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NOCHE DE VIOLINES Y DE MULTAS

>> miércoles, 24 de julio de 2013



Dicen que resulta imposible hablar de uno sin mencionar a los que le rodean. Al menos, si lo que se quiere es relatar hechos verídicos y, por tanto, autobiográficos. En la época actual, en la era de la comunicación, aquel que no se relaciona es como si no existiera, como si estuviese muerto… o, pero aún, es como si no figurase en los resultados de ninguna búsqueda por google. Teclear el nombre en cuestión y obtener un “cero” por respuesta.
En mi caso, me gusta jugar a la distracción, pues cuando escribo procuro metamorfosearme con la ficción (y viceversa, intentando que ésta se metamorfosee en mí). ¿Dónde empieza uno y acaba otro? He ahí el comienzo de una “leyenda”. La leyenda de esta noche, inspirada en cierto modo por Bécquer, comienza así:
Ésta es una historia que busca ser universal, esto es, no caducar en ninguna época. Ser afín a todas. Quien escribe como mero desahogo, con el fin de no perpetuarse en el tiempo sino tan solo en el instante, está perdido. Por ello, ésta historia trata de enclavarse en todos los tiempos posibles, para que con el paso del tiempo siga leyéndose y el lector que la disfrute no se sienta descontextualizado. En mi historia hay violines, agentes del orden, amigos y enamoramientos. Muchos de estos elementos son viejos compañeros de mis relatos y por ello viajo con ellos más seguro y confiado.
La historia comienza un viernes, en un local de copas de Madrid a una hora bastante imprudente, pongamos a las doce de la noche. Si queremos concretar aún más, diremos que el lugar se encuentra enclavado en un barrio de Alonso Martínez y que el motivo por el que se encuentra lleno el local es por el de un concierto. Una antigua cantante retirada decide retornar a los escenarios de la mano de unos amigos. Entre ellos hay un muchacho al que recientemente ha conocido y al que pide como favor participar en la velada con su violín. El muchacho accede. Es verano, momento en el que ciertas cosas concluyen para que nazcan otras nuevas. Momento, pues, de renovación.
La canción en la que el chico interviene se titula “El jardín secreto” y es un bello poema musical que trata de aquellos cuentos que nos contaron de niños y que a veces resurgen en nuestras vidas de adultos, pues en ellos hay caballeros, damas y dolor (es decir, rosas que pinchan).
El muchacho se sentía cada vez más dentro de la irrealidad de un cuento. Todo jugaba a su favor: un concierto en el que se reclamaba a su violín, tantas veces tocado en la privacidad de su casa o en las casa de otros amigos, o en un parque, o ante una dama sensible… Luego, tantos rostros conocidos que acudían como público… y, entre ellos, el de una joven a la cual creía que nunca más volvería a ver y que aquella noche estaba allí, vestida con un bello y elegante vestido, a sabiendas de que el muchacho acudiría en calidad de “solista” con su instrumento… Y el muchacho tocó “El jardín secreto”, y después un fragmento de “El concierto de Aranjuez”, a petición de la cantante… Y el público entregado, en silencio, dejándose encandilar por un supuesto arte que nunca se había mostrado en público, tan tímido como era, guardado con celo por su intérprete.
A la salida, una caminata hasta Gran Vía. El violinista, convertido ahora en caballero, buscando la rosa para la dama haciendo uso de su galantería. Amigos que asisten sorprendidos al cortejo, desde su segundo plano como espectadores, como ya lo fueron durante el concierto. Una despedida que no quiere decir “adiós” sino “hasta otro día, un día que está muy cerca…”
El muchacho se marcha entonces solo de camino a casa, es ya tarde, pongamos las tres de la mañana. No puede evitar comenzar a imaginar a esa muchacha, a comenzar a convertirla en futuro, tratando de fijar sus rasgos, de adivinar lo que ella puede sentir por dentro… el cómo debe de ser ella, su personalidad. Comienza a repetir su nombre, a imaginar cómo suena dicho de distintas formas, como la protagonista de “Calle Mayor”, que repite “Juan” muchas veces (con cariño, con reprobación, con solemnidad). Comienza a forjar el sendero del dolor, de la decepción futura. Esto lo sabe y debía de haberlo aprendido, pero una vez más decide adentrarse en este juego lleno de luces y de sombras. A los “pobres hombres” siempre les es permitido esto, puesto que no tienen nada más. Proyectan deseos valiéndose de la imaginación, su bien más preciado, el único que han sabido mantener a su lado. No aspirar a bienes físicos sino espirituales.
Recibe una llamada de teléfono. Son unos amigos que habían prometido acudir al concierto pero a los cuales les ha vencido la pereza de última hora. No obstante, no han perdido la esperanza de ver a su amigo violinista… Eso sí, prefieren que vaya él a verles y no ellos a él. Le atraen hasta donde ellos están. Su amigo accede, pensando que ha de agasajarles con el concierto que no han escuchado. En cuanto le vean con el violín, le pedirán que lo saque y toque para ellos, pero no cosas serias sino humoradas, canciones festivas y desenfadadas, aquellas que en otro contexto sentiría mayor vergüenza de tocar.
Así, estando ya en Sagasta, ha de retroceder para llegar hasta la Plaza del 2 de Mayo. Apostados contra un coche, bebiendo en vasos de plástico una mezcla de vino y coca-cola a la que llaman “calimocho”, reciben al aclamado violinista y comienzan a sugerirle nuevas canciones para su repertorio. Ellos le ponen a prueba, saben que tiene buen oído y que es capaz de tocar canciones que nunca ha tocado. Le dicen “toca Asturias patria querida” o “aquel tango de Gardel que decía lo de Por una cabeza”, o “aquella canción que cantaban los soldados rusos en la Segunda Guerra Mundial”… Y el violinista toca y toca, y ellos le hacen los coros y bailan en torno a él. Finalmente, llegan unos policías vestidos de paisanos que les dicen: “¿Ustedes no saben que no se puede tocar el violín a las tres de la mañana en una plaza pública?” Hay quien se atreve a hacer la gracia y contestar: “¿Y esa norma tan particular en qué parte del reglamento aparece escrita?” Los agentes de la ley toman nota de los DNI de aquellos borrachos musicales y les mandan a tomar aire fresco. Algunos se llevan el recibo de una multa por consumir alcohol en un lugar público e incluso por orinar en los bajos de un edificio. El violinista se libra por permanecer sobrio y no desahogarse todavía, aunque la vejiga le reviente por llevar más de cinco horas sin ir al baño. No obstante, acarrea un peso en su conciencia, pues como el flautista de Hamelin se siente responsable por atraer la mala suerte.   
Los tres amigos posan en una fotografía tristes, como tres hermanos regañados por un padre por jugar a la pelota dentro de casa. Uno de ellos observa a la cámara montado en un balancín dentro del recinto de un parque infantil, mientras los otros dos conversan de espaldas en un segundo plano, apostados en la valla de la parcela.

Días después, la muchacha deja de ser la “dama de la flor” y se transforma en “chica simpática que ya no busca caballero de cuento”. Todo vuelve, una vez más, a la normalidad. 

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