muchacho se sentía cada vez más dentro de la irrealidad de un cuento. Todo jugaba a su favor: un concierto en el que se reclamaba a su violín, tantas veces tocado en la privacidad de su casa o en las casa de otros amigos, o en un parque, o ante una dama sensible… Luego, tantos rostros conocidos que acudían como público… y, entre ellos, el de una joven a la cual creía que nunca más volvería a ver y que aquella noche estaba allí, vestida con un bello y elegante vestido, a sabiendas de que el muchacho acudiría en calidad de “solista” con su instrumento… Y el muchacho tocó “El jardín secreto”, y después un fragmento de “El concierto de Aranjuez”, a petición de la cantante… Y el público entregado, en silencio, dejándose encandilar por un supuesto arte que nunca se había mostrado en público, tan tímido como era, guardado con celo por su intérprete.
A la salida, una caminata hasta Gran Vía. El violinista, convertido ahora en caballero, buscando la rosa para la dama haciendo uso de su galantería. Amigos que asisten sorprendidos al cortejo, desde su segundo plano como espectadores, como ya lo fueron durante el concierto. Una despedida que no quiere decir “adiós” sino “hasta otro día, un día que está muy cerca…”
El muchacho se marcha entonces solo de camino a casa, es ya tarde, pongamos las tres de la mañana. No puede evitar comenzar a imaginar a esa muchacha, a comenzar a convertirla en futuro, tratando de fijar sus rasgos, de adivinar lo que ella puede sentir por dentro… el cómo debe de ser ella, su personalidad. Comienza a repetir su nombre, a imaginar cómo suena dicho de distintas formas, como la protagonista de “Calle Mayor”, que repite “Juan” muchas veces (con cariño, con reprobación, con solemnidad). Comienza a forjar el sendero del dolor, de la decepción futura. Esto lo sabe y debía de haberlo aprendido, pero una vez más decide adentrarse en este juego lleno de luces y de sombras. A los “pobres hombres” siempre les es permitido esto, puesto que no tienen nada más. Proyectan deseos valiéndose de la imaginación, su bien más preciado, el único que han sabido mantener a su lado. No aspirar a bienes físicos sino espirituales.
Recibe una llamada de teléfono. Son unos amigos que habían prometido acudir al concierto pero a los cuales les ha vencido la pereza de última hora. No obstante, no han perdido la esperanza de ver a su amigo violinista… Eso sí, prefieren que vaya él a verles y no ellos a él. Le atraen hasta donde ellos están. Su amigo accede, pensando que ha de agasajarles con el concierto que no han escuchado. En cuanto le vean con el violín, le pedirán que lo saque y toque para ellos, pero no cosas serias sino humoradas, canciones festivas y desenfadadas, aquellas que en otro contexto sentiría mayor vergüenza de tocar.
Así, estando ya en Sagasta, ha de retroceder para llegar hasta la Plaza del 2 de Mayo. Apostados contra un coche, bebiendo en vasos de plástico una mezcla de vino y coca-cola a la que llaman “calimocho”, reciben al aclamado violinista y comienzan a sugerirle nuevas canciones para su repertorio. Ellos le ponen a prueba, saben que tiene buen oído y que es capaz de tocar canciones que nunca ha tocado. Le dicen “toca Asturias patria querida” o “aquel tango de Gardel que decía lo de Por una cabeza”, o “aquella canción que cantaban los soldados rusos en la Segunda Guerra Mundial”… Y el violinista toca y toca, y ellos le hacen los coros y bailan en torno a él. Finalmente, llegan unos policías vestidos de paisanos que les dicen: “¿Ustedes no saben que no se puede tocar el violín a las tres de la mañana en una plaza pública?” Hay quien se atreve a hacer la gracia y contestar: “¿Y esa norma tan particular en qué parte del reglamento aparece escrita?” Los agentes de la ley toman nota de los DNI de aquellos borrachos musicales y les mandan a tomar aire fresco. Algunos se llevan el recibo de una multa por consumir alcohol en un lugar público e incluso por orinar en los bajos de un edificio. El violinista se libra por permanecer sobrio y no desahogarse todavía, aunque la vejiga le reviente por llevar más de cinco horas sin ir al baño. No obstante, acarrea un peso en su conciencia, pues como el flautista de Hamelin se siente responsable por atraer la mala suerte.   
Los tres amigos posan en una fotografía tristes, como tres hermanos regañados por un padre por jugar a la pelota dentro de casa. Uno de ellos observa a la cámara montado en un balancín dentro del recinto de un parque infantil, mientras los otros dos conversan de espaldas en un segundo plano, apostados en la valla de la parcela.

Días después, la muchacha deja de ser la “dama de la flor” y se transforma en “chica simpática que ya no busca caballero de cuento”. Todo vuelve, una vez más, a la normalidad. 

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Un guionista entre bambalinas. Crónica de los rodajes de Alumnos del Máster en Actuación Cinematográfica

Con Adi Dror durante un momento de descanso en los rodajes

(Artículo publicado en el blog de la Escuela TAI el 14 de junio de 2013)


Para un guionista siempre hay un momento crítico en su tarea: aquel en el que el trabajo realizado pasa a convertirse en una realidad. El guión cobra entonces un sentido, se le libera de la condena de permanecer encerrado en un bloque de hojas escritas. Esta transición es compleja, puesto que cuando se produce una traducción errónea del texto el resultado es evidentemente negativo. No obstante, cuando se sigue escalando en ascendente en el proceso y se logra un resultado óptimo, para el guionista se produce entonces un momento epifánico: aquel en el que el verbo se hace carne, toma vida, superando las expectativas del creador. Su criatura ha comenzado a vivir independientemente gracias a un grupo de creadores que han sabido otorgarle una fuerte personalidad, haciéndola crecer.

Cuando Maya me pidió escribir una serie de historias con las que poder trabajar con sus alumnos, nunca me imaginé que aquella propuesta iba a derivar en algo tan interesante y estimulante. Para un aspirante a guionista, siempre es un halago que alguien le pida consejo, y más cuando su experiencia en este campo es todavía bastante reducida. Por ello, comencé a trabajar con todas mis fuerzas para lograr algo concreto y preciso, tratando de hacer valer mis conocimientos previos para construir este mecanismo de relojería que es siempre un guión.

‘La historia cada vez estaba más viva. Maya, encargada de dirigir a sus alumnos de interpretación, les iba transmitiendo los diferentes estados del guión, proponiéndoles hacerlo suyo a la hora de introducir o suprimir elementos. Cada personaje tenía que tener un poco de cada actor, ya que éstos debían sentirse a gusto en sus interpretaciones’

Un guionista tiene por ley desconfiar, pues en muchos casos su trabajo es menos tenido en cuenta de lo que se debería, aún a pesar de ser una pieza importante dentro de toda la cadena de montaje. Sin historia que contar, no puede haber obra audiovisual. Tras todos estos meses puedo decir que me he sentido muy cuidado en mi labor. Me ha tocado trabajar con personas excelentes que han estado presentes en todo momento, haciendo mi tarea más fácil y aportando sus consejos, necesarios a la hora de diseñar algo de naturaleza colectiva.

La historia cada vez estaba más viva. Maya, encargada de dirigir a sus alumnos de interpretación, les iba transmitiendo los diferentes estados del guión, proponiéndoles hacerlo suyo a la hora de introducir o suprimir elementos. Cada personaje tenía que tener un poco de cada actor, ya que éstos debían sentirse a gusto en sus interpretaciones. Por ello iban modelándolos, perfilándolos en sus rasgos, haciéndoles adquirir una entidad individual. Así pues, la historia fue enriqueciéndose, encontrando sus tramas (cada vez más interesantes). Cada cierto tiempo, iba recibiendo revisados los guiones que enviaba, con anotaciones respecto a todas estas modificaciones que, en los ensayos de los alumnos, iban surgiendo. En algunos casos, conocer a los intérpretes también me ayudó a la hora de saber cómo podía acertar a la hora de escoger un rumbo para sus personajes.


El guión constaba de diferentes historias de parejas que acababan entrelazándose unas con otras tomando como nexo de unión el personaje principal. Los espacios acaban adquiriendo apariencia teatral, pesito que lo importante eran los personajes que los habitaban y los problemas que les acontecían.

El lunes 10 y el martes 11 fueron los elegidos para los rodajes. Los horarios iban de las nueve de la mañana a las siete de la tarde. El orden del rodaje se rigió aprovechando las escenas que tenían lugar en los mimos decorados, siguiendo su cronología.

