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CONSTRUYENDO LA MEMORIA

>> domingo, 11 de agosto de 2013


El maestro "Francisco Alonso"

Las imágenes del pasado retornan convertidas en pura poética para la mente, que las evoca con el fin de disfrutarlas. Recuerdos aparentemente imborrables pero que, con el paso del tiempo, van reconstruyéndose hasta tal punto en que uno no recuerda si acontecieron o han sido un simple fruto de la invención.
En algunos casos, intervienen una serie de factores externos, pero que acabamos acreditando como voces autorizadas que dan credibilidad a lo rememorado. Un familiar, un amigo, alguien que en definitivamente estuvo presente en aquellos momentos pretéritos.

Con la figura del “historiador involuntario” hago referencia a ese individuo con una especial preferencia a lo sinestésico, es decir, a dejarse evocar por sensaciones ajenas a él para conformar una realidad que no pudo vivir y que, sin embargo, es visualizada por él como si hubiese estado en ella presente.
Pasear por un lugar que destila historia, por ejemplo, la Puerta del Sol de Madrid, y dejarse deleitar por toda una serie de atmósferas que moran dentro de uno, fabricadas con el paso de los años. El propio entorno ha cambiado bastante desde la primera vez que lo vi, yendo de camino con mi abuelo hacia la Plaza mayor para ir a ver los puestos de Navidad. Un lugar siempre transitado, pero paradójicamente más tranquilo tiempo atrás. En unos pocos años, ha sido convertido en punto de reunión para todo tipo de manifestaciones, de corte político en su mayoría. Actos éstos que se han ido haciendo cada vez más numerosos, hasta llegar a convertirse en excesivos. Recuerdo una época anterior en la que las personas no estaban tan crispadas, término éste puesto de moda precisamente por los propios políticos. Quizá ha sido la propia política la interesada en remover pasiones y estados de ánimos en su ciudadanía, en hacer evidente que el hombre es un “animal político” (“animal” con mayúsculas). En la situación actual, existe un desencanto y un malestar por la clase política: por un lado, se ha dejado de creer en ella como solución a los problemas sociales, colocándola sin embargo como principal provocadora de los mismos.
Hubo un tiempo de paz social, no hace mucho como ya digo. La calle era un lugar de paso y no un espacio que habitar. La gente antes era una masa gris, ahora es un foco de atención, un gran párrafo subrayado.
Cuando uno es niño se encuentra desprovisto de toda ideología política, se desconoce la importancia que ésta tiene en el funcionamiento de las cosas. Vive inconscientemente, protegido por la familia, que en muchos casos le protege de todo aquello a lo que después debe de enfrentarse, más tarde o más temprano.
La generación actual de jóvenes, quizá la más preparada en cuanto a formación se refiere, es quizá la más desamparada. Creció sobreprotegida y ahora, en una época tan delicada como la que le ha tocado vivir, es quizá la que menos preparada se encuentra para sobrevivir debido a esta educación tan consentida. Una juventud que no ha padecido carencias de ningún tipo, a la que se le prometió un futuro extraordinario: Estudiando y formándose, podría optar a un trabajo, a un sueldo… Todo ha sido convertido en aire. Ahora, hasta un ingeniero gana más de camarero que pudiendo dedicarse a su verdadero oficio. Se ha producido una fuga de cerebros, el talento se auto-exporta para poder sobrevivir allí donde se le valora.
Todo esto no existía en mi infancia. Fue un momento bueno en todos los sentidos. Nada parecía pronosticar esta actualidad tan descarnada.
Por La Puerta del Sol parece no haber pasado el tiempo en sus edificios… Todo ha permanecido inalterable (salvo el emblemático cartel de “Tío Pepe”, que fue desinstalado del edificio en el que pasó casi un siglo debido a una serie de obras en el mismo). Así me la imagino, teñida de un blanco y negro al que se debe recurrir si se quiere recordar hace más de cincuenta años (las fotografías y películas obligan a ello, mi única herramienta visual con la que poder viajar hasta esa época).
A finales de los años treinta, llegó mi abuelo (aquel que me llevaba a la Plaza Mayor cuando yo era pequeño) subido a una camioneta, después de la guerra. Fue la primera ciudad que vió tras la contienda. Viajaba con sus compañeros y se encontraba rebosante de alegría. Ahora tocaba disfrutar después de tanto tiempo preso por la terrible contienda (“perdí los mejores años de mi vida en ella”). La Calle Sevilla, perpendicular a la de Alcalá, justo donde ahora se encuentra el monumento al compositor Francisco Alonso, autor del famoso pasodoble-marcha “Banderita”, con el que desfiló mi abuelo tras el final de la guerra. El autor figuró entre sus músicos de cabecera por siempre. Quizá la obra que más le gustaba de él fuese, junto a “Las leandras”, “Me llaman la Presumida”. De aquella zarzuela, el número que más disfrutaba era su “Fox-Trot”, una canción en la que la mujer defiende su libertad como mujer moderna ante un “pollo” madrileño. Y es que lo que tocaba en aquel momento era dejarse llevar por la música, danzar con ella en las salas de fiesta de moda, como el “Pasapoga”. A pesar de llegar los bailes importados del extranjero, como el ya citado fox-trot, siempre quedaba el chotis, el bolero o el pasodoble.

