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BREVE ENCUENTRO

>> sábado, 31 de agosto de 2013

Imagen inicial de "Breve encuentro"


Cuando se hace mención a la estética del cine clásico con cierta nostalgia, como una forma de expresión perdida, en muchas ocasiones no se advierte que precisamente esta pérdida se debe a una suma de avances técnicos junto a un evidente cambio cultural que provoca en suma un nuevo creador y un nuevo espectador que viven en su contemporaneidad, que entienden de una forma distinta aquello que se le ofrece para crear o para consumir. Esa “artesanía” a la que nos referimos proviene precisamente de un mundo antiguo en vías de desarrollo que posee como medios de expresión una serie de elementos que, por comodidad quizás, se han ido abandonando. Un ejemplo pueden ser las cámaras con las que se rodaban, de gran peso y de difícil manipulación, lo que provocaba un cine mucho más académico en cuanto a planos se refiere. Otro caso, el del blanco y negro, tantas veces elogiado por su sugerencia, y que en la mayoría de los casos se empleó por imposibilidad de recurrir al color (incluso cuando fue inventado, debía resultar un capricho fuera del alcance de la mayoría de los bolsillos de las productoras). Otros factores, como ya hemos mencionado, tiene que ver con esas referencias a un mundo extinguido debido a la evolución de quienes lo han venido habitando.  
El film de David Lean “Breve encuentro” posee quizás estas dos características del cine clásico en su máximo apogeo. Resulta un melodrama correcto y sugerente. “Sugerente” en cuanto a que su estilo proviene de ese romanticismo heredero del melodrama, un género que ahora se considera facilón y sobrecargado, razones suficientes para provocar una gran pereza en quien lo consume en la mayoría de los casos. Todo en esta película parece haberse borrado de la faz de la tierra, lo que provoca tal vez cierta inverosimilitud en el espectador, que acaba convirtiendo esta historia -que bien podía haber sucedido- en un “cuento de hadas”.
La primera imagen habla por sí sola: Una antigua locomotora penetra en una no menos arcaica estación de tren dejando una estela de humo blanco y atronando con su fuerte silbido, sonido este que precede a las notas del “Concierto para piano Nº 2” de Sergei Rachmaninov. El lugar escogido como presentación del film se ha encontrado siempre plagado de simbolismo. El tren representa la oportunidad que se le presenta al posible viajero de iniciar un viaje que cambie su vida o dejar pasar esta propuesta para seguir con su rutina monótona y gris. La música de Rachmaminov posee precisamente esta fuerza expresiva que da lugar a la ensoñación y al dramatismo a la vez. El compositor es heredero de Beethoven, Liszt y Chopin. Un romántico que acabó sirviendo a la industria, enriqueciéndose gracias a sus virtuosas interpretaciones y a las grabaciones en disco de sus excelentes composiciones. Un personaje atormentado que supo vender a la perfección el mercado occidental, tanto es así que acabó convirtiéndose en una música de culto preferidas de Hollywood y, con ello, de América (recordemos el film de Billy Wilder “La tentación vive arriba”, en el que el hombre casado trata de seducir a su vecina Marilyn poniéndole precisamente este Rachmaminov).

Los protagonistas del filme, Celia Johnson y Trevor Howard


“Breve encuentro” es un film que paradójicamente se ha quedado anticuado pero a su vez ha entrado a formar parte de la lista de los grades clásicos. Lo paradójico estriba en que algo clásico es algo contrario a algo anticuado o antiguo, puesto que en teoría conserva su frescura y sirve de inspiración para un futuro público. Una de las claves de su interés en la actualidad puede ser, en parte, el tema tratado. Y digo “en parte” porque la forma en que el asunto es tratado en su final, en su moraleja, nos retrotrae precisamente a esos tiempos pasados. El tema es la infidelidad o el deseo de una persona por otra cuando se supone que ya se encuentra comprometida sentimentalmente. La moraleja de la historia es que esta actitud, cuando en muchos casos se considera natural y propia del individuo debido a su naturaleza, es precisamente “antinatural”, algo nada ético e impropio de personas civilizadas. Esto es, “un final made in Hollywood” en el que la persona se replantea su deseo como una “locura” y retorna a su vida anterior, impidiendo así una desestructuración familiar. Lo malo de todo es que esta fractura ya se ha provocado, esta persona ya no volverá a ser como antes, pero esto no lo plantea en absoluto la película. Quizá el público hubiese deseado lo contrario, es decir, que aquella persona se hubiese ido definitivamente con aquella persona deseada y no hubiese vuelto a su rutina gris y carente de motivaciones.
Esta es la historia de la protagonista, cuyo nombre no nos importa. Una mujer casada y con dos hijos que, de repente, conoce a un hombre en la estación a la que acude todos los días, como ejercicio repetitivo de la cotidianidad en la que se encuentra inmersa. Algo parece cambiar en ella, algo que trastoca su concepción ordenada de la vida. Ese hombre del que se enamora también es alguien casado, pero en un principio nada de esto parece importar. Y no parece importar porque ninguno de los dos piensa que la cosa se va a convertir en algo serio y no solo en un juego. Pero para cuando son conscientes del cariz que ha tomado el asunto, es ya demasiado tarde.
El morbo que pudo provocar esta historia de seguro llenaría las salas de los cines. El final del film provocaría en los espectadores un descargo de conciencia: “Ha sido una aventura, sí, pero todo ha vuelto a ser como antes era, nadie se ha enterado de este horrible delito, ni siquiera nosotros mismos”.
Cuando el cine comenzó a convertirse en un espectáculo de masas, aquellos caracterizados por una moral puritana vieron un peligro en él, en la creencia de que este nuevo invento podría transmitir al público una serie de valores nada convenientes. El primer beso que vio la pantalla gracias a Edison  resultó todo un escándalo.
En “Breve encuentro” se planteaba de algún modo el siguiente problema: “¿Qué pasaría si el amor no durase para toda la vida, si los años y años de convivencia de una pareja fuesen erosionando esta primera idea idílica y, por lo tanto, perfecta?” Es evidente que la gente que se enamora desea que ese estado perviva en perfecta unión hasta el final de los tiempos. No obstante, nosotros los humanos somos ante todo eso, humanos, animales imperfectos y constantemente contradictorios, hechos de un material que muchas veces no comprende a la razón, que transita por otros caminos.

Escena final de "El apartamento"

Billy Wilder y I. A. L. Diamond estaban en una sala de cine viendo “Breve encuentro” cuando se les ocurrió hacer “El apartamento”. Concretamente, en el momento en el que los amantes tenían la idea de aprovecharse del piso de un amigo para,  aprovechando la ausencia de éste, dar rienda suelta a su pasión. Evidentemente el planteamiento “moral” de “El apartamento” es mucho más avanzado. La idea de las “infidelidades” se mostraba como algo a la orden del día, concretamente la infidelidad de los altos hombres de negocio, cuya moral a pesar de todo no deja de ponerse en entredicho. Incluso la historia de amor entre los protagonistas tiene un final agridulce, puesto que no sabemos realmente qué sucederá con ellos. Quizá Blake Edwards se inspiró en este final contrario al “y fueron felices y comieron perdices” para llevar a cabo su magistral “Días de vino y rosas”. En la ya citada “La tentación vive arriba”, se juega con la idea de que el hombre, pasado el séptimo año de matrimonio, comienza a sentir un “escozor” que le provoca volver a sentirse atraído por otras mujeres (el título original era “Al séptimo año escuece”).

Cuando David Lean filma “Breve encuentro” nos encontramos en el año 1945 “El apartamento” es realizado en 1960. Quince años las separan, tiempo este suficiente para cambios importantes en la sociedad. Un cambio de mentalidad por así decirlo, que permite plantear determinadas cuestiones superando esa “timidez” pasada para “madurar” hacia un nuevo horizonte cada vez más amplio.   

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VISITA DE HEMINGWAY A BAROJA

>> viernes, 30 de agosto de 2013



El 9 de Octubre de 1956, un hombre de aspecto nada español llamaba a la puerta del número doce de la calle Ruiz de Alarcón- concretamente el cuarto izquierda- en Madrid.
Probablemente, de haberse cruzado con algún erudito, éste habría relacionado rápidamente aquel cabello y barbas blancas junto a aquella complexión fornida con los rasgos físicos más identificativos del autor de “Las nieves del Kilimanjaro”. No obstante, si alguien pasó por su lado y le reconoció, no intercambió con él ninguna palabra (ni siquiera hubo ninguna cara de expresión sorprendida que delatara al posible “fan”).
Durante su paseo, aquel hombre llamado Ernest Hemingway o Hemingway a secas, se había percatado de la situación privilegiada de la casa a visitar: solo hacía falta andar unos pocos pasos para darse de bruces con Los Jerónimos o El Museo del Prado, pero sobre todo con el Retiro o la Real Academia de la Lengua, sitios éstos que tenían bastante que ver con el hombre a quien iba a visitar. El sujeto en cuestión era escritor como él (de hecho ocupó un sillón en la institución anteriormente citada) y tenía la costumbre de darse paseos interminables por aquel parque, que fue lugar de asueto para reyes en tiempos pasados y en la actualidad un lugar público para disfrute de los madrileños.
El timbre sonó de forma estridente en el piso. Un anciano ataviado con pijama y gorro de dormir se levantó de la cama del dormitorio en el que se encontraba descansando y, con paso lento y quebradizo (sombra de otro decidido del que hizo gala en tiempos anteriores) cruzó aquel pasillo habitado por estantes repletos de volúmenes, recuerdo de toda una vida. Los libros, único lujo de aquella casa austera, delataban a quien los poseía. Muchos de ellos no eran sino copias de obras que él mismo había escrito. En ellos se podía leer como encabezado: “Pío Baroja”. Así pues, el autor, miembro superviviente de la generación del 98 (aunque poco dado a juntarse con otros, dado su carácter huraño), se encontraba convaleciente de una enfermedad que no superaría pero que sin duda nunca conseguiría borrar su nombre como hombre ilustre de letras que fue.
Cuando abrió la puerta y se encontró con el americano, no pudo evitar decir lo siguiente:

-         ¡Coño! ¡Qué hace éste aquí!

