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MI ENCUENTRO CON MANUEL CASTRO VIGIL

>> miércoles, 17 de julio de 2013


Hay días de esos en los que más vale no levantarse de la cama. Todo se pone en contra de uno y no hay forma de sacar provecho a la jornada. Para una persona activa como yo, que pretende sacar provecho de todo cuanto realiza, cosas como éstas sirven de lección o de escarmiento, lo mismo da. ¿Qué hay de malo en desaprovechar un día? En el individuo también caben sentimientos como el aburrimiento, por más que cueste asumirlo. Deben existir, por tanto, los días perdidos, aquellos en los que se descansa del trajín acumulado.
Todo había salido a pedir de boca para poder llegar a esta conclusión. Para empezar, había acudido a una librería de un amigo, con la mala suerte de encontrarla cerrada tras la larga caminata. Como él era su propio jefe, establecía sus propios horarios y días en los que decidía no ir a trabajar. Por lo que se veía, poco le importaba que el negocio se fuera al garete. Como cliente, me sentí indignado. ¿Cómo podía adivinar qué día ir y acertar?
Después, me fui a una exposición que todavía no se había inaugurado. Habían colocado el cartel en la fachada del museo, sin indicar el día de la inauguración. En información me dijeron que hasta dentro de quince días nada de nada.
Decidí no irme muy lejos para ahogar las penas. Lo mejor de todo es que estaba cansado, cansado de no hacer nada… Bueno, andar, eso sí. Andar debería considerarse un deporte, por lo mucho que desgasta. De hecho, sería mi único deporte. Bueno, caminar y correr, para llegar a semáforos, trenes… y para escapar cuando alguien me persigue.
Sentado y cabizbajo, pedí un zumo de uva, el alimento de los perdedores. Resulta increíble el número tan bajo de personas que consumen zumo de uva. Habrá quien creerá que tomar un mosto no es tomar un zumo de uva, y por eso cuando le pregunten en las encuestas dirá: “No, yo no tumo zumo de uva” y pensará (“yo solo tomo mosto”). Pues bien, allí estaba yo, en pleno mes de julio, en el centro de la ciudad, escondido en un bar recién inaugurado, todavía sin plantilla de clientes fija (eso se va generando con el tiempo, cuando la gente va conociendo el lugar y entrando… y volviendo a entrar una y otra vez), escuchando una canción de esas veraniegas tan detestable que te quitan las ganas de ponerte el bañador y marcharte a la playa… (o al río -dependiendo de la economía del veraneante- e incluso ni eso, porque hay quien no tiene pueblo y es demasiado roñoso como para costearse un viaje de un día para irse hasta el río más cercano y pegarse un chapuzón).
Recordé que todos mis amigos se habían marchado de veraneo y que no me apetecía irme fuera yo solo, sin compañía ninguna.
Un camarero “espantaclientes” (quería resultar simpático y esos sin duda ahuyentaba a quien tuviera a bien soportarle, pues ya se sabe lo que dice el dicho, que “más vale caer en gracia que ser gracioso”) practicaba sus escasas dotes de barman haciendo volar botes de refresco por encima de su cabeza, lanzándolos con una mano y recogiéndolos con la otra… Uno se le cayó al suelo y se rompió con gran estruendo. Rápidamente, se agachó con una bayeta para comenzar a borrar las huellas del estropicio, que le delataban como pésimo malabarista (quizá se ocultó así tras la barra para no sentir vergüenza ante la clientela- ahora sí se veía como un auténtico clown, mientras que la gente de las mesas ya lo sabía de antes, desde que había comenzado a dárselas de showman).
Todo cambió para mí momentos después de suceder aquel penoso incidente. Alguien entró en el bar, un hombre con nombres y apellidos como todos, pero a diferencia de ese “todos” a él no hacía falta mirarle el D.N.I. para conocerlos. Se había ganado que la gente los conociera a base de esfuerzo y dedicación literaria. Como tantos otros, debía de ser un hombre “pasmado”  ante la nueva realidad de la fama, que en la actualidad se logra tan fácilmente, incluso contraviniendo las reglas oficiales que antiguamente debían seguirse al pie de la letra si se quería ser alguien en el mundillo de la cultura. La cuestión es: ¿Qué cultura es la que tenemos ahora? La cultura de la mediocridad, esa es la respuesta.
Yo, que aspiraba a tener algún día una entrada en la Wikipedia, había trabajado duramente todos estos años. Acababa de terminar la carrera de filosofía y letras y había buscado, sin éxito, la publicación de algunos libros de relatos y de poemas. No obstante, el viento parecía soplar a mi favor, ya pesar de que había sufrido algunos varapalos también había logrado importantes avances en mi ascenso al olimpo de la gloria.