Cuando llegué a los decorados del plató de Oudrid, me sentí impresionado al ver cómo todo aquello, que hasta aquel momento había sido construido en el aire, había sido concretado de aquella forma.

Siempre es difícil que el resultado final concuerde con lo que uno se había imaginado, pero en este caso he de reconocer que superó mis expectativas.

Se estaban realizando los últimos ensayos antes de empezar a rodar. La escena tenía lugar en el lugar en el que coincidirían todos los personajes: Una librería-café. En escena, Adi y Lara, que interpretaban a Dana y a Paula. Un tercer, personaje, María de los Ángeles, les observaba sentado en un sofá del escenario.

Los decorados estaban concebidos de forma muy sencilla: una estantería de libros, una mesa que a la vez serviría como mostrador, un par de sillas , un piano y un sofá. El resto lo conformaban los muros blancos del set de rodaje. Fuera del plató, estaban preparados los otros dos escenarios, que representaban las habitaciones de los dos pisos de las otras parejas. En total seis actores.

Tras los focos, la directora acompañada de su ayudante, dos personas encargadas de la fotografía, dos sonidistas, un script, maquilladores, producción… Fue realmente bello ver cómo aquello que hasta entonces se mostraba bien abstracto acababa concretándose. Y más en estos tiempos en los que vivimos, donde cada proyecto que se decide llevar a cabo se encuentra lleno de incertidumbres y, en algunos casos, ni tan siquiera con toda la buena voluntad se logra que muchos de ellos lleguen a buen puerto sin morir por el camino.

Ahora más que nunca hay que reivindicar el trabajo en grupo. Aunar fuerzas para sacar adelante aquello con lo que se sueña. Nuestra fuerza es la ilusión, aquella que logra movernos, dar pasos y avanzar por conseguir nuestros deseos. En un rodaje, donde todo esto se magnifica pues exige de muchos deseos, fuerzas y energías, resulta esencial esta filosofía.


 _ Javier Mateo Hidalgo

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Último retrato. Javier Mateo Hidalgo



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Entrevista a Julián Marías en "Negro sobre blanco" (1999)

>> lunes, 22 de julio de 2013

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"La mujer de los quince a los veinte" (Fragmento de "La tabernera del puerto" de Pablo Sorozábal)

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Con Gaudí

Ante la Casa Botines en León (Julio 2012)

Ante "El Capricho" en Comillas (sin fechar)

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CORRE LARGO, CORRE


Cuando llegaron a la pista de atletismo, ya había comenzado a llover. Una lluvia de verano, tan precipitada como intensa y breve. Un desahogo de las nubes, siempre distraídas en otras cosas antes que dedicadas a proteger del sol a los veraneantes que nunca veranean, aquellos que sufren el calor y además no cambian de ambiente. Por eso, quizá la lluvia sea una pequeña compensación de estas nubes, siempre tan desconsideradas, y más en verano.
Flaherty, McKendrick, Maomullian y Steinbeck comenzaron con los calentamientos, ajenos al temporal. Desde el presidio les habían regalado un par de horas de asueto en los terrenos deportivos, cercanos al bosque. Maomullian parecía inquieto, deseoso de canalizar sus instintos más bajos y violentos haciendo deporte físico. Los demás estaban tranquilos y hacía tiempo que se habían aburrido de llevar la cuenta del tiempo que llevaban habitando sus celdas con rayas estúpidas en la pared. Cada cuatro rayitas, una larga que las tache todas. Menudo coñazo…
“¡Vamos, vamos, dejaros de coreografías y vamos a lo importante!”- les reprendió Maomullian a sus compañeros.
Pero ya ni siquiera “El Largo” (como así lo llamaban) tenía capacidad para el liderazgo. A los demás les daba igual todo, incluso que un tipo de casi dos metros les amenazara para convertirlos en súbditos.
Maomullian, cansado de esperarles, considerando ridículo su forma de hacer estiramientos, su manera de desentumecer los músculos, de dar aceite a sus oxidadas bisagras, se colocó en la pista y comenzó su carrera.
Flaherty le siguió con la mirada, mientras los otros continuaban comportándose afeminadamente: “Fijaos muchachos, ese hombre podía haber sido un grande del atletismo…” dijo con acento gallego. Steinbeck continuó su frase, a modo de escritura automática o cadáver exquisito: “Sí, pero por lo visto prefirió dedicarse a atracar a viejas antes que aspirar a las Olimpiadas”. McKendrick añadió: “De hecho, creo que la medalla de oro se la habría llevado de todas formas por sus crímenes antes que por sus veloces piernas”.
El currículum de “El Largo” era bien extenso. Había conseguido en pocos años superar en delincuencia a los chicos que le precedieron en la “categoría” de pequeños hurtos. Sin duda se había merecido la fama, el salir en los papeles. Se había convertido en toda una leyenda. Una leyenda mucho más interesante sin duda para sus futuros biógrafos que el supuesto currículum que hubiese conseguido en el ámbito deportivo. Además, se le valoraba también por su rapidez, nadie pudo detenerle en plana acción, huyó de todos. Su único error fue ir a comprar unas zapatillas nuevas a una tienda regentada por un poli jubilado. En cuanto le vio supo de quién se trataba, aquel veterano seguía al tanto de todo cuanto acontecía en el panorama delictivo. Sus amigos de la oficina continuaban informándole detalladamente de todo cuanto acontecía cada vez que éste tenía a bien pasarse por las dependencias policiales (algo que hacía una vez cada semana).
Maomullian fue condenado a cinco años de prisión. Llevaba ya uno y estaba que se subía por las paredes. No soportaba a sus compañeros, los cuales habían sido encarcelados por delitos menores a los suyos y sin duda saldrían antes que él de aquel antro.
Maomullian, o “El Largo”, llevaba ya siete vueltas cuando sus compañeros se colocaron en la línea de salida. Flaherty volvió a iniciar la conversación, que había quedado cerrada tras la última intervención de MacKendrick.
“Fijaos, no ha bajado de ritmo, es como si hubiese empezado ahora mismo...” Steinbeck dijo: “¿Dónde está, Flaherty?” Maomullian acababa de desaparecer.
“Oh no, otra vez va a intentar escapar” dijo por lo bajo McKendrick. Flaherty se ofreció para ir a buscarlo antes de que se metiese en un nuevo lío.
Había una zona en la que la pista quedaba escondida, una parte en la que comenzaba un pequeño bosque que salía del complejo deportivo. “No podrá escapar, todo el perímetro de la penitenciería está vigilado y cerrado a conciencia con alambradas”.
Flaherty se introdujo en la zona del bosque y comenzó a andar por un pequeño sendero durante un rato. Por fin, dio con Maomullian. Estaba sentado, bajo un árbol, con la mirada perdida.
“¿Qué haces aquí?” le preguntó Flaherty mientras flexionaba sus piernas para quedarse en cuclillas, a su altura.
“Nada, demonios… ¿Es que no va a poder tener uno derecho a unos momentos de soledad? ¡Estoy harto de teneros siempre delante, carajo!”
Flaherty, curioso como nadie, insistió:
“Algo te conozco, Largo. Ya sabes que soy muy observador. Tú no estás aquí para escapar de nosotros… Ya procuras todas las noches dar una vuelta por el patio, aprovechando que estamos dormidos… Ese es tu momento de independencia. ¿Este cuál es? Dime la verdad…”
Maomullian dudó por un instante pero al final cedió a su interrogador: “Estaba corriendo y de repente me vino un olor familiar, un olor intenso que me hizo salirme de la pista… además, salí de este contexto, me olvidé de que era un preso… Solo quería ir tras él… El olor se hacía cada vez más intenso a medida que me metía por el bosque. A medida que iba caminando me acordé: Era el olor del cuerpo sudoroso de Margaret, la primera vez que estuvimos solos, en la intimidad… Un olor intenso y a la vez de flores, que no parecía proceder de un cuerpo humano… Yo seguí el olor y me llevó hasta aquí, hasta este árbol… Algo absurdo y sin sentido. Estoy tratando de volver a la realidad, de salir de aquel contexto y volver a éste… No sé qué me ha pasado.”
Flaherty le preguntó: “Margaret, ¿tu primer amor?”. A esto, respondió “El Largo”: “El primero y el único. Tan ocupado estaba en mis robos que apenas repartía mi tiempo en otras cosas… Y ella me quiso y yo la quise, no le importó que yo fuese así, que tuviese esa visa ¿comprendes?” Flaherty dijo: “Quieres decir que se sacrificó por ti… eso es una bonita muestra de amor”. “El Largo” de repente se puso a la defensiva: “Eso es una bonita cursilada, Flaherty…” Flaherty contestó: “Será lo que sea, pero nada dejará que deje de ser lo que es, Largo”. Flaherty se puso a oler intensamente. “Yo no huelo a nada…” Maomullian le agarró del cuello de la camisa: “¿Me estás llamando mentiroso?” Flaherty le dijo que simplemente le había dicho que él no olía a nada… “Quizá haya perdido el olfato, Largo…” Maomullian insistió en que aquel olor permanecía allí todavía. “Bueno, te voy a dejar… A los muchachos le contaré lo que ha pasado para que no estén preocupados…” El Largo le dijo que eso era una estupidez, puesto que a los demás les resbalaba lo que a él le sucediese, a no ser que la cosa fuese suficientemente morbosa como para cambiar las cosas.
Cuando Flaherty llegó a la pista, había comenzado a llover de nuevo, pero esta vez la cosa derivó en tormenta y se prolongó hasta la noche.
Ya en las celdas, la historia de Largo sirvió de comidilla hasta la entrada del sueño. Comenzó Steinbeck:
“Aprovechando que éste se ha ido a pasear al patio, quisiera volver a lo de su historia con Margaret…”
A Flaherty le resultó casi pornográfico el tema de la conversación y trató de salirse de la charla para empezar a conciliar el sueño por su cuenta.
“¿No dices nada, Flaherty? Para no hablar ahora tenías que haber callado antes, no habernos dicho nada… Ahora has abierto la caja de los truenos…” dijo McKendrick.