Baroja nunca había sentido simpatía por el extranjero. Para él, era un hombretón, a menudo rodeado de prostitutas y repleto de dólares, persona poco seria y muy áspero en el trato.

-         Maestro, he venido a decirle que usted merecía el premio Nobel mucho más que yo. Y mucho más que Unamuno, que Azorín, que Machado, que....

Don Pío le interrumpió haciendo honor a su fuerte carácter:

-         ¡Bueno, pare, pare, que como siga usted repartiendo el premio, vamos a tocar a muy poco!

El vasco había leído su obra más célebre “El viejo y el mar”, y le había parecido francamente aburrida. “Si de verdad quería haber transmitido la sensación de soledad de un pescador en mitad del mar, de veras que lo consiguió. ¡Menudo tostón!” También había leído algunos de sus relatos, entre ellos aquel de “Colinas como elefantes blancos” en el que sin duda no entendió su simbología ni le interesó entenderla. Él, que siempre se había caracterizado por ser un escritor de ideas claras y chocolate espeso, no era muy amigo de aquellos que, en aras de cierta intelectualidad, intentaban con su obra esconder mensajes secretos que les convirtieran en auténticos genios solo degustados por un número reducido de extraños admiradores. Baroja era de la escuela de aquellos que rechazaban cualquier elogio, acabando por ser considerados como “grandes” en su oficio precisamente sin habérselo propuesto. El número de admiradores era inversamente proporcional a la tendencia a huir de lo público de aquellos “humildes”.      

-         Bueno, pase usted, hombre, no se quede ahí…

Hemingway había venido cargado de regalos: un chaleco, unos calcetines, una botella de whisky, y un ejemplar de “Adiós a las armas” con la siguiente dedicatoria: “A usted, don Pío, que tanto nos enseñó a los jóvenes que queríamos ser escritores”.   
Baroja, que no estaba para recepciones, no se cortó un pelo a la hora de regresar a la cama. Hemingway le siguió cargado con sus presentes y, una vez allí, cogió una silla y se sentó cerca del escritor.

-         No se moleste, pero preferiría estar ahora en mi casa de Vera de Bidasoa… No es por usted, es que simplemente echo de menos la vida en el campo. Aquí en la ciudad es como quien está en una lata de sardinas ¿comprende?
-         Si… Yo también soy más hombre de Naturaleza. Las sardinas donde deben de estar es en el agua y no en el aceite… Entiendo que usted se sienta más pececito que hombre…
-         Mi sobrino Julio Caro me ha transmitido de parte del gobierno que debo de renegar de mi ateísmo y creer en la Santa madre Iglesia para ser enterrado en sagrado… Ya ve usted, yo que siempre me quedaba en casa los domingos a trabajar en el huerto en vez de ir a misa… Nunca me gustaron los actos multitudinarios… Sospecho lo que mi amigo Ortega acerca de las masas… Por cierto, ahora que le tengo a usted en frente… ¿Quién demonios le engañó para venir aquí cuando la guerra?
-         Vine en calidad de periodista…
-         Yo acabé hasta la boina de todos y me fui al extranjero… Me parece a mí que usted a lo que vino fue a la aventura… Yo soy hombre de acción pero solo con mis personajes ¿entiende? ¡A mí que me dejen de gaitas!
-         Lo respeto. Yo necesito la adrenalina… Me gusta adentrarme en una selva de África buscando a un león, admiro a los toreros porque hacen del riesgo su profesión… En las guerras también hay mucha valentía que demostrar…
-         Vamos, en una palabra: que le gusta salir de caza. Bien, bien, amigo, es usted hombre devoto de las facultades físicas del ser humano.
-         Me gusta el riesgo…
-         Yo, como Machado, siempre abominé del ejercicio y me dediqué a cultivar solo aquella parte de mi cuerpo con la que podría ganarme la vida: la mente. A pesar de ello, tuve una época de ideales, aquella en la que admiraba a Azorín porque creía que era un anarquista, cuando lo que en realidad demostró ser fue un acomodado al que disfrutaba viendo hacer a otros lo que él nunca se atrevería a hacer…
-         Es usted un sabio…
-         Lo que soy es mayor y ahora me toca hacer recuento de todas estas cosas porque no tengo nada mejor que hacer.


Hemingway veía en Baroja a su maestro al igual que Pekimpah encontró en Cela y en “La famila de Pascual Duarte” inspiración para su cine de acción. Tanto Cela como Hemingway serían los encargados de transportar el féretro con los restos del vasco hacia el cementerio civil el día treinta y uno de aquel mismo mes.

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Itzhak Perlman interpreta la Marcha de "El amor de las tres naranjas" de Sergei Prokofiev

>> lunes, 26 de agosto de 2013

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CRASO ERROR


En la pequeña comisaría apenas cabía aquel grupo reducido de gente. En medio de todos ellos se encontraba el venerable anciano Fermín Lobos. Al parecer, había sido objeto de una denuncia por parte de una joven hermosa, alta y delgada. Una serie de testigos parecían confirmar dicha denuncia (“yo lo vi con estos ojos”). El señor comisario no daba  basto, sumergido como estaba en aquella ceremonia de la confusión. Todos querían hablar o simplemente expresarse antes que el otro, se pisaban dialécticamente hablando, se llevaban la contraria, se amenazaban, todo muy educadamente. Don Fermín no daba crédito a lo que él había provocado, supuestamente con razón. Hasta que no se demostrara lo contrario, él era un presunto culpable y aquella joven, una “presunta” víctima. Por fin, don Eleuterio Domingo, el jefe de todo aquello, trató de imponer el orden.

-         Calma, señores, calma… A ver, por favor, señorita. Cuénteme con pelos y señales lo que ha sucedido.

Todo el mundo quedó de pronto en silencio dispuestos a escuchar a la joven. 

-         Pues ná, ese señó que ha tenío la desfachaté de fartarme ar rehpeto con su forma de actuá… Vamoh, que me he sentío acosá en mitá de la calle, a la luh der día… Ehto señoreh pueden dar cuanta de ello…

La mujer, que por si cabía alguna duda diré que era andaluza, se refería a los testigos. El comisario Domingo escogió a uno de entre la multitud, al más silencioso y prudente (es decir, el único educado). 

-         Muy bien. Por favor, caballero, de usted cuenta de lo sucedido.   

Se trataba de un muchacho de unos veinte años. A diferencia de lo que han venido diciendo las personas mayores desde tiempos antiguos (casi desde Aristóteles), por lo visto existen jóvenes educados en las normas de urbanidad y de buen proceder. Jóvenes dignos de ser respetados y escuchados por quienes se empeñan en meterlos dentro del saco de esa juventud sin valores, maleducada e irrespetuosa. El joven dijo llamarse Tinín, y se expresó en los siguientes términos:

-         Pues verá… Yo vi cómo aquel señor se acercaba hasta la joven por detrás hasta casi tocarla… cómo cerraba los ojos al entrar prácticamente en contacto con ella, en expresión de éxtasis…

El comisario se quedó mirando a don Fermín, esperando que éste se manifestara respecto de aquellas palabras.

-         ¿Tiene usted algo que decir a esto, señor?
-         No. Lo que ese chico ha dicho es verdad. Todo eso sucedió así, pero no como ustedes se imaginan… Reconozco haber sido víctima de un craso error, de haberme dejado llevar por las pasiones… pero, insisto, no es lo que parece.

De nuevo, cundió el desorden. La mujer le miró indignada, no dando crédito a la supuesta caradura del selecto caballero.

-         Tiene usté mu poca vergüenza para los añitos que tiene ¿no le parese?

El comisario la mandó callar.

-         Por favor, continúe contándonos su versión de los hechos.

Don Fermín pareció recuperar la calma al escuchar estas palabras.

-         Se van ustedes a reír, pero en fin, más vale esclarecer los hechos aunque sea uno motivo de burla y chanza… Yo caminaba por la calle O´Donell como hago todas las mañanas. El médico me ha recetado los paseos como única gimnasia a la que al parecer tengo derecho. Además de esto, me ha suprimido todos aquellos vicios que me hacían sentir vivo. El último de ellos, el fumar. Hace un mes que me vi obligado a arrojar, por el mismo agujero por el que tiempo atrás tuve que arrojar la bebida y los dulces, las cajetillas de tabaco. Pues bien, como decía, hoy me encontraba dando un paseo obligado por O´Donell… Y, de repente, veo en mitad de la calle cómo esta mujer, ni corta ni perezosa, abre un paquete de Marlboro y se enciende un cigarrillo. Esto era demasiado para mí… Por si esto fuera poco, el viento soplaba a mi favor y comenzaron a llegarme las bocanadas de humo. Mis pulmones comenzaron a ensancharse y me sentí atraído por este delicioso aroma… Algunos se empeñan en llamarlo del “demonio”… Yo, al oír estas palabras, solo puedo desear irme cuanto antes al infierno. El caso es que, sin comerlo ni beberlo, había acabado arrimado a la nuca de aquella mujer…

-         ¿Insinúa usté que no se sintió atraída por mi físico?- protestó la andaluza, herida en su orgullo.

