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UNA VISITA INESPERADA

>> martes, 2 de julio de 2013


Bromeando con Esteban durante una exposición de aquellos maravillosos años... 
Imagine la siguiente situación: Usted viaja en un barco sin saber cuál es su destino. Usted ha sido informado de que, habiendo montado en él, ha hecho lo mejor que podía hacer para su provenir. Usted no lo sabe, pero es un exiliado que está siendo conducido a un lugar que no es precisamente un hábitat paradisíaco. Ese lugar es un desierto rodeado de agua, es decir, un islote. En él no hay palmera que valga. Es todo arena. Al llegar, se verá solo (solo pero con su propia compañía). Se sentirá engañado y, cuando se de la vuelta para pedirle explicaciones al capitán del navío, éste habrá zarpado con la embarcación dejándole a usted abandonado.
Pues bien: Esta situación podríamos decir que no es sino una forma de contar la situación actual en la que nos encontramos en el mundo occidental (y. más concretamente, en el mundo mediterráneo europeo), solo que aderezada con la forma fabulada de una pesadilla. Su terrible belleza reside precisamente en lo identificado que puede sentirse el lector al compararla con el mundo que le rodea. Nosotros, los españoles, nos encontramos en la incertidumbre más absoluta, y más especialmente, los jóvenes españoles. Toda una generación perdida, una “Lost generation” de personas con inquietudes y ganas de aportar al mundo unos conocimientos adquiridos, echada a perder. Hace cinco años, todavía creíamos- ingenuos de nosotros- que pasando por determinados aros, íbamos a ser recompensados con el maná de un futuro prometedor. Pero fue llegar esta gran crisis y ver cómo cada miguita depositada en el camino iba siendo devorada por un pájaro distinto, hasta llegar a perder la noción de nuestro camino. No podemos avanzar, pero tampoco retroceder. Un amigo me dijo en una ocasión, al plantearle esta imagen de la isla desierta, que tal vez nosotros también teníamos parte de culpa al no ser capaces de imaginar un nuevo cuento con una nueva isla. Quizá por crecer en un mundo cómodo donde todo se nos daba masticado, ahora carecemos de un buen kit de supervivencia. No obstante, un náufrago no lo es hasta que pierde todo lo que antes poseía, hasta que se ve obligado a cambiar su modus vivendi al encontrarse en un nuevo contexto.
Las cosas no han hecho más que empeorar desde hace ya mucho tiempo, pero nunca se termina de tocar fondo. Siempre caben más gotas en un vaso que nunca termina por rebosar. Dicen que pertenecemos a una cultura conformista, que somos capaces de aguantar todas las calamidades posibles. Ya solo falta que, como San Lorenzo, les digamos a los torturadores que nos están asando vivos sobre una parrilla: “Ya pueden darnos la vuelta, que por esta parte ya estamos hechos”. Pero no todos aceptan su condición de abrasados vivos: Hay personas que, valiéndose de su poética, son capaces de mostrar sus dientes de la forma más sutil y civilizada. Emulando a Blas de Otero o incluso a Dámaso Alonso, como tocado por la varita de la lucidez, mi querido amigo Esteban me dijo en una ocasión a través de una carta: “Me enfrentaré a ellos como Jorge con el dragón y así no habrá sangre calmada sobre este país abrasado”. Su postura era todavía más perversa, pues amenazaba con atacar cuando esta situación hubiese ya pasado, cuando todos pensaran que las aguas habían vuelto a su cauce (cuando esta crisis hubiese desaparecido, un momento tan inimaginable como el punto del infinito en el que dos líneas paralelas acaban juntándose). Un país gobernado por unos políticos que no poseen en su mayoría los estudios elementales y que, sin embargo, a la generación más preparada hasta la fecha les anima a abandonar su país. Cuando esta gente vea el momento propicio para salir a la palestra y decir que todo fue gracias a ellos, que solo gracias a su trabajo este país salió de la crisis, entonces mi amigo Esteban aparecerá para provocarles su crisis, para condenarles al fin de su propia existencia política. Los brontosaurios expirarán debido a su propia vejez y un nuevo mundo amanecerá renacido dispuesto a perpetuarse también en el poder… Porque, no nos engañemos: no hay nada que dure una eternidad, todo acaba desgastándose, provocando su propio desencanto. Nuestra condición de mortales lo lleva escrito, grabado a fuego: estamos condenados a equivocarnos, a no mantenernos perfectos.