Manuel Castro Vigil se había sentado en una banqueta de la barra y, ante mi asombro, había pedido también un vaso de zumo de uva al payaso triste. ¿Sería aquello una señal? Quizá todos los acontecimientos anteriores acaecidos en aquella mañana habían sido necesarios para que yo hubiese llegado allí, derrotado, encontrándome ahora con uno de los autores a quien más admiraba (autores vivos, quiero decir).
Sin pensármelo dos veces, me levanté de la mesa y me acerqué hasta él. El corazón pujaba por salir fuera de mí, tan excitado como estaba. Formulé la pregunta de rigor sin tan siquiera ensayarla. Salió de dentro.
-         Disculpe. ¿Es usted don Manuel Castro Vigil?
El hombre se giró con las cejas enarcadas de sorpresa.
-         Sí… ¿Quién es usted?
Me presenté rápidamente. No quería convertirme en tema de conversación.
-         Me extraña que un jovencito como tú sepa quién soy yo… Es algo que me halaga… A los viejos nos hace ilusión que las nuevas generaciones se acuerden del pasado…
Sí señor. Don Manuel Castro Vigil había sido mi recompensa después de aquella mañana tan desastrosa.
-         ¿Tú también escribes, muchacho? Vaya, vaya…
Pero aún quedaba un disgusto más.
-         Está bien que hayas comenzado a soñar… Basta con proponerse las cosas para conseguirlas, fijarte un punto en el horizonte e ir hasta allí sin preocuparte del suelo por donde pisas… Pero debes de saber algo. Todavía eres muy joven, te falta la experiencia necesaria para concebir algo con fundamento. Te quedan muchas cosas por vivir para construir una voz con autoridad que logre el aplauso y la admiración de los más selectos… Aunque, si te soy sincero, no sé qué público es el que hay ahora… La gente en general no sabe lo que busca, creo yo… No lo sabe, a diferencia de generaciones anteriores, porque no se ha preocupado de buscarlo, de informarse a base de leer y conocer. Yo, a mis casi ochenta años, he descubierto que realmente la literatura no era lo mío… Yo tenía que haber sido pintor o músico… Pero ya es tarde, he estado mintiendo durante mucho tiempo y creo que el desengaño no terminará de cuajar. Seguiré escribiendo, porque es lo único que hecho durante toda mi vida y no sé hacer otra cosa…
Don Manuel Castro Vigil era de esas personas que nacen vieja, que ya desde jóvenes se les pone más años de los que tienen tanto por la forma de pensar como por su apariencia física. Yo, a diferencia de él, siempre había parecido más joven de lo que en realidad era, tanto por aspecto como por forma de ser. Nadie sabía en realidad cómo era verdaderamente, porque a nadie le había permitido leer nada de lo que escribía (salvo aquellas personas a las que les había suplicado una oportunidad en editoriales o concursos, ellos sí conocían mis borradores). Era mi voz literaria mucho más personal y madura que aquella que dejaba traslucir en conversaciones con amigos y conocidos. Mi voz pública debía adaptarse a las voces que me rodeaban, nada literarias ni profundas. He ahí mi mala fortuna, mi sensación de soledad como autor que nada puede compartir porque no tiene a nadie que sienta sus mismas inquietudes.  
Con Manuel Castro Vigil mantuve esa ansiada tertulia. Al parecer, todo se hace esperar, hasta una buena conversación.
Tres semanas después, apareció como un breve apunte en el periódico la noticia de su fallecimiento. Con él se iba mi esperanza de amistad literaria. Yo estaba condenado, al parecer, a rodearme de gente a punto de morir, para poder sentirme realizado interiormente. Lo que no sabía es que todavía era joven y que pronto llegarían esas amistades tan complejas, porque cuantos más años posee uno más maduro se hace y más posibilidades hay de encontrarse con personas viejas con las que poder hablar de cosas serias. Nuevas personas y nuevos ambientes (y más posibilidades de acceder a ellos).
Pero también poco a poco comencé a traicionarme escribiendo como la gente quería que se escribiera, para poder acceder a premios mediocres literarios. Dejé de ser yo para ganarme una fama que no buscaba de ese modo. Y Castro Vigil seguramente me miraba desde el olimpo, consciente de la estupidez humana, ya del todo desesperanzado por reflotar un mundo abocado, como Venecia, a morir sumergido.

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