-         ¡En absoluto! Usted es una mujer de las que ya no quedan… De hecho, usted forma parte de los placeres que me han sido vedados… No obstante, si me hiciesen elegir entre usted y un cigarro… ¡Por favor, no me haga usted elegir!


-         Bueno, asepto su piropo… Y retiro la denunsia…

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REQUIEM POR SCHÖNBERG

>> domingo, 25 de agosto de 2013



Dibujo que representa a Schönberg, con el cuarteto Kolisch, fundado por su alumno Rudolf Kolisch. 



Durante muchas noches de mi infancia y adolescencia, nuestra casa familiar tuvo como huésped al que sería uno de nuestros grandes amigos: Juan María Esteban. Por aquel entonces, yo me encontraba cursando estudios de violín y había entrado en una orquesta que él mismo había fundado. Mi padre ostentaba el cargo de “archivero” de la misma, e incluso realizó alguna que otra sustitución a la batuta. Su amistad venía de lejos. Había una pequeña academia musical llamada “Clara” en el barrio en el que vivimos hasta que cumplí los nueve años. Mi padre había acudido a recibir clases de flauta y había conocido allí a Juan, al que tuvo como profesor. Acababa de regresar de Munich, donde había ido a estudiar dirección orquestal con profesores de la talla de Sergio Celidibache. Cuando creó la “Fundación Mozart” con la idea de crear una orquesta infantil (algo que por entonces resultaba totalmente novedoso en Madrid y en España), mi padre fue uno de los primeros a los que llamó al creer que yo podría encajar dentro de ella. Sería bautizada como “Orquesta Amadeus”. Mi padre lo habló conmigo y yo acepté. Tenía nueve años. Hasta que cumplí los diecisiete permanecí en ella y durante aquellos ocho años de experiencia fueron interpretadas partituras de lo más variopintas: desde la “Música de los reales Fuegos Artificiales” de Haendel o el “Romeo y Julieta” de Tchaikovsky hasta la banda Sonora de “La Guerra de las Galaxias” o el “American Patrol” de Glenn Miller. De Juan nos fascinaba no solo su talento o su maestría sino sus conocimientos, que iban más allá de los musicales. Que Juan acudiese a nuestra casa para cenar era para mí un gran acontecimiento. Era famoso su particular y genuino sentido del humor, que lograba arrancarnos carcajadas en la mayoría de las ocasiones. Entre broma y broma, nos hablaba de literatura de cine, de pintura… Por su boca conocí nombres que hasta ahora me habían sido vedados. No digo que en mi casa no hubiese un ambiente cultural propio para mi aprendizaje, pero era evidente que mi inquietud como “curioso” me exigía escuchar más voces, no solo las “autorizadas” por consanguinidad. Antes de Internet, imagino que el aprendizaje llegaría por vías como los libros de ensayo, allí donde poder encontrar todo tipo de sugerencias realizadas a su vez por los escritores en cuestión, otros curiosos en potencia. Los lectores acudían a esas fuentes enunciadas como propuesta, saltaban de libro a libro (algo así como un “clickear” con el ratón de un enlace a otro en la actualidad cibernética). En este caso, yo me afanaba en buscar fuera, cuando lo que ansiaba estaba dentro de mí. Necesitaba encontrarme, detenerme en alguno de esos lugares a los que visitaba como cotilla.


Anton Webern y Alban Berg, alumnos de Arnold Schönberg


Era evidente que Juan tendía a hablar de autores alemanes debido a su formación en el país germano: “Franz Kafka”, “Thomas Mann””, “Hermann Broch”, “Heinrich Böll”, “Günter Grass” en literatura; “Oskar Kokoscha”, “Walter Gropius”, “Wassily Kandinsky” en pintura y arquitectura; “Werner Herzog”, “Volker Schlöndorff” en cine;  “Gustav Mahler”, “Alban Berg”, “Arnold Schönberg” en música… Toda una época, su siglo veinte, que se conocía al dedillo. Poco a poco fui comprendiendo el afán alemán por intelectualizarlo todo hasta volverlo abstracto. Lo comprendí, aunque en muchos casos me mostraba reacio a tolerarlo. Se había pujado por despojar a la estética de todo aquello que resultase “barroco” o compuesto de floritura. No comprendía cómo Gropius podía escribir tratados de arquitectura considerando casi “delito” lo ornamental. Esa búsqueda de lo esencial (menos es más) había acabado desplazando lo estético sentimental por lo estético racional. Los sentidos tenían limitada su capacidad para expresarse ante muchas de aquellas obras. El arte, al haberse convertido en un enigma y a su vez en sus propias instrucciones de uso (un papel lleno de cifras y letras), había conseguido hacer sentirse ignorante a los espectadores en su mayoría.
Recuerdo cuando mi padre dijo con humor respecto de Schönberg: “Seguramente compuso algún pasodoble estando borracho”. Como él, nunca he sido capaz de comprender la música contemporánea. Sin duda, Schönberg buscaba avanzar en la música, pero lo único que consiguió fue mostrar su armazón, la estructura que la conformaba. Consiguió que fuéramos conscientes de ello.
En 1911, Egon Wellesz trató de explicar lo que para él representaba la música schönbergiana: “La melodía, en la que podemos seguir un sutil movimiento del sentimiento, está compuesta de muchas pequeñas partículas motívicas entremezcladas, similares a las manchas de color de un cuadro impresionista. De cerca, parecen dispuestas unas al lado de las otras sin orden alguno, pero, si se toma una vista de conjunto, esos motivos se ordenan orgánicamente en la “melodía infinita’ de la pieza, que está al mismo tiempo ligada de manera intrínseca a la forma. El progreso técnico que representa este nuevo arte consiste en que el contenido recubre la forma, y no se trata de exponer temas o motivos de los que a continuación se extraigan consecuencias, sino que cada parte motívica está cerrada en sí misma y, pese a ello, se funde con las demás en una unidad superior”.
Muchos de los postulados de Schönberg encontraron apoyo y desarrollo en la amistad que el compositor mantuvo con el arquitecto Adolf Loos, el cual apostó por el músico llegando a invertir dinero en su carrera. La afirmación “La música no debe adornar sino ser verdadera” pronunciada por Schönberg, debe parte de su autoría al pensamiento estético de su camarada. 
Beatriz Aguilera, otra de las personas de las que puedo presumir conocido (una persona que me honra con su amistad) me dijo en una ocasión: “La música contemporánea hay que estudiarla para comprenderla”. Ella por entonces venía a casa a recibir clases de dirección de mi padre, pues se estaba preparando para un examen en el real Conservatorio de Atocha. Yo entiendo que la música, como otras artes, debe de entrar por las venas más que por los ojos, debe hacernos palpitar. Cuando hay que someterla a estudio, ponerla bajo un microscopio y diseccionarla, tengo la sensación de que algo no está funcionando bien. Volviendo a las palabras de Schönberg, tal vez esa “verdad musical” deba de ser recibida por nuestros oídos sin necesidad de ninguna muleta que apoye la propia audición. Quizá esta “verdad” no esté a la altura del melómano actual, esto es algo que me he planteado en diversas ocasiones. Quizá “no estemos preparados para valorarla todavía”.   
José Ramón Encinar, que se crió con mi padre cuando eran niños y han mantenido su amistad hasta este momento, tuvo la oportunidad de hablar con él en diferentes ocasiones acerca de la cuestión musical. Una vez, José Ramón le habló de su tarea como compositor. Mi padre no comprendía que todos los días se sentase de tal hora a tal hora y se pusiese a escribir sobre el pentagrama. Él creía que la música debía ser cuestión de inspiración y no de trabajo diario, como si siempre pudiéramos estar lúcidos.
La música culta actual parece no haber sido capaz de renovarse. Atrapada en su propia estructura, sigue resultando ininteligible para muchos (para todos aquellos que no han tenido la suerte de estudiarla y comprenderla en su forma teórica, allí donde cobra sentido). No obstante, soy consciente de que muchas de las críticas dirigidas a este arte por su elitismo vienen precisamente de cierta irracionalidad acompañada de una gran dosis de prejuicios. Por eso, para criticar, debería al menos de tratar de conocerse el objeto de la crítica.

