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DE LA TERTULIA A LA ESCRITURA

>> miércoles, 7 de agosto de 2013


 
La famosa tertulia del "Café Pombo" inmortalizada por Solana

I.

Es en una buena conversación donde el aspirante a escritor encuentra no solo la inspiración, sino el aliciente con el que comenzar a barruntar un posible texto. El escritor es ante todo pensador, y es precisamente esta afición lo que le hace solitario (o quizá es la soledad lo que le lleva a la reflexión, a ese habitar el silencio, a llenarlo de sonoridad y de compañía). Las mejores preguntas que podemos hacernos son las que surgen de una experiencia personal. Al ser humano debe de moverle siempre la motivación, el necesitar de la actividad para sentirse vivo (ya sea actividad física o intelectual). Y la duda siempre está ahí a la hora de actuar. Una duda que sale al paso en el presente, pero que puede seguir morando en nosotros en el pasado que hemos dejado atrás, en cosas que no hemos dejado bien atadas o que siguen viviendo en nosotros por el motivo que sea. El individuo elige, y la elección trae consigo ciertos remordimientos. Una de las cuestiones más repetidas es la siguiente: “¿Qué hubiera pasado si en lugar de haber hecho esto hubiese hecho esto otro que también podía haber hecho?”
A lo largo de su vida, el hombre pasa por diversas etapas, se renueva, cambia, porque está en constante evolución. No puede mantenerse invariable. Se va construyendo un camino, pero uno nunca está seguro de que lo que ha hecho era lo correcto. Hay quien cree que todo está escrito y que las cosas no podían haber sido de otra forma. Ello no quita que el ser humano no sea humano, y que con ello cometa errores. Esos errores a veces crean frustración, deseo de volver atrás para hacer las cosas de otro modo… pero ya es tarde. De nada sirve martirizarse por lo que ya no tiene solución. Por ello, siempre la vista al frente, esto es lo más recomendable. Asumamos nuestros errores y sintámonos felices por equivocarnos, ya que esto no sería posible de no ser libres y poder elegir. La libertad tampoco es perfecta, como los hombres tampoco lo son.
Una vez escuché la siguiente frase: “La iglesia no es perfecta porque está constituida por hombres”. En efecto, algo que en teoría proviene de la perfección celestial y es depositada en manos humanas trae consigo que ese “algo” pueda ser malogrado, o al menos no alcanzar unos resultados óptimos como se desearían (en este caso sería Dios ese ser deseante que deposita en manos de criaturas creadas por él esta responsabilidad). No en vano, de los errores se aprende, a pesar de que poseamos el defecto de repetir los errores, ya que somos animales racionales que tropezamos siempre sobre la misma piedra.
Estamos condenados a la soledad. El ser humano convive siempre consigo mismo, está condenado a aguantarse las veinticuatro horas. Cuando conoce a otros seres como él, se entretiene con ellos, parece olvidar su convivencia consigo mismo. Su voz interior se calla. Esto es algo que considero a priori así, a pesar de que esto no sea una ciencia exacta. Escribir sobre el mundo que nos rodea conlleva que podamos equivocarnos, que nuestras opiniones no sean universales, por más que tratemos de ajustarlas a una realidad plural. Siempre habrá alguien que no esté de acuerdo, y esto también es de celebrar, puesto que debido a esto surgen las discusiones, los debates. Conocer a otras personas con las que poner en común inquietudes, formas de ver la vida. Relacionarse, en una palabra, con el medio.
Ese “yo” interior con el que dialogamos, muchas veces comienza a construir sus propias realidades incluso con los demás. Me explico con un ejemplo: Se conoce a una persona por la que se comienza a sentir un afecto. Pues bien, antes de conocerla más a fondo, nuestra mente comienza a reconstruir aquella información que todavía nos falta, elabora una imagen propia de ese individuo todavía extraño. Puede idealizarlo en muchos casos, darle una apariencia que a nosotros nos agrade. Lo construye “como nos gustaría que fuera”. Por eso, después, surgen los desencantos, las desilusiones. En el amor esto es bien frecuente. Muchas veces pensamos que ese otro es la persona de nuestra vida, hasta que comenzamos a encontrar aquellos puntos considerados por nosotros “débiles” (aunque quizá seamos nosotros los que poseamos los defectos que no somos capaces de ver).
Lo primero que nos llega de los demás es su apariencia más superficial. Desde el físico hasta las costumbres. Para una persona puntual, aquella otra que llega tarde siempre pasa por ser considerada una “desconsiderada”, alguien egoísta que no tiene en cuenta al otro al hacerlo esperar gratuitamente. No lo olvidemos, pero la sociedad se crea también con convenciones y reglas sociales (todo lo que parece que ayuda a que las cosas vayan mejor y el mundo marche con menos problemas de los que podría tener). El “orden” social. La polis, además de estar controlada por los “políticos” y la “policía”, es también víctima de su propio código de normas.
Pero vayamos también a la apariencia física. Saltándonos a la torera una vez más el rigor científico, podemos decir que el mundo se constituye en tantos por ciento: un veinte por ciento de gente bella, un treinta de “poco agraciada” y un cincuenta por ciento de gente “del montón”, esto es, ni guapa ni poco agraciada. Esto es: “gente normal”. El “yo interior” puede jugar a construirse su propio canon, la imagen de la persona con la que soñar. Después, la realidad acaba rompiendo ese canon, porque cuando uno se enamora entran en juego muchos factores que no solo dependen de lo físico (e incluso esto es relativo, cada uno tenemos un concepto de “belleza”).
Después, están las personas exitosas, las anónimas y las mediocres o grises. Las exitosas pueden buscar o no el reconocimiento por su labor, pero qué duda cabe que logran alcanzar su sueño, ver cumplidas sus expectativas. Esto, en la mayoría de los casos, no depende de uno mismo sino de factores como la casualidad, por ejemplo (es decir, estar en el lugar y en el momento precisos, lo que otros llamarían “suerte”). Luego están los que no logran este objetivo pero son felices con la vida que llevan (los que aspiran a un diez y luego obtienen un seis, por ejemplo). Y después están los que creen que su vida carece de sentido, que han fracasado y se resisten a aceptar su destino. Fernando Fernán Gómez dijo en una entrevista que en su profesión de actor estaba rodeado por gente no con vocación de actores, sino de actores triunfantes. Los que llegaban a alcanzar el éxito eran muy pocos, mientras que el resto se pasaba toda la vida esperando alcanzarlo, convirtiéndose en actores frustrados. Pues bien, esto sucede en todas las profesiones y ámbitos de la vida. Si uno posee talento, qué duda cabe que esto es un punto a favor. Lo que también es cierto es que hay que buscar esa suerte, estar en activo y no condenarse a la resignación.
En los tiempos que nos ha tocado vivir, es complicado ese triunfo soñado. Quizá nuestras proyecciones resulten desmesuradas y debamos aprender a ser realistas. Slavoj Zizek afirmó en uno de sus libros que el hombre en muchas ocasiones no llega a realizar aquello que se plantea para un futuro hipotético. Muchos de sus planes no llegan a concretarse materialmente porque solo se conforma con poseerlos mentalmente.
En mi caso, soy consciente de lo complicado a la hora de hacerse un hueco en este mundo, cada vez más globalizado (lo cual es bueno y malo a la vez). Existe una crisis a todos los niveles dentro de la cual cunde el pesimismo. Vivimos en la cultura de la resignación. No obstante, aunque estos tiempos no sean buenos, uno debe de seguir trabajando para cuando las cosas cambien. Uno no puede condenarse a la inmovilidad. Quizá no se lleguen a cumplir los sueños dorados, pero la vida también se encuentra llena de pequeños éxitos que también reconfortan y animan a seguir en la lucha.



