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CRASO ERROR

>> lunes, 26 de agosto de 2013


En la pequeña comisaría apenas cabía aquel grupo reducido de gente. En medio de todos ellos se encontraba el venerable anciano Fermín Lobos. Al parecer, había sido objeto de una denuncia por parte de una joven hermosa, alta y delgada. Una serie de testigos parecían confirmar dicha denuncia (“yo lo vi con estos ojos”). El señor comisario no daba  basto, sumergido como estaba en aquella ceremonia de la confusión. Todos querían hablar o simplemente expresarse antes que el otro, se pisaban dialécticamente hablando, se llevaban la contraria, se amenazaban, todo muy educadamente. Don Fermín no daba crédito a lo que él había provocado, supuestamente con razón. Hasta que no se demostrara lo contrario, él era un presunto culpable y aquella joven, una “presunta” víctima. Por fin, don Eleuterio Domingo, el jefe de todo aquello, trató de imponer el orden.

-         Calma, señores, calma… A ver, por favor, señorita. Cuénteme con pelos y señales lo que ha sucedido.

Todo el mundo quedó de pronto en silencio dispuestos a escuchar a la joven. 

-         Pues ná, ese señó que ha tenío la desfachaté de fartarme ar rehpeto con su forma de actuá… Vamoh, que me he sentío acosá en mitá de la calle, a la luh der día… Ehto señoreh pueden dar cuanta de ello…

La mujer, que por si cabía alguna duda diré que era andaluza, se refería a los testigos. El comisario Domingo escogió a uno de entre la multitud, al más silencioso y prudente (es decir, el único educado). 

-         Muy bien. Por favor, caballero, de usted cuenta de lo sucedido.   

Se trataba de un muchacho de unos veinte años. A diferencia de lo que han venido diciendo las personas mayores desde tiempos antiguos (casi desde Aristóteles), por lo visto existen jóvenes educados en las normas de urbanidad y de buen proceder. Jóvenes dignos de ser respetados y escuchados por quienes se empeñan en meterlos dentro del saco de esa juventud sin valores, maleducada e irrespetuosa. El joven dijo llamarse Tinín, y se expresó en los siguientes términos:

-         Pues verá… Yo vi cómo aquel señor se acercaba hasta la joven por detrás hasta casi tocarla… cómo cerraba los ojos al entrar prácticamente en contacto con ella, en expresión de éxtasis…

El comisario se quedó mirando a don Fermín, esperando que éste se manifestara respecto de aquellas palabras.

-         ¿Tiene usted algo que decir a esto, señor?
-         No. Lo que ese chico ha dicho es verdad. Todo eso sucedió así, pero no como ustedes se imaginan… Reconozco haber sido víctima de un craso error, de haberme dejado llevar por las pasiones… pero, insisto, no es lo que parece.

De nuevo, cundió el desorden. La mujer le miró indignada, no dando crédito a la supuesta caradura del selecto caballero.

-         Tiene usté mu poca vergüenza para los añitos que tiene ¿no le parese?

El comisario la mandó callar.

-         Por favor, continúe contándonos su versión de los hechos.

Don Fermín pareció recuperar la calma al escuchar estas palabras.

-         Se van ustedes a reír, pero en fin, más vale esclarecer los hechos aunque sea uno motivo de burla y chanza… Yo caminaba por la calle O´Donell como hago todas las mañanas. El médico me ha recetado los paseos como única gimnasia a la que al parecer tengo derecho. Además de esto, me ha suprimido todos aquellos vicios que me hacían sentir vivo. El último de ellos, el fumar. Hace un mes que me vi obligado a arrojar, por el mismo agujero por el que tiempo atrás tuve que arrojar la bebida y los dulces, las cajetillas de tabaco. Pues bien, como decía, hoy me encontraba dando un paseo obligado por O´Donell… Y, de repente, veo en mitad de la calle cómo esta mujer, ni corta ni perezosa, abre un paquete de Marlboro y se enciende un cigarrillo. Esto era demasiado para mí… Por si esto fuera poco, el viento soplaba a mi favor y comenzaron a llegarme las bocanadas de humo. Mis pulmones comenzaron a ensancharse y me sentí atraído por este delicioso aroma… Algunos se empeñan en llamarlo del “demonio”… Yo, al oír estas palabras, solo puedo desear irme cuanto antes al infierno. El caso es que, sin comerlo ni beberlo, había acabado arrimado a la nuca de aquella mujer…

-         ¿Insinúa usté que no se sintió atraída por mi físico?- protestó la andaluza, herida en su orgullo.

-         ¡En absoluto! Usted es una mujer de las que ya no quedan… De hecho, usted forma parte de los placeres que me han sido vedados… No obstante, si me hiciesen elegir entre usted y un cigarro… ¡Por favor, no me haga usted elegir!


-         Bueno, asepto su piropo… Y retiro la denunsia…

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