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LA INQUILINA

>> viernes, 12 de julio de 2013


Como cada primero de mes, Benito Benítez Betanzos acudió al establecimiento que tenía en régimen de alquiler. Éste se encontraba en el centro del madrileño barrio de Argüelles, en una de aquellas calles que iban de Plaza de España al Parque del Oeste. Era un tercer piso de un edificio que debía de tener más de ochenta años de antigüedad y en el cual habían vivido primero los abuelos y después los padres de Benito. Hombre emprendedor, tras recibirlo en herencia había decidido aprovechar sus más de doscientos metros para dividirlo en diferentes estancias convirtiéndolas en pequeñas viviendas para estudiantes. En aquel momento, solo había una inquilina en el piso. Su nombre era Catherine. Era una chica francesa que había decidido quedarse en Madrid durante un tiempo para cursar estudios de diseño en una prestigiosa escuela. A pesar de la gran suma de dinero que su familia debía de poseer, Catherine había decidido llevar una vida anárquica, guiada por una filosofía hippie que poco tenía que ver con la vida laboral que, teóricamente, se estaba construyendo. Era, lo que se entendía como una niña de papá consentida, a la que le gustaba habitar mundos irreales porque la realidad le abrumaba. En anteriores visitas, Benito ya se había percatado de algo de esto: en una ocasión, se había encontrado la habitación decorada con velas, perfumada de inciensos y llena de telas de colores que, clavadas con chinchetas de punta a punta de las paredes, ambientaban el lugar como si se tratase de una jaima. A Benito no le habían hecho mucha gracia  los agujeros de las paredes, pero tragó porque Catherine le resultaba una chica estupenda. Tan estupenda, que estaba tratando de camelársela de todas las formas posibles. Catherine, en su hippismo, no le decía ni que sí ni que no. Otro día, Benito se encontró con el somier de la cama subido a un armario y con el colchón en el suelo. Tampoco dijo nada, porque estaba como hipnotizado de ella (y embriagado también por todos aquellos olores, del que comenzaban a distinguirse otros como el de “hierba prohibida quemada”, como él la llamaba). El último día, se encontró con una gran señal de “prohibido aparcar” en mitad del comedor (señal que Catherine se había debido subir de la calle en una noche de borrachera). A Benito le sorprendió el peso de aquella señal… ¿La habría subido Catherine sola, sin ayuda de nadie?
Pero fue aquel día de primero de mes, aquel 1 de julio, cuando la paciencia de Benito Benítez Betanzos se agotó. Cuando caminaba por el pasillo camino de la habitación de Catherine, se cruzó con un hombre de raza negra en ropa interior que le saludó en un imperfecto español: “Hola” dijo aquel hombre, a lo que Benito contestó de forma automática “Buenas”. Luego reflexionó sobre lo que acababa de pasarle. “¿Qué demonios hace este tipo aquí?” Fue tras él y le llamó la atención. “¿Qué haces aquí?” El hombre de raza negra, que se identificó como François, le contestó que era el novio de Catherine y que ésta le había permitido quedarse unos días allí mientras ella estaba fuera…” Benito sintió cómo una oleada de celos le subía hasta el cogote. “¡Ah, no, eso sí que no!” e hizo uso de los reglamentos establecidos: “¿Tú no puedes estar aquí… ¿Y si esta noche te da un infarto y viene aquí la policía? ¿Cómo explico yo lo que estabas haciendo tú aquí? Lo siento, pero la alquilada es Catherine”. El hombre se le quedó mirando mientras se rascaba el trasero que quedaba oculto tras los slips. “Entonces… ¿Me marcho?” Benito asintió como se asiente a un niño pequeño tras una pregunta obvia de éste. ¿Y Catherine? ¿Dónde estaba Catherine? Quizá estaría en una comuna de la isla de Ibiza, hablando del karma, de Kerouac y de Jimmy Hendrix… Lo que faltaba… ¿Y si François le había ayudado a Catherine a subir la señal de tráfico aquella noche? ¿Cuánto podía llevar allí aquel tipo? ¿Desde cuándo conocía a Catherine? Por lo visto, había sabido emplear a la perfección sus armas femeninas para lograr de él toda aquella paciencia que, como casero, no debería de tener. Pero todo eso se acabó. Se había acabado eso de ser un hombre facilón. Debía de imponerse… Bueno, ya había dado el primer paso, dejar las cosas claras al bueno de François. ¿Y ahora qué? “Tengo que llamarla… eso es. Llamarla para decirle: Oye, Catherine, se ha acabado ya eso de hacer de tu papaíto… Aquí hay unas reglas y has ido pisoteándolas una a una (con mucha gracia, eso sí) y ésta es la última que te permito. Vuelve de dónde estés, Ibiza, Marruecos o Inglaterra… Vuelve y sé por una vez una chica responsable… De lo contrario… de lo contrario… te daré menos facilidades… menos de las que ya tenías. ¿De acuerdo?”.
Una vez ensayado el discurso imperativo, Benito cogió el teléfono y llamó a Catherine. “¿Sí?” dijo una voz femenina al otro lado. “¿Catherine? Soy Benito” dijo armado de valor nuestro hombre. “¡AH, hola Benito! ¿Qué tal estás? ¿Cómo van los negocios? El otro día me acordé de ti…” ¡El otro día se había acordado de él! Era todo lo que necesitaba para venirse abajo. “¿Ah, sí? ¿Y eso?” “Estuve mirando unos pisos en alquiler aquí en Lugo y me acordé de ti… porque tú también alquilas pisos”. Benito comenzó a ponerse nervioso. “¿Pisos nuevos? ¿Pero es que te vas a ir a vivir a Lugo?” “Sí, creo que sí… Aquí en Madrid es todo muy caro… y ya he terminado el curso de diseño…” Benito comenzó a implorar de forma patética.: “No, Catherine, no te vayas. Quédate aquí, por favor, te rebajaré el alquiler…” Catherine, por lo visto, ya tenía la decisión tomada. “¿Y cuándo ibas a decírmelo? ¿Cuándo ya estuvieras allí…? ¡Ah, claro, que ya estás allí! Pues vaya… no sé… Has sido una inquilina excelente…” Catherine contestó: “Tú también has sido un gran casero… bueno, te dejo, que he quedado con unos amigos… Creo que Jodorowski va a dar unas conferencias aquí esta tarde… ¡Un beso!”
Ella colgó y él se quedó solo, con sus habitaciones sin alquilar, en su barrio de Argüelles. Bueno, solo no. Todavía quedaba alguien.

“Bueno, amigo, me voy” dijo François, saliendo de la habitación ya vestido y con un fardo de ropa cargado al hombro.

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