Caricatura de Schönberg pintando


Schönberg no compuso nunca un pasodoble, pero sí música “inteligible”. En su periodo pre-dodecafónico de juventud, experimentó con una música influida por los grandes románticos alemanes. Mahler, Bruckner e incluso Wagner parecen florecer en partituras como su “Guerrelider”. Todos los artistas han de conocer las reglas del arte para después romperlas. Recordemos la primera etapa de Picasso e incluso sus retornos a lo clásico en sus años posteriores. Como Picasso, tambien Schoenberg experimentó en el mundo de la pintura. Ambos tenían en común que no querían parecerse a otros, que querían innovar, mostrar un nuevo camino en sus artes. Demostrar que era posible. Ya bien desde la teoría o la práctica, investigaron nuevas formas de expresión, las perfilaron para demostrar que podían ser posibles y aceptadas, tardasen el tiempo que tardasen (Picasso, ante su retrato de Gertrude Stein, afirmó que si no se parecía a la retratada “ya se parecería”).
Tuvieron que enfrentarse a todo tipo de críticas antes de que el público acabase viendo como “normal” su trabajo (o, al menos, no tan “escandaloso”). Si Walter Benjamín no hubiese abierto un nuevo camino en las formas de escritura teóricas, quizá el tipo de textos que en este momento usted está leyendo estarían catalogados como una simple broma de mal gusto indigna de cualquier canon literario.
Si Walter Benjamín no hubiese abierto un nuevo camino en las formas de escritura teóricas, quizá el tipo de textos que en este momento usted está leyendo estarían catalogados como una simple broma de mal gusto indigna de cualquier canon literario.

Autorretrato de Schönberg

Kandinsky dijo: "Schönberg no pinta para representar algo bonito o seductor sino que pinta sin ni siquiera pensar en la propia pintura". El ruso sabía lo que decía, puesto que él realizó el camino inverso del alemán, tratando de encontrar mediante la sinestesia ese lugar que sin duda debía ocupar la música dentro de la pintura. En los cuadros creados por Schönberg se advierte el mero placer de la propia acción pictórica, esa búsqueda sensorial mediante la materia, el trazo y la forma, ese alma que las hacía vibrar. Sus trabajos llegaron a interesar a los compañeros artistas del músico, de modo que llegaron a  formar parte de exposiciones de la categoría de las del grupo expresionista “El Jinete azul” (formado por el citado Kandinsky y Franz Marc).
En una ocasión, Schönberg declaró al respecto: “Mi pintura y mi música no tienen nada en común. Mi música es el resultado de una teoría puramente musical y sólo debe ser valorada tomando en cuenta su naturaleza musical”. Estas declaraciones fueron realizadas el mismo año en el que se produjo quizá uno de sus conciertos más “sonados”: el que tuvo lugar el 31 de marzo de 1913 en la sala del Musikverein, cuando Schönberg dirigió su Sinfonía de cámara, además de obras de sus discípulos Alban Berg y Anton Webern.
Así describe Esteban Buch en su libro “El caso Schönberg” la atmósfera vivida en aquel día, el día denominado como del “Skandalkonzert”: “Risas sarcásticas, silbidos, abucheos, agravios... Webern, fuera de sí, vociferando insultos; Berg, aparentemente paralizado en un rincón; Schönberg, exasperado y amenazando desde lo alto del podio con expulsar a los alborotadores, una bofetada descrita como el acorde más perfecto de la velada, las vanas tentativas de un comisario de policía para restablecer la calma, una sala sumergida en la penumbra. En síntesis, el caos, prolongado además por una intensa polémica en la prensa y dos procesos judiciales”.

"El próximo concierto de Schönberg en Viena", caricatura aparecida en el periódico" Die Sonntags-Zeit" en 1913


Cuando los nazis obligaron a Schönberg a exiliarse de Alemania, sus obras entraron a formar parte de la “música degenerada” expuesta en la Entartete Musik, en la famosa exposición de Düsseldorf, cuyo comisario declarará que la música atonal del judío Schönberg niega “el elemento indudablemente germánico que es la tríada, y en términos más generales, las leyes fundamentales del sonido”.
Schönberg aprendió de los clásicos y los disfrutó, de eso no me cabe duda. Pero él era un teórico y le interesaban esas nuevas formas aún desconocidas de la música. Jugó con ellas y las transmitió a sus alumnos, entre los que podemos encontrar a Alban Berg o Antón Webern, e incluso a Roberto Gerhard, compositor español de orígenes franceses que también indagó en los orígenes de la música (tuvo como maestro a Felipe Pedrell, que realizó una exhaustiva investigación de corte casi arqueológico sobre la historia de la música antigua española, recopilando canciones populares de diferentes lugares de la geografía desde la etapa renacentista, para finalmente iniciar lo que vino a llamarse el movimiento nacionalista- integrado por personas de la talla de Albéniz, Granados, Turina o Falla) para acabar siendo uno de los pioneros en el uso de la música electrónica.


Roberto Gerhard y Felipe Pedrell


La música “serialista” o “serialismo” tuvo en Boulez o en Messiaen a sus últimos defensores oficiales. En la actualidad, se ha venido desarrollando una música que, sin poseer un nombre claro, ha tratado de ser un intento de desarrollo de esta misma que no ha conseguido cuajar en nada, resultando ser solo una apropiación o una personalización de aquella en manos de cada uno de los compositores que la han utilizado para su trabajo. 

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DE NUEVO


Poco a poco,
contra mi voluntad,
fuiste borrando tus rasgos
y dejando extinguir mi cariño.
Desprendiste tus palabras de mi diccionario.
Poco a poco, te alejaste paso a paso
dejando de reconocer mi voz,
que dijo tantas cosas.

Poco a poco,
he tenido que ir acostumbrándome a mi individualidad
yo, que no soporto estar aquí encerrado.
Ya no existe en tu geografía mi mapa
olvidado por tantas manchas de vino.
Ya es noviembre pero solo ahora siento su frío.
Juré una vez más que no volvería a suceder
y una vez más, he reconocido esta melodía popular.

Solo deseo no haber sido un mero transeúnte
en ese camino que recorres a diario,
solo deseo haber aportado un recuerdo
digno de no olvidar todavía...
Si todavía puedes creer que no fue vano
lo que día a día compartí contigo
espero que mi nombre sea hoja verde
y no seca, pisada o arrastrada por el aire.

Así te estimé, inamovible como un tronco.
de raíces profundas y alargadas, quise creerlo.
Una tierra que ya no se remueve,
tantas veces mareada a golpe de azadón.
Horizontal, reposando a mi lado del camino,
traté de olvidar que podías ser también vertical.

Ahora, sé que eres como una melodía impresionista,
porque tu belleza reside en esa tristeza que la compone,
una refinada pieza artística que nadie puede poseer.
Libre como el aire que te lleva, aún creo oírte
a pesar de que cada vez suenas más remota
como una nota que vibró y que ahora nadie toca.

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"No sabes ser feliz". Hugo González Aroca y Javier Mateo Hidalgo

>> jueves, 22 de agosto de 2013

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Ensayo de música en el estudio del artista "Gilfer" (Con Hugo González Aroca y Santi Gil Dueñas)


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"Variaciones enigma" de Edward Elgar (Primer movimiento). Director: Leonard Benstein

>> sábado, 17 de agosto de 2013

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BODA EN CINEMASCOPE

>> jueves, 15 de agosto de 2013


Quedaban diez minutos para que diese comienzo la ceremonia. Estaban todos colocados en sus respectivos sitios: los suegros, los cuñados, los tíos y sobrinos, los primos cercanos y lejanos, los amigos. Por estar, estaba hasta la novia. Sólo faltaba él. Todo el mundo se preguntaba qué es lo que le podía haber sucedido. Uno dijo: “Yo le vi llegar, lo juro…” Otro “Con lo puntual que es y lo serio para estas cosas…” IY siempre estaba el que no se cansaba de repetir aquello de “No lo entiendo…”
Adolfo no estaba tan lejos. Se encontraba fuera de la ermita, con su compañero de trabajo de la tienda de revelado. Los dos estaban correctamente vestidos con sus fracs y hasta su flor en el ojal. Adolfo se encontraba dándole órdenes a su amigo Jaime, el cual portaba una pequeña cámara de video y se encontraba filmando unos planos.
-         Ahora saca uno de los jardines desde esta parte, con el nogal en primer plano… Eso es, que quede perfectamente encuadrado el camino a la rosaleda…
-         Adolfo, creo que deberías de entrar ya… No te preocupes, que yo te sigo y grabo todo lo que pase… Ya sabes, en plan travelling…
-         ¡Pero qué dices! ¡Estas cosas hay que hacerlas bien o no se hacen! ¿No ves que si no sale no puede volver a repetirse? ¡Es una película rodada en una sola toma! Cinema verité ¿comprendes? Ya verás, va a quedar una película estupenda…
-         Si yo no digo que no… Pero el protagonista tiene que estar donde tiene que estar… Si no, el guión puede cambiar…
-         ¿Qué va a cambiar? ¡Está todo controlado!
-         Adolfo, por favor… Entra en la iglesia ahora mismo.
-         Está bien, está bien… Pero recuerda las indicaciones que te he dado.
-         Que sí, que sí, joder… ¿Quieres marcharte ya?
Adolfo lamentó que la música de órgano hubiese comenzado a ser interpretada. No le quedaría más remedio que meterla en montaje, en plena fase de posproducción. No había cosa que más le molestase que tener que falsear la realidad. Finalmente entró, con Jaime discretamente siguiéndole cámara en mano.
Los invitados no podían dar crédito a lo que estaba sucediendo. Adolfo comenzó a caminar de forma extraña, tratando de que Jaime pudiese captar sus movimientos yendo a su ritmo. Se colocó frente al altar, al lado de su futura esposa, arrodillándose en el reclinatorio.
El cura comenzó su discurso.
-         Perdone padre, pero… ¿le importaría volver a empezar? Mi compañero me está dando indicaciones de que se está quedando sin batería y tiene que reponerla… Será cuestión de un momento solo… Espere ¿eh? Ya, cuando quiera.
-         Estamos aquí reunidos para celebrar la feliz unión entre nuestros hermanos Eva y Adolfo…
-         Perdone de nuevo. Repita nuestros nombres para que mi amigo le pueda sacar un primer plano… Luego, lo vuelve a decir pero saliendo nosotros con su voz de fondo…
El suegro de Adolfo no aguantó más y tuvo que poner orden:
-         ¡Adolfo, hombre, que esto es una cosa seria! Déjate de bobadas, luego si quieres venimos otro día y nos grabas aparte, pero hoy guarda la cámara, anda…
-         Señor Justo, si va a ser cosa de un momento…
La mujer de don Justo intervino tratando de conciliar posturas:
-         Mi marido te lo dice con razón… No es por nosotros… ¡Mira cómo tienes a Eva, que está a punto de llorar!
Y Eva habló:
- ¡Adolfo, por Dios! Dile a tu amigo que apague la cámara o se la rompo yo de un golpe…
Jaime había dejado de grabar hacía tiempo. Todo este material último filmado solo serviría de tomas falsas. Pero Eva no dejó de hablar.
-         ¡Me tienes hasta las narices con tu afición por el cine! Te lo he permitido todo este tiempo porque estaba enamorada y ya sabes las tonterías que se consienten estando en ese estado… ¡Pero lo que no esperaba es que llevaras esto hasta las últimas consecuencias!
Adolfo tardó un momento en reaccionar:
-         ¡Jaime, por Dios! ¡Tenías que haber grabado esto! ¡Esto sí que es real, dramatismo puro!