“Dejadle, es un pobre diablo. ¿Vosotros habéis visto “Pickpocket”, la película de Breson?” Nadie contestó. Flaherty prosiguió: “Maomullian es como el protagonista… Un carterista que solo encarcelado se siente libre y es entonces cuando el amor le visita… aunque, en este caso, es más bien el recuerdo de un amor, de lo más puro y noble que jamás había conocido”. De nuevo Flaherty se ganó el adjetivo de “cursi” por parte de sus compañeros. No le importó. Él pensaba en cómo la realidad había acabado convirtiéndose en la realidad en la que El Largo quería vivir. “Un árbol que huele a mujer… qué interesante…”

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BUSCANDO UN ASIENTO EN LA REAL ACADEMIA


 
José Luis Borau ante un monumento de Pablo Serrano
En el año 2008, José Luis Borau dio una conferencia en la Biblioteca Nacional cuyo título correspondía con las de otros ilustres hombres de artes y letras que pasaron por aquella mesa convocados con la misma intención: “La biblioteca de…” (en este caso, “La biblioteca de José Luis Borau”). El académico, que había pasado a ocupar el sillón “B” de la Real Academia ese mismo año (ocupando la vacante de Fernán Gómez), afirmó que las grandes obras literarias eran las que nos eran superiores a nosotros, resultando inabarcables o imposibles de desentrañar. Ponía así diversos ejemplos, todos ellos pertenecientes al conocimiento elemental general y popular: La Novena Sinfonía de Beethoven, El Quijote de Cervantes o Las Meninas de Velázquez (aunque no todos los que han oído hablar de ellos los han visto, oído o leído, quizá si algún fragmento, algún vistazo rápido sin llegar a comprender la complejidad de los mismos).
Estando de acuerdo con esta afirmación, no puedo por menos que añadir algo que quizá resulte más específico: si bien es cierto, como decía también Borau, que las personas deben de leer por necesidad, como se necesita comer, beber y respirar, también es cierto que quien lee por puro entretenimiento no debe tampoco de ser censurado en su actitud. Parece imprescindible que las lecturas, las audiciones o los visionados vayan encaminados a engrandecernos como seres humanos, ampliar nuestras pasiones más altas. Hacernos unos intelectuales, en una palabra. No obstante, no todo el mundo puede ni debe aspirar a tal magno horizonte. Porque, como Borau, hay quien también leyó a Chandler y no solo a Hemingway o a Joyce (quien se haya leído el “Ulises" de cabo a rabo que levante la mano).
Yo solo me conformaría, a la hora de aspirar a educar a la ciudadanía (“ciudadanía”, palabra que detesto desde que políticamente se utilizó en este país con unos fines tan concretos y parciales), con unas obras que entretuviesen, sí, pero ofreciendo dentro de este paquete algo más que supere al mero envoltorio. Una idea, un concepto un pensamiento que resulte trascendente y no banal o baladí. Trabajar desde ese trasfondo, no quedarse tan solo en la superficie, que es lo que en la mayoría de las veces sucede. Aquello que nos toca, que nos concierne y no nos deja indiferentes, aquello que no pretende ser conformista y decirnos lo que queremos escuchar para alegrarnos la tarde. Introducir complejidad, sí, pero una complejidad para todos los públicos. Es decir, trabajar a diversas escalas para que cada persona extraiga de la obra en cuestión aquello que ha ido a buscar: el filósofo su filosofía, el apasionado su dosis de adrenalina, el culto sus referencias, el artista su poética. Una obra que deba ser revisitada en más de una ocasión, pero no porque no se comprenda, sino porque atraiga a su público una y otra vez, necesitando volver a ella. Una obra rica en matices, por tanto, que posea un magnetismo irresistible. Y esto es, en verdad, lo complicado.
Por ello, Borau criticaba tanto a los que decían: “Si ya he leído este libro, ¿por qué voy a leerlo otra vez?”. Para él resultaba tan estúpido como quien decía: “si ya he visto Las Meninas” o “si ya he escuchado la Novena de Beethoven” o “si ya he visto esta película”. Muchas veces, forjamos en nuestra mente una sinfonía, un libro o una película tras haberla visto, creemos acordarnos de ella, pero nada más lejos de la realidad. Los recuerdos van metamorfoseándose al antojo de quien los almacena, los va trocando en otras cosas a medida que pasa el tiempo (y no tiene por qué haber pasado mucho, baste un año, un mes o unos días). Por tanto, la obra, a medida que vaya siendo más compleja, resultará más difícil de retener y deberá regresarse a ella cada cierto tiempo.
Hay quien construye una obra a medida que la escribe. De repente se le ocurre una idea y comienza a pensar en ella. Una idea, como ya hemos dicho, no tiene por qué ser algo tan trascendental que acaba por intimidarnos (por ejemplo: “La teoría política, al llevarse a la práctica, deja de ser tan ideal para corromperse”). Baste algo tan cotidiano como lo siguiente: “Un hombre ha perdido el empleo y vive encerrado en su casa”. Una idea en este caso, sin mucho fondo tras ella, una idea convertida en una imagen particular. A esta idea se le une una nueva: “Un día, al sacar la basura, coincide con una vecina a la que no había visto hasta ahora porque el trabajo le mantenía siempre fuera de casa, siendo más inquilina del piso su asistenta que él, a la que pagaba para que tuviese limpia la casa”. Esta segunda idea se une a la otra, la hace crecer. Y entre una idea y otra surge una tercera: “Entre ellos, surge el amor”. En muchos casos, un relato de este tipo puede acabar poseyendo un trasfondo intelectual, cargado de contenido. A Baroja se le criticaba por ser un escritor que empleaba poca poética en lo que escribía. No obstante, las ideas que él quería transmitir estaban ahí, claras y contundentes. Además de "entretener", se preocupaba porque sus relatos no fueran una mera aventura literaria sino que poseyeran un contenido filosófico y existencialista. Para él, no había que dejarse enmarañar por lo superficial, había que ir a lo importante. ¿Hace falta escribir ciento cincuenta páginas o rodar ciento veinte minutos de película para contar una historia? A mi parecer, muchas de las obras que se conciben poseen un alto porcentaje de “paja”, es decir, de contenido intrascendente. Recordemos el dicho: “Lo bueno, si breve, dos veces bueno”. A veces, una idea no da para más y nos empeñamos en alargarla hasta hacerla morir volviéndola insoportablemente eterna, otorgándole una vida que no le corresponde.

