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CORRE LARGO, CORRE

>> lunes, 22 de julio de 2013


Cuando llegaron a la pista de atletismo, ya había comenzado a llover. Una lluvia de verano, tan precipitada como intensa y breve. Un desahogo de las nubes, siempre distraídas en otras cosas antes que dedicadas a proteger del sol a los veraneantes que nunca veranean, aquellos que sufren el calor y además no cambian de ambiente. Por eso, quizá la lluvia sea una pequeña compensación de estas nubes, siempre tan desconsideradas, y más en verano.
Flaherty, McKendrick, Maomullian y Steinbeck comenzaron con los calentamientos, ajenos al temporal. Desde el presidio les habían regalado un par de horas de asueto en los terrenos deportivos, cercanos al bosque. Maomullian parecía inquieto, deseoso de canalizar sus instintos más bajos y violentos haciendo deporte físico. Los demás estaban tranquilos y hacía tiempo que se habían aburrido de llevar la cuenta del tiempo que llevaban habitando sus celdas con rayas estúpidas en la pared. Cada cuatro rayitas, una larga que las tache todas. Menudo coñazo…
“¡Vamos, vamos, dejaros de coreografías y vamos a lo importante!”- les reprendió Maomullian a sus compañeros.
Pero ya ni siquiera “El Largo” (como así lo llamaban) tenía capacidad para el liderazgo. A los demás les daba igual todo, incluso que un tipo de casi dos metros les amenazara para convertirlos en súbditos.
Maomullian, cansado de esperarles, considerando ridículo su forma de hacer estiramientos, su manera de desentumecer los músculos, de dar aceite a sus oxidadas bisagras, se colocó en la pista y comenzó su carrera.
Flaherty le siguió con la mirada, mientras los otros continuaban comportándose afeminadamente: “Fijaos muchachos, ese hombre podía haber sido un grande del atletismo…” dijo con acento gallego. Steinbeck continuó su frase, a modo de escritura automática o cadáver exquisito: “Sí, pero por lo visto prefirió dedicarse a atracar a viejas antes que aspirar a las Olimpiadas”. McKendrick añadió: “De hecho, creo que la medalla de oro se la habría llevado de todas formas por sus crímenes antes que por sus veloces piernas”.
El currículum de “El Largo” era bien extenso. Había conseguido en pocos años superar en delincuencia a los chicos que le precedieron en la “categoría” de pequeños hurtos. Sin duda se había merecido la fama, el salir en los papeles. Se había convertido en toda una leyenda. Una leyenda mucho más interesante sin duda para sus futuros biógrafos que el supuesto currículum que hubiese conseguido en el ámbito deportivo. Además, se le valoraba también por su rapidez, nadie pudo detenerle en plana acción, huyó de todos. Su único error fue ir a comprar unas zapatillas nuevas a una tienda regentada por un poli jubilado. En cuanto le vio supo de quién se trataba, aquel veterano seguía al tanto de todo cuanto acontecía en el panorama delictivo. Sus amigos de la oficina continuaban informándole detalladamente de todo cuanto acontecía cada vez que éste tenía a bien pasarse por las dependencias policiales (algo que hacía una vez cada semana).
Maomullian fue condenado a cinco años de prisión. Llevaba ya uno y estaba que se subía por las paredes. No soportaba a sus compañeros, los cuales habían sido encarcelados por delitos menores a los suyos y sin duda saldrían antes que él de aquel antro.
Maomullian, o “El Largo”, llevaba ya siete vueltas cuando sus compañeros se colocaron en la línea de salida. Flaherty volvió a iniciar la conversación, que había quedado cerrada tras la última intervención de MacKendrick.
“Fijaos, no ha bajado de ritmo, es como si hubiese empezado ahora mismo...” Steinbeck dijo: “¿Dónde está, Flaherty?” Maomullian acababa de desaparecer.
“Oh no, otra vez va a intentar escapar” dijo por lo bajo McKendrick. Flaherty se ofreció para ir a buscarlo antes de que se metiese en un nuevo lío.
Había una zona en la que la pista quedaba escondida, una parte en la que comenzaba un pequeño bosque que salía del complejo deportivo. “No podrá escapar, todo el perímetro de la penitenciería está vigilado y cerrado a conciencia con alambradas”.
