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REQUIEM POR SCHÖNBERG

>> domingo, 25 de agosto de 2013



Dibujo que representa a Schönberg, con el cuarteto Kolisch, fundado por su alumno Rudolf Kolisch. 



Durante muchas noches de mi infancia y adolescencia, nuestra casa familiar tuvo como huésped al que sería uno de nuestros grandes amigos: Juan María Esteban. Por aquel entonces, yo me encontraba cursando estudios de violín y había entrado en una orquesta que él mismo había fundado. Mi padre ostentaba el cargo de “archivero” de la misma, e incluso realizó alguna que otra sustitución a la batuta. Su amistad venía de lejos. Había una pequeña academia musical llamada “Clara” en el barrio en el que vivimos hasta que cumplí los nueve años. Mi padre había acudido a recibir clases de flauta y había conocido allí a Juan, al que tuvo como profesor. Acababa de regresar de Munich, donde había ido a estudiar dirección orquestal con profesores de la talla de Sergio Celidibache. Cuando creó la “Fundación Mozart” con la idea de crear una orquesta infantil (algo que por entonces resultaba totalmente novedoso en Madrid y en España), mi padre fue uno de los primeros a los que llamó al creer que yo podría encajar dentro de ella. Sería bautizada como “Orquesta Amadeus”. Mi padre lo habló conmigo y yo acepté. Tenía nueve años. Hasta que cumplí los diecisiete permanecí en ella y durante aquellos ocho años de experiencia fueron interpretadas partituras de lo más variopintas: desde la “Música de los reales Fuegos Artificiales” de Haendel o el “Romeo y Julieta” de Tchaikovsky hasta la banda Sonora de “La Guerra de las Galaxias” o el “American Patrol” de Glenn Miller. De Juan nos fascinaba no solo su talento o su maestría sino sus conocimientos, que iban más allá de los musicales. Que Juan acudiese a nuestra casa para cenar era para mí un gran acontecimiento. Era famoso su particular y genuino sentido del humor, que lograba arrancarnos carcajadas en la mayoría de las ocasiones. Entre broma y broma, nos hablaba de literatura de cine, de pintura… Por su boca conocí nombres que hasta ahora me habían sido vedados. No digo que en mi casa no hubiese un ambiente cultural propio para mi aprendizaje, pero era evidente que mi inquietud como “curioso” me exigía escuchar más voces, no solo las “autorizadas” por consanguinidad. Antes de Internet, imagino que el aprendizaje llegaría por vías como los libros de ensayo, allí donde poder encontrar todo tipo de sugerencias realizadas a su vez por los escritores en cuestión, otros curiosos en potencia. Los lectores acudían a esas fuentes enunciadas como propuesta, saltaban de libro a libro (algo así como un “clickear” con el ratón de un enlace a otro en la actualidad cibernética). En este caso, yo me afanaba en buscar fuera, cuando lo que ansiaba estaba dentro de mí. Necesitaba encontrarme, detenerme en alguno de esos lugares a los que visitaba como cotilla.