Javier y Julián Marías

Voy a poner un ejemplo atípico: Las novelas de Javier Marías. En cierto sentido, la estructura de cada una de ellas puede tener tantos amantes como detractores en los dos sentidos a los que me refiero. Todas ellas poseen una trama sencilla, un argumento que podría resumirse en muchas menos páginas de las que el escritor necesita. No obstante, sobre estas ideas de ficción tan escuetas, reposan otras que atañen más a la filosofía (evidentemente, la influencia de su padre Miguel fue determinante a la hora de decidirse a conformar su estilo). Una filosofía que a todos nos incumbe, pues sus reflexiones nos tocan de cerca, todos hemos pasado por ellas y él solo nos las recuerda y enumera, hace un listado de las virtudes y defectos que configuran y definen a la condición humana. Su lenguaje puede resultar denso y cargante para quienes buscan en lo literario lo intrascendente, es decir, lo que corresponde a las novelas de ficción destinadas al puro entretenimiento. El ser humano se ha ido despojando de determinadas características que en otro tiempo le enriquecían sin que fuese de ello consciente. Novelas de hace cincuenta años que podía leer todo el mundo se consideran ahora de eruditos. Javier Marías no cabe duda de que lo es, y hace bien en resistirse a cambiar, a escribir para un mayor número de posibles lectores. Su lenguaje ha quedado obsoleto para muchos. Podríamos decir que ha sido el mundo el que se ha vuelto más complejo y que nosotros, para sobrellevarlo, hemos tratado de simplificar las cosas, de hacernos la vida lo más llevadera posible. En este caso, el problema residirá en nosotros, pues no habremos hecho los deberes correspondientes para alcanzar la comprensión de estas obras. 
Sucede también en muchos casos, un curioso fenómeno sociológico: Durante nuestra juventud somos pozos sin fondo, nunca nos cansamos de aprender. Estamos abiertos a todo tipo de sugerencias, hacemos uso de todo cuanto cae en nuestras manos. No obstante, a medida que vamos creciendo, madurando y envejeciendo, vamos reduciendo nuestro espectro de posibles entretenimientos (porque el ser humano busca estar siempre entretenido, huye del aburrimiento). Al perfilar nuestra personalidad y hacernos más sabios (los años de aprendizaje nos hacen sabios en el sentido de que conocemos mejor las cosas que los jóvenes) ya sabemos lo que nos va a gustar y lo que no, y si en otro momento estábamos dispuestos a consumir también aquello que no tenía por qué gustarnos pero había que consumirlo por curiosidad o cultura, en el momento actual de mayor edad nos entra una especie de pereza por ciertas cosas y tratamos de evitarlas en la medida de lo posible. En cierta forma, la educación que hayamos podido recibir influye de algún mudo a la hora de canalizar nuestras inquietudes o atrofiarlas.  

El “intelectual” debe de luchar contra todas estas cosas, ya sea creador, receptor o ambas cosas. Una lucha por aquello en lo que cree. Su trabajo debe de ser su ideal político. Esta afirmación propia no debe de tomarse como algo imperativo sino tan solo como una mera sugerencia. Precisamente, parte del desencantamiento político que siento viene precisamente de este tipo de cosas, pues no soporto que nadie me diga lo que tengo que hacer o decir, a qué debo de pertenecer. Ponte aquí para que no pensemos que estás allí, eres tal porque no eres cual. El individuo todavía sigue aprendiendo por contrarios, aún después de haber pasado su primera etapa de aprendizaje inicial, cuando es niño. En esta etapa, aprende que una cosa es blanca porque no es negra, que una mujer lo es porque no es un hombre. Esta forma de aprendizaje debe de erradicarse en la etapa adulta, pues ahora en el mundo pocas cosas están tan claramente diferenciadas. Todo está mezclado, somos verdaderamente heterogéneos, pero no solo en cosas que podían resultar tan claras anteriormente como la sexualidad o la política, sino en otros apartados como nuestros gustos o nuestra personalidad. Los sociólogos deben estar volviéndose locos para extraer una idea concreta del individuo contemporáneo. Los códigos han cambiado y han vuelto inidentificables cosas que antes resultaban más evidentes.    

Azorín

Cerraré esta reflexión añadiendo un último apunte que considero esencial a la hora de construir una obra que se pretenda "redonda" en todos los sentidos: Debemos buscar la perdurabilidad de la misma. Su universalidad residirá precisamente a su resistencia a quedarse anticuada, sobreviviendo a los embates del tiempo.
Dice Azorín en el prólogo de sus deliciosas "Lecturas españolas": "Un autor clásico es un reflejo de nuestra sensibilidad moderna. La paradoja tiene su explicación: Un autor clásico no será nada, es decir, no será clásico, si no refleja nuestra sensibilidad. Nos vemos en los clásicos a nosotros mismos. por eso los clásicos evolucionan; evolucionan según cambia la sensibilidad de las generaciones."
Después de leer estas líneas no podemos sino coincidir de forma total en lo expuesto. Los autores citados por Azorín en su libro poseen una serie de condiciones idénticas: fueron personajes que se preocuparon por su contemporaneidad pero siempre con la mirada puesta en el pasado (desde donde comprendieron su presente) y en el futuro (preocupados como estaban por el porvenir de su país). Los asuntos tratados por ellos poseían tal modernidad que, vistos en la actualidad, parecen haber sido escritos ayer. Además de todo este bagaje cultural, poseían una curiosidad que se ampliaba más allá de sus fronteras. Y es que, para conocer la realidad de un lugar, debe también de ser comparado con las realidades de los otros. Mucha de la ignorancia proviene precisamente de ese desinterés por lo que sucede fuera, en el resto del mundo. El nacionalismo en sí es un problema de esa no necesidad por conocer otras realidades, hasta llegar a formar una idea falsa de la propia.
Así pues, es necesario interesar no solo a un público actual, sino a uno atemporal y anacrónico, que viva más allá de nuestra época.
        

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SACAR LA BASURA

>> sábado, 20 de julio de 2013


Todas las tardes,  Joaquín encendía al televisor nada más terminaba de comer, justo cuando había concluido el telediario, para poner su concurso cultural favorito: Había decidido nutrirse del pasado, de todo lo que el hombre dejó como testimonio para que con ello pudieran hacerse preguntas interesantes con las que poner a prueba los conocimientos de tres señores que contestaban diariamente a un presentador que había hecho un pacto de eterna juventud con el diablo. No le interesaba mucho el presente, de hecho le aburría. Como escritor anclado en el estilo literario de la vieja Europa, estaba convencido de que el hombre había perdido toda la épica posible para vivir y crear. Él era el primero que carecía de ella y lo asumía, envidiando a autores que sí la tuvieron y gracias a ello figuraron y figurarán en las grandes enciclopedias de todos los tiempos (enciclopedias de grandes personajes).
Aquel día se encontraba terminando de comer un montón de picotas (los dedos rojos del jugo, a juego con los dientes) mientras asistía a un duelo sobre escritores actuales españoles. En cierto sentido se sintió defraudado por la dirección del programa, no esperaba que cayeran tan bajo. “Nosotros, los escritores actuales, deberíamos permanecer tras la pantalla, cada uno en nuestra casa y Dios en la de todos, pero no este programa, que debe quedarse en el pasado por el bien de su continuidad”. Sabía que sus opiniones podían resultar polémicas, por eso era escritor de ficción y no de opinión ni de ensayo. “Los que leen mis cuentos están más locos que los que estarían dispuestos a escuchar mis comentarios acerca de la actualidad. Una cosa es fabular sobre terrenos donde está permitido, y otra hacer de la realidad un cuento, un camelo, que es lo que en realidad es.” Para él, la actualidad era algo imposible de digerir, una cosa indigna de publicarse. “No es otra cosa que la repetición de los mismos errores y, además, una repetición sin gracia, sin épica.”
De los tres concursantes que se encontraban contestando a las preguntas del presentador eternamente joven, solo uno había aguantado durante más de treinta programas en su puesto. Se trataba de una joven encantadora que había conseguido captar la atención de Joaquín: Se llamaba Lourdes y era morena, socióloga, de treinta años y de una timidez extraordinaria. Joaquín se había ido enamorando de ella día tras día. “¡Qué mujer, qué mujer!” repetía para sí mismo cada vez que el realizador del programa sacaba de ella un primer plano.
Por fin, le tocó a ella. “Dígame Lourdes, ¿qué sobre elige?” le preguntó el presentador. “El dos” contestó Lourdes. El presentador sacó la tarjeta del sobre. “Lourdes, ¿conoce usted a Joaquín Lorán?”
El momento más temido había llegado. Joaquín permaneció expectante a la respuesta que su idolatrada tenía que dar de él.
“Sí, le conozco”. El presentador insistió: “¿Ha leído algo de él?” Ella contestó secamente: “Sí.” De nuevo, el presentador volvió a la carga. “¿Y qué le parece?” Lo que vino a continuación supuso para Joaquín un duro golpe: “Leí su libro más conocido y no me gustó nada… me parece un pedante, un hombre que vive en el pasado… En fin, una anacrónico que se cree la Letra A de la Real Academia de la Lengua…”

“¿Qué?” dijo Joaquín. Al parecer, Lourdes poseía otra gran virtud, la sinceridad. Una sinceridad cruda y deslenguada. Sin duda, se refería al libro “No contemples más la lluvia”, el cual le había granjeado a Joaquín más de un premio y, lo que era más importante, el aplauso unánime de la crítica. No obstante, lo que acababa de suceder a través del plasma le hizo pensar. Finalmente, llegó a una madura conclusión. Por la noche, al bajar la basura, dejó también en la calle su televisor.     

