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BREVE ENCUENTRO

>> sábado, 31 de agosto de 2013

Imagen inicial de "Breve encuentro"


Cuando se hace mención a la estética del cine clásico con cierta nostalgia, como una forma de expresión perdida, en muchas ocasiones no se advierte que precisamente esta pérdida se debe a una suma de avances técnicos junto a un evidente cambio cultural que provoca en suma un nuevo creador y un nuevo espectador que viven en su contemporaneidad, que entienden de una forma distinta aquello que se le ofrece para crear o para consumir. Esa “artesanía” a la que nos referimos proviene precisamente de un mundo antiguo en vías de desarrollo que posee como medios de expresión una serie de elementos que, por comodidad quizás, se han ido abandonando. Un ejemplo pueden ser las cámaras con las que se rodaban, de gran peso y de difícil manipulación, lo que provocaba un cine mucho más académico en cuanto a planos se refiere. Otro caso, el del blanco y negro, tantas veces elogiado por su sugerencia, y que en la mayoría de los casos se empleó por imposibilidad de recurrir al color (incluso cuando fue inventado, debía resultar un capricho fuera del alcance de la mayoría de los bolsillos de las productoras). Otros factores, como ya hemos mencionado, tiene que ver con esas referencias a un mundo extinguido debido a la evolución de quienes lo han venido habitando.  
El film de David Lean “Breve encuentro” posee quizás estas dos características del cine clásico en su máximo apogeo. Resulta un melodrama correcto y sugerente. “Sugerente” en cuanto a que su estilo proviene de ese romanticismo heredero del melodrama, un género que ahora se considera facilón y sobrecargado, razones suficientes para provocar una gran pereza en quien lo consume en la mayoría de los casos. Todo en esta película parece haberse borrado de la faz de la tierra, lo que provoca tal vez cierta inverosimilitud en el espectador, que acaba convirtiendo esta historia -que bien podía haber sucedido- en un “cuento de hadas”.
La primera imagen habla por sí sola: Una antigua locomotora penetra en una no menos arcaica estación de tren dejando una estela de humo blanco y atronando con su fuerte silbido, sonido este que precede a las notas del “Concierto para piano Nº 2” de Sergei Rachmaninov. El lugar escogido como presentación del film se ha encontrado siempre plagado de simbolismo. El tren representa la oportunidad que se le presenta al posible viajero de iniciar un viaje que cambie su vida o dejar pasar esta propuesta para seguir con su rutina monótona y gris. La música de Rachmaminov posee precisamente esta fuerza expresiva que da lugar a la ensoñación y al dramatismo a la vez. El compositor es heredero de Beethoven, Liszt y Chopin. Un romántico que acabó sirviendo a la industria, enriqueciéndose gracias a sus virtuosas interpretaciones y a las grabaciones en disco de sus excelentes composiciones. Un personaje atormentado que supo vender a la perfección el mercado occidental, tanto es así que acabó convirtiéndose en una música de culto preferidas de Hollywood y, con ello, de América (recordemos el film de Billy Wilder “La tentación vive arriba”, en el que el hombre casado trata de seducir a su vecina Marilyn poniéndole precisamente este Rachmaminov).

