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DONDE TODO RENACE PARA VOLVER A MORIR

>> jueves, 4 de julio de 2013


De niño, solía ir con mis padres a veranear al Pirineo Navarro. De aquella época recuerdo parajes mágicos como las Cuevas de Zugarramurdi, donde cuentan que antiguamente ciertas mujeres acudían a realizar rituales de brujería, o Roncesvalles, donde Carlomagno fue derrotado tras una dura batalla… Pero sin duda, el que más me marcó de todos fue uno que se encontraba desposeído precisamente de cualquier parafernalia épica y fantástica: La antigua fábrica de armas de Orbaiceta. En mitad del bosque, se levantaban sus derruidos muros, formando un laberinto pétreo digno de la mismísima isla de Creta. Yo me perdía por sus estancias salvajes, olvidaba tiempo y espacio y solo era capaz de prestar atención al murmullo del agua, que corría fresca y limpia bajo aquella gran galería de arcos que representaba quizá lo más característico de aquel lugar.          
Todos estos recuerdos acuden a mi memoria en esta tarde, cuando me encuentro recorriendo una de las zonas históricas de Madrid: aquella que va de la Plaza de la Cebada al Puente de Segovia. ¿Y por qué rememorar la fábrica de Orbaizeta? Quizá porque aquí, en esta zona madrileña tan especial, se lleva produciendo hace ya bastante tiempo el efecto contrario al de aquella ruina del bosque navarro: No es una construcción humana lo que emerge de repente en mitad de un bosque, sino la propia naturaleza que renace en mitad de una ciudad: Varios puntos de la villa donde antes había solares, han reverdecido, siendo invadidos por césped, plantas y tierra. Pequeñas huertas, oasis donde el viajero puede descansar durante un paréntesis en su caminata. No obstante, antes de que todas estas parcelas de campo surgieran de la nada (alentadas por ciertos grupos sociales que promueven el retorno al mundo agrario), ya existían zonas habilitadas como tales desde hace siglos: Véase, por ejemplo, el Jardín del Príncipe de Anglona.
¡Veinticinco años viviendo en este “pueblo” y nunca había estado aquí, en estos barrios! Me dejé llevar aprovechando la desocupación que me regalaba el verano. En realidad, yo había llegado allí por algo: andaba buscando una librería de segunda mano en la que trabajaban dos hermanos que había tenido como profesores el curso pasado en mi master de guión cinematográfico. Quería darles una sorpresa presentándome allí. Recordaba las señas que uno de ellos me había dado una vez: “Para llegar allí tienes que ir hasta La Latina y seguir recto en dirección a las Vistillas…” No recordaba nada más. Decidí dedicar, por tanto, toda la tarde a completar los datos que me faltaban mediante una exhaustiva investigación a base de paseos. El jardín del príncipe de Anglona fue lo último que descubrí antes de encontrar aquella librería. Al primero de los hermanos que ví, nada más pasé dentro, fue a Juan. Se encontraba clasificando una montaña de libros que, por el aspecto, debían de tener más de medio siglo de antigüedad.
-         ¡Hombre, Javier! ¿Cómo tu por aquí?
-         Pues nada, que se me han acabado las lecturas en casa y buscaba recomendaciones para el verano…
-         ¡Qué gran mentira! Un lector siempre tiene libros por leer en casa, nunca se le acaban… Siempre compra más de lo que necesita… Te lo digo yo, que en realidad uso esta tienda como almacén para los libros que no me caben en casa…
-         Oye, ¿y tu hermano?
-         Se ha quedado en casa… Está terminando un guión que quiere presentar a una productora…
Había alguien más en la tienda. Se trataba de una chica que, sentada en una silla de mimbre, ojeaba un libro que tenía entre sus manos. No recordaba que Juan tuviese ninguna hija, así que descarté que aquella joven tuviese que ver con él.
-         Juan, buscaba un libro sobre la historia de Antonio Machado y Leonor Izquierdo… Tu hermano me comentó que lo teníais en la tienda…
-         ¿Ah, sí? Pues seguro que está por alguno de estos cajones… Tú busca, busca… Las pesquisas del comprador de libros son el momento más delicioso de su oficio… ya sabes aquello que dicen de que uno no elige los libros, sino que son más bien ellos los que te encuentran a ti…
¡Qué gran verdad! No pasaron ni diez segundos entre estas sabias palabras de Juan y el inicio de mi búsqueda. Poco a poco, fui notando que lo que me apetecía no era tanto buscar aquel libro como llegar, mediante el avance de las investigaciones líbricas, hasta el lugar donde se encontraba aquella encantadora chica rubia. Y cuál fue mi sorpresa al descubrir que el libro que yo buscaba era el que ella se encontraba ojeando.
No me costó mucho romper el hielo. Hay veces en las que uno siente que una persona desconocida acabará siendo irremediablemente amiga (no se sabe por cuánto tiempo, pero amiga al fin y al cabo). Es por ello que lo cosa debe ser así y así se realiza.
-         Hola… ¿Vas a llevarte ese libro?
-         Puede que sí… Me parece muy interesante…
-         Vaya… Te vas a reír, pero había venido hasta aquí solo para llevármelo…
-         Pues llegas tarde… Aunque, si quieres, cuando lo compre podemos… podemos ir fuera y leerlo… ¿Qué te interesaba exactamente?
-         Pues… todo. Me interesaba todo el libro. No creo que nos de tiempo a leerlo en una tarde…
-         ¿Quién sabe? Podemos probar… Por cierto, me llamo Marina…
-         Yo Javier…
Y así fue. Ella lo compró, yo me despedí de Juan y salí con ella fuera. Como era de esperar, acabamos en el Jardín del Príncipe de Anglona. Ella poco a poco fue sintiéndose más confiada conmigo. Comenzó a jugar a picarme buscando mis puntos débiles… Yo accedí muy gustosamente… Por fin, encontramos un banco de piedra y nos sentamos a leer el libro. Yo ya sabía que todo aquel ambiente solo podía ser propio de un cuento, no de la realidad. Tarde o temprano, el sol se iría y todo volvería a su orden. Mas, a pesar de ello, me gustó creerme aquel cuento tan bien contado y participé de él encantado. De ella me gustaba su inocencia, su ingenuidad… Era como una niña que estaba descubriendo sus armas de mujer, solo que sin el “como”. Yo caía en cada red que me tendía. Ella se dejaba llevar por un instinto nuevo y desconocido y al cabo de un tiempo empezó a sentir miedo, se lo noté en su forma de ser. Volvió a agarrotarse, a mostrarse como una extraña. Había abierto la caja de los truenos y ahora le resultaba imposible controlar la situación. Las fuerzas naturales resultaban imparables. Yo ya le hablaba en otro lenguaje, en el lenguaje más antiguo que existía y ella se encontraba cada vez más incómoda. Su propia naturaleza, aquella que parecía definirse con términos tales como “virtud” o “sensatez”, le prevenía con una línea roja del peligro al que se estaba enfrentando:  su virginidad, su pureza, estaba en peligro.
- Será mejor que nos despidamos… Eres un chico encantador pero… es ya tarde.

Se acabó.   

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