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"For sephora" . Juan Miguel Juanilla y Jorge Rodríguez (audiciones en la Casa de la Cultura en Tres Cantos)

>> jueves, 18 de julio de 2013

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LA NIÑA QUE COPIÓ A BÉCQUER


Aquella tarde sería distinta de otras en las que Beatriz llegaba a casa tras las clases. Por fin, había tomado una determinación: por fin, le confesaría a Ricardo sus sentimientos. Hacía tres años que le conocía, desde que comenzaron juntos secundaría, y cada vez tenía más claro que sólo podría ser él y ninguno más. El resto del universo había sido cubierto por ella con una tela translúcida. Ella lo escuchaba, sabía que estaba ahí, pero no le interesaba. Había dejado incluso de ser una chica aplicada como siempre había sido, desatendiendo sus estudios por no ser capaz de concentrarse en ellos. Necesitaba salir de dudas, aunque era consciente de que si la respuesta era negativa el remedio iba a ser peor que la enfermedad… Todo se volvería oscuro, sí, pero solo por un tiempo. Luego, cuando entrara en razón, las cosas volverían a verse claras. Terminarían, por tanto, tres años de dudas… porque la incertidumbre es la peor de las sensaciones, no se puede vivir con ella. No obstante ¿sería capaz de seguir adelante con el curso, teniéndole a él como compañero de pupitre? Tenerle cerca sabiendo de su negativa hacia ella… y ella sintiendo todavía ciertas cosas hacia él, irremediablemente. Para ella, una chica racional, el no poder controlar sus sentimientos resultaba toda una contrariedad. No se sentía cómoda sintiendo todas esas cosas extrañas e incomprensibles. Su estado de ánimo cambiaba, sus pensamientos volaban hacia acciones que ella nunca habría hecho de no encontrarse en dicho trance. Ella, en una palabra, había dejado de ser una niña. Miraba ahora el rincón de su dormitorio en el que tantas veces había jugado en solitario, como hija única. Recordaba cuánto había fabulado sobre este momento, pensamientos siempre imperfectos por su inconcrección, pues solo cuando el momento llega realmente es cuando las cosas se ven como realmente son y no como uno ha imaginado. Desaparecen unas idealizaciones y aparecen otras más verídicas si cabe. ¿Cuál era el hombre con el que había soñado tantas veces? Sin duda, uno totalmente distinto. Para matar los ratos muertos en los que le asaltaba el romanticismo, Beatriz había ido construyendo a esa persona perfecta: moreno, alto, de un color de ojos inexistente en la realidad, con una forma de ser agradable (atento, simpático, ocurrente, siempre dispuesto a ayudar e todo, protector)… Pues bien, Ricardo era castaño, de talla mediana, de ojos marrones y solitario, tímido y poco dado al trato afable. Un chico mediocre, por qué no decirlo, del montón. ¿Y cómo podía haberse fijado en una persona tan poco inspiradora? Sencillamente porque el amor de pronto aparece y nos enamoramos de un ente, no de algo concreto. Seguimos empeñados en construir una imagen cuando ya la tenemos delante, queremos conocerla antes de tiempo y deducimos por su aspecto exterior una serie de cosas que no difícilmente encajan con la realidad. “Estará esperando a una persona con la que pueda sincerarse y sacar fuera todo lo que esconde a los demás” pensaba Beatriz, justificando la actitud ciertamente antipática del muchacho. O que podía decirse a su favor es que Ricardo era un chico que no se mezclaba con el mundo porque quizá no necesitaba de él, porque él solo había sabido sacarse siempre las castañas del fuego. Un náufrago no necesita la compañía de otro porque ya tiene la de su propia sombra. Pero Beatriz se empeñó en buscarle pareja… y, de hecho, siendo ella todo era más fácil, no había que irse muy lejos para buscarla. Una sensación maternal, de piedad hacia él, movía a Beatriz en sus acciones.
Por lo que había oído, era un chico al que le gustaba leer. Alguien debió verle con un libro de poesía durante un recreo en el patio. “Un chico sensible” pensó Beatriz. Quizá por ahí podía entrarle, dar un primer paso hacia él.
Pensó en escribirle un poema. El problema es que ella carecía de imaginación y talento para las letras, siempre había sido de números. No obstante, no lo consideró una contrariedad, sino que pensó que eso los uniría todavía más, porque se complementarían. Ella aprendería cosas de él y viceversa.
Pero ya estaba decidido lo del poema y ahora no iba a echarse atrás. Recordó entonces unos versos que siempre había tenido en la cabeza. Desconocía su origen, dónde los había leído o quién se los había contado y cómo habían sido en un principio. Poco a poco los había ido olvidando y rememorando a su antojo, añadiendo y mutilando fragmentos, recomponiéndolos. Tanto fue así que llegó a creer que los había inventado ella, considerándolos de creación propia. ¡Qué bellos sonaban en su cabeza! Al final, iba a tener madera de poetisa…
Cogió una cuartilla, se sentó a la mesa del comedor y comenzó a escribirlos.

 ¿Que es poesia?, me dices fijando
tus ojos en los mios.
¿Que es poesia? ¿Eres tú quien lo pregunta?
Poesía... eres tú.             

Trató de poner todo su empeño en lograr una letra bella, digna de ser leída y releída.
Tras su escritura, dobló en cuatro el papel y lo introdujo en un sobre blanco que encontró en el escritorio de su padre.
Al día siguiente, al concluir la primera clase de la mañana, Beatriz se levantó de su pupitre, caminó por el pasillo hasta llegar al puesto de Ricardo e introdujo la carta en su cartera.
La respuesta no se hizo esperar: tras el recreo, Beatriz encontró la carta en su silla. Nerviosa, la abrió y leyó: el poema había sido corregido, añadiéndose fragmentos y corrigiéndose algunas faltas de ortografía:

¿Qué es poesía?, dices mientras clavas
en mi pupila tu pupila azul.
¿Qué es poesía? ¿Y tú me lo preguntas?
Poesía... eres tú.  
  
Debajo, Ricardo había escrito unas líneas:

Bonito poema de Bécquer, Beatriz…

Beatriz sintió unas ganas inmensas de llorar. Antes de que el profesor entrase en el aula, salió corriendo hacia los lavabos, se encerró en uno de los cuatros y se desahogó durante diez minutos. Se sentía una estúpida, como quien es descubierto en una falta… en este caso, en un plagio. Pero ella realmente había creído firmemente en su madera de escritora, pensando que aquellos versos eran suyos. Había sido, por tanto, un doble desencanto. Por otro lado, sintió rencor hacia Ricardo, por su cruel forma de actuar hacia algo tan personal como era una carta de amor.
Cuando se hubo serenado, regresó a la clase. Pero una vez allí, tampoco fue capaz de atender, mostrándose ausente. Arrancó una hoja de su cuaderno y se puso a escribir una nueva nota:

Al parecer, Bécquer no está a tu altura, querido Ricardo… Siento no tener la capacidad que igual tú sí puedes tener para escribir un poema… No obstante, ahora me alegro de no haber sido capaz de escribir algo verdaderamente digno para ti…  

Lo leyó y releyó y, finalmente, arrugó el papel y lo arrojó a la papelera. Estaba haciéndose mala sangre… ahora sí que no se reconocía. Valoró nuevamente la capacidad del amor para trastocarnos, en lo bueno y en lo malo… No creía que aquel sentimiento aparentemente tan noble fuese capaz de llevar a este otro tan abominable. ¿Estaría en ella el problema? Al fin y al cabo era humana, todos los somos y podemos caer en sentimientos bajos e indignos.

Dicen que del amor al odio hay solo un paso. Beatriz decidió entonces mantenerse en medio, como un juez que ve pasar la pelota de un lado a otro de la red en una pista de tenis. Convertirse en observadora era sin duda lo mejor que podía hacer de aquí en adelante. Observadora, como siempre había sido. 

