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PARA ELISA

>> jueves, 11 de julio de 2013


Escondida en las escaleras laterales que subían al escenario, Elisa esperaba el momento de su recital. Tenía nueve años y llevaba estudiando piano cinco. Hoy era el gran día, el día del concierto de los alumnos del conservatorio. Era ahora cuando tenían que demostrar todo lo que habían trabajado durante el curso. Sus familiares esperaban impacientes en el patio de butacas. Debían de escuchar a todos aquellos alumnos que iban antes de su hijo, sobrino, primo o nieto. La espera valía la pena para aquellos minutos de gloria.
Elisa parecía una adulta metida en el cuerpo de una niña. No solo era el vestido, sino sus maneras. Era una chica madura que había decidido aceptar el rol de la responsabilidad que sus mayores le habían inculcado desde edad bien temprana. Lo único que no tenía claro era si aquello de la música era lo suyo. Si bien es cierto que disfrutaba desgranando las notas de una escala en las teclas de su piano, lo que le atenazaba era la idea de tener que interpretar aquellas notas (ya fueran una escala o una cancioncita) ante un público general, con todo lo que ello conllevaba. ¿Y si se equivocaba? La gente pensaría que ella solo sabía tocar aquella canción así cuando en realidad la había estudiado bien y podía tocarla a la perfección. Los nervios, que siempre jugaban malas pasadas, amenazaban con convertirla en una mala intérprete… ¿Y qué decir de los exámenes? Durante toda la vida debería de pasar pruebas, ponerse ante gente que desconocía y demostrarles que era una buena chica, que se había estudiado bien las lecciones y merecía pasar de curso. Incluso si alguna vez conocía a un chico interesante, le sería complicado mostrarse con naturalidad por miedo a no caer en gracia.
Antes de ella había pasado un chico que interpretó al violín una pieza de Lully. Cuando llegasen los últimos compases comenzarían los nervios. Ella recordaba aquella canción que ahora estaba escuchando, la había oído una y mil veces en la clase que tenía frente a la suya. Había escuchado a aquel chico ensayarla día tras día, como seguramente él la habría escuchado a ella interpretar la pieza que ahora tocaría. ¿Y cuál era es pieza? Una adaptación del “Para Elisa” de Beethoven. ¿No era gracioso? A la profesora se le había ocurrido la ingeniosa idea de buscar una pieza que llevase el mismo nombre que el de su alumna. Era una maestra sensible pero a la vez disciplinada, venida de Rusia. Una mujer que seguramente podía haberse ganado la vida mejor como intérprete que como profesora. Y allí estaba, dando clases a niños. ¿Y por qué ella, Elisa, no podía elegir también el camino del anonimato?
El muchacho concluyó y fue aplaudido más benévolamente que como la cosa merecía. No había que ser injustos, al fin y al cabo eran niños y no virtuosos neuróticos que viviesen de recitales por todo el mundo. Ni siquiera podía decirse que fuesen niños prodigio. Tal vez Elisa pudiera llegar a ello, tenía aptitudes. La cuestión es si ella deseaba pasar por ahí.
Desde su situación, solo veía lo que ocurría en el escenario, pues las cortinas de terciopelo negro le tapaban casi totalmente el patio de butacas.
-         ¡Vamos Elisa! ¡Te toca!- le dijo Katarina, dándole afectuosamente un empujón.
Elisa fue subiendo los peldaños de madera mientras lo contaba. De esa forma se distraía y no pensaba en lo que le iba a tocar. Ya estaba arriba, ya había pasado lo peor: la transición del mundo tranquilo al del espectáculo.
El piano ya estaba colocado. Era un Yamaha. Comenzó a ajustar la altura del taburete, puso las partituras que hasta ahora había guardado bajo su brazo sobre el pequeño atril que tenía sobre el teclado. Se sentó. Cerró los ojos, colocó las manos en las teclas correspondientes del inicio y comenzó a interpretar la famosa pieza de Beethoven, aquella que hasta los monos del zoo se sabían de memoria (seguramente habiéndola escuchado del altavoz de uno de esas furgonetas de helados que se pasean por aquellos recintos buscando clientes seguros).
El comienzo había sido perfecto: la melodía se iba construyendo con absoluta limpieza. Aunque se había resistido a mirar en todo momento al público, ella estaba segura de que en la primera fila estaban sentados, de izquierda a derecha: su madre, su padre, su abuela y su hermano pequeño. Podía verles, hasta casi escuchar sus respiraciones distinguiéndolas unas de otras. Los focos cegadores que la apuntaban al rostro volvían oscuro aquello que tenía de frente, de modo que de todos modos habría resultado imposible ver a los espectadores. Había comenzado a sudar por efecto del calor y de los nervios. Su ropa comenzaba a pegársele al cuerpo, mojada. De pronto pensó en Beethoven, en ese Beethoven que tantas veces había tenido la oportunidad de ver a la entrada de la academia, en aquella reproducción: una mirada seria, enmarcada por su cabello abundante y reafirmada por un duro mentón. Un pañuelo rojo saliendo del cuello de su camisa y una chaqueta oscura. En una mano, una partitura. En la otra, un utensilio para escribir… ¿Un lapicero? Todo lo recordaba perfectamente. Allí estaba Beethoven, apoyado en el piano, observándola con mirada examinadora. A veces dejaba de mirarla a la cara y se quedaba observando sus manos delicadas, como buscando un posible error, una tecla desatendida en un momento dado, un sonido más fuerte que otro que desentonara del resto…
De repente, su atención hacia Beethoven le hizo desatender su ejecución y sus manos dejaron de tocar. El público, expectante más que nunca, esperaba un final para aquella pieza, pero éste nunca llegó. Elisa se levantó del taburete, avanzó por el escenario y en lugar de bajar por las escaleras laterales descendió por la central que conducía a la gente que se encontraba abajo. Por lo bajo iba repitiendo la siguiente letanía: “Lo siento, lo siento…”         

Aquí concluyó la carrera musical de Elisa. Podía haber llegado a algo, sí, pero su fuerza de voluntad era la de una niña, no la de una adulta. Ella no eligió estudiar piano. Quizá veinte años después su nombre podía haber figurado en las portadas de discos: “Elisa Ramírez interpreta Para Elisa, la canción que la hizo célebre”. Nada de eso. Elisa se haría veterinaria, el sueño de tantas niñas. A diferencia de ellas, Elisa continuaría con ese sueño y no acabaría abandonándolo. Porque ella sí creía en sus ideas y no en aquellas otras impuestas. Elisa era una chica con carácter. La chica con carácter que pudo llegar a ser una gran pianista.

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