Portfolio

Visita nuestro Blog de Arte

LA NIÑA QUE COPIÓ A BÉCQUER

>> jueves, 18 de julio de 2013


Aquella tarde sería distinta de otras en las que Beatriz llegaba a casa tras las clases. Por fin, había tomado una determinación: por fin, le confesaría a Ricardo sus sentimientos. Hacía tres años que le conocía, desde que comenzaron juntos secundaría, y cada vez tenía más claro que sólo podría ser él y ninguno más. El resto del universo había sido cubierto por ella con una tela translúcida. Ella lo escuchaba, sabía que estaba ahí, pero no le interesaba. Había dejado incluso de ser una chica aplicada como siempre había sido, desatendiendo sus estudios por no ser capaz de concentrarse en ellos. Necesitaba salir de dudas, aunque era consciente de que si la respuesta era negativa el remedio iba a ser peor que la enfermedad… Todo se volvería oscuro, sí, pero solo por un tiempo. Luego, cuando entrara en razón, las cosas volverían a verse claras. Terminarían, por tanto, tres años de dudas… porque la incertidumbre es la peor de las sensaciones, no se puede vivir con ella. No obstante ¿sería capaz de seguir adelante con el curso, teniéndole a él como compañero de pupitre? Tenerle cerca sabiendo de su negativa hacia ella… y ella sintiendo todavía ciertas cosas hacia él, irremediablemente. Para ella, una chica racional, el no poder controlar sus sentimientos resultaba toda una contrariedad. No se sentía cómoda sintiendo todas esas cosas extrañas e incomprensibles. Su estado de ánimo cambiaba, sus pensamientos volaban hacia acciones que ella nunca habría hecho de no encontrarse en dicho trance. Ella, en una palabra, había dejado de ser una niña. Miraba ahora el rincón de su dormitorio en el que tantas veces había jugado en solitario, como hija única. Recordaba cuánto había fabulado sobre este momento, pensamientos siempre imperfectos por su inconcrección, pues solo cuando el momento llega realmente es cuando las cosas se ven como realmente son y no como uno ha imaginado. Desaparecen unas idealizaciones y aparecen otras más verídicas si cabe. ¿Cuál era el hombre con el que había soñado tantas veces? Sin duda, uno totalmente distinto. Para matar los ratos muertos en los que le asaltaba el romanticismo, Beatriz había ido construyendo a esa persona perfecta: moreno, alto, de un color de ojos inexistente en la realidad, con una forma de ser agradable (atento, simpático, ocurrente, siempre dispuesto a ayudar e todo, protector)… Pues bien, Ricardo era castaño, de talla mediana, de ojos marrones y solitario, tímido y poco dado al trato afable. Un chico mediocre, por qué no decirlo, del montón. ¿Y cómo podía haberse fijado en una persona tan poco inspiradora? Sencillamente porque el amor de pronto aparece y nos enamoramos de un ente, no de algo concreto. Seguimos empeñados en construir una imagen cuando ya la tenemos delante, queremos conocerla antes de tiempo y deducimos por su aspecto exterior una serie de cosas que no difícilmente encajan con la realidad. “Estará esperando a una persona con la que pueda sincerarse y sacar fuera todo lo que esconde a los demás” pensaba Beatriz, justificando la actitud ciertamente antipática del muchacho. O que podía decirse a su favor es que Ricardo era un chico que no se mezclaba con el mundo porque quizá no necesitaba de él, porque él solo había sabido sacarse siempre las castañas del fuego. Un náufrago no necesita la compañía de otro porque ya tiene la de su propia sombra. Pero Beatriz se empeñó en buscarle pareja… y, de hecho, siendo ella todo era más fácil, no había que irse muy lejos para buscarla. Una sensación maternal, de piedad hacia él, movía a Beatriz en sus acciones.
Por lo que había oído, era un chico al que le gustaba leer. Alguien debió verle con un libro de poesía durante un recreo en el patio. “Un chico sensible” pensó Beatriz. Quizá por ahí podía entrarle, dar un primer paso hacia él.
Pensó en escribirle un poema. El problema es que ella carecía de imaginación y talento para las letras, siempre había sido de números. No obstante, no lo consideró una contrariedad, sino que pensó que eso los uniría todavía más, porque se complementarían. Ella aprendería cosas de él y viceversa.
Pero ya estaba decidido lo del poema y ahora no iba a echarse atrás. Recordó entonces unos versos que siempre había tenido en la cabeza. Desconocía su origen, dónde los había leído o quién se los había contado y cómo habían sido en un principio. Poco a poco los había ido olvidando y rememorando a su antojo, añadiendo y mutilando fragmentos, recomponiéndolos. Tanto fue así que llegó a creer que los había inventado ella, considerándolos de creación propia. ¡Qué bellos sonaban en su cabeza! Al final, iba a tener madera de poetisa…
Cogió una cuartilla, se sentó a la mesa del comedor y comenzó a escribirlos.