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La Biblioteca de... José Luis Borau

>> miércoles, 17 de julio de 2013

Conferencia de José Luis Borau en la Biblioteca Nacional

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MI ENCUENTRO CON MANUEL CASTRO VIGIL


Hay días de esos en los que más vale no levantarse de la cama. Todo se pone en contra de uno y no hay forma de sacar provecho a la jornada. Para una persona activa como yo, que pretende sacar provecho de todo cuanto realiza, cosas como éstas sirven de lección o de escarmiento, lo mismo da. ¿Qué hay de malo en desaprovechar un día? En el individuo también caben sentimientos como el aburrimiento, por más que cueste asumirlo. Deben existir, por tanto, los días perdidos, aquellos en los que se descansa del trajín acumulado.
Todo había salido a pedir de boca para poder llegar a esta conclusión. Para empezar, había acudido a una librería de un amigo, con la mala suerte de encontrarla cerrada tras la larga caminata. Como él era su propio jefe, establecía sus propios horarios y días en los que decidía no ir a trabajar. Por lo que se veía, poco le importaba que el negocio se fuera al garete. Como cliente, me sentí indignado. ¿Cómo podía adivinar qué día ir y acertar?
Después, me fui a una exposición que todavía no se había inaugurado. Habían colocado el cartel en la fachada del museo, sin indicar el día de la inauguración. En información me dijeron que hasta dentro de quince días nada de nada.
Decidí no irme muy lejos para ahogar las penas. Lo mejor de todo es que estaba cansado, cansado de no hacer nada… Bueno, andar, eso sí. Andar debería considerarse un deporte, por lo mucho que desgasta. De hecho, sería mi único deporte. Bueno, caminar y correr, para llegar a semáforos, trenes… y para escapar cuando alguien me persigue.
Sentado y cabizbajo, pedí un zumo de uva, el alimento de los perdedores. Resulta increíble el número tan bajo de personas que consumen zumo de uva. Habrá quien creerá que tomar un mosto no es tomar un zumo de uva, y por eso cuando le pregunten en las encuestas dirá: “No, yo no tumo zumo de uva” y pensará (“yo solo tomo mosto”). Pues bien, allí estaba yo, en pleno mes de julio, en el centro de la ciudad, escondido en un bar recién inaugurado, todavía sin plantilla de clientes fija (eso se va generando con el tiempo, cuando la gente va conociendo el lugar y entrando… y volviendo a entrar una y otra vez), escuchando una canción de esas veraniegas tan detestable que te quitan las ganas de ponerte el bañador y marcharte a la playa… (o al río -dependiendo de la economía del veraneante- e incluso ni eso, porque hay quien no tiene pueblo y es demasiado roñoso como para costearse un viaje de un día para irse hasta el río más cercano y pegarse un chapuzón).
Recordé que todos mis amigos se habían marchado de veraneo y que no me apetecía irme fuera yo solo, sin compañía ninguna.
Un camarero “espantaclientes” (quería resultar simpático y esos sin duda ahuyentaba a quien tuviera a bien soportarle, pues ya se sabe lo que dice el dicho, que “más vale caer en gracia que ser gracioso”) practicaba sus escasas dotes de barman haciendo volar botes de refresco por encima de su cabeza, lanzándolos con una mano y recogiéndolos con la otra… Uno se le cayó al suelo y se rompió con gran estruendo. Rápidamente, se agachó con una bayeta para comenzar a borrar las huellas del estropicio, que le delataban como pésimo malabarista (quizá se ocultó así tras la barra para no sentir vergüenza ante la clientela- ahora sí se veía como un auténtico clown, mientras que la gente de las mesas ya lo sabía de antes, desde que había comenzado a dárselas de showman).
Todo cambió para mí momentos después de suceder aquel penoso incidente. Alguien entró en el bar, un hombre con nombres y apellidos como todos, pero a diferencia de ese “todos” a él no hacía falta mirarle el D.N.I. para conocerlos. Se había ganado que la gente los conociera a base de esfuerzo y dedicación literaria. Como tantos otros, debía de ser un hombre “pasmado”  ante la nueva realidad de la fama, que en la actualidad se logra tan fácilmente, incluso contraviniendo las reglas oficiales que antiguamente debían seguirse al pie de la letra si se quería ser alguien en el mundillo de la cultura. La cuestión es: ¿Qué cultura es la que tenemos ahora? La cultura de la mediocridad, esa es la respuesta.
Yo, que aspiraba a tener algún día una entrada en la Wikipedia, había trabajado duramente todos estos años. Acababa de terminar la carrera de filosofía y letras y había buscado, sin éxito, la publicación de algunos libros de relatos y de poemas. No obstante, el viento parecía soplar a mi favor, ya pesar de que había sufrido algunos varapalos también había logrado importantes avances en mi ascenso al olimpo de la gloria.
Manuel Castro Vigil se había sentado en una banqueta de la barra y, ante mi asombro, había pedido también un vaso de zumo de uva al payaso triste. ¿Sería aquello una señal? Quizá todos los acontecimientos anteriores acaecidos en aquella mañana habían sido necesarios para que yo hubiese llegado allí, derrotado, encontrándome ahora con uno de los autores a quien más admiraba (autores vivos, quiero decir).
Sin pensármelo dos veces, me levanté de la mesa y me acerqué hasta él. El corazón pujaba por salir fuera de mí, tan excitado como estaba. Formulé la pregunta de rigor sin tan siquiera ensayarla. Salió de dentro.
-         Disculpe. ¿Es usted don Manuel Castro Vigil?
El hombre se giró con las cejas enarcadas de sorpresa.
-         Sí… ¿Quién es usted?
Me presenté rápidamente. No quería convertirme en tema de conversación.
-         Me extraña que un jovencito como tú sepa quién soy yo… Es algo que me halaga… A los viejos nos hace ilusión que las nuevas generaciones se acuerden del pasado…
Sí señor. Don Manuel Castro Vigil había sido mi recompensa después de aquella mañana tan desastrosa.
-         ¿Tú también escribes, muchacho? Vaya, vaya…
Pero aún quedaba un disgusto más.
-         Está bien que hayas comenzado a soñar… Basta con proponerse las cosas para conseguirlas, fijarte un punto en el horizonte e ir hasta allí sin preocuparte del suelo por donde pisas… Pero debes de saber algo. Todavía eres muy joven, te falta la experiencia necesaria para concebir algo con fundamento. Te quedan muchas cosas por vivir para construir una voz con autoridad que logre el aplauso y la admiración de los más selectos… Aunque, si te soy sincero, no sé qué público es el que hay ahora… La gente en general no sabe lo que busca, creo yo… No lo sabe, a diferencia de generaciones anteriores, porque no se ha preocupado de buscarlo, de informarse a base de leer y conocer. Yo, a mis casi ochenta años, he descubierto que realmente la literatura no era lo mío… Yo tenía que haber sido pintor o músico… Pero ya es tarde, he estado mintiendo durante mucho tiempo y creo que el desengaño no terminará de cuajar. Seguiré escribiendo, porque es lo único que hecho durante toda mi vida y no sé hacer otra cosa…
Don Manuel Castro Vigil era de esas personas que nacen vieja, que ya desde jóvenes se les pone más años de los que tienen tanto por la forma de pensar como por su apariencia física. Yo, a diferencia de él, siempre había parecido más joven de lo que en realidad era, tanto por aspecto como por forma de ser. Nadie sabía en realidad cómo era verdaderamente, porque a nadie le había permitido leer nada de lo que escribía (salvo aquellas personas a las que les había suplicado una oportunidad en editoriales o concursos, ellos sí conocían mis borradores). Era mi voz literaria mucho más personal y madura que aquella que dejaba traslucir en conversaciones con amigos y conocidos. Mi voz pública debía adaptarse a las voces que me rodeaban, nada literarias ni profundas. He ahí mi mala fortuna, mi sensación de soledad como autor que nada puede compartir porque no tiene a nadie que sienta sus mismas inquietudes.  
Con Manuel Castro Vigil mantuve esa ansiada tertulia. Al parecer, todo se hace esperar, hasta una buena conversación.
Tres semanas después, apareció como un breve apunte en el periódico la noticia de su fallecimiento. Con él se iba mi esperanza de amistad literaria. Yo estaba condenado, al parecer, a rodearme de gente a punto de morir, para poder sentirme realizado interiormente. Lo que no sabía es que todavía era joven y que pronto llegarían esas amistades tan complejas, porque cuantos más años posee uno más maduro se hace y más posibilidades hay de encontrarse con personas viejas con las que poder hablar de cosas serias. Nuevas personas y nuevos ambientes (y más posibilidades de acceder a ellos).
Pero también poco a poco comencé a traicionarme escribiendo como la gente quería que se escribiera, para poder acceder a premios mediocres literarios. Dejé de ser yo para ganarme una fama que no buscaba de ese modo. Y Castro Vigil seguramente me miraba desde el olimpo, consciente de la estupidez humana, ya del todo desesperanzado por reflotar un mundo abocado, como Venecia, a morir sumergido.

