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SI PABLO IGLESIAS LEVANTARA LA CABEZA…

>> martes, 13 de agosto de 2013

Santuario de la Vírgen del Puy, en Abárzuza

En el año 1085, unos pastores de Abárzuza vieron cómo unas estrellas refulgentes caían sobre un cerro próximo a Estella. Curiosos, fueron hasta el lugar que los astros indicaban. Llegaron hasta una gruta cubierta de matorrales y espinas. Las noches siguientes, se repitió aquella extraña lluvia de estrellas, lo que hizo que aquellos hombres acabaran por entrar en aquella gruta. Dentro de ella encontraron la talla de una virgen sosteniendo en la mano izquierda a su hijo. Al parecer, había sido escondida allí en tiempos de la invasión musulmana. Sorprendidos, los pastores decidieron dar parte al clero y éste avisó de la noticia al obispo de Pamplona don Pedro de Roda, quien a su vez se lo comunicó al rey Sancho Ramírez. Nada más enterarse, dejó las tropas en Toledo y acudió a ver y a venerar la milagrosa imagen. Para facilitar su culto, dio orden de trasladarla a la parroquia más próxima, la de San Pedro de Estella, pero fue imposible moverla de su emplazamiento. Así pues, se convencieron de que era su voluntad permanecer allí y el rey decidió construir allí mismo una capilla. El nombre del Puy se lo dio por el lugar donde se había encontrado, es decir, un cerro, eminencia o Pueyo.  
Este maravillosa historia, que me fue contada de niño, quedó impresa durante todo este tiempo en mi memoria unida a otra, relacionada con la misma Virgen. Cuentan que unos ladrones trataron una noche de robar la talla. Entraron en la iglesia y la desencajaron de su altar. Por obra de milagro, aquellos hombres no consiguieron salir de allí y se pasaron el resto del tiempo hasta que se hizo de día dando vueltas en círculo en torno al recinto. Cuando fueron apresados, el castigo fue ejemplar: cortaron sus manos y las expusieron al público para evitar que alguien más tuviese una ocurrencia parecida a la de aquellos ladrones.
En los primeros años de carrera en Bellas Artes, mostré cierto interés por toda la cantera de escultores españoles de vanguardia: comencé a estudiar a Gargallo y a Julio González, luego llegaron Victorio Macho, Mateo Hernández y Emiