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BUSCANDO UN ASIENTO EN LA REAL ACADEMIA

>> lunes, 22 de julio de 2013


 
José Luis Borau ante un monumento de Pablo Serrano
En el año 2008, José Luis Borau dio una conferencia en la Biblioteca Nacional cuyo título correspondía con las de otros ilustres hombres de artes y letras que pasaron por aquella mesa convocados con la misma intención: “La biblioteca de…” (en este caso, “La biblioteca de José Luis Borau”). El académico, que había pasado a ocupar el sillón “B” de la Real Academia ese mismo año (ocupando la vacante de Fernán Gómez), afirmó que las grandes obras literarias eran las que nos eran superiores a nosotros, resultando inabarcables o imposibles de desentrañar. Ponía así diversos ejemplos, todos ellos pertenecientes al conocimiento elemental general y popular: La Novena Sinfonía de Beethoven, El Quijote de Cervantes o Las Meninas de Velázquez (aunque no todos los que han oído hablar de ellos los han visto, oído o leído, quizá si algún fragmento, algún vistazo rápido sin llegar a comprender la complejidad de los mismos).
Estando de acuerdo con esta afirmación, no puedo por menos que añadir algo que quizá resulte más específico: si bien es cierto, como decía también Borau, que las personas deben de leer por necesidad, como se necesita comer, beber y respirar, también es cierto que quien lee por puro entretenimiento no debe tampoco de ser censurado en su actitud. Parece imprescindible que las lecturas, las audiciones o los visionados vayan encaminados a engrandecernos como seres humanos, ampliar nuestras pasiones más altas. Hacernos unos intelectuales, en una palabra. No obstante, no todo el mundo puede ni debe aspirar a tal magno horizonte. Porque, como Borau, hay quien también leyó a Chandler y no solo a Hemingway o a Joyce (quien se haya leído el “Ulises" de cabo a rabo que levante la mano).
Yo solo me conformaría, a la hora de aspirar a educar a la ciudadanía (“ciudadanía”, palabra que detesto desde que políticamente se utilizó en este país con unos fines tan concretos y parciales), con unas obras que entretuviesen, sí, pero ofreciendo dentro de este paquete algo más que supere al mero envoltorio. Una idea, un concepto un pensamiento que resulte trascendente y no banal o baladí. Trabajar desde ese trasfondo, no quedarse tan solo en la superficie, que es lo que en la mayoría de las veces sucede. Aquello que nos toca, que nos concierne y no nos deja indiferentes, aquello que no pretende ser conformista y decirnos lo que queremos escuchar para alegrarnos la tarde. Introducir complejidad, sí, pero una complejidad para todos los públicos. Es decir, trabajar a diversas escalas para que cada persona extraiga de la obra en cuestión aquello que ha ido a buscar: el filósofo su filosofía, el apasionado su dosis de adrenalina, el culto sus referencias, el artista su poética. Una obra que deba ser revisitada en más de una ocasión, pero no porque no se comprenda, sino porque atraiga a su público una y otra vez, necesitando volver a ella. Una obra rica en matices, por tanto, que posea un magnetismo irresistible. Y esto es, en verdad, lo complicado.
Por ello, Borau criticaba tanto a los que decían: “Si ya he leído este libro, ¿por qué voy a leerlo otra vez?”. Para él resultaba tan estúpido como quien decía: “si ya he visto Las Meninas” o “si ya he escuchado la Novena de Beethoven” o “si ya he visto esta película”. Muchas veces, forjamos en nuestra mente una sinfonía, un libro o una película tras haberla visto, creemos acordarnos de ella, pero nada más lejos de la realidad. Los recuerdos van metamorfoseándose al antojo de quien los almacena, los va trocando en otras cosas a medida que pasa el tiempo (y no tiene por qué haber pasado mucho, baste un año, un mes o unos días). Por tanto, la obra, a medida que vaya siendo más compleja, resultará más difícil de retener y deberá regresarse a ella cada cierto tiempo.
Hay quien construye una obra a medida que la escribe. De repente se le ocurre una idea y comienza a pensar en ella. Una idea, como ya hemos dicho, no tiene por qué ser algo tan trascendental que acaba por intimidarnos (por ejemplo: “La teoría política, al llevarse a la práctica, deja de ser tan ideal para corromperse”). Baste algo tan cotidiano como lo siguiente: “Un hombre ha perdido el empleo y vive encerrado en su casa”. Una idea en este caso, sin mucho fondo tras ella, una idea convertida en una imagen particular. A esta idea se le une una nueva: “Un día, al sacar la basura, coincide con una vecina a la que no había visto hasta ahora porque el trabajo le mantenía siempre fuera de casa, siendo más inquilina del piso su asistenta que él, a la que pagaba para que tuviese limpia la casa”. Esta segunda idea se une a la otra, la hace crecer. Y entre una idea y otra surge una tercera: “Entre ellos, surge el amor”. En muchos casos, un relato de este tipo puede acabar poseyendo un trasfondo intelectual, cargado de contenido. A Baroja se le criticaba por ser un escritor que empleaba poca poética en lo que escribía. No obstante, las ideas que él quería transmitir estaban ahí, claras y contundentes. Además de "entretener", se preocupaba porque sus relatos no fueran una mera aventura literaria sino que poseyeran un contenido filosófico y existencialista. Para él, no había que dejarse enmarañar por lo superficial, había que ir a lo importante. ¿Hace falta escribir ciento cincuenta páginas o rodar ciento veinte minutos de película para contar una historia? A mi parecer, muchas de las obras que se conciben poseen un alto porcentaje de “paja”, es decir, de contenido intrascendente. Recordemos el dicho: “Lo bueno, si breve, dos veces bueno”. A veces, una idea no da para más y nos empeñamos en alargarla hasta hacerla morir volviéndola insoportablemente eterna, otorgándole una vida que no le corresponde.

Javier y Julián Marías

Voy a poner un ejemplo atípico: Las novelas de Javier Marías. En cierto sentido, la estructura de cada una de ellas puede tener tantos amantes como detractores en los dos sentidos a los que me refiero. Todas ellas poseen una trama sencilla, un argumento que podría resumirse en muchas menos páginas de las que el escritor necesita. No obstante, sobre estas ideas de ficción tan escuetas, reposan otras que atañen más a la filosofía (evidentemente, la influencia de su padre Miguel fue determinante a la hora de decidirse a conformar su estilo). Una filosofía que a todos nos incumbe, pues sus reflexiones nos tocan de cerca, todos hemos pasado por ellas y él solo nos las recuerda y enumera, hace un listado de las virtudes y defectos que configuran y definen a la condición humana. Su lenguaje puede resultar denso y cargante para quienes buscan en lo literario lo intrascendente, es decir, lo que corresponde a las novelas de ficción destinadas al puro entretenimiento. El ser humano se ha ido despojando de determinadas características que en otro tiempo le enriquecían sin que fuese de ello consciente. Novelas de hace cincuenta años que podía leer todo el mundo se consideran ahora de eruditos. Javier Marías no cabe duda de que lo es, y hace bien en resistirse a cambiar, a escribir para un mayor número de posibles lectores. Su lenguaje ha quedado obsoleto para muchos. Podríamos decir que ha sido el mundo el que se ha vuelto más complejo y que nosotros, para sobrellevarlo, hemos tratado de simplificar las cosas, de hacernos la vida lo más llevadera posible. En este caso, el problema residirá en nosotros, pues no habremos hecho los deberes correspondientes para alcanzar la comprensión de estas obras. 
Sucede también en muchos casos, un curioso fenómeno sociológico: Durante nuestra juventud somos pozos sin fondo, nunca nos cansamos de aprender. Estamos abiertos a todo tipo de sugerencias, hacemos uso de todo cuanto cae en nuestras manos. No obstante, a medida que vamos creciendo, madurando y envejeciendo, vamos reduciendo nuestro espectro de posibles entretenimientos (porque el ser humano busca estar siempre entretenido, huye del aburrimiento). Al perfilar nuestra personalidad y hacernos más sabios (los años de aprendizaje nos hacen sabios en el sentido de que conocemos mejor las cosas que los jóvenes) ya sabemos lo que nos va a gustar y lo que no, y si en otro momento estábamos dispuestos a consumir también aquello que no tenía por qué gustarnos pero había que consumirlo por curiosidad o cultura, en el momento actual de mayor edad nos entra una especie de pereza por ciertas cosas y tratamos de evitarlas en la medida de lo posible. En cierta forma, la educación que hayamos podido recibir influye de algún mudo a la hora de canalizar nuestras inquietudes o atrofiarlas.  

