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EL FAUNO Y LA NINFA

>> miércoles, 10 de julio de 2013


Hacía ya tiempo que Alberto había dejado de prestar atención a la conversación en la que participaban sus amigos. En aquella tarde de calor insoportable prácticamente todo el pueblo había acudido a las piscinas municipales. Él estaba allí como estaban sus compañeros, como todas las tardes de cinco a siete. En un lugar tan pequeño pronto se agotaba el ingenio y había que recurrir a las fórmulas repetidas desde hace años. Ésta era una de ellas: combatir el verano a base de chapuzones. Pero Alberto quería que aquella piscina se convirtiese en mar, lo deseaba con todas sus fuerzas. Que el horizonte se ampliase, que llegaran otros lugares a aquel, ya que él era incapaz de salir en su búsqueda por cuenta propia. Era un chico cómodo y conformista. O, al menos, eso era lo que él creía…
Llevaba dieciocho años de su vida en aquel pueblo, con los mismos amigos, siempre con la misma novia… Parecía que todo lo que conocía por vez primera ya le bastaba y no necesitaba buscar más allá. Pero lo cierto es que comenzaba a  cansarse de los mismos chistes, de las mismas aventuras, de los mismos entretenimientos… Alberto deseaba romper con todo y comenzar de nuevo. Pero aquello se presentaba poco menos que como una utopía.
Allí estaba Irene, con sus dos trenzas perfectamente trenzadas (idénticas a la de todos los días y todos los años), con su bañador siempre floreado, con esa sonrisa perpetua que hablaba de su bondad y a la vez de su paciencia para con los demás. Allí estaba Pablo, siempre líder, siempre ocurrente, siempre dispuesto a hacerse el valiente para cualquier tontería… y allí estaba su coro de palmeros, aquellos a  los que él protegía, aquellos a los que día tras día hacía disfrutar con su carácter. Allí estaba Esteban, el único que se había atrevido a llevarle la contraria a Pablo, aquel que había demostrado ser el más auténtico de todos y que siempre iba por libre, que nunca dependió de la dinámica de grupo.
Aquel verano iba a ser diferente. Cerca del pueblo, en una casa rural, Pedro había decidido organizar un campamento. Pedro era uno de los hombres adinerados del lugar, dueño del bar más frecuentado del pueblo además del negocio de canoas del pantano. Al parecer, el autobús había llegado de la capital cargado de muchachos hace unos días. Seguramente los chicos habrían aprovechado estos días para acomodarse en aquella casona… Seguro que hasta habrían hecho actividades deportivas, además de encender más de una fogata. Pero todavía no habían visitado el pueblo. Por ello, los habitantes parecían deseosos de su llegada, como ansiaban la llegada de toda novedad que les sacase de su monótona existencia.
Serían las seis y media cuando terminaron de posarse las oscuras nubes sobre los terrenos de las piscinas. Una tormenta de verano estaba a punto de producirse. La gente comenzó a marcharse asustada de poder recibir aquello que habían venido a buscar allí: agua. El grupo de chicos y chicas allí congregados decidieron seguir el ejemplo de aquella psicosis general que se había apoderado de los bañistas. Una psicosis extraña al fin y al cabo, ya que parecía llevarse a cabo con total tranquilidad, sin ninguna prisa. El único que pareció resistirse a seguir la moda fue Alberto. Irene se le quedó mirando y finalmente le dijo: “Nosotros vamos a levantar el campamento, Alberto… Tú haz lo que quieras…” Alberto le contestó: “Vosotros lo levantáis y yo lo espero… Puede que hoy se dignen a venir por aquí… ¡Los aventureros chicos del campamento no podrán desaprovechar una ocasión así! ¡Tormenta y piscina!”
Irene le dio un beso en la mejilla, tímida al encontrarse rodeada de gente. Después se marchó con los demás amigos. 
Alberto se quedó rodeado de silencio y de hierba recién cortada. El agua parecía un lienzo que representara un cielo cargado de nubarrones, acotada como estaba por los bordes de cemento. Al parecer, se le negaba uno de los pocos placeres diarios con los que se contentaba y que nunca le había aburrido: un atardecer de esos con colores rojizos, azules, anaranjados y violetas. Ahora todo se volvería gris, quedando tapado por aquellas bolsas de agua.
Alberto recordó aquel casette de vieja música que su padre guardaba en su despacho: “Música ambiental” llevaba por título. Una de sus canciones era la titulada “Preludio a la siesta de un fauno” y su autor, Debussy. Él siempre rememoraba aquella música al caer la tarde. Trataba de poner ante su mirada todo un mundo sugerido por aquellas notas orquestales. “Un fauno”, al parecer, era un dios mitológico con patas de cabra que tenía por costumbre tocar la flauta de pan y acechar a los mortales desde su “fauna” para asustarlos. Él en parte se sentía como un fauno… Todos le consideraban un ser extraño porque no comprendían su necesidad de soledad. Todos, incluida Irene, que aunque no lo comprendiese le toleraba.