El filósofo Julián Marías en su casa


II.

Tras un tiempo sin poder escribir, retomo la tarea que aquí comencé, no sin cierta desgana. A la inspiración no le importa el momento en el que acude, y en muchos casos resulta bastante inoportuna. Estos días en los que no he podido satisfacerla me he sentido ciertamente frustrado. Las ideas quedan atrapadas en la memoria o en breves apuntes sobre en papel, pero en muchos casos olvidamos el motivo por el que acudieron en nuestro auxilio. En otros casos, cuando podemos plasmarlas, nos puede la emoción y a veces escribimos al calor de éstas sin ser muy consecuentes con una estructura o una coherencia general. Después, con los ánimos enfriados, sopesamos el trabajo realizado y lo corregimos, llegando a despojarlo de la materia esencial, de ese fuego o espíritu que le daba vida.
De igual modo, retornamos al trabajo iniciado, citando la famosa frase de Fray Luis de León “decíamos ayer”…
Si bien es cierto que las tertulias de los cafés, aquellas inmortalizadas por Solana en su café Pombo, han quedado relegadas a los cuadros (y a las fotografías), todavía existen personas que, como escapadas de este pasado enmarcado y fijado para la posteridad, buscan rincones (ya sea en un café o al amparo de un árbol en un parque) para dar rienda a sus inquietudes, poniéndolas en común, generando grupúsculos (partidos políticos cuya ideología es la cultura) de personas dispuestas a poner en comunión las cosas en las que son afines.
Pequeñas ágoras que surgen espontáneamente, insospechadas por el resto de personas ajenas a dicho grupo que pasan por ahí casualmente.
Quizá puedan considerarse como aquellas catacumbas en las que se reunían los cristianos perseguidos, los últimos eslabones de una cadena eterna (es decir, siempre siendo los mismos últimos eslabones, esa amenaza constante y perpetua). Una cadena interminable precisamente por su necesidad, porque siempre habrá gente interesada en mantenerla, supervivientes imposibles de exterminar.
La cultura para quien la disfruta nunca está de más en ningún momento de su vida. No solo existe en los momentos de la escritura o del debate, surge hasta en quien mira las aguas de un estanque a la luz de las farolas y recuerda un cuadro impresionista, seguramente de Monet o Van Gogh.
Pero la cultura no son solo nombres, fechas y demás datos. La cultura está en el pensamiento, puesto que siempre ha sido objeto de los intelectuales. Todo cuanto hagamos por tratar de comprender el mundo que nos rodea será una aportación valiosa a este ámbito que tanto nos dignifica, pues nos hace evolucionar y nos distingue de la irracionalidad y el cerrilismo.
Es precisamente esto lo que nos hace libres, lo que nos separa del pensamiento uniforme y gris, de la opinión general que no entiende de sospechas ni desacuerdos.
Cuanto más se conoce, más feliz e infeliz se es al mismo tiempo. El conocer da dolor y a la vez nos aparta de la ignorancia y del engaño.
Quien decide plasmar sus pensamientos en un papel lo hace porque considera que son valiosos, por un cierto temor a que desaparezcan dentro de su mente o se vayan con él cuando éste ya no esté.
También existe esa vieja idea del exorcismo creativo, de la escritura como forma de desahogo interior, de ordenación de las ideas. Una especie de terapia de sanación. En cualquier caso la escritura existe para dejar constancia, para que no solo quien escribe sea el beneficiario de lo escrito. Otros llegarán alguna vez a leer aquellos textos, de lo contrario no serían transcritos de la mente al papel. La “cultura” tiene como fin difundirse. Hasta quien escribe un diario no lo escribe solo para él. Habrá quien después destruya lo pergeñado, pero en un primer momento lo hizo con el fin al que nos referimos, aunque después se arrepintiese.

Es entonces cuando, existiendo la figura del emisor y del receptor, hay que detenerse no solo en lo que se escribe sino en cómo se escribe. Para llegar al otro, convenciendo. Como decía al sabio Julián Marías, quien escribe filosofía debe de hacerlo como si se estuviese enfrentando a una novela. Hay que convertir en amenas las tesis, para que sean digeridas de forma fluida, para que el libro sea leído casi sin interrupciones de atrás adelante, aunque al concluirlo deba volver a ser leído.

3 comentarios:

Sonia 12 de agosto de 2013, 12:27  

Me gusta. El texto es tuyo o es de Javier Marías?

nosoydali 13 de agosto de 2013, 3:33  

No, qué va... Es mío. ¡Ojalá escribiese como Marías!

Sonia 13 de agosto de 2013, 6:34  

Jo, pues... está genial.

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