Eva se levantó, le soltó un tortazo a Adolfo y se marchó de la iglesia. El organista comenzó a tocar algo para tratar de quitar dramatismo al asunto. Una pieza ligera, un número de “El sueño de una noche de verano” distinto al de la Marcha Nupcial antes interpretada.  

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NUIT D´ÉTOILES

>> miércoles, 14 de agosto de 2013


Aquella tarde, las puertas del presidio se abrieron y Pascal salió al fin libre, tras treinta años cumplidos de pena. Con sus cincuenta años, no tenía la más remota idea de qué iba a ser de su vida. Había pasado más tiempo de su vida entre rejas que fuera de ellas aprendiendo a sobrevivir. Por primera vez tuvo conciencia de lo cruel que podía ser la libertad. Comenzó a echar de menos los cuidados de sus carceleros, que durante todo este tiempo habían estado dándole de comer, cambiándole las sábanas y facilitándole todo tipo de entretenimientos (lectura, música, tabaco, etcétera). Apenas recordaba el momento en que fue apresado cuando contaba tan solo con dieciocho años. Su memoria había borrado prácticamente todo lo que le había acontecido más allá de aquellas cuatro paredes grises y húmedas de su celda. Todo sucedió por un robo. Tenía hambre y en su casa no había comida. Su madre, impelida en la cama y su padre muerto cuando él cumplió nueve años. Como un cuento de Dickens…
Con la muerte de su madre, perdió lo que le quedaba de familia.
¿Dónde ir?... ¿Cómo vivir? (tal vez esta pregunta la única importante).
Caminó por aquel sendero de árboles, alejándose de aquel edificio que nunca había tenido oportunidad de ver desde su exterior. Ahora poco o nada le importaba cómo era su fachada. Había cambiado por completo su manera de entender las cosas, porque aquellas con las que había convivido ya no existían, pertenecían a un mundo del que había sido desahuciado. A partir de este momento sólo podía pensar como un hombre libre. Un hombre libre en peligro. Debía de tratar de sobrevivir en otro sentido, en el sentido en el que sólo él era dueño de lo que le sucediera.
Se estaba haciendo de noche. Pascal caminaba sin convencimiento, desconociendo el destino al que se dirigía. “Mamá Estado” le había pegado la patada.
Hacía tiempo que el sendero se había convertido en un bosque profundo. Si ahora él sufría un accidente y corría peligro de muerte, nadie acudiría en su ayuda puesto que nadie le vería ni oiría. Era como si un agujero negro se lo hubiese tragado, haciéndole desaparecer del resto del mundo. Aquel bosque le había desamparado a la vez que le acogía como una nueva madre, “Mamá Naturaleza”.
¿Qué aspecto tendría? En la cárcel se olvidó de los espejos (es posible que ellos ya hubieran olvidado cómo reflejado, al haber perdido práctica con él). Su cabello había crecido casi hasta engullirlo, poseyéndole. Había olvidado también cuándo se había cambiado de ropa por última vez. Por perder, había perdido casi el sentido del olfato, siendo esto de agradecer pues así no tenía que convivir con su fuerte olor corporal. El color de su vestuario había mutado respecto de cómo era originalmente. La camisa blanca era ahora parduzca y se había adherido a su cuerpo, siendo casi su nueva piel. Era un sonámbulo, alguien al que le había sido arrebatada su personalidad. A cambio, lucía otra en la que no se reconocía.
Sus pies se detuvieron. El bosque despareció por un instante, abriéndose a un claro de hierba que parecía recién cortada. Pascal salió de la oscuridad de la frondosidad y se entregó a aquella extraña claridad nocturna de aquel campo mágico. ¿De dónde proveía la luz? Al mirar hacia arriba, se encontró con un cielo estrellado. Para verlo mejor, se tumbó sobre la hierba, húmeda y olorosa… ¡Había recuperado la capacidad de reconocer olores! Colocó sus brazos por debajo de su cabeza, haciéndoselos servir como de almohada. Sintió cómo una ligera brisa lo refrescaba en aquella noche de verano. Alguna hormiga comenzó a subir por sus manos, llegando hasta su cabeza, donde probablemente acabó escondiéndose entre su “maleza capilar”.

Aquella noche plagada de motas lumínicas se le antojó de repente como una señal. Era como un intermedio, una tregua para el descanso. El tiempo había parecido detenerse. Ya no le preocupaba el mañana. Una sensación de calma le invadió, una paz interior imposible de describir. Sus músculos prietos se destensaron y cerró los ojos.    

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SI PABLO IGLESIAS LEVANTARA LA CABEZA…

>> martes, 13 de agosto de 2013

Santuario de la Vírgen del Puy, en Abárzuza

En el año 1085, unos pastores de Abárzuza vieron cómo unas estrellas refulgentes caían sobre un cerro próximo a Estella. Curiosos, fueron hasta el lugar que los astros indicaban. Llegaron hasta una gruta cubierta de matorrales y espinas. Las noches siguientes, se repitió aquella extraña lluvia de estrellas, lo que hizo que aquellos hombres acabaran por entrar en aquella gruta. Dentro de ella encontraron la talla de una virgen sosteniendo en la mano izquierda a su hijo. Al parecer, había sido escondida allí en tiempos de la invasión musulmana. Sorprendidos, los pastores decidieron dar parte al clero y éste avisó de la noticia al obispo de Pamplona don Pedro de Roda, quien a su vez se lo comunicó al rey Sancho Ramírez. Nada más enterarse, dejó las tropas en Toledo y acudió a ver y a venerar la milagrosa imagen. Para facilitar su culto, dio orden de trasladarla a la parroquia más próxima, la de San Pedro de Estella, pero fue imposible moverla de su emplazamiento. Así pues, se convencieron de que era su voluntad permanecer allí y el rey decidió construir allí mismo una capilla. El nombre del Puy se lo dio por el lugar donde se había encontrado, es decir, un cerro, eminencia o Pueyo.  
Este maravillosa historia, que me fue contada de niño, quedó impresa durante todo este tiempo en mi memoria unida a otra, relacionada con la misma Virgen. Cuentan que unos ladrones trataron una noche de robar la talla. Entraron en la iglesia y la desencajaron de su altar. Por obra de milagro, aquellos hombres no consiguieron salir de allí y se pasaron el resto del tiempo hasta que se hizo de día dando vueltas en círculo en torno al recinto. Cuando fueron apresados, el castigo fue ejemplar: cortaron sus manos y las expusieron al público para evitar que alguien más tuviese una ocurrencia parecida a la de aquellos ladrones.
En los primeros años de carrera en Bellas Artes, mostré cierto interés por toda la cantera de escultores españoles de vanguardia: comencé a estudiar a Gargallo y a Julio González, luego llegaron Victorio Macho, Mateo Hernández y Emiliano Barral y terminé con Pablo Serrano y Jorge Oteiza. De entre ellos, me llamó la atención un episodio de la vida de Barral que tuvo lugar a propósito de una de sus últimas esculturas. Barral fue uno de los escultores más comprometidos políticamente hablando, lo que evidentemente repercutió en el tipo de obra que decidió realizar como artista. La figura de Pablo Iglesias estuvo estrechamente ligada a su vida, desde el momento de la muerte del líder político. Barral no solo fue el encargado de elaborar su máscara mortuoria en 1925, sino que además cinco años después, en 1930, colaboró con el arquitecto Francisco Azorín para la construcción del mausoleo del fundador del Partido Socialista de Madrid y de la Unión general de Trabajadores. Se sabe que Barral llevaba afiliado al partido desde 1929 (año en que comienza a figurar dentro de las listas).
Como punto final a dicha trayectoria, el 3 de mayo de 1936 (año del inicio de la guerra civil) fue inaugurado en el Parque del Oeste el monumento a Pablo Iglesias, que el escultor realizó en colaboraron con el arquitecto Esteban de Mora y el pintor Luis Quintanilla.
Barral murió durante el cerco de Madrid por parte de las fuerzas de Franco, victima de la metralla de un obús de mortero, cuando se encontraba en el barrio de Usera, en calidad de miliciano, acompañando a un grupo de corresponsales extranjeros que acudían a la primera línea de fuego. 