La piscina era lo más parecido a una fauna dentro del pueblo… Una fauna domesticada. Como dijo el poeta, una fauna “cobarde”.
Él, a su manera, quería a Irene. Se habían conocido desde niños y, juntos, habían acabado derivando su amistad hacia otros derroteros, encontrándolo como lo más natural. Aquella fidelidad parecía una promesa de unión eterna. Pero ya no eran tan niños y ahora tocaban otras cosas. Fue por ello que comenzaron a surgir roces dignos de sus hormonas, parecían deseosos de conocer otros mundos aunque no lo reconocieran. Sobre todo Alberto, que no podía entender del todo esa abnegación con la que recibía las cosas su chica. Él resultaba incapaz de verlo, pero también era de forma parecida.
Escuchaba ahora el arpa vibrar en su cabeza. Alberto nunca supo que aquella música estaba inspirada en un poema y, de haberlo leído, tampoco lo habría comprendido. La evocación de las palabras no le hubiese resultado tan poderoso como el de la música. Nunca supo quien fue Mallarmé y, realmente, tampoco era tan necesario para Alberto… como tampoco debió serlo Debussy y, sin embargo, allí estaba, haciendo sus delicias con aquella obra.
¿Quería a Irene? Sí, pero de una forma casi fraternal. Lo que estaba haciendo con ella era casi pecado… ¡Pobrecilla! Algún día debería de hablar con ella y dejar las cosas claras, tratar al menos de ordenar conceptos, disipar confusiones… como aquellas nubes que se cernían sobre su cabeza, ajenas a Debussy y al amor.
Pero había algo más ajeno a los pensamientos de Alberto. Algo tan físico como las nubes. Algo carnal. Algo que surge cuando uno menos se lo espera para cambiar los acontecimientos… o, al menos, retrasarlos.
Alberto no tardó en percatarse de aquello… y ¡oh, milagro! Todos aquellos pensamientos que le traían ocupado, toda aquella música celestial, se esfumó de un plumazo. ¿Qué era aquello? ¿Una ninfa? Una chica había entrado en el recinto de la piscina. Llevaba una toalla y lucía un bañador de dos piezas sobrio y a la vez llamativo. Ella, como las ninfas, no se había percatado de la presencia del fauno, y se disponía a tomar un baño ajena al peligro que se le venía encima. A Alberto le llamó la atención, lo primero de todo, ver una nueva cara por allí. Rápidamente pensó en el campamento. Debía de ser una de las jóvenes procedentes de la capital… Un campamento que duraría tres semanas… ¿Y por qué no habrían venido sus amigos? ¿Quizás ella era igual de solitaria que él? Ya le estaba empezando a gustar, aunque solo fuera por eso. Lucía una larga melena negra. Y miraba al suelo, como si solo le importara de este mundo aquello a priori indigno de la mirada, aquello que solo miramos para saber donde ponemos los pies, para no caernos.
Alberto no quiso acercarse a ella todavía. Una gran distancia les separaba. Ella había entrado por la otra punta de la piscina. A los dos les separaba veinte metros de diagonal.
La chica dejó su toalla cerca del agua y, tras pasar por la ducha, se zambulló en el lago de cloro, haciendo desaparecer el cielo reflejado al provocar grandes ondas en la superficie. Comenzó a nadar de espaldas hasta llegar al centro, donde había más profundidad y, una vez allí, se puso a flotar, quedándose todo lo inerte que le permitía la situación.
Alberto se quedó observándola y, mágicamente, Debussy volvió. Antes de que ella se saliese del agua, él decidió marcharse fuera del recinto, para continuar observándola desde fuera, tras el perímetro vallado.
Al día siguiente, Alberto volvió a quedarse solo en la piscina, esperando nuevamente la presencia de aquella muchacha. Los amigos comenzaron a preocuparse por Alberto, no comprendiendo esta nueva extravagancia. Irene comenzó a entender algo de lo que Alberto deseaba tanto contarle, pero que todavía no se atrevía. Quizá más adelante… Irene, como chica que era, había sabido adelantarse a todo aquello con su sexto sentido, ir viendo cada vez más claro aquello que le rondaba por la cabeza a Alberto. “Un día, tendremos que hablar de nuestra relación…”
Pero Irene ya no estaba allí, ni nadie más… salvo Alberto… y Debussy… pero nadie más. Habría que esperar.
Pasaron cerca de veinte minutos hasta que alguien decidió llegar hasta allí: un grupo de chicas, todas forasteras, todas interesantes… de no haber conocido a aquella chica antes. Ahora Alberto no podía concentrarse en ninguna de ellas. Pensaba en aquella joven de su edad (seguramente). Finalmente apareció, como rezagada del resto de compañeras. La misma toalla, el mismo bañador. El mismo pelo negro igual de largo. Para Alberto, la presencia del resto del grupo resultó un verdadero contratiempo. Ahora ya no aparecería Debussy, ni podría sentirse cómodo desde su situación, porque otros ojos podrían estar observándole mientras él solo podía mirar a… ¿A quién? ¿Cómo se llamaría? Pronto salió de dudas: una de aquellas chicas la llamó “Violeta”. Aquel nombre le venía bien, se ajustaba a su aspecto. Sus padres se lo habían puesto de forma justa, aún siendo conscientes que se lo ponían antes de que ésta naciese, sin fijarse en su aspecto… un aspecto como el resto de recién nacidos… Una arruga con patas, vamos.
Allí estaba Violeta, haciendo caso omiso a su amiga, que por la forma de ser, le pegaba un nombre como el de “Aída” u “Ofelia”. Nombres orondos donde los hubiese, como “Obdulia”.
Ella sola, recostada sobre un pino, leyendo un libro, mientras el resto de ninfas y valkirias se daban un homenaje acuático.
¿Le gustaría que Violeta le mirase? Todavía era pronto, había que mantener el anonimato, la posición privilegiada: la del ser que mira sin ser mirado.
El tercer día, Alberto apareció con su cámara de Super 8, una “Yashica” herencia de su padre. Tan bien la habían cuidado padre e hijo que nadie diría que podía tener más de cuarenta años. Tan cuidadoso podía ser Alberto en unas cosas como desastroso en otras: para filmar, introdujo una cinta de gran valor histórico familiar, una cena de nochevieja del año sesenta y ocho en la que aparecían su padre, sus abuelos y sus bisabuelos.
Grabó encima de la cinta de principio a fin. Su asunto, monotemático, no fue otro que un retrato de Violeta. Día tras día la filmó sin piedad... y, en ningún momento, Violeta se percató del experimento de Alberto. Tuvo que ser Pablo, una tarde cuando fue a recogerle para ir a jugar a los billares, quien le descubriera en plena faena.
“¿Y qué es lo que te llama la atención de esa chica?”
“Es solitaria, como yo… eso le da un encanto especial… Además, es muy guapa…”
“¿Y qué? No sabes nada más de ella… Estás loco… ¿Y qué va a decir Irene de esto?”
“No serás tan cabrón de decirlo por ahí, ¿verdad?”
“No te preocupes… De esas cosas la gente se acaba enterando… Además, tu chica está muy rara desde hace tiempo… Creo que algo de esto se huele…”
“Irene es una chica muy lista… Pero yo no le voy a dar motivos para…”
“Ya se los estás dando…”
“¡Mentira! Esto no va más allá de un interés cinematográfico…”
“Ya… A otro perro con ese hueso, Alberto…”
“Prométeme que no dirás nada…”
“Prometido…”
“Esto se acabará cuando acabe el campamento…”
Alberto creía estar muy seguro de tener dominados sus sentimientos y obsesiones. No obstante, él sabía que algo estaba cambiando dentro de él. De hecho, ya venía cambiando desde antes de la aparición de Violeta. Las cosas no podían seguir así. Alberto se había convertido en el aburrimiento en persona, poco a poco había comenzado a sentir cierta ansiedad y angustia, una necesidad de respirar nuevos aires… y esta ocasión venía ni que pintada… De momento, se encontraba distraído en nuevas ocupaciones… Luego ya se vería en qué desembocaban.
El verano resulta un momento del año en el que todo puede cambiar para después volver a sus rediles. Un tiempo de descanso, de cambio, de promesas, de renovación…
Como era de esperar, alguna de las amigas de Violeta se había fijado en el extraño chico de la cámara Super 8… y se lo había dicho a Violeta… fuera de la piscina, en la intimidad de las literas del campamento, una noche.
Del mismo modo, Alberto le había contado algo a su novia, y ésta, casualmente “amiga” de Irene, había acabado confesándoselo.
Así las cosas se complicaban. Solo hacía falta una gota para que el vaso rebosase. La gota fue la tarde en la que Alberto decidió acercarse a Violeta.
“Hola…Violeta”
“¿Cómo sabes mi nombre?”
“Una amiga tuya te llamó “Violeta” una de las primeras tardes en que viniste a la piscina…”
“Me han dicho que has estado fijándote en mí desde hace mucho tiempo…”
“Lo siento…Pero no he podido evitarlo…”
“Fijándote en mí a escondidas ¿eh? No sé qué pensar, la verdad…”
“Tú eres distinta a las demás…”
“Tú no me conoces, no sabes cómo soy…”
“Eres como yo… Solitaria, independiente…”
“Bueno ¿y qué? No sé ni cómo te llamas…”
“¿Y qué importa un nombre?”
“Tú te sabes el mío…”
“Bueno… por lo que sabes de mí… por lo que has dicho… debo de resultarte un ser extraño… pero no debes de tenerme miedo…”
“Se puede ser solitario… pero espiar…”
“Me daba reparo hablarte, sin conocerte…”
“¿Y ahora me conoces?”
Extraño torneo de tenis. A cada raquetazo, la bola pasaba al campo contrario con peligro de caer, pero siempre asegurada por la mano firme del jugador.
“Sinceramente tengo miedo… No te conozco…”
“Ni te gustaría conocerme…”
“No sé…”
“Deberías darme una oportunidad”
“Te ofrezco charlas y dar paseos…”
En cierto sentido Violeta se sentía cómoda al lado de Alberto, pues notaba en efecto que algo le unía a él, al menos espiritualmente, en su forma de ser. No obstante, algo le separaba a su vez. Algo de lo que ella era bien consciente, algo que iba con su personalidad.
“Yo, yo no he sido solitaria siempre ¿sabes?”
“Bueno, pero esa personalidad ha ido siempre contigo… ¿o me equivoco?”
“No, no te equivocas…”
Tardó en confesarle su secreto. Hubo de esperar a sentirse absolutamente confiada con él, tanto que llegó a cogerle cariño, a sentirle como a un hombre. Fue entonces cuando un par de lágrimas rodaron por sus mejillas, al sentir que tenía que sincerarse, pues se lo debía a quien tanto se había preocupado por ella.
“Yo… Estoy embarazada… No sé qué hacer… Este verano lo quería dedicar a pensar sobre ello… Mis padres no saben nada… Fue con un chico del instituto… No sé si tenerlo o no… La vida me cambiará por completo tanto si lo hago como si no…”
A Alberto le costó preguntar “cómo fue”. Violeta le habló de una noche de las de bajar la guardia, en una casa donde había más personas, durante un fin de semana. Alberto no quiso saber más.
 “Violeta… Cuenta conmigo para lo que quieras… Yo puedo ser ese padre que te falta…”
A Violeta le pareció un gesto bello que hablaba a la vez de madurez (responsabilidad) y a la vez inconsciencia (algo que se dice de bote y pronto, sin reconocer que las cosas no funcionan así).
“Somos dos niños… Eso no va a funcionar. Cuando termine el campamento volveré a mi casa… Tú tienes aquí a tu gente, a tu familia… Con dieciocho años ¿qué vas a hacer en Madrid? ¿Dónde vas a vivir? ¿Y lo estudios?”
De nuevo, una mujer le daba lecciones a Alberto. Él las recibió con indulgencia, sabedor de la sabiduría de aquella con la que hablaba. Con los días, reflexionó en lo furtivo de su amor… ¿Aquello podía llamarse amor? ¿Y si era capricho? Con Irene no había vuelto a hablar y empezó a pensar que se merecía una explicación. Se dio cuenta de pronto, ya que durante aquellos días se había olvidado del resto del mundo. Él era capaz de centrar su atención en una cosa, canalizar en ese sentido toda su energía, dejarse absorber por una persona concreta y desatender a otras. Un defecto… o una virtud, dependiendo el contexto y el momento. En este caso, había errado.
La noche antes de la partida del campamento, Alberto citó a Irene en el cine al aire libre que regentaba su tío Nicolás. En él había aprendido a manejar el proyector y había visionado algunas de sus películas mudas grabadas en la Super 8. Aquel día, Nicolás le prestó las llaves y le dejó el cine para él solo. Allí proyectó la cinta de Super 8 desde la cabina, mientras Violeta ejercía de única espectadora. Ante ella desfilaron sus propias imágenes.

Pero todo, efectivamente, volvió a su cauce. El campamento se deshizo y la relación entre Alberto e Irene no tuvo más remedio que rehacerse (nadie sabe por cuánto tiempo más). Las chicas se quedaron sin tema de conversación y los chicos retomaron sus andanzas, ya con Alberto readmitido en el grupo. Volvieron los estudios, el trabajo en general y el verano dijo adiós tan inesperadamente como había llegado. De Violeta llegaron algunas cartas que fueron contestadas debidamente por Alberto, con la mayor de las cortesías. Finalmente decidió tener el niño y le puso como él, en señal de homenaje.           

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