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NUIT D´ÉTOILES

>> miércoles, 14 de agosto de 2013


Aquella tarde, las puertas del presidio se abrieron y Pascal salió al fin libre, tras treinta años cumplidos de pena. Con sus cincuenta años, no tenía la más remota idea de qué iba a ser de su vida. Había pasado más tiempo de su vida entre rejas que fuera de ellas aprendiendo a sobrevivir. Por primera vez tuvo conciencia de lo cruel que podía ser la libertad. Comenzó a echar de menos los cuidados de sus carceleros, que durante todo este tiempo habían estado dándole de comer, cambiándole las sábanas y facilitándole todo tipo de entretenimientos (lectura, música, tabaco, etcétera). Apenas recordaba el momento en que fue apresado cuando contaba tan solo con dieciocho años. Su memoria había borrado prácticamente todo lo que le había acontecido más allá de aquellas cuatro paredes grises y húmedas de su celda. Todo sucedió por un robo. Tenía hambre y en su casa no había comida. Su madre, impelida en la cama y su padre muerto cuando él cumplió nueve años. Como un cuento de Dickens…
Con la muerte de su madre, perdió lo que le quedaba de familia.
¿Dónde ir?... ¿Cómo vivir? (tal vez esta pregunta la única importante).
Caminó por aquel sendero de árboles, alejándose de aquel edificio que nunca había tenido oportunidad de ver desde su exterior. Ahora poco o nada le importaba cómo era su fachada. Había cambiado por completo su manera de entender las cosas, porque aquellas con las que había convivido ya no existían, pertenecían a un mundo del que había sido desahuciado. A partir de este momento sólo podía pensar como un hombre libre. Un hombre libre en peligro. Debía de tratar de sobrevivir en otro sentido, en el sentido en el que sólo él era dueño de lo que le sucediera.
Se estaba haciendo de noche. Pascal caminaba sin convencimiento, desconociendo el destino al que se dirigía. “Mamá Estado” le había pegado la patada.
Hacía tiempo que el sendero se había convertido en un bosque profundo. Si ahora él sufría un accidente y corría peligro de muerte, nadie acudiría en su ayuda puesto que nadie le vería ni oiría. Era como si un agujero negro se lo hubiese tragado, haciéndole desaparecer del resto del mundo. Aquel bosque le había desamparado a la vez que le acogía como una nueva madre, “Mamá Naturaleza”.
¿Qué aspecto tendría? En la cárcel se olvidó de los espejos (es posible que ellos ya hubieran olvidado cómo reflejado, al haber perdido práctica con él). Su cabello había crecido casi hasta engullirlo, poseyéndole. Había olvidado también cuándo se había cambiado de ropa por última vez. Por perder, había perdido casi el sentido del olfato, siendo esto de agradecer pues así no tenía que convivir con su fuerte olor corporal. El color de su vestuario había mutado respecto de cómo era originalmente. La camisa blanca era ahora parduzca y se había adherido a su cuerpo, siendo casi su nueva piel. Era un sonámbulo, alguien al que le había sido arrebatada su personalidad. A cambio, lucía otra en la que no se reconocía.
Sus pies se detuvieron. El bosque despareció por un instante, abriéndose a un claro de hierba que parecía recién cortada. Pascal salió de la oscuridad de la frondosidad y se entregó a aquella extraña claridad nocturna de aquel campo mágico. ¿De dónde proveía la luz? Al mirar hacia arriba, se encontró con un cielo estrellado. Para verlo mejor, se tumbó sobre la hierba, húmeda y olorosa… ¡Había recuperado la capacidad de reconocer olores! Colocó sus brazos por debajo de su cabeza, haciéndoselos servir como de almohada. Sintió cómo una ligera brisa lo refrescaba en aquella noche de verano. Alguna hormiga comenzó a subir por sus manos, llegando hasta su cabeza, donde probablemente acabó escondiéndose entre su “maleza capilar”.

Aquella noche plagada de motas lumínicas se le antojó de repente como una señal. Era como un intermedio, una tregua para el descanso. El tiempo había parecido detenerse. Ya no le preocupaba el mañana. Una sensación de calma le invadió, una paz interior imposible de describir. Sus músculos prietos se destensaron y cerró los ojos.    

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