 ¿Que es poesia?, me dices fijando
tus ojos en los mios.
¿Que es poesia? ¿Eres tú quien lo pregunta?
Poesía... eres tú.             

Trató de poner todo su empeño en lograr una letra bella, digna de ser leída y releída.
Tras su escritura, dobló en cuatro el papel y lo introdujo en un sobre blanco que encontró en el escritorio de su padre.
Al día siguiente, al concluir la primera clase de la mañana, Beatriz se levantó de su pupitre, caminó por el pasillo hasta llegar al puesto de Ricardo e introdujo la carta en su cartera.
La respuesta no se hizo esperar: tras el recreo, Beatriz encontró la carta en su silla. Nerviosa, la abrió y leyó: el poema había sido corregido, añadiéndose fragmentos y corrigiéndose algunas faltas de ortografía:

¿Qué es poesía?, dices mientras clavas
en mi pupila tu pupila azul.
¿Qué es poesía? ¿Y tú me lo preguntas?
Poesía... eres tú.  
  
Debajo, Ricardo había escrito unas líneas:

Bonito poema de Bécquer, Beatriz…

Beatriz sintió unas ganas inmensas de llorar. Antes de que el profesor entrase en el aula, salió corriendo hacia los lavabos, se encerró en uno de los cuatros y se desahogó durante diez minutos. Se sentía una estúpida, como quien es descubierto en una falta… en este caso, en un plagio. Pero ella realmente había creído firmemente en su madera de escritora, pensando que aquellos versos eran suyos. Había sido, por tanto, un doble desencanto. Por otro lado, sintió rencor hacia Ricardo, por su cruel forma de actuar hacia algo tan personal como era una carta de amor.
Cuando se hubo serenado, regresó a la clase. Pero una vez allí, tampoco fue capaz de atender, mostrándose ausente. Arrancó una hoja de su cuaderno y se puso a escribir una nueva nota:

Al parecer, Bécquer no está a tu altura, querido Ricardo… Siento no tener la capacidad que igual tú sí puedes tener para escribir un poema… No obstante, ahora me alegro de no haber sido capaz de escribir algo verdaderamente digno para ti…  

Lo leyó y releyó y, finalmente, arrugó el papel y lo arrojó a la papelera. Estaba haciéndose mala sangre… ahora sí que no se reconocía. Valoró nuevamente la capacidad del amor para trastocarnos, en lo bueno y en lo malo… No creía que aquel sentimiento aparentemente tan noble fuese capaz de llevar a este otro tan abominable. ¿Estaría en ella el problema? Al fin y al cabo era humana, todos los somos y podemos caer en sentimientos bajos e indignos.

Dicen que del amor al odio hay solo un paso. Beatriz decidió entonces mantenerse en medio, como un juez que ve pasar la pelota de un lado a otro de la red en una pista de tenis. Convertirse en observadora era sin duda lo mejor que podía hacer de aquí en adelante. Observadora, como siempre había sido. 

0 comentarios:

  © Blogger templates Romantico by Ourblogtemplates.com 2008

Back to TOP