Los protagonistas del filme, Celia Johnson y Trevor Howard


“Breve encuentro” es un film que paradójicamente se ha quedado anticuado pero a su vez ha entrado a formar parte de la lista de los grades clásicos. Lo paradójico estriba en que algo clásico es algo contrario a algo anticuado o antiguo, puesto que en teoría conserva su frescura y sirve de inspiración para un futuro público. Una de las claves de su interés en la actualidad puede ser, en parte, el tema tratado. Y digo “en parte” porque la forma en que el asunto es tratado en su final, en su moraleja, nos retrotrae precisamente a esos tiempos pasados. El tema es la infidelidad o el deseo de una persona por otra cuando se supone que ya se encuentra comprometida sentimentalmente. La moraleja de la historia es que esta actitud, cuando en muchos casos se considera natural y propia del individuo debido a su naturaleza, es precisamente “antinatural”, algo nada ético e impropio de personas civilizadas. Esto es, “un final made in Hollywood” en el que la persona se replantea su deseo como una “locura” y retorna a su vida anterior, impidiendo así una desestructuración familiar. Lo malo de todo es que esta fractura ya se ha provocado, esta persona ya no volverá a ser como antes, pero esto no lo plantea en absoluto la película. Quizá el público hubiese deseado lo contrario, es decir, que aquella persona se hubiese ido definitivamente con aquella persona deseada y no hubiese vuelto a su rutina gris y carente de motivaciones.
Esta es la historia de la protagonista, cuyo nombre no nos importa. Una mujer casada y con dos hijos que, de repente, conoce a un hombre en la estación a la que acude todos los días, como ejercicio repetitivo de la cotidianidad en la que se encuentra inmersa. Algo parece cambiar en ella, algo que trastoca su concepción ordenada de la vida. Ese hombre del que se enamora también es alguien casado, pero en un principio nada de esto parece importar. Y no parece importar porque ninguno de los dos piensa que la cosa se va a convertir en algo serio y no solo en un juego. Pero para cuando son conscientes del cariz que ha tomado el asunto, es ya demasiado tarde.
El morbo que pudo provocar esta historia de seguro llenaría las salas de los cines. El final del film provocaría en los espectadores un descargo de conciencia: “Ha sido una aventura, sí, pero todo ha vuelto a ser como antes era, nadie se ha enterado de este horrible delito, ni siquiera nosotros mismos”.
Cuando el cine comenzó a convertirse en un espectáculo de masas, aquellos caracterizados por una moral puritana vieron un peligro en él, en la creencia de que este nuevo invento podría transmitir al público una serie de valores nada convenientes. El primer beso que vio la pantalla gracias a Edison  resultó todo un escándalo.
En “Breve encuentro” se planteaba de algún modo el siguiente problema: “¿Qué pasaría si el amor no durase para toda la vida, si los años y años de convivencia de una pareja fuesen erosionando esta primera idea idílica y, por lo tanto, perfecta?” Es evidente que la gente que se enamora desea que ese estado perviva en perfecta unión hasta el final de los tiempos. No obstante, nosotros los humanos somos ante todo eso, humanos, animales imperfectos y constantemente contradictorios, hechos de un material que muchas veces no comprende a la razón, que transita por otros caminos.

Escena final de "El apartamento"

Billy Wilder y I. A. L. Diamond estaban en una sala de cine viendo “Breve encuentro” cuando se les ocurrió hacer “El apartamento”. Concretamente, en el momento en el que los amantes tenían la idea de aprovecharse del piso de un amigo para,  aprovechando la ausencia de éste, dar rienda suelta a su pasión. Evidentemente el planteamiento “moral” de “El apartamento” es mucho más avanzado. La idea de las “infidelidades” se mostraba como algo a la orden del día, concretamente la infidelidad de los altos hombres de negocio, cuya moral a pesar de todo no deja de ponerse en entredicho. Incluso la historia de amor entre los protagonistas tiene un final agridulce, puesto que no sabemos realmente qué sucederá con ellos. Quizá Blake Edwards se inspiró en este final contrario al “y fueron felices y comieron perdices” para llevar a cabo su magistral “Días de vino y rosas”. En la ya citada “La tentación vive arriba”, se juega con la idea de que el hombre, pasado el séptimo año de matrimonio, comienza a sentir un “escozor” que le provoca volver a sentirse atraído por otras mujeres (el título original era “Al séptimo año escuece”).

Cuando David Lean filma “Breve encuentro” nos encontramos en el año 1945 “El apartamento” es realizado en 1960. Quince años las separan, tiempo este suficiente para cambios importantes en la sociedad. Un cambio de mentalidad por así decirlo, que permite plantear determinadas cuestiones superando esa “timidez” pasada para “madurar” hacia un nuevo horizonte cada vez más amplio.   

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