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PONER LAS COSAS EN ORDEN

>> miércoles, 7 de agosto de 2013


El anciano caballero casi no pudo levantarse de su poltrona en el momento en que decidió soltar aquel discurso. Tuvo que ser ayudado por los dos viejos amigos que tenía a los lados, los cuales le cogieron de los brazos y consiguieron ponerlo en pie. Don Orlando Villana les hizo un gesto que quería decir “no había sido necesario, ya podía yo solo”. Los invitados a aquella cena se quedaron observándole en sus asientos a lo largo de la gran mesa rectangular. El anfitrión acababa de cumplir noventa años y había tenido la idea de invitar a todas las personas vivas que habían pasado por su vida dejando suficiente huella como para acordarse de ellas. Les había reunido porque tenía algo muy importante que contarles. Antes de comenzar a hablar, apoyó las manos sobre la mesa, como custodiando con ellas el helado que había dejado sin acabar, derritiéndose en la copa de plata. A su edad todavía conservaba sus reflejos y había conseguido dejar su zona de mantel inmaculado, a diferencia de los otros comensales, a los que no había parecido importarles decorarlo con lamparones y demás descuidos propios de festines luculianos.
“Amigos míos. Os he convocado aquí esta noche para deciros algo que os concierne a vosotros tanto como a mí. Tenía que pediros perdón porque… en cierto sentido, la persona con la que habéis compartido tantas cosas no es la que está ahora de pie hablándoos… sino otra… En realidad otras. He sido muchas personas y no he sido ninguna. De hecho, no sé quien soy a estas alturas de la vida… Con cada uno de vosotros he sido uno diferente. Veo que estáis sorprendidos, no sé si porque no entendéis muy bien lo que estoy diciendo o porque no sois capaces de asumir mis palabras… De lo que sí estoy seguro es que no os he engañado, puesto que, cuando era otra persona, no lo hacía conscientemente. Me salía así, no era capaz de conservar una identidad perpetua. El hombre va cambiando a lo largo de la vida, pero no solo por sí mismo sino que también le modifica el medio en el que se mueve. Todo contribuye a ello. Veo que ya lo vais entendiendo… Seguro que os sentís identificados en algo de lo que os estoy contando. Somos hombres sociales, pero también de apariencias y de roles, dependiendo de la situación. ¿No decía Darwin que el ser vivo que no se adapta muere? Pues algo así me ha pasado a mí… El problema es la confusión, pues ahora no sé quién soy, no he sido capaz de construirme una identidad nacida de todas estas experiencias. He sido un superviviente a base de no ser yo… ¿pero quién soy yo realmente? Mi metamorfosis se debe a mi espíritu nómada. No quería anquilosarme, echar raíces y pudrirme en la monotonía. Cuando me he cansado de un plato e ido a probar otro, tanto es así que mis papilas gustativas se han saturado de tantos sabores tan diferentes. En fin… Moriré siendo un extraño para mí mismo.”
Se produjo un silencio en la sala.
“Bien, esto es lo que tenía que deciros… Espero no haberos estropeado la velada. Ahora vendrá una orquesta de zíngaros que os hará olvidar todo esto o, al menos, le quitará peso y dramatismo…”

Don Orlando volvió a tomar asiento, esta vez sin dificultades. Era como si se hubiese despojado de algo pesado que hubiese tenido que ir cargando a lo largo de estos años. Había sufrido un ataque de sinceridad. Ahora le quedaba el otro cincuenta por ciento, quizás lo más importante. Una vez detectado el problema, había que ponerle remedio. Aquel nonagenario debía de ordenar sus ideas y preguntarse por su identidad, hasta conseguir reencontrase consigo mismo. Tenía todo el tiempo del mundo. Ahora, condenado a la soledad al haberse reconocido un farsante, debería de limpiar toda la porquería de su despacho interior y ponerlo en orden. Una persona digna de admirar este Orlando.

1 comentarios:

Sonia 13 de agosto de 2013, 6:33  

Me encanta!
Yo creo que encontrará su yo, después de noventa años...

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