Anton Webern y Alban Berg, alumnos de Arnold Schönberg


Era evidente que Juan tendía a hablar de autores alemanes debido a su formación en el país germano: “Franz Kafka”, “Thomas Mann””, “Hermann Broch”, “Heinrich Böll”, “Günter Grass” en literatura; “Oskar Kokoscha”, “Walter Gropius”, “Wassily Kandinsky” en pintura y arquitectura; “Werner Herzog”, “Volker Schlöndorff” en cine;  “Gustav Mahler”, “Alban Berg”, “Arnold Schönberg” en música… Toda una época, su siglo veinte, que se conocía al dedillo. Poco a poco fui comprendiendo el afán alemán por intelectualizarlo todo hasta volverlo abstracto. Lo comprendí, aunque en muchos casos me mostraba reacio a tolerarlo. Se había pujado por despojar a la estética de todo aquello que resultase “barroco” o compuesto de floritura. No comprendía cómo Gropius podía escribir tratados de arquitectura considerando casi “delito” lo ornamental. Esa búsqueda de lo esencial (menos es más) había acabado desplazando lo estético sentimental por lo estético racional. Los sentidos tenían limitada su capacidad para expresarse ante muchas de aquellas obras. El arte, al haberse convertido en un enigma y a su vez en sus propias instrucciones de uso (un papel lleno de cifras y letras), había conseguido hacer sentirse ignorante a los espectadores en su mayoría.
Recuerdo cuando mi padre dijo con humor respecto de Schönberg: “Seguramente compuso algún pasodoble estando borracho”. Como él, nunca he sido capaz de comprender la música contemporánea. Sin duda, Schönberg buscaba avanzar en la música, pero lo único que consiguió fue mostrar su armazón, la estructura que la conformaba. Consiguió que fuéramos conscientes de ello.
En 1911, Egon Wellesz trató de explicar lo que para él representaba la música schönbergiana: “La melodía, en la que podemos seguir un sutil movimiento del sentimiento, está compuesta de muchas pequeñas partículas motívicas entremezcladas, similares a las manchas de color de un cuadro impresionista. De cerca, parecen dispuestas unas al lado de las otras sin orden alguno, pero, si se toma una vista de conjunto, esos motivos se ordenan orgánicamente en la “melodía infinita’ de la pieza, que está al mismo tiempo ligada de manera intrínseca a la forma. El progreso técnico que representa este nuevo arte consiste en que el contenido recubre la forma, y no se trata de exponer temas o motivos de los que a continuación se extraigan consecuencias, sino que cada parte motívica está cerrada en sí misma y, pese a ello, se funde con las demás en una unidad superior”.
Muchos de los postulados de Schönberg encontraron apoyo y desarrollo en la amistad que el compositor mantuvo con el arquitecto Adolf Loos, el cual apostó por el músico llegando a invertir dinero en su carrera. La afirmación “La música no debe adornar sino ser verdadera” pronunciada por Schönberg, debe parte de su autoría al pensamiento estético de su camarada. 
Beatriz Aguilera, otra de las personas de las que puedo presumir conocido (una persona que me honra con su amistad) me dijo en una ocasión: “La música contemporánea hay que estudiarla para comprenderla”. Ella por entonces venía a casa a recibir clases de dirección de mi padre, pues se estaba preparando para un examen en el real Conservatorio de Atocha. Yo entiendo que la música, como otras artes, debe de entrar por las venas más que por los ojos, debe hacernos palpitar. Cuando hay que someterla a estudio, ponerla bajo un microscopio y diseccionarla, tengo la sensación de que algo no está funcionando bien. Volviendo a las palabras de Schönberg, tal vez esa “verdad musical” deba de ser recibida por nuestros oídos sin necesidad de ninguna muleta que apoye la propia audición. Quizá esta “verdad” no esté a la altura del melómano actual, esto es algo que me he planteado en diversas ocasiones. Quizá “no estemos preparados para valorarla todavía”.   
José Ramón Encinar, que se crió con mi padre cuando eran niños y han mantenido su amistad hasta este momento, tuvo la oportunidad de hablar con él en diferentes ocasiones acerca de la cuestión musical. Una vez, José Ramón le habló de su tarea como compositor. Mi padre no comprendía que todos los días se sentase de tal hora a tal hora y se pusiese a escribir sobre el pentagrama. Él creía que la música debía ser cuestión de inspiración y no de trabajo diario, como si siempre pudiéramos estar lúcidos.
La música culta actual parece no haber sido capaz de renovarse. Atrapada en su propia estructura, sigue resultando ininteligible para muchos (para todos aquellos que no han tenido la suerte de estudiarla y comprenderla en su forma teórica, allí donde cobra sentido). No obstante, soy consciente de que muchas de las críticas dirigidas a este arte por su elitismo vienen precisamente de cierta irracionalidad acompañada de una gran dosis de prejuicios. Por eso, para criticar, debería al menos de tratar de conocerse el objeto de la crítica.

Caricatura de Schönberg pintando


Schönberg no compuso nunca un pasodoble, pero sí música “inteligible”. En su periodo pre-dodecafónico de juventud, experimentó con una música influida por los grandes románticos alemanes. Mahler, Bruckner e incluso Wagner parecen florecer en partituras como su “Guerrelider”. Todos los artistas han de conocer las reglas del arte para después romperlas. Recordemos la primera etapa de Picasso e incluso sus retornos a lo clásico en sus años posteriores. Como Picasso, tambien Schoenberg experimentó en el mundo de la pintura. Ambos tenían en común que no querían parecerse a otros, que querían innovar, mostrar un nuevo camino en sus artes. Demostrar que era posible. Ya bien desde la teoría o la práctica, investigaron nuevas formas de expresión, las perfilaron para demostrar que podían ser posibles y aceptadas, tardasen el tiempo que tardasen (Picasso, ante su retrato de Gertrude Stein, afirmó que si no se parecía a la retratada “ya se parecería”).
Tuvieron que enfrentarse a todo tipo de críticas antes de que el público acabase viendo como “normal” su trabajo (o, al menos, no tan “escandaloso”). Si Walter Benjamín no hubiese abierto un nuevo camino en las formas de escritura teóricas, quizá el tipo de textos que en este momento usted está leyendo estarían catalogados como una simple broma de mal gusto indigna de cualquier canon literario.
Si Walter Benjamín no hubiese abierto un nuevo camino en las formas de escritura teóricas, quizá el tipo de textos que en este momento usted está leyendo estarían catalogados como una simple broma de mal gusto indigna de cualquier canon literario.