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CONSTRUYENDO EL OLVIDO

>> lunes, 15 de julio de 2013


Ahora existo en ti pacíficamente,
Ya no te inquieta mi presencia
En los pasadizos de tu biografía.
Ahora ya no soy peligroso,
no existo en tu pensamiento
Solo figuro como una lápida fría
Y de letras apenas legibles
En ese lugar al que nunca bajas.

Ya no acudo para inquietarte
Lo más mínimo cada nueva mañana
Porque te has descargado de mi peso.
Me has convertido en quien no fui,
Ahora sí soy para ti digno del olvido.

Si sigo vivo como muerto resucitado
Si ya no te altera mi imagen
Cuando alguien me menciona
Es porque ya no soy yo cuando me recuerdas,
Porque ahora, siendo otro, me toleras.

Por más que intentes echar ceniza sobre el fuego
Nunca podrás asumir esa mentira tan repetida.
Aquello que creíste creer, para no temer temer
A la hora mentirme con tus últimas palabras

Es en realidad quien vive bajo tu lápida…

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“LA BELLA Y LA BESTIA” DE JEAN COCTEAU. UN CUENTO PARA UNA NOCHE DE VERANO

>> domingo, 14 de julio de 2013


Sobre un techo sin tejas, entre Atocha y Embajadores, con la cúpula del Nuevo Circo Price como telón de fondo, asistimos ayer un grupo de amigos a la proyección del filme de Jean Cocteau “La bella y la bestia”. El “cine” esperó a que la luz celeste se apagara y solo quedaran algunas estrellas como tenues luces de emergencia para dar por comenzada la sesión nocturna. Ante nosotros comenzaron a sonar los primeros compases de la partitura de Georges Auric, tan mágica y tan de cuento precisamente por su influencia impresionista. Tras el oscuro inicial que daba preponderancia precisamente a la banda sonora, la terraza se iluminó de pronto con las primeras imágenes en blanco y negro del propio autor de la cinta escribiendo los títulos de crédito con tiza sobre una pizarra. Finalmente, tras un repaso general de todos los que habían hecho posible esta película, un texto construido de idéntica forma (esto es, artesanalmente, “de mano” del polifacético artista Cocteau) se nos prevenía, mediante un prólogo, de la proposición estética e ideológica en general de esta adaptación cinematográfica del famoso cuento (cuya autoría oficial era a su vez una adaptación de Madame Leprince de Beaumont del cuento popular, como bien hicieron los Grima o Andersen de tantos otros que se transmitían de boca a boca).


Cocteau, una de las figuras de clave de las vanguardias de principios del siglo veinte en París, supo encontrar en las narraciones de cuentos un modo de prolongar su creatividad y fantasía, volviéndola sabiamente más asumible para el público general. El surrealismo, presentado en forma de cuento, parece menos surrealismo (recordemos la “Alicia” de Carroll, un cuento contemporáneo para Cocteau, que contaba con cinco años cuando fue publicado). ¿Por qué cuando se es niño se tiende a aceptar la fábula y, a medida que se crece, se va perdiendo ese potencial creativo para terminar casi por negarlo o mutilarlo dentro de nosotros? A los adultos les gusta el cuento, sí, pero el cuento terrible y oscuro, aquel que aterra al niño y le hace tener pesadillas. Cocteau posee, en este sentido, un buen arsenal de imágenes traumáticas por todo lo que tenían de rompedoras e iconoclastas. Su fin, la construcción de un nuevo lenguaje novedoso, que no dejara indiferente. Junto a otros artistas de la época, proponían imágenes nunca vistas hasta el momento, revolucionarias (aburridas como estaban del mero goce estético, deseosos de proponer confusión, interés e incluso desagrado, no dejar al espectador quieto en la silla en ningún momento, impedirle la anestesia). En “La sangre de un poeta” quedaron claras muchas de éstas, pero hasta en las más transgresoras existe una sensibilidad poética, un canto a la belleza, un refinamiento. Éste es el sello del cineasta francés. Con este film que ahora nos ocupa, muchas de estas imágenes antes más crudas, se han ido suavizando: así hemos pasado de la imagen del suicidio como acto poético -la misma sangre fluyendo es ya una justificación estética para el personaje del film surrealista de la primera cinta cocteauiana- a la del humo que surge de los cuerpos humanos como símbolo de lucha interior, por ejemplo. El palacio encantado de la Bestia es una muestra de toda la parafernalia creativa del realizador: manos que surgen de las paredes y que sujetan candelabros, esculturas decorativas que cobran vida, voces misteriosas procedentes de los lugares menos pensados (una puerta, un espejo…). A éstos recursos se unen otros ya característicos de Cocteau, como las apariciones de personajes a través de paredes o espejos (simbolizando nuevos mundos para ellos), el tratamiento de imágenes a cámara lenta e incluso proyectadas hacia atrás, produciendo un efecto onírico e irreal en sí… 


“La bella y la bestia” posee, como cuento cinematográfico, un conjunto de imágenes de una inigualable belleza que nos remiten a una forma de hacer cine ligada al teatro, pero también a una concepción de atmósferas equiparable a todos esos mundos antiguos cargados de magia misteriosa (que pueden ir de un retablo pictórico y esotérico como los de El Bosco hasta una fábula de Ovidio o una estatua pompeyana).
El mensaje del cuento, trasladado a la pantalla, sigue resultando universal: La fuerza del amor no entiende de bellezas ni de fealdades. La figura de la bestia o ser horrible, que puede ser equiparada a otras inventadas por la literatura, como Frankenstein o el Jorobado de Notre Dame, parecen decirnos que la apariencia externa no lo es todo. El interior de estos personajes es tan rico que, conociéndoles, cada vez van resultando menos feroces a nuestros ojos. La bestia, por tanto, no tiene por qué ser literalmente una bestia. Entre los humanos, hay quienes se creen indignos de convivir con los demás, son aquellos considerados “diferentes” (en la actualidad, el término “freak” se ha adaptado más allá de su originario sentido de “fenómeno de feria” para aquellos seres humanos considerados dignos de estudio por su estrafalaria conducta, o simplemente por su forma de ser diferente a la que socialmente se considera correcta).
Si a esto unimos los conflictos del amor, que siempre están por medio, el problema de quien se cree despreciado por la sociedad parece acrecentarse al ser rechazado por aquel por quien siente atracción, deseo o cariño. Ésta puede ser quizá el más cruel de los rechazos.


En la relación de “La bella y la bestia” encontramos un factor más: el del secuestrador secuestrado, es decir, el de el personaje que captura a otro y acaba siendo dependiente de él porque acaba enamorándose de éste. Existe, por qué no, un cierto “síndrome de Estocolmo”, pues en este caso tanto el secuestrador como la secuestrada, a fuerza de tener que convivir juntos, acaban estrechando lazos y creando vínculos inesperados, que nunca habrían imaginado en un principio. La Bestia muere de amor y la Bella cree sentir en un principio compasión, para después comprender que lo que le pasa no es sino un proceso de enamoramiento hacia aquel por el que en un principio creía sentir ternura. Hay un momento del film en el que la Bestia es acariciada por la Bella, algo que acaba resultándole humillante. Le pregunta “¿por qué me tratas como si fuera un animal?” a lo que ella le responde: “Es que eres un animal”. La Bestia, por tanto, no es capaz de desprenderse de su naturaleza, o mejor dicho, de su disfraz, de su vestimenta mágica, de aquella maldición  que le impide comunicarse normalmente con el resto de los humanos. Su apariencia transmite temor y desagrado, cuando él en realidad es un ser pacífico (eso sí, tentado por su instinto animal de cometer actos bárbaros), incluso más severo con él mismo que con los demás.
Los dos personajes protagonistas necesitan demostrar sus virtudes, poner ante aquellos seres sobrenaturales (estos que se encuentran por encima de ellos y que les manejan como dioses), una serie de cosas buenas para ser recompensados, liberados de su maldición, de su castigo. Así, la Bestia puede liberarse de su naturaleza animal y la bella puede por fin volver a una vida normal con un hombre “normal” a su lado.
La obra de Cocteau rebosa sensibilidad, ternura e incluso candidez. Es un retorno a la infancia construido por un adulto, la prueba de que no todo está perdido y que, a diferencia de Pulgarcito, puede volverse al hogar familiar de la niñez aunque ya no haya migas que nos guíen en el camino.


