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Convocar a Tchaikovsky

>> martes, 30 de julio de 2013


Partitura original de la "Patética" de Tcahikovsky
En esta noche de calor, tratando de conciliar el sueño tumbado sobre un colchón a ras del suelo, escuchando el griterío festivo que sube desde las terrazas del paseo marítimo (aplacado tan solo por la puerta de cristal del balcón), tratando de olvidar que estoy aquí, en esta jungla de asfalto y hormigón llamada Benidorm, me parece escuchar la "Patética" de Tchaikovsky. Es como un mecanismo de supervivencia, la búsqueda de un equilibrio perdido. Una característica más de esta máquina perfecta denominada "cuerpo humano". ¿Y por qué esta canción concretamente y no otra? No es la primera vez que acude a mí, como un bote salvavidas, en estos días de "descanso". No soporto la inactividad a la que esta villa costera me somete. Otrora un pueblecito de pescadores, en la actualidad apenas una sombra de lo que fue, lujoso páramo, salvado y condenado por el turismo. Apenas unas pocas edificaciones originarias han logrado sobrevivir a la especulación inmobiliaria. Una persona corta de vista podría creerse, echando una furtiva mirada a su skyline, en Nueva York. Rápidamente caería en la cuenta de que ese posible glamour ha quedado sepultado por el polvo sucio de la península. En un intento por importar paisajes extranjeros, ha quedado algo extraño, que no es ni de aquí ni de allí.
Tchaikovsky moriría de tristeza aquí. Rachmaminov encontró en Dresde el lugar ideal en el que recobrarse de su depresión tras la injusta frialdad con que fue acogida por parte del público su Primera Sinfonía. En este lugar de Alemania compuso "La isla de los muertos" (por supuesto, este lugar simbólico no era Benidorm). Como Rachmaminov, Tchaikovsky tampoco tuvo éxito con su "Patética". Ambos compositores fueron hombres de otro tiempo (Tchaikovsky más). ¿Qué diría Rachmaninov de aquella Dresde resurgida de sus cenizas tras la Segunda Guerra? ¿Encontraría en aquel escenario postapocalíptico de arquitectura comunista la inspiración perdida, la energía necesaria con la que recobrar el optimismo perdido? ¿Su idea de belleza comulgaría con aquella nueva idea de estética, apartada de cualquier influencia burguesa? (es decir, de cualquier influencia de tiempos pasados, de épocas irrecuperables)
La escritura nos salva del hastío. También la lectura de lo escrito. Y, por qué no, lo anacrónico, el viaje hacia otras épocas, hacia otros mundos. La huída, la fuga, la escapada mental, un viaje de la sugestión. Es la música la que nos conduce. Si el director de orquesta es capaz de activar unos dedos que van a unos trastes o a unos pistones, es la rememoración de una partitura lo que puede conducirnos a otros lugares, a otros tiempos, etcétera. El mundo de Tchaikovsky ya no existe: su Rusia es la Rusia de los zares, de los carruajes, de las llamas en las farolas. Su "Patética" además es el resultado, no solo de una época, sino de un estado anímico, de una personalidad. Quizá acudió a mi mente por eso, porque en cierto sentido me encuentro en una situación parecida a la de su autor: un momento de crísis personal. Como si todo un mundo anterior hubiese sucumbido en pos de otro nuevo todavía invisible para quien lo espera, si es que lo espera y lo necesita (Tcahikovsky murió nueve días después de dar a conocer ésta su última obra). La "Patética" anuncia un final y parece no prometer un nuevo comienzo a posteriori. Un canto de cisne, bello y melancólico (como por otro lado es toda la música de su autor). Es una obra madura, en absoluto trágica como podría serlo "La muerte y la doncella" de Schubert. El compositor se encontraba aquejado de una depersión que había llevado arrastrando durante toda su vida, había dejado de creer en fabulosos paisajes y para inspirarse en su propia instrospección. Se baraja la posibilidad de que pudiera haber sido él quien hubiese puesto su propio punto y final, de la misma manera que era capaz de crear mundos nuevos con el don sobrenatural que poseen los compositores. Dicen que puedieron ser sus compañeros al descubrir su homosexualidad los que le presionaron, conduciéndole al suicidio.
Quizá lo más conmovedor de la biografía de Tchaikovsky fuese aquella secreta relación de cariño y admiración que se forjó entre él y su mecenas, mujer que nunca conoció pero que siempre creyó en él.
Y Tchaikovsky se carteaba con ella desde su soledad, la soledad del creador. Porque la escritura, ya sea musical o literaria, exige de ese diálogo solo posible con uno mismo. Una conversación monológica acompañada de otros valores como pueden ser los del tesón o la fortaleza física y anímica (no flaquear, nunca dejar de creer en uno mismo y en la empresa que se está llevando a cabo). Admiro a quien es capaz de afrontar retos de gruesa magnitud: escribir mil páginas de una novela o componer una sinfonía de hora y media (de hecho, se decidió que la duración de los compact disc debía de ser de noventa minutos porque era lo que abarcaba la Novena Sinfonía de Beethoven, también llamada "Coral").
La "Patética" tiene el don de aparecerse ante mí con sus diferentes movimientos en diferentes lugares y momentos. Muchas veces ha acudido estando yo en la playa. Aquí, en este lugar de Alicante ajeno a todo posible encantamiento, donde hasta el agua se aburre y no sabe si subir o bajar con la marea, donde la bandera roja se destiñe esperando para ser izada. Quizá el socorrista se aburre de serlo también aquí, o aprovecha para conocer a muchachas que nunca pensarán en Tchaikovsky porque ni siquiera sabrán quién es ése. "Nos suena a ruso" dirán atribuladas.
Desde aquí le conjuro, a esta hora de la tarde en quenada ocurre si no se lo provoca desde la soledad, interiormente, sin que nadie lo sospeche desde fuera.               

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