Flaherty se introdujo en la zona del bosque y comenzó a andar por un pequeño sendero durante un rato. Por fin, dio con Maomullian. Estaba sentado, bajo un árbol, con la mirada perdida.
“¿Qué haces aquí?” le preguntó Flaherty mientras flexionaba sus piernas para quedarse en cuclillas, a su altura.
“Nada, demonios… ¿Es que no va a poder tener uno derecho a unos momentos de soledad? ¡Estoy harto de teneros siempre delante, carajo!”
Flaherty, curioso como nadie, insistió:
“Algo te conozco, Largo. Ya sabes que soy muy observador. Tú no estás aquí para escapar de nosotros… Ya procuras todas las noches dar una vuelta por el patio, aprovechando que estamos dormidos… Ese es tu momento de independencia. ¿Este cuál es? Dime la verdad…”
Maomullian dudó por un instante pero al final cedió a su interrogador: “Estaba corriendo y de repente me vino un olor familiar, un olor intenso que me hizo salirme de la pista… además, salí de este contexto, me olvidé de que era un preso… Solo quería ir tras él… El olor se hacía cada vez más intenso a medida que me metía por el bosque. A medida que iba caminando me acordé: Era el olor del cuerpo sudoroso de Margaret, la primera vez que estuvimos solos, en la intimidad… Un olor intenso y a la vez de flores, que no parecía proceder de un cuerpo humano… Yo seguí el olor y me llevó hasta aquí, hasta este árbol… Algo absurdo y sin sentido. Estoy tratando de volver a la realidad, de salir de aquel contexto y volver a éste… No sé qué me ha pasado.”
Flaherty le preguntó: “Margaret, ¿tu primer amor?”. A esto, respondió “El Largo”: “El primero y el único. Tan ocupado estaba en mis robos que apenas repartía mi tiempo en otras cosas… Y ella me quiso y yo la quise, no le importó que yo fuese así, que tuviese esa visa ¿comprendes?” Flaherty dijo: “Quieres decir que se sacrificó por ti… eso es una bonita muestra de amor”. “El Largo” de repente se puso a la defensiva: “Eso es una bonita cursilada, Flaherty…” Flaherty contestó: “Será lo que sea, pero nada dejará que deje de ser lo que es, Largo”. Flaherty se puso a oler intensamente. “Yo no huelo a nada…” Maomullian le agarró del cuello de la camisa: “¿Me estás llamando mentiroso?” Flaherty le dijo que simplemente le había dicho que él no olía a nada… “Quizá haya perdido el olfato, Largo…” Maomullian insistió en que aquel olor permanecía allí todavía. “Bueno, te voy a dejar… A los muchachos le contaré lo que ha pasado para que no estén preocupados…” El Largo le dijo que eso era una estupidez, puesto que a los demás les resbalaba lo que a él le sucediese, a no ser que la cosa fuese suficientemente morbosa como para cambiar las cosas.
Cuando Flaherty llegó a la pista, había comenzado a llover de nuevo, pero esta vez la cosa derivó en tormenta y se prolongó hasta la noche.
Ya en las celdas, la historia de Largo sirvió de comidilla hasta la entrada del sueño. Comenzó Steinbeck:
“Aprovechando que éste se ha ido a pasear al patio, quisiera volver a lo de su historia con Margaret…”
A Flaherty le resultó casi pornográfico el tema de la conversación y trató de salirse de la charla para empezar a conciliar el sueño por su cuenta.
“¿No dices nada, Flaherty? Para no hablar ahora tenías que haber callado antes, no habernos dicho nada… Ahora has abierto la caja de los truenos…” dijo McKendrick.

“Dejadle, es un pobre diablo. ¿Vosotros habéis visto “Pickpocket”, la película de Breson?” Nadie contestó. Flaherty prosiguió: “Maomullian es como el protagonista… Un carterista que solo encarcelado se siente libre y es entonces cuando el amor le visita… aunque, en este caso, es más bien el recuerdo de un amor, de lo más puro y noble que jamás había conocido”. De nuevo Flaherty se ganó el adjetivo de “cursi” por parte de sus compañeros. No le importó. Él pensaba en cómo la realidad había acabado convirtiéndose en la realidad en la que El Largo quería vivir. “Un árbol que huele a mujer… qué interesante…”

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