Y sí, sigue siendo visible el carácter originario de las piezas de Cocteau, ese carácter anarquista e irreverente. Concretamente, en el trato que los criados dispensan a las despreciables hermanas de Bella. Ellos que parecen ser quienes sirven, son en realidad quienes viven a su antojo e incluso se permiten insultar a aquellas personas que les dan de comer. Quizá esta parte sea la menos trascendente de todo el film, aquella referente a la de la vida de Bella fuera del palacio. No obstante es necesaria, pues sin ella no se entendería aquella otra (cosa que hace muy bien en respetarse de la historia original). El novio pusilánime de Bella resulta en la actualidad una auténtica caricatura  (lo que hace que entendamos mejor que Bella sea capaz de enamorarse de una Bestia).

Para los que nos criamos viendo la cinta de Disney y dejamos de ser niños hace ya mucho tiempo, ha sido todo un regalo encontrarse con este film en este momento de madurez. “La Bella y la Bestia” figura, no ya entre mis filmes favoritos, sino entre mis cuentos preferidos. 

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COMO SIEMPRE

          
No quiero que dejes de quererme
Como ahora me quieres,
Con este amor tan incorruptible
Que jamás envejece
con el paso de los años.

Temo que la percepción se confunda
Con esta nueva forma de aprecio
Derivando del cariño a la pasión,
Y de ese fuego a otro,
Uno tan frío como el hielo.
Un odio que acaba apagándose
Con el no sentimiento, con la indiferencia.

Ya ha sucedido otras veces
El ser humano es complejo
Nubla su razón por los sentimientos
Y a veces de nada suyo es dueño
Como un piloto ciego,
Camino de estrellarse.

Tú sigues siéndome fiel
Y yo sigo siéndote a ti,
No quiero jugar a perderte
Y por eso, te digo,

Quiéreme, pero como amigo.

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"Celaya-Schommer"

>> sábado, 13 de julio de 2013

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LA INQUILINA

>> viernes, 12 de julio de 2013


Como cada primero de mes, Benito Benítez Betanzos acudió al establecimiento que tenía en régimen de alquiler. Éste se encontraba en el centro del madrileño barrio de Argüelles, en una de aquellas calles que iban de Plaza de España al Parque del Oeste. Era un tercer piso de un edificio que debía de tener más de ochenta años de antigüedad y en el cual habían vivido primero los abuelos y después los padres de Benito. Hombre emprendedor, tras recibirlo en herencia había decidido aprovechar sus más de doscientos metros para dividirlo en diferentes estancias convirtiéndolas en pequeñas viviendas para estudiantes. En aquel momento, solo había una inquilina en el piso. Su nombre era Catherine. Era una chica francesa que había decidido quedarse en Madrid durante un tiempo para cursar estudios de diseño en una prestigiosa escuela. A pesar de la gran suma de dinero que su familia debía de poseer, Catherine había decidido llevar una vida anárquica, guiada por una filosofía hippie que poco tenía que ver con la vida laboral que, teóricamente, se estaba construyendo. Era, lo que se entendía como una niña de papá consentida, a la que le gustaba habitar mundos irreales porque la realidad le abrumaba. En anteriores visitas, Benito ya se había percatado de algo de esto: en una ocasión, se había encontrado la habitación decorada con velas, perfumada de inciensos y llena de telas de colores que, clavadas con chinchetas de punta a punta de las paredes, ambientaban el lugar como si se tratase de una jaima. A Benito no le habían hecho mucha gracia  los agujeros de las paredes, pero tragó porque Catherine le resultaba una chica estupenda. Tan estupenda, que estaba tratando de camelársela de todas las formas posibles. Catherine, en su hippismo, no le decía ni que sí ni que no. Otro día, Benito se encontró con el somier de la cama subido a un armario y con el colchón en el suelo. Tampoco dijo nada, porque estaba como hipnotizado de ella (y embriagado también por todos aquellos olores, del que comenzaban a distinguirse otros como el de “hierba prohibida quemada”, como él la llamaba). El último día, se encontró con una gran señal de “prohibido aparcar” en mitad del comedor (señal que Catherine se había debido subir de la calle en una noche de borrachera). A Benito le sorprendió el peso de aquella señal… ¿La habría subido Catherine sola, sin ayuda de nadie?
Pero fue aquel día de primero de mes, aquel 1 de julio, cuando la paciencia de Benito Benítez Betanzos se agotó. Cuando caminaba por el pasillo camino de la habitación de Catherine, se cruzó con un hombre de raza negra en ropa interior que le saludó en un imperfecto español: “Hola” dijo aquel hombre, a lo que Benito contestó de forma automática “Buenas”. Luego reflexionó sobre lo que acababa de pasarle. “¿Qué demonios hace este tipo aquí?” Fue tras él y le llamó la atención. “¿Qué haces aquí?” El hombre de raza negra, que se identificó como François, le contestó que era el novio de Catherine y que ésta le había permitido quedarse unos días allí mientras ella estaba fuera…” Benito sintió cómo una oleada de celos le subía hasta el cogote. “¡Ah, no, eso sí que no!” e hizo uso de los reglamentos establecidos: “¿Tú no puedes estar aquí… ¿Y si esta noche te da un infarto y viene aquí la policía? ¿Cómo explico yo lo que estabas haciendo tú aquí? Lo siento, pero la alquilada es Catherine”. El hombre se le quedó mirando mientras se rascaba el trasero que quedaba oculto tras los slips. “Entonces… ¿Me marcho?” Benito asintió como se asiente a un niño pequeño tras una pregunta obvia de éste. ¿Y Catherine? ¿Dónde estaba Catherine? Quizá estaría en una comuna de la isla de Ibiza, hablando del karma, de Kerouac y de Jimmy Hendrix… Lo que faltaba… ¿Y si François le había ayudado a Catherine a subir la señal de tráfico aquella noche? ¿Cuánto podía llevar allí aquel tipo? ¿Desde cuándo conocía a Catherine? Por lo visto, había sabido emplear a la perfección sus armas femeninas para lograr de él toda aquella paciencia que, como casero, no debería de tener. Pero todo eso se acabó. Se había acabado eso de ser un hombre facilón. Debía de imponerse… Bueno, ya había dado el primer paso, dejar las cosas claras al bueno de François. ¿Y ahora qué? “Tengo que llamarla… eso es. Llamarla para decirle: Oye, Catherine, se ha acabado ya eso de hacer de tu papaíto… Aquí hay unas reglas y has ido pisoteándolas una a una (con mucha gracia, eso sí) y ésta es la última que te permito. Vuelve de dónde estés, Ibiza, Marruecos o Inglaterra… Vuelve y sé por una vez una chica responsable… De lo contrario… de lo contrario… te daré menos facilidades… menos de las que ya tenías. ¿De acuerdo?”.
Una vez ensayado el discurso imperativo, Benito cogió el teléfono y llamó a Catherine. “¿Sí?” dijo una voz femenina al otro lado. “¿Catherine? Soy Benito” dijo armado de valor nuestro hombre. “¡AH, hola Benito! ¿Qué tal estás? ¿Cómo van los negocios? El otro día me acordé de ti…” ¡El otro día se había acordado de él! Era todo lo que necesitaba para venirse abajo. “¿Ah, sí? ¿Y eso?” “Estuve mirando unos pisos en alquiler aquí en Lugo y me acordé de ti… porque tú también alquilas pisos”. Benito comenzó a ponerse nervioso. “¿Pisos nuevos? ¿Pero es que te vas a ir a vivir a Lugo?” “Sí, creo que sí… Aquí en Madrid es todo muy caro… y ya he terminado el curso de diseño…” Benito comenzó a implorar de forma patética.: “No, Catherine, no te vayas. Quédate aquí, por favor, te rebajaré el alquiler…” Catherine, por lo visto, ya tenía la decisión tomada. “¿Y cuándo ibas a decírmelo? ¿Cuándo ya estuvieras allí…? ¡Ah, claro, que ya estás allí! Pues vaya… no sé… Has sido una inquilina excelente…” Catherine contestó: “Tú también has sido un gran casero… bueno, te dejo, que he quedado con unos amigos… Creo que Jodorowski va a dar unas conferencias aquí esta tarde… ¡Un beso!”
Ella colgó y él se quedó solo, con sus habitaciones sin alquilar, en su barrio de Argüelles. Bueno, solo no. Todavía quedaba alguien.

“Bueno, amigo, me voy” dijo François, saliendo de la habitación ya vestido y con un fardo de ropa cargado al hombro.

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