Interior del Teatro Coliseum
También estaban los teatros, adonde se iban a ver las obras de Alonso (músico alegre donde los hubiera) o de Guerrero. El “Coliseum” fue el edificio que encargó construir este último compositor, un pequeño Teatro de Bayreuth como el de Wagner, un capricho más modesto donde representar sus composiciones. Una vez, mi abuelo se encontró con él yendo en autobús y le dijo: “Maestro, voy a su teatro a ver su revista”. Las revistas, con sus números de variedades, venían a sustituir a las zarzuelas, aportando un ambiente más modernizado, como de music-hall. Mujeres desfilando al son de la música ataviadas con el mínimo de ropa, luciendo sus plumas como presumidos pavos reales. “Cinco minutos nada menos”, “La blanca doble”… Obras que después me hizo escuchar mi abuelo. Un día, vino a recogerme al colegio tras una clase de educación física en el patio, donde jugamos unos partidos de fútbol (yo acababa siempre de portero o, mejor dicho, me acababan poniendo de portero por mi miedo a recibir patadas en el juego, y aún así me quitaba de la portería cuando alguno trataba de meterme gol, por miedo a recibir un golpe en el pecho del balón). Era época de notas y yo estaba contento por haber obtenido buenas calificaciones. Quizá como premio, mi abuelo trajo un regalo bajo el brazo: había comprado en el Corte Inglés unos CD con todas estas revistas (grabaciones todas de época, con el inconfundible sonido de disco pizarra). Los escuché una y mil veces, hasta casi rayarlos (si esto hubiese sido posible, pues éstos los leía un láser y no una aguja).
Yo pasé mucho tiempo de mi infancia en casa de mis abuelos paternos. La mayor parte del tiempo me lo pasaba en “la habitación de la música”, una estancia en la que mi abuelo tocaba la flauta, repasaba una y mil veces las mismas partituras que le habían acompañado durante casi toda su vida… Yo me empapé de toda esta música perteneciente a otro tiempo, un tiempo que acabé haciendo también mío. Para muchos, soy un chico anacrónico, alguien que debió de nacer mucho tiempo atrás. En la época actual, hay muchas cosas que me disgustan (solo de los avances prácticos y útiles me beneficio y desprecio todos aquellos carentes de gusto- es decir, de casi todos). En la actualidad, la juventud busca como nunca la evasión, y aquellos encargados de suministrársela buscan en su público el aborregamiento, la hipnotización. Mediante la bebida, la música atronadora, las luces cegadoras, se trata de alcanzar un estado anormal, un adormecimiento de los sentidos. Lo que antes se lograba con el opio, ahora se alcanza con drogas más sofisticadas (las que menos droga parecen precisamente). Huir de todo esto me enorgullece como ser humano, a pesar de pagar el precio muchas veces de la soledad, de convertirme en un ser asocial.
Aquellos tiempos del pasado tuvieron sin duda una serie de carencias sin las que ahora nos resultaría complicado vivir, pero a cambio la civilización se presentaba más pacífica y más ingenua, algo que añoro en cierto sentido.

Cartel de "Nobleza baturra" pintado por el genial Renau

En los años treinta en España, incluso en tiempos de la República en los que parecíamos encontrarnos menos atrasados respecto del resto de Europa, los filmes que triunfaban eran “La Verbena de la Paloma”, “Morena Clara” o “Nobleza baturra”. Se preferían los dramas rurales y los cantos de toda la vida, lo popular, frente a la música serialista de Webern (y dudo que en su lugar de origen Webern obtuviera también éxito, algo que los “entendidos” denominan “ignorancia cultural”).¡Y qué hermosas canciones aquellas de Imperio Argentina! Esta situación cultural continuaba siendo parecida en los años sesenta con nuestros cantautores: mientras en otros lugares reinaba la psicodelia o el pop, aquí se le ponía música con guitarra a las Coplas de Jorge Manrique o se cantaba una sardana como acto reivindicativo y político.
Por todo esto, a mí me resulta muy sencillo trasladarme a la época de mi abuelo. Ver una película de Edgar Neville es recordarme de niño yendo vestido de chulapo a las fiestas de las Vistillas, con los gigantes y Cabezudos. Gracias a ellos supe quien fue San isidro y su mujer Santa María de la Cabeza, quién fue “La Latina” y quién el “Felipe” y la “Maripepa”, quién fue “Goya” y “La duquesa de Alba”, quién “Carlos III” y quién “Isabel II”. Igual que en las iglesias los monumentos representaban las biblias de piedra, para mí estos muñecos gigantes de cartón piedra fueron parte de mi educación y de mi fiesta.
Muchos de mis recuerdos se habrán visto reinventados con el paso de los años, quizá en parte debido a mi carácter artístico, a esa creatividad que se nos achaca a los “bohemios”. Yo me veía como el protagonista precisamente de la obra de Amadeo Vives, la de “Bohemios”, trabajando en su buhardilla durante invierno, componiendo a pesar de pasar hambre y frío, porque era verdaderamente lo que quería hacer. Para mí éste era el héroe.

He sido un apasionado de la cultura española, me he preocupado por conocer toda su primera mitad de siglo XX. El interesarme por Dalí, Buñuel y Lorca me hizo conocer a Pekín bello, con quien estuve hablando una tarde de verano en su despacho. Quizá lo más bello que me hayan dicho nunca haya salido de sus labios: “Tal y como cuentas nuestras historias, es como si las hubieras vivido con nosotros”. Yo no me cansaba de hablar de esto y de lo otro, de todo lo que había leído y oído. Es también quizá esta capacidad de mutar cambiándome de pellejo, como si hubiese pertenecido a otras épocas, el motivo de este texto. 

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