Autorretrato de Schönberg

Kandinsky dijo: "Schönberg no pinta para representar algo bonito o seductor sino que pinta sin ni siquiera pensar en la propia pintura". El ruso sabía lo que decía, puesto que él realizó el camino inverso del alemán, tratando de encontrar mediante la sinestesia ese lugar que sin duda debía ocupar la música dentro de la pintura. En los cuadros creados por Schönberg se advierte el mero placer de la propia acción pictórica, esa búsqueda sensorial mediante la materia, el trazo y la forma, ese alma que las hacía vibrar. Sus trabajos llegaron a interesar a los compañeros artistas del músico, de modo que llegaron a  formar parte de exposiciones de la categoría de las del grupo expresionista “El Jinete azul” (formado por el citado Kandinsky y Franz Marc).
En una ocasión, Schönberg declaró al respecto: “Mi pintura y mi música no tienen nada en común. Mi música es el resultado de una teoría puramente musical y sólo debe ser valorada tomando en cuenta su naturaleza musical”. Estas declaraciones fueron realizadas el mismo año en el que se produjo quizá uno de sus conciertos más “sonados”: el que tuvo lugar el 31 de marzo de 1913 en la sala del Musikverein, cuando Schönberg dirigió su Sinfonía de cámara, además de obras de sus discípulos Alban Berg y Anton Webern.
Así describe Esteban Buch en su libro “El caso Schönberg” la atmósfera vivida en aquel día, el día denominado como del “Skandalkonzert”: “Risas sarcásticas, silbidos, abucheos, agravios... Webern, fuera de sí, vociferando insultos; Berg, aparentemente paralizado en un rincón; Schönberg, exasperado y amenazando desde lo alto del podio con expulsar a los alborotadores, una bofetada descrita como el acorde más perfecto de la velada, las vanas tentativas de un comisario de policía para restablecer la calma, una sala sumergida en la penumbra. En síntesis, el caos, prolongado además por una intensa polémica en la prensa y dos procesos judiciales”.

"El próximo concierto de Schönberg en Viena", caricatura aparecida en el periódico" Die Sonntags-Zeit" en 1913


Cuando los nazis obligaron a Schönberg a exiliarse de Alemania, sus obras entraron a formar parte de la “música degenerada” expuesta en la Entartete Musik, en la famosa exposición de Düsseldorf, cuyo comisario declarará que la música atonal del judío Schönberg niega “el elemento indudablemente germánico que es la tríada, y en términos más generales, las leyes fundamentales del sonido”.
Schönberg aprendió de los clásicos y los disfrutó, de eso no me cabe duda. Pero él era un teórico y le interesaban esas nuevas formas aún desconocidas de la música. Jugó con ellas y las transmitió a sus alumnos, entre los que podemos encontrar a Alban Berg o Antón Webern, e incluso a Roberto Gerhard, compositor español de orígenes franceses que también indagó en los orígenes de la música (tuvo como maestro a Felipe Pedrell, que realizó una exhaustiva investigación de corte casi arqueológico sobre la historia de la música antigua española, recopilando canciones populares de diferentes lugares de la geografía desde la etapa renacentista, para finalmente iniciar lo que vino a llamarse el movimiento nacionalista- integrado por personas de la talla de Albéniz, Granados, Turina o Falla) para acabar siendo uno de los pioneros en el uso de la música electrónica.


Roberto Gerhard y Felipe Pedrell


La música “serialista” o “serialismo” tuvo en Boulez o en Messiaen a sus últimos defensores oficiales. En la actualidad, se ha venido desarrollando una música que, sin poseer un nombre claro, ha tratado de ser un intento de desarrollo de esta misma que no ha conseguido cuajar en nada, resultando ser solo una apropiación o una personalización de aquella en manos de cada uno de los compositores que la han utilizado para su trabajo. 

2 comentarios:

Sonia 30 de agosto de 2013, 15:26  

Bueno, Javi, qué entrada más fantástica! Me ha encantado que cruzaras tantas referencias. Yo ya no me acuerdo de cuando iba a clases de piano, y ahora estoy con la guitarra de autodidacta (ya sabes), y también sospecho que perdería algo de encanto si me pusiera en serio con el instrumento...

Pues a Schönberg lo tengo poco oído, y no siempre estoy de humor para la música atonal... pero, desde hace un par de años, me vuelven loca Debussy y Eric Satie, y hace poco he descubierto unas melodías de John Cage que están fenomenal... y no tengo ni idea de teoría musical, pero yo creo que es lo que dices, te tiene que entrar por los oídos y tocar la médula. A lo mejor es como el vino, que le vas cogiendo el gusto poco a poco...

nosoydali 30 de agosto de 2013, 15:54  

Creo que sí, a muchas cosas tenemos que acostumbrarnos ya sea por su sabor, su sonido o su aspecto visual. No siempre la primera impresión es la correcta. hay que ser pacientes y estar abiertos, dar segundas o terceras oportunidades ¡y hasta cuartas si hace falta! No obstante, hay cosas que por mucho que insistamos nunca terminarán de gustarnos. Es como decía Azcona, que habrá libros estupendos como platos de cocina, pero si no me gustan no tengo por qué tomarlos XD

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