Emiliano Barral posando con la cabeza de Pablo Iglesias

Tras la contienda, su monumento a Pablo Iglesias fue destruido De la obra destacaba el busto del homenajeado, de más de un metro de alto y labrado en granito gris. Éste, se salvó “milagrosamente” gracias a unos hombres que, arriesgando su vida, lo enterraron una noche en los Jardines de Cecilio Rodríguez, en el parque del Retiro. Durante más de cuarenta años, la cabeza granítica de Iglesias permaneció bajo tierra sin que nadie salvo quienes la enterraron tuviesen constancia de ello. Solo un mapa elaborado con motivo de dicha acción indicaba el paradero de dicha obra.
Tras la muerte de Franco, el legajo fue confiado a una serie de miembros del Partido Socialista, entre los que se encontraba Alfonso Guerra, quienes acudieron al lugar en cuestión para sacar a la luz la efigie y llevarla hasta la Sede del partido, lugar en el que se encuentra en la actualidad. Desde allí, el cabezón de don Pablo ha visto cómo su partido ha ido declinando poco a poco, convirtiéndose en una sombra de lo que fue. “Si don Pablo levantara la cabeza…” Bueno, en este caso se la levantaron, se la desenterraron, pero no fue suficiente. A determinados políticos debería de causarles impresión pasar por la sede del partido y sentirse observado por el fundador del mismo, como preguntándose “¿qué habéis hecho con mi legado?”. Quizá fueron aquellos tiempos del pasado mucho más íntegros, tiempos en los que las personas estaban dispuestas a arriesgar sus vidas por la causa. Ahora, en la actualidad, nos vendemos por un plato de lentejas, como los personajes bíblicos.  
La afición que tenemos por destruir nuestro patrimonio histórico artístico, no ya como efecto colateral de la guerra sino como acción ideológica, se remonta a tiempos inmemoriales. Desde que el hombre es hombre, antes de la consolidación de “España” como tal (recordemos el tiempo de las invasiones, donde el sentido de la palabra “arrasar” se llevaba hasta sus últimas consecuencias). Somos individuos cainitas, tendemos a devorarnos mutuamente. Siempre hay quien decide permanecer con la mente fría y tratar de salvar en la medida de sus limitaciones aquello que puede acabar siendo pasto de las llamas.
En las dos historias que aquí he mencionado, son evidentes sus nexos de unión: se produce una “invasión”, fruto de la cual se destruye ese pasado, ese mundo anterior. Dentro de este contexto, existen quienes deciden hacer uso de esa mente fría y salvar su cultura, aquello que admiran, por lo que profesan ciertas creencias. El método es el enterramiento como forma de desaparición temporal, hasta que las aguas se calmen. Después, se produce un milagro (divino o profano) y lo oculto se vuelve a hacer visible.

El "fusilamiento" del Sagrado Corazón

Volviendo a la primera historia, cabe recordar otro episodio de nuestra guerra más reciente: En 1936, un grupo de milicianos, en un acto puramente ideológico, decidió “fusilar” al Cristo del monumento del Sagrado Corazón en el Cerro de Los Ángeles. La obra corrió la misma suerte que la de Barral, en este caso fruto de la ira anticlerical desatada ya desde los años de la República. La acción, irracional como casi todas las llevadas a cabo en aquellos tiempos, pudo estar en cierto modo justificada por los siglos y siglos de esa opresión a la que fue sometido el “pueblo” por parte de los altos mandatarios, entre los que se encontraban aquellos que representaban a la Iglesia. Una agresión en sí cobarde, como pudo serla aquella otra del monumento a Iglesias, pues lo que se atacaba al fin y al cabo era a los ideólogos de un partido o de una religión, cuando en realidad los “culpables” eran aquellos otros que fueron tergiversando poco a poco esas ideologías originales y puras, a mi juicio.

Lo mismo que Iglesias, la figura de Jesucristo enrojecería al ver lo que los hombres han hecho con su mensaje. Recordaría su palabra y trataría de compararla con la situación actual, tras lo cual no le quedaría otra salida que reconocer el fracaso de la misma. Vivimos tiempos “apocalípticos” donde parecen casi imposibles esos vientos que tanto se imploran: los de renovación.

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CONSTRUYENDO LA MEMORIA

>> domingo, 11 de agosto de 2013


El maestro "Francisco Alonso"

Las imágenes del pasado retornan convertidas en pura poética para la mente, que las evoca con el fin de disfrutarlas. Recuerdos aparentemente imborrables pero que, con el paso del tiempo, van reconstruyéndose hasta tal punto en que uno no recuerda si acontecieron o han sido un simple fruto de la invención.
En algunos casos, intervienen una serie de factores externos, pero que acabamos acreditando como voces autorizadas que dan credibilidad a lo rememorado. Un familiar, un amigo, alguien que en definitivamente estuvo presente en aquellos momentos pretéritos.

Con la figura del “historiador involuntario” hago referencia a ese individuo con una especial preferencia a lo sinestésico, es decir, a dejarse evocar por sensaciones ajenas a él para conformar una realidad que no pudo vivir y que, sin embargo, es visualizada por él como si hubiese estado en ella presente.
Pasear por un lugar que destila historia, por ejemplo, la Puerta del Sol de Madrid, y dejarse deleitar por toda una serie de atmósferas que moran dentro de uno, fabricadas con el paso de los años. El propio entorno ha cambiado bastante desde la primera vez que lo vi, yendo de camino con mi abuelo hacia la Plaza mayor para ir a ver los puestos de Navidad. Un lugar siempre transitado, pero paradójicamente más tranquilo tiempo atrás. En unos pocos años, ha sido convertido en punto de reunión para todo tipo de manifestaciones, de corte político en su mayoría. Actos éstos que se han ido haciendo cada vez más numerosos, hasta llegar a convertirse en excesivos. Recuerdo una época anterior en la que las personas no estaban tan crispadas, término éste puesto de moda precisamente por los propios políticos. Quizá ha sido la propia política la interesada en remover pasiones y estados de ánimos en su ciudadanía, en hacer evidente que el hombre es un “animal político” (“animal” con mayúsculas). En la situación actual, existe un desencanto y un malestar por la clase política: por un lado, se ha dejado de creer en ella como solución a los problemas sociales, colocándola sin embargo como principal provocadora de los mismos.
Hubo un tiempo de paz social, no hace mucho como ya digo. La calle era un lugar de paso y no un espacio que habitar. La gente antes era una masa gris, ahora es un foco de atención, un gran párrafo subrayado.
Cuando uno es niño se encuentra desprovisto de toda ideología política, se desconoce la importancia que ésta tiene en el funcionamiento de las cosas. Vive inconscientemente, protegido por la familia, que en muchos casos le protege de todo aquello a lo que después debe de enfrentarse, más tarde o más temprano.
La generación actual de jóvenes, quizá la más preparada en cuanto a formación se refiere, es quizá la más desamparada. Creció sobreprotegida y ahora, en una época tan delicada como la que le ha tocado vivir, es quizá la que menos preparada se encuentra para sobrevivir debido a esta educación tan consentida. Una juventud que no ha padecido carencias de ningún tipo, a la que se le prometió un futuro extraordinario: Estudiando y formándose, podría optar a un trabajo, a un sueldo… Todo ha sido convertido en aire. Ahora, hasta un ingeniero gana más de camarero que pudiendo dedicarse a su verdadero oficio. Se ha producido una fuga de cerebros, el talento se auto-exporta para poder sobrevivir allí donde se le valora.
Todo esto no existía en mi infancia. Fue un momento bueno en todos los sentidos. Nada parecía pronosticar esta actualidad tan descarnada.
Por La Puerta del Sol parece no haber pasado el tiempo en sus edificios… Todo ha permanecido inalterable (salvo el emblemático cartel de “Tío Pepe”, que fue desinstalado del edificio en el que pasó casi un siglo debido a una serie de obras en el mismo). Así me la imagino, teñida de un blanco y negro al que se debe recurrir si se quiere recordar hace más de cincuenta años (las fotografías y películas obligan a ello, mi única herramienta visual con la que poder viajar hasta esa época).
A finales de los años treinta, llegó mi abuelo (aquel que me llevaba a la Plaza Mayor cuando yo era pequeño) subido a una camioneta, después de la guerra. Fue la primera ciudad que vió tras la contienda. Viajaba con sus compañeros y se encontraba rebosante de alegría. Ahora tocaba disfrutar después de tanto tiempo preso por la terrible contienda (“perdí los mejores años de mi vida en ella”). La Calle Sevilla, perpendicular a la de Alcalá, justo donde ahora se encuentra el monumento al compositor Francisco Alonso, autor del famoso pasodoble-marcha “Banderita”, con el que desfiló mi abuelo tras el final de la guerra. El autor figuró entre sus músicos de cabecera por siempre. Quizá la obra que más le gustaba de él fuese, junto a “Las leandras”, “Me llaman la Presumida”. De aquella zarzuela, el número que más disfrutaba era su “Fox-Trot”, una canción en la que la mujer defiende su libertad como mujer moderna ante un “pollo” madrileño. Y es que lo que tocaba en aquel momento era dejarse llevar por la música, danzar con ella en las salas de fiesta de moda, como el “Pasapoga”. A pesar de llegar los bailes importados del extranjero, como el ya citado fox-trot, siempre quedaba el chotis, el bolero o el pasodoble.

