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Un guionista entre bambalinas. Crónica de los rodajes de Alumnos del Máster en Actuación Cinematográfica

>> miércoles, 24 de julio de 2013

Con Adi Dror durante un momento de descanso en los rodajes

(Artículo publicado en el blog de la Escuela TAI el 14 de junio de 2013)


Para un guionista siempre hay un momento crítico en su tarea: aquel en el que el trabajo realizado pasa a convertirse en una realidad. El guión cobra entonces un sentido, se le libera de la condena de permanecer encerrado en un bloque de hojas escritas. Esta transición es compleja, puesto que cuando se produce una traducción errónea del texto el resultado es evidentemente negativo. No obstante, cuando se sigue escalando en ascendente en el proceso y se logra un resultado óptimo, para el guionista se produce entonces un momento epifánico: aquel en el que el verbo se hace carne, toma vida, superando las expectativas del creador. Su criatura ha comenzado a vivir independientemente gracias a un grupo de creadores que han sabido otorgarle una fuerte personalidad, haciéndola crecer.

Cuando Maya me pidió escribir una serie de historias con las que poder trabajar con sus alumnos, nunca me imaginé que aquella propuesta iba a derivar en algo tan interesante y estimulante. Para un aspirante a guionista, siempre es un halago que alguien le pida consejo, y más cuando su experiencia en este campo es todavía bastante reducida. Por ello, comencé a trabajar con todas mis fuerzas para lograr algo concreto y preciso, tratando de hacer valer mis conocimientos previos para construir este mecanismo de relojería que es siempre un guión.

‘La historia cada vez estaba más viva. Maya, encargada de dirigir a sus alumnos de interpretación, les iba transmitiendo los diferentes estados del guión, proponiéndoles hacerlo suyo a la hora de introducir o suprimir elementos. Cada personaje tenía que tener un poco de cada actor, ya que éstos debían sentirse a gusto en sus interpretaciones’

Un guionista tiene por ley desconfiar, pues en muchos casos su trabajo es menos tenido en cuenta de lo que se debería, aún a pesar de ser una pieza importante dentro de toda la cadena de montaje. Sin historia que contar, no puede haber obra audiovisual. Tras todos estos meses puedo decir que me he sentido muy cuidado en mi labor. Me ha tocado trabajar con personas excelentes que han estado presentes en todo momento, haciendo mi tarea más fácil y aportando sus consejos, necesarios a la hora de diseñar algo de naturaleza colectiva.

La historia cada vez estaba más viva. Maya, encargada de dirigir a sus alumnos de interpretación, les iba transmitiendo los diferentes estados del guión, proponiéndoles hacerlo suyo a la hora de introducir o suprimir elementos. Cada personaje tenía que tener un poco de cada actor, ya que éstos debían sentirse a gusto en sus interpretaciones. Por ello iban modelándolos, perfilándolos en sus rasgos, haciéndoles adquirir una entidad individual. Así pues, la historia fue enriqueciéndose, encontrando sus tramas (cada vez más interesantes). Cada cierto tiempo, iba recibiendo revisados los guiones que enviaba, con anotaciones respecto a todas estas modificaciones que, en los ensayos de los alumnos, iban surgiendo. En algunos casos, conocer a los intérpretes también me ayudó a la hora de saber cómo podía acertar a la hora de escoger un rumbo para sus personajes.


El guión constaba de diferentes historias de parejas que acababan entrelazándose unas con otras tomando como nexo de unión el personaje principal. Los espacios acaban adquiriendo apariencia teatral, pesito que lo importante eran los personajes que los habitaban y los problemas que les acontecían.

El lunes 10 y el martes 11 fueron los elegidos para los rodajes. Los horarios iban de las nueve de la mañana a las siete de la tarde. El orden del rodaje se rigió aprovechando las escenas que tenían lugar en los mimos decorados, siguiendo su cronología.

Cuando llegué a los decorados del plató de Oudrid, me sentí impresionado al ver cómo todo aquello, que hasta aquel momento había sido construido en el aire, había sido concretado de aquella forma.

Siempre es difícil que el resultado final concuerde con lo que uno se había imaginado, pero en este caso he de reconocer que superó mis expectativas.

Se estaban realizando los últimos ensayos antes de empezar a rodar. La escena tenía lugar en el lugar en el que coincidirían todos los personajes: Una librería-café. En escena, Adi y Lara, que interpretaban a Dana y a Paula. Un tercer, personaje, María de los Ángeles, les observaba sentado en un sofá del escenario.

Los decorados estaban concebidos de forma muy sencilla: una estantería de libros, una mesa que a la vez serviría como mostrador, un par de sillas , un piano y un sofá. El resto lo conformaban los muros blancos del set de rodaje. Fuera del plató, estaban preparados los otros dos escenarios, que representaban las habitaciones de los dos pisos de las otras parejas. En total seis actores.

Tras los focos, la directora acompañada de su ayudante, dos personas encargadas de la fotografía, dos sonidistas, un script, maquilladores, producción… Fue realmente bello ver cómo aquello que hasta entonces se mostraba bien abstracto acababa concretándose. Y más en estos tiempos en los que vivimos, donde cada proyecto que se decide llevar a cabo se encuentra lleno de incertidumbres y, en algunos casos, ni tan siquiera con toda la buena voluntad se logra que muchos de ellos lleguen a buen puerto sin morir por el camino.

Ahora más que nunca hay que reivindicar el trabajo en grupo. Aunar fuerzas para sacar adelante aquello con lo que se sueña. Nuestra fuerza es la ilusión, aquella que logra movernos, dar pasos y avanzar por conseguir nuestros deseos. En un rodaje, donde todo esto se magnifica pues exige de muchos deseos, fuerzas y energías, resulta esencial esta filosofía.


 _ Javier Mateo Hidalgo

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