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SACAR LA BASURA

>> sábado, 20 de julio de 2013


Todas las tardes,  Joaquín encendía al televisor nada más terminaba de comer, justo cuando había concluido el telediario, para poner su concurso cultural favorito: Había decidido nutrirse del pasado, de todo lo que el hombre dejó como testimonio para que con ello pudieran hacerse preguntas interesantes con las que poner a prueba los conocimientos de tres señores que contestaban diariamente a un presentador que había hecho un pacto de eterna juventud con el diablo. No le interesaba mucho el presente, de hecho le aburría. Como escritor anclado en el estilo literario de la vieja Europa, estaba convencido de que el hombre había perdido toda la épica posible para vivir y crear. Él era el primero que carecía de ella y lo asumía, envidiando a autores que sí la tuvieron y gracias a ello figuraron y figurarán en las grandes enciclopedias de todos los tiempos (enciclopedias de grandes personajes).
Aquel día se encontraba terminando de comer un montón de picotas (los dedos rojos del jugo, a juego con los dientes) mientras asistía a un duelo sobre escritores actuales españoles. En cierto sentido se sintió defraudado por la dirección del programa, no esperaba que cayeran tan bajo. “Nosotros, los escritores actuales, deberíamos permanecer tras la pantalla, cada uno en nuestra casa y Dios en la de todos, pero no este programa, que debe quedarse en el pasado por el bien de su continuidad”. Sabía que sus opiniones podían resultar polémicas, por eso era escritor de ficción y no de opinión ni de ensayo. “Los que leen mis cuentos están más locos que los que estarían dispuestos a escuchar mis comentarios acerca de la actualidad. Una cosa es fabular sobre terrenos donde está permitido, y otra hacer de la realidad un cuento, un camelo, que es lo que en realidad es.” Para él, la actualidad era algo imposible de digerir, una cosa indigna de publicarse. “No es otra cosa que la repetición de los mismos errores y, además, una repetición sin gracia, sin épica.”
De los tres concursantes que se encontraban contestando a las preguntas del presentador eternamente joven, solo uno había aguantado durante más de treinta programas en su puesto. Se trataba de una joven encantadora que había conseguido captar la atención de Joaquín: Se llamaba Lourdes y era morena, socióloga, de treinta años y de una timidez extraordinaria. Joaquín se había ido enamorando de ella día tras día. “¡Qué mujer, qué mujer!” repetía para sí mismo cada vez que el realizador del programa sacaba de ella un primer plano.
Por fin, le tocó a ella. “Dígame Lourdes, ¿qué sobre elige?” le preguntó el presentador. “El dos” contestó Lourdes. El presentador sacó la tarjeta del sobre. “Lourdes, ¿conoce usted a Joaquín Lorán?”
El momento más temido había llegado. Joaquín permaneció expectante a la respuesta que su idolatrada tenía que dar de él.
“Sí, le conozco”. El presentador insistió: “¿Ha leído algo de él?” Ella contestó secamente: “Sí.” De nuevo, el presentador volvió a la carga. “¿Y qué le parece?” Lo que vino a continuación supuso para Joaquín un duro golpe: “Leí su libro más conocido y no me gustó nada… me parece un pedante, un hombre que vive en el pasado… En fin, una anacrónico que se cree la Letra A de la Real Academia de la Lengua…”

“¿Qué?” dijo Joaquín. Al parecer, Lourdes poseía otra gran virtud, la sinceridad. Una sinceridad cruda y deslenguada. Sin duda, se refería al libro “No contemples más la lluvia”, el cual le había granjeado a Joaquín más de un premio y, lo que era más importante, el aplauso unánime de la crítica. No obstante, lo que acababa de suceder a través del plasma le hizo pensar. Finalmente, llegó a una madura conclusión. Por la noche, al bajar la basura, dejó también en la calle su televisor.     

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