Interior del Teatro Coliseum
También estaban los teatros, adonde se iban a ver las obras de Alonso (músico alegre donde los hubiera) o de Guerrero. El “Coliseum” fue el edificio que encargó construir este último compositor, un pequeño Teatro de Bayreuth como el de Wagner, un capricho más modesto donde representar sus composiciones. Una vez, mi abuelo se encontró con él yendo en autobús y le dijo: “Maestro, voy a su teatro a ver su revista”. Las revistas, con sus números de variedades, venían a sustituir a las zarzuelas, aportando un ambiente más modernizado, como de music-hall. Mujeres desfilando al son de la música ataviadas con el mínimo de ropa, luciendo sus plumas como presumidos pavos reales. “Cinco minutos nada menos”, “La blanca doble”… Obras que después me hizo escuchar mi abuelo. Un día, vino a recogerme al colegio tras una clase de educación física en el patio, donde jugamos unos partidos de fútbol (yo acababa siempre de portero o, mejor dicho, me acababan poniendo de portero por mi miedo a recibir patadas en el juego, y aún así me quitaba de la portería cuando alguno trataba de meterme gol, por miedo a recibir un golpe en el pecho del balón). Era época de notas y yo estaba contento por haber obtenido buenas calificaciones. Quizá como premio, mi abuelo trajo un regalo bajo el brazo: había comprado en el Corte Inglés unos CD con todas estas revistas (grabaciones todas de época, con el inconfundible sonido de disco pizarra). Los escuché una y mil veces, hasta casi rayarlos (si esto hubiese sido posible, pues éstos los leía un láser y no una aguja).
Yo pasé mucho tiempo de mi infancia en casa de mis abuelos paternos. La mayor parte del tiempo me lo pasaba en “la habitación de la música”, una estancia en la que mi abuelo tocaba la flauta, repasaba una y mil veces las mismas partituras que le habían acompañado durante casi toda su vida… Yo me empapé de toda esta música perteneciente a otro tiempo, un tiempo que acabé haciendo también mío. Para muchos, soy un chico anacrónico, alguien que debió de nacer mucho tiempo atrás. En la época actual, hay muchas cosas que me disgustan (solo de los avances prácticos y útiles me beneficio y desprecio todos aquellos carentes de gusto- es decir, de casi todos). En la actualidad, la juventud busca como nunca la evasión, y aquellos encargados de suministrársela buscan en su público el aborregamiento, la hipnotización. Mediante la bebida, la música atronadora, las luces cegadoras, se trata de alcanzar un estado anormal, un adormecimiento de los sentidos. Lo que antes se lograba con el opio, ahora se alcanza con drogas más sofisticadas (las que menos droga parecen precisamente). Huir de todo esto me enorgullece como ser humano, a pesar de pagar el precio muchas veces de la soledad, de convertirme en un ser asocial.
Aquellos tiempos del pasado tuvieron sin duda una serie de carencias sin las que ahora nos resultaría complicado vivir, pero a cambio la civilización se presentaba más pacífica y más ingenua, algo que añoro en cierto sentido.

Cartel de "Nobleza baturra" pintado por el genial Renau

En los años treinta en España, incluso en tiempos de la República en los que parecíamos encontrarnos menos atrasados respecto del resto de Europa, los filmes que triunfaban eran “La Verbena de la Paloma”, “Morena Clara” o “Nobleza baturra”. Se preferían los dramas rurales y los cantos de toda la vida, lo popular, frente a la música serialista de Webern (y dudo que en su lugar de origen Webern obtuviera también éxito, algo que los “entendidos” denominan “ignorancia cultural”).¡Y qué hermosas canciones aquellas de Imperio Argentina! Esta situación cultural continuaba siendo parecida en los años sesenta con nuestros cantautores: mientras en otros lugares reinaba la psicodelia o el pop, aquí se le ponía música con guitarra a las Coplas de Jorge Manrique o se cantaba una sardana como acto reivindicativo y político.
Por todo esto, a mí me resulta muy sencillo trasladarme a la época de mi abuelo. Ver una película de Edgar Neville es recordarme de niño yendo vestido de chulapo a las fiestas de las Vistillas, con los gigantes y Cabezudos. Gracias a ellos supe quien fue San isidro y su mujer Santa María de la Cabeza, quién fue “La Latina” y quién el “Felipe” y la “Maripepa”, quién fue “Goya” y “La duquesa de Alba”, quién “Carlos III” y quién “Isabel II”. Igual que en las iglesias los monumentos representaban las biblias de piedra, para mí estos muñecos gigantes de cartón piedra fueron parte de mi educación y de mi fiesta.
Muchos de mis recuerdos se habrán visto reinventados con el paso de los años, quizá en parte debido a mi carácter artístico, a esa creatividad que se nos achaca a los “bohemios”. Yo me veía como el protagonista precisamente de la obra de Amadeo Vives, la de “Bohemios”, trabajando en su buhardilla durante invierno, componiendo a pesar de pasar hambre y frío, porque era verdaderamente lo que quería hacer. Para mí éste era el héroe.

He sido un apasionado de la cultura española, me he preocupado por conocer toda su primera mitad de siglo XX. El interesarme por Dalí, Buñuel y Lorca me hizo conocer a Pekín bello, con quien estuve hablando una tarde de verano en su despacho. Quizá lo más bello que me hayan dicho nunca haya salido de sus labios: “Tal y como cuentas nuestras historias, es como si las hubieras vivido con nosotros”. Yo no me cansaba de hablar de esto y de lo otro, de todo lo que había leído y oído. Es también quizá esta capacidad de mutar cambiándome de pellejo, como si hubiese pertenecido a otras épocas, el motivo de este texto. 

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"Gurrelieder" (Arnold Schoenberg)

>> sábado, 10 de agosto de 2013

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"El aprendiz de brujo" ("L'Apprenti sorcier")

>> viernes, 9 de agosto de 2013

Acrílico sobre lienzo. 73 x 60 cm

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DE LA TERTULIA A LA ESCRITURA

>> miércoles, 7 de agosto de 2013


 
La famosa tertulia del "Café Pombo" inmortalizada por Solana

I.

