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ORIGINAL Y COPIA

>> domingo, 4 de agosto de 2013


A la salida del restaurante, en el pasillo del hotel, colgaba de una de las paredes un cuadro muy gracioso. El motivo era bien sencillo: una niña se asomaba, curiosa, a través del cristal de una ventana para ver lo que supuestamente sucedía fuera, en la calle. Los colores eran muy vivos e imaginativos (fauvistas en una palabra) y el dibujo resultaba ingenuo pero a la vez consistente. Parecía un Matisse inédito.
El muchacho quedó prendado del lienzo. Al pasar por delante de él, se detuvo un instante y lo olvidó todo: olvidó que venía de comer del buffet una ensalada, un arroz y un trozo de sandía. Olvidó que antes de eso había estado en la playa. Olvidó que ahora iba a salir a dar un paseo con su familia, con la que también había estado comiendo y en la playa, para ver el casco antiguo de la ciudad. Olvidó que era verano y olvidó que tenía veinte años. No olvidó que le gustaba el arte y no se olvidó tampoco de que le gustaba pintar. Es más, en aquel momento lo recordó. Quería copiar aquel cuadro. No pretendía, pues, crear nada nuevo: estaba de vacaciones y no le apetecía pensar más de la cuenta. Por eso, decidió recrearse en lo que ya existía y era digno de contemplación, al menos para él. Fiel a su estilo y a sus gustos, aquel cuadro parecía decirle “píntame, crea a partir de mí una reproducción, perpetúame dándome descendencia, un hijo bastardo que no pretenda en absoluto ser como yo, como su padre. Que todo el mundo sepa que esa copia, aunque haya perdido pureza respecto de donde procede, es de mi familia.”
Antes de despedirse de su familia, le pidió a su madre un bolígrafo. Después, cuando se quedó solo, buscó una servilleta en recepción y se sentó en un sofá que se encontraba dispuesto frente a la pintura.
Lo único que lamentaba era no disponer de colores. Sin ellos, el resultado perdería un tanto por ciento más de fidelidad respecto del original. Concretamente, un cincuenta por ciento. No obstante, él ansiaba introducirse en aquel trocito de universo. No le importaba no poder obtener un resultado óptimo, ni mucho menos perdurable. Se lo tomó como un ejercicio, nada más.
Comenzó a dibujar como primer asunto la cabeza de la niña. De pelo moreno y largo. La cara todavía no la perfiló, para él sin duda representaba lo más complejo de abordar de la obra. Así pues, la dejó abocetada y continuó por el camisón blanco, en el cual confluían otros colores bajo la excusa de sombras y pliegues. Luego, se detuvo en las manos y las piernas. Finalmente se enfrentó al fondo, esto es, al rincón de la casa en el que se encontraba situada la niña: pared anaranjada y suelo rojo, ventana amarilla de marco verde. Todo muy japonés.
A falta de pigmentos, como quien no dispone de azafrán para hacer más vistoso un arroz, comenzó a rayar algunas partes a modo de sombras y volúmenes.
Cuando ya estaba todo más o menos definido, volvió al rostro de la niña. ¿Qué edad tendría aquella niña ahora? En la firma del cuadro, ponía el año en el que había sido ejecutado. Habían pasado diez años. Aquel personaje del pasado debía de tener nueve años. En el presente, por tanto, tendría los rasgos más endurecidos aunque conservaría ese aspecto dulce, de candidez. Estaba seguro.
Muchas veces, observando rostros aquí y allá, aquel chico realizaba viajes en el tiempo, yéndose a un pasado o un futuro hipotéticos, quitando y poniendo años a su antojo en los sujetos de estudio que había escogido.
Tan absorto se encontraba en su tarea, que ni se había fijado en que había alguien más en aquel pasillo. Alguien que había decidido hacerles compañía a él y al cuadro. Alguien sentado en otro sofá, mirando fijamente al artista. Poco a poco, el chico fue desplazando su mirada para concretar aquello que el rabillo de su ojo había percibido como una mancha todavía abstracta. Primero se fijó en sus piernas desnudas y en sus pies que calzaban sandalias rojas. Luego fue subiendo hasta su falda, azul y de motivos florales discretos. Subió después hasta su torso, camisa blanca de tirantes breves y de volantes en el escote y mangas. Su cuello, ni largo ni corto, sino todo lo contrario (permítaseme la broma). Y, por fin, su rostro. Un rostro que había encajado perfectamente en su mente antes de dibujar aquel otro que le había quedado pendiente. Un rostro diez años más mayor que el que tenía delante, pintado. A la chica, efectivamente, se le habían marcado todavía más sus caracteres, aquellos que en un pasado tuvo aunque aún sin definir del todo, latentes. Cuando abrió su boca, asomaron unos dientes perfectos, todos en fila y obedientes, sin salirse más de lo debido.
“¿Por qué dibujar una copia cuando tienes delante el original?”
La chica tenía sentido del humor. Se llamaba Drusila. Una persona así no podía tener un nombre normal y aburrido. Su nombre procedía del italiano y evocaba todo tipo de cosas en un chico con una mente ociosa, una mente atolondrada por el verano y que ahora parecía despertar.
“¿Quieres que te dibuje?”
Ella no dijo ni que sí ni que no. Se quedó muy quieta, esperando que aquel bolígrafo comenzase a fijarse en cada uno de sus accidentes.
“Vas a tener que tener paciencia… yo tardo bastante en cada dibujo que hago… ¡Ah, y si no estoy contento con el resultado, me perdonarás si no te lo enseño!”

Drusila asintió. Ella tenía todo el tiempo del mundo. Para ella, de algún modo, también se había detenido el tiempo.

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