De Esteban apenas tenía noticias. Se había convertido en un ciudadano del mundo, “como Humphrey Bogart” que diría él. Con el compartía nombre falso: él se hacía llamar en Internet “François de la Rochefoucauld” y yo “Sésil B. Démil”, imagino que como una forma de espantarnos moscas indeseables que tal vez quisieran saber de nosotros y de nuestras vidas. Quienes te quieran conocer y deseen mantener la amistad la buscarán más allá de una fría pantalla de ordenador. A diferencia mía, Esteban viajaba también con pasaporte falso. Antes de entrar en el autobús de la estación para desaparecer de nuevo, me lo enseñó: allí estaba su foto, pero los datos escritos que allí figuraban no coincidían con los suyos. Quizá eso le hacía un ciudadano todavía más libre. Yo siempre me he caracterizado por una sutil cobardía, y estas actitudes tan valientes las admiro mucho más que otras igualmente importantes. Recuerdo a otro compañero con el que cofundé el “Grupo Dadaísta de Madrid” que, en un alarde de originalidad e inconsciencia, hizo cambiar su nombre del DNI para pasarse a llamar Nabuconodosor, en homenaje a la ópera de Verdi. Aquellos tiempos de irrealidad ya nunca volverán (y a veces pienso que “afortunadamente”).      
Más de cuatro años viajando de un punto a otro del mundo, siempre renunciando al sedentarismo para hacer más difícil su localización. “Nadie sabe dónde estoy” fue una de las cosas que me dijo en una de nuestras últimas conversaciones cibernéticas. Y fue el miércoles 26, un día antes de mi viaje a Italia, cuando se presentó en mi casa. Fue algo maravilloso. Yo me encontraba trabajando en mi habitación-despacho, retocando un guión, cuando sonó el timbre a eso de las seis de la tarde. Al no esperar visita, me asomé desconfiado a la mirilla y le ví a él a pesar de la penumbra que reinaba en el descansillo. “Me encuentro en un momento de descanso y reflexión… y quería verte”. Apenas se refirió a él, casi habló sólo para preguntarme y el resto del tiempo se lo pasó en silencio, escuchándome. ¡Qué difícil resultaba resumir cinco años de una vida en una sola hora! Yo hablaba y hablaba, hasta sentí que podía atosigarle con tanta cháchara. Me había vuelto un ser excesivo, vomitando recuerdos de este lustro biográfico. Él coincidió conmigo en una cosa esencial: El tiempo nos había ido desgastando, puliéndonos como un diamante exento de ideales e ilusiones. Quizá fuimos en otro tiempo, cuando nos conocimos, demasiado ingenuos. Quizá debimos renunciar a una felicidad que difícilmente iba a sernos concedida. Se acabaron las charlas de café, lo locos años veinte. Tras la Segunda Guerra Mundial, ya no éramos capaces de quedar para escribir ocurrencias en un papel, trocearlo después y repartir sus fragmentos a los paseantes de la calle. Ya nunca más escribiríamos frases delirantes y llenas de despreocupación.
Recuerdo ese momento del film “Las uvas de la ira”, en el que a aquel campesino se le desposee de su casa y sus tierras. Él se queda observando cómo una máquina destroza sus posesiones en un abrir y cerrar de ojos. “¿Quién te ha mandado aquí con la máquina?” le pregunta indignado al conductor del vehículo. Él no puede contestarle, pues su jefe es un ente casi abstracto. Parte de esta cruel poética Fordiana-Steinbeckiana ha permanecido inalterable en la mirada del ser humano, que ha luchado siempre por encontrar una filosofía que pueda cambiar las cosas. Más allá de toda concepción religiosa, nadie sabe quién maneja los hilos de su vida aquí en la Tierra. Tal vez sea en cierta forma como en el cine: Dicen que las películas duran dos horas, pero que si el filme es bueno dura en realidad todo el tiempo que inviertes en reflexionar acerca de él. Quizá la paradoja de todo esto sea que el mundo real es una mala y una buena película a la vez.
Esteban se marchó tal y como vino, con su sempiterno misterio acompañándole como sombra fiel. Como un personaje sobrenatural que hace su aparición en una obra para modificar la actitud del protagonista, para hacerlo reflexionar. Simplemente pasó de su isla desierta a la mía, porque todos nosotros estamos comunicados. Es agradable recibir de vez en cuando estas visitas, saber que en algún punto del mundo una persona especial se acuerda de ti. Esta paciencia que tenemos con el mundo es al fin y al cabo como la fidelidad que procesamos a las personas que han representado tanto para nosotros: como una cuerda que siempre se da de sí y que nunca se rompe.                              

En realidad, somos un grupo reducido pero fiel a nosotros mismos, porque nosotros somos nuestras propias sombras.

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