El “intelectual” debe de luchar contra todas estas cosas, ya sea creador, receptor o ambas cosas. Una lucha por aquello en lo que cree. Su trabajo debe de ser su ideal político. Esta afirmación propia no debe de tomarse como algo imperativo sino tan solo como una mera sugerencia. Precisamente, parte del desencantamiento político que siento viene precisamente de este tipo de cosas, pues no soporto que nadie me diga lo que tengo que hacer o decir, a qué debo de pertenecer. Ponte aquí para que no pensemos que estás allí, eres tal porque no eres cual. El individuo todavía sigue aprendiendo por contrarios, aún después de haber pasado su primera etapa de aprendizaje inicial, cuando es niño. En esta etapa, aprende que una cosa es blanca porque no es negra, que una mujer lo es porque no es un hombre. Esta forma de aprendizaje debe de erradicarse en la etapa adulta, pues ahora en el mundo pocas cosas están tan claramente diferenciadas. Todo está mezclado, somos verdaderamente heterogéneos, pero no solo en cosas que podían resultar tan claras anteriormente como la sexualidad o la política, sino en otros apartados como nuestros gustos o nuestra personalidad. Los sociólogos deben estar volviéndose locos para extraer una idea concreta del individuo contemporáneo. Los códigos han cambiado y han vuelto inidentificables cosas que antes resultaban más evidentes.    

Azorín

Cerraré esta reflexión añadiendo un último apunte que considero esencial a la hora de construir una obra que se pretenda "redonda" en todos los sentidos: Debemos buscar la perdurabilidad de la misma. Su universalidad residirá precisamente a su resistencia a quedarse anticuada, sobreviviendo a los embates del tiempo.
Dice Azorín en el prólogo de sus deliciosas "Lecturas españolas": "Un autor clásico es un reflejo de nuestra sensibilidad moderna. La paradoja tiene su explicación: Un autor clásico no será nada, es decir, no será clásico, si no refleja nuestra sensibilidad. Nos vemos en los clásicos a nosotros mismos. por eso los clásicos evolucionan; evolucionan según cambia la sensibilidad de las generaciones."
Después de leer estas líneas no podemos sino coincidir de forma total en lo expuesto. Los autores citados por Azorín en su libro poseen una serie de condiciones idénticas: fueron personajes que se preocuparon por su contemporaneidad pero siempre con la mirada puesta en el pasado (desde donde comprendieron su presente) y en el futuro (preocupados como estaban por el porvenir de su país). Los asuntos tratados por ellos poseían tal modernidad que, vistos en la actualidad, parecen haber sido escritos ayer. Además de todo este bagaje cultural, poseían una curiosidad que se ampliaba más allá de sus fronteras. Y es que, para conocer la realidad de un lugar, debe también de ser comparado con las realidades de los otros. Mucha de la ignorancia proviene precisamente de ese desinterés por lo que sucede fuera, en el resto del mundo. El nacionalismo en sí es un problema de esa no necesidad por conocer otras realidades, hasta llegar a formar una idea falsa de la propia.
Así pues, es necesario interesar no solo a un público actual, sino a uno atemporal y anacrónico, que viva más allá de nuestra época.
        

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