Es en una buena conversación donde el aspirante a escritor encuentra no solo la inspiración, sino el aliciente con el que comenzar a barruntar un posible texto. El escritor es ante todo pensador, y es precisamente esta afición lo que le hace solitario (o quizá es la soledad lo que le lleva a la reflexión, a ese habitar el silencio, a llenarlo de sonoridad y de compañía). Las mejores preguntas que podemos hacernos son las que surgen de una experiencia personal. Al ser humano debe de moverle siempre la motivación, el necesitar de la actividad para sentirse vivo (ya sea actividad física o intelectual). Y la duda siempre está ahí a la hora de actuar. Una duda que sale al paso en el presente, pero que puede seguir morando en nosotros en el pasado que hemos dejado atrás, en cosas que no hemos dejado bien atadas o que siguen viviendo en nosotros por el motivo que sea. El individuo elige, y la elección trae consigo ciertos remordimientos. Una de las cuestiones más repetidas es la siguiente: “¿Qué hubiera pasado si en lugar de haber hecho esto hubiese hecho esto otro que también podía haber hecho?”
A lo largo de su vida, el hombre pasa por diversas etapas, se renueva, cambia, porque está en constante evolución. No puede mantenerse invariable. Se va construyendo un camino, pero uno nunca está seguro de que lo que ha hecho era lo correcto. Hay quien cree que todo está escrito y que las cosas no podían haber sido de otra forma. Ello no quita que el ser humano no sea humano, y que con ello cometa errores. Esos errores a veces crean frustración, deseo de volver atrás para hacer las cosas de otro modo… pero ya es tarde. De nada sirve martirizarse por lo que ya no tiene solución. Por ello, siempre la vista al frente, esto es lo más recomendable. Asumamos nuestros errores y sintámonos felices por equivocarnos, ya que esto no sería posible de no ser libres y poder elegir. La libertad tampoco es perfecta, como los hombres tampoco lo son.
Una vez escuché la siguiente frase: “La iglesia no es perfecta porque está constituida por hombres”. En efecto, algo que en teoría proviene de la perfección celestial y es depositada en manos humanas trae consigo que ese “algo” pueda ser malogrado, o al menos no alcanzar unos resultados óptimos como se desearían (en este caso sería Dios ese ser deseante que deposita en manos de criaturas creadas por él esta responsabilidad). No en vano, de los errores se aprende, a pesar de que poseamos el defecto de repetir los errores, ya que somos animales racionales que tropezamos siempre sobre la misma piedra.
Estamos condenados a la soledad. El ser humano convive siempre consigo mismo, está condenado a aguantarse las veinticuatro horas. Cuando conoce a otros seres como él, se entretiene con ellos, parece olvidar su convivencia consigo mismo. Su voz interior se calla. Esto es algo que considero a priori así, a pesar de que esto no sea una ciencia exacta. Escribir sobre el mundo que nos rodea conlleva que podamos equivocarnos, que nuestras opiniones no sean universales, por más que tratemos de ajustarlas a una realidad plural. Siempre habrá alguien que no esté de acuerdo, y esto también es de celebrar, puesto que debido a esto surgen las discusiones, los debates. Conocer a otras personas con las que poner en común inquietudes, formas de ver la vida. Relacionarse, en una palabra, con el medio.
Ese “yo” interior con el que dialogamos, muchas veces comienza a construir sus propias realidades incluso con los demás. Me explico con un ejemplo: Se conoce a una persona por la que se comienza a sentir un afecto. Pues bien, antes de conocerla más a fondo, nuestra mente comienza a reconstruir aquella información que todavía nos falta, elabora una imagen propia de ese individuo todavía extraño. Puede idealizarlo en muchos casos, darle una apariencia que a nosotros nos agrade. Lo construye “como nos gustaría que fuera”. Por eso, después, surgen los desencantos, las desilusiones. En el amor esto es bien frecuente. Muchas veces pensamos que ese otro es la persona de nuestra vida, hasta que comenzamos a encontrar aquellos puntos considerados por nosotros “débiles” (aunque quizá seamos nosotros los que poseamos los defectos que no somos capaces de ver).
Lo primero que nos llega de los demás es su apariencia más superficial. Desde el físico hasta las costumbres. Para una persona puntual, aquella otra que llega tarde siempre pasa por ser considerada una “desconsiderada”, alguien egoísta que no tiene en cuenta al otro al hacerlo esperar gratuitamente. No lo olvidemos, pero la sociedad se crea también con convenciones y reglas sociales (todo lo que parece que ayuda a que las cosas vayan mejor y el mundo marche con menos problemas de los que podría tener). El “orden” social. La polis, además de estar controlada por los “políticos” y la “policía”, es también víctima de su propio código de normas.
Pero vayamos también a la apariencia física. Saltándonos a la torera una vez más el rigor científico, podemos decir que el mundo se constituye en tantos por ciento: un veinte por ciento de gente bella, un treinta de “poco agraciada” y un cincuenta por ciento de gente “del montón”, esto es, ni guapa ni poco agraciada. Esto es: “gente normal”. El “yo interior” puede jugar a construirse su propio canon, la imagen de la persona con la que soñar. Después, la realidad acaba rompiendo ese canon, porque cuando uno se enamora entran en juego muchos factores que no solo dependen de lo físico (e incluso esto es relativo, cada uno tenemos un concepto de “belleza”).
Después, están las personas exitosas, las anónimas y las mediocres o grises. Las exitosas pueden buscar o no el reconocimiento por su labor, pero qué duda cabe que logran alcanzar su sueño, ver cumplidas sus expectativas. Esto, en la mayoría de los casos, no depende de uno mismo sino de factores como la casualidad, por ejemplo (es decir, estar en el lugar y en el momento precisos, lo que otros llamarían “suerte”). Luego están los que no logran este objetivo pero son felices con la vida que llevan (los que aspiran a un diez y luego obtienen un seis, por ejemplo). Y después están los que creen que su vida carece de sentido, que han fracasado y se resisten a aceptar su destino. Fernando Fernán Gómez dijo en una entrevista que en su profesión de actor estaba rodeado por gente no con vocación de actores, sino de actores triunfantes. Los que llegaban a alcanzar el éxito eran muy pocos, mientras que el resto se pasaba toda la vida esperando alcanzarlo, convirtiéndose en actores frustrados. Pues bien, esto sucede en todas las profesiones y ámbitos de la vida. Si uno posee talento, qué duda cabe que esto es un punto a favor. Lo que también es cierto es que hay que buscar esa suerte, estar en activo y no condenarse a la resignación.
En los tiempos que nos ha tocado vivir, es complicado ese triunfo soñado. Quizá nuestras proyecciones resulten desmesuradas y debamos aprender a ser realistas. Slavoj Zizek afirmó en uno de sus libros que el hombre en muchas ocasiones no llega a realizar aquello que se plantea para un futuro hipotético. Muchos de sus planes no llegan a concretarse materialmente porque solo se conforma con poseerlos mentalmente.
En mi caso, soy consciente de lo complicado a la hora de hacerse un hueco en este mundo, cada vez más globalizado (lo cual es bueno y malo a la vez). Existe una crisis a todos los niveles dentro de la cual cunde el pesimismo. Vivimos en la cultura de la resignación. No obstante, aunque estos tiempos no sean buenos, uno debe de seguir trabajando para cuando las cosas cambien. Uno no puede condenarse a la inmovilidad. Quizá no se lleguen a cumplir los sueños dorados, pero la vida también se encuentra llena de pequeños éxitos que también reconfortan y animan a seguir en la lucha.



El filósofo Julián Marías en su casa


II.

Tras un tiempo sin poder escribir, retomo la tarea que aquí comencé, no sin cierta desgana. A la inspiración no le importa el momento en el que acude, y en muchos casos resulta bastante inoportuna. Estos días en los que no he podido satisfacerla me he sentido ciertamente frustrado. Las ideas quedan atrapadas en la memoria o en breves apuntes sobre en papel, pero en muchos casos olvidamos el motivo por el que acudieron en nuestro auxilio. En otros casos, cuando podemos plasmarlas, nos puede la emoción y a veces escribimos al calor de éstas sin ser muy consecuentes con una estructura o una coherencia general. Después, con los ánimos enfriados, sopesamos el trabajo realizado y lo corregimos, llegando a despojarlo de la materia esencial, de ese fuego o espíritu que le daba vida.
De igual modo, retornamos al trabajo iniciado, citando la famosa frase de Fray Luis de León “decíamos ayer”…
Si bien es cierto que las tertulias de los cafés, aquellas inmortalizadas por Solana en su café Pombo, han quedado relegadas a los cuadros (y a las fotografías), todavía existen personas que, como escapadas de este pasado enmarcado y fijado para la posteridad, buscan rincones (ya sea en un café o al amparo de un árbol en un parque) para dar rienda a sus inquietudes, poniéndolas en común, generando grupúsculos (partidos políticos cuya ideología es la cultura) de personas dispuestas a poner en comunión las cosas en las que son afines.
Pequeñas ágoras que surgen espontáneamente, insospechadas por el resto de personas ajenas a dicho grupo que pasan por ahí casualmente.
Quizá puedan considerarse como aquellas catacumbas en las que se reunían los cristianos perseguidos, los últimos eslabones de una cadena eterna (es decir, siempre siendo los mismos últimos eslabones, esa amenaza constante y perpetua). Una cadena interminable precisamente por su necesidad, porque siempre habrá gente interesada en mantenerla, supervivientes imposibles de exterminar.
La cultura para quien la disfruta nunca está de más en ningún momento de su vida. No solo existe en los momentos de la escritura o del debate, surge hasta en quien mira las aguas de un estanque a la luz de las farolas y recuerda un cuadro impresionista, seguramente de Monet o Van Gogh.
Pero la cultura no son solo nombres, fechas y demás datos. La cultura está en el pensamiento, puesto que siempre ha sido objeto de los intelectuales. Todo cuanto hagamos por tratar de comprender el mundo que nos rodea será una aportación valiosa a este ámbito que tanto nos dignifica, pues nos hace evolucionar y nos distingue de la irracionalidad y el cerrilismo.
Es precisamente esto lo que nos hace libres, lo que nos separa del pensamiento uniforme y gris, de la opinión general que no entiende de sospechas ni desacuerdos.
Cuanto más se conoce, más feliz e infeliz se es al mismo tiempo. El conocer da dolor y a la vez nos aparta de la ignorancia y del engaño.
Quien decide plasmar sus pensamientos en un papel lo hace porque considera que son valiosos, por un cierto temor a que desaparezcan dentro de su mente o se vayan con él cuando éste ya no esté.
También existe esa vieja idea del exorcismo creativo, de la escritura como forma de desahogo interior, de ordenación de las ideas. Una especie de terapia de sanación. En cualquier caso la escritura existe para dejar constancia, para que no solo quien escribe sea el beneficiario de lo escrito. Otros llegarán alguna vez a leer aquellos textos, de lo contrario no serían transcritos de la mente al papel. La “cultura” tiene como fin difundirse. Hasta quien escribe un diario no lo escribe solo para él. Habrá quien después destruya lo pergeñado, pero en un primer momento lo hizo con el fin al que nos referimos, aunque después se arrepintiese.

Es entonces cuando, existiendo la figura del emisor y del receptor, hay que detenerse no solo en lo que se escribe sino en cómo se escribe. Para llegar al otro, convenciendo. Como decía al sabio Julián Marías, quien escribe filosofía debe de hacerlo como si se estuviese enfrentando a una novela. Hay que convertir en amenas las tesis, para que sean digeridas de forma fluida, para que el libro sea leído casi sin interrupciones de atrás adelante, aunque al concluirlo deba volver a ser leído.

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