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“LA BELLA Y LA BESTIA” DE JEAN COCTEAU. UN CUENTO PARA UNA NOCHE DE VERANO

>> domingo, 14 de julio de 2013


Sobre un techo sin tejas, entre Atocha y Embajadores, con la cúpula del Nuevo Circo Price como telón de fondo, asistimos ayer un grupo de amigos a la proyección del filme de Jean Cocteau “La bella y la bestia”. El “cine” esperó a que la luz celeste se apagara y solo quedaran algunas estrellas como tenues luces de emergencia para dar por comenzada la sesión nocturna. Ante nosotros comenzaron a sonar los primeros compases de la partitura de Georges Auric, tan mágica y tan de cuento precisamente por su influencia impresionista. Tras el oscuro inicial que daba preponderancia precisamente a la banda sonora, la terraza se iluminó de pronto con las primeras imágenes en blanco y negro del propio autor de la cinta escribiendo los títulos de crédito con tiza sobre una pizarra. Finalmente, tras un repaso general de todos los que habían hecho posible esta película, un texto construido de idéntica forma (esto es, artesanalmente, “de mano” del polifacético artista Cocteau) se nos prevenía, mediante un prólogo, de la proposición estética e ideológica en general de esta adaptación cinematográfica del famoso cuento (cuya autoría oficial era a su vez una adaptación de Madame Leprince de Beaumont del cuento popular, como bien hicieron los Grima o Andersen de tantos otros que se transmitían de boca a boca).


Cocteau, una de las figuras de clave de las vanguardias de principios del siglo veinte en París, supo encontrar en las narraciones de cuentos un modo de prolongar su creatividad y fantasía, volviéndola sabiamente más asumible para el público general. El surrealismo, presentado en forma de cuento, parece menos surrealismo (recordemos la “Alicia” de Carroll, un cuento contemporáneo para Cocteau, que contaba con cinco años cuando fue publicado). ¿Por qué cuando se es niño se tiende a aceptar la fábula y, a medida que se crece, se va perdiendo ese potencial creativo para terminar casi por negarlo o mutilarlo dentro de nosotros? A los adultos les gusta el cuento, sí, pero el cuento terrible y oscuro, aquel que aterra al niño y le hace tener pesadillas. Cocteau posee, en este sentido, un buen arsenal de imágenes traumáticas por todo lo que tenían de rompedoras e iconoclastas. Su fin, la construcción de un nuevo lenguaje novedoso, que no dejara indiferente. Junto a otros artistas de la época, proponían imágenes nunca vistas hasta el momento, revolucionarias (aburridas como estaban del mero goce estético, deseosos de proponer confusión, interés e incluso desagrado, no dejar al espectador quieto en la silla en ningún momento, impedirle la anestesia). En “La sangre de un poeta” quedaron claras muchas de éstas, pero hasta en las más transgresoras existe una sensibilidad poética, un canto a la belleza, un refinamiento. Éste es el sello del cineasta francés. Con este film que ahora nos ocupa, muchas de estas imágenes antes más crudas, se han ido suavizando: así hemos pasado de la imagen del suicidio como acto poético -la misma sangre fluyendo es ya una justificación estética para el personaje del film surrealista de la primera cinta cocteauiana- a la del humo que surge de los cuerpos humanos como símbolo de lucha interior, por ejemplo. El palacio encantado de la Bestia es una muestra de toda la parafernalia creativa del realizador: manos que surgen de las paredes y que sujetan candelabros, esculturas decorativas que cobran vida, voces misteriosas procedentes de los lugares menos pensados (una puerta, un espejo…). A éstos recursos se unen otros ya característicos de Cocteau, como las apariciones de personajes a través de paredes o espejos (simbolizando nuevos mundos para ellos), el tratamiento de imágenes a cámara lenta e incluso proyectadas hacia atrás, produciendo un efecto onírico e irreal en sí… 


“La bella y la bestia” posee, como cuento cinematográfico, un conjunto de imágenes de una inigualable belleza que nos remiten a una forma de hacer cine ligada al teatro, pero también a una concepción de atmósferas equiparable a todos esos mundos antiguos cargados de magia misteriosa (que pueden ir de un retablo pictórico y esotérico como los de El Bosco hasta una fábula de Ovidio o una estatua pompeyana).
El mensaje del cuento, trasladado a la pantalla, sigue resultando universal: La fuerza del amor no entiende de bellezas ni de fealdades. La figura de la bestia o ser horrible, que puede ser equiparada a otras inventadas por la literatura, como Frankenstein o el Jorobado de Notre Dame, parecen decirnos que la apariencia externa no lo es todo. El interior de estos personajes es tan rico que, conociéndoles, cada vez van resultando menos feroces a nuestros ojos. La bestia, por tanto, no tiene por qué ser literalmente una bestia. Entre los humanos, hay quienes se creen indignos de convivir con los demás, son aquellos considerados “diferentes” (en la actualidad, el término “freak” se ha adaptado más allá de su originario sentido de “fenómeno de feria” para aquellos seres humanos considerados dignos de estudio por su estrafalaria conducta, o simplemente por su forma de ser diferente a la que socialmente se considera correcta).
Si a esto unimos los conflictos del amor, que siempre están por medio, el problema de quien se cree despreciado por la sociedad parece acrecentarse al ser rechazado por aquel por quien siente atracción, deseo o cariño. Ésta puede ser quizá el más cruel de los rechazos.


En la relación de “La bella y la bestia” encontramos un factor más: el del secuestrador secuestrado, es decir, el de el personaje que captura a otro y acaba siendo dependiente de él porque acaba enamorándose de éste. Existe, por qué no, un cierto “síndrome de Estocolmo”, pues en este caso tanto el secuestrador como la secuestrada, a fuerza de tener que convivir juntos, acaban estrechando lazos y creando vínculos inesperados, que nunca habrían imaginado en un principio. La Bestia muere de amor y la Bella cree sentir en un principio compasión, para después comprender que lo que le pasa no es sino un proceso de enamoramiento hacia aquel por el que en un principio creía sentir ternura. Hay un momento del film en el que la Bestia es acariciada por la Bella, algo que acaba resultándole humillante. Le pregunta “¿por qué me tratas como si fuera un animal?” a lo que ella le responde: “Es que eres un animal”. La Bestia, por tanto, no es capaz de desprenderse de su naturaleza, o mejor dicho, de su disfraz, de su vestimenta mágica, de aquella maldición  que le impide comunicarse normalmente con el resto de los humanos. Su apariencia transmite temor y desagrado, cuando él en realidad es un ser pacífico (eso sí, tentado por su instinto animal de cometer actos bárbaros), incluso más severo con él mismo que con los demás.
Los dos personajes protagonistas necesitan demostrar sus virtudes, poner ante aquellos seres sobrenaturales (estos que se encuentran por encima de ellos y que les manejan como dioses), una serie de cosas buenas para ser recompensados, liberados de su maldición, de su castigo. Así, la Bestia puede liberarse de su naturaleza animal y la bella puede por fin volver a una vida normal con un hombre “normal” a su lado.
La obra de Cocteau rebosa sensibilidad, ternura e incluso candidez. Es un retorno a la infancia construido por un adulto, la prueba de que no todo está perdido y que, a diferencia de Pulgarcito, puede volverse al hogar familiar de la niñez aunque ya no haya migas que nos guíen en el camino.


Y sí, sigue siendo visible el carácter originario de las piezas de Cocteau, ese carácter anarquista e irreverente. Concretamente, en el trato que los criados dispensan a las despreciables hermanas de Bella. Ellos que parecen ser quienes sirven, son en realidad quienes viven a su antojo e incluso se permiten insultar a aquellas personas que les dan de comer. Quizá esta parte sea la menos trascendente de todo el film, aquella referente a la de la vida de Bella fuera del palacio. No obstante es necesaria, pues sin ella no se entendería aquella otra (cosa que hace muy bien en respetarse de la historia original). El novio pusilánime de Bella resulta en la actualidad una auténtica caricatura  (lo que hace que entendamos mejor que Bella sea capaz de enamorarse de una Bestia).

Para los que nos criamos viendo la cinta de Disney y dejamos de ser niños hace ya mucho tiempo, ha sido todo un regalo encontrarse con este film en este momento de madurez. “La Bella y la Bestia” figura, no ya entre mis filmes favoritos, sino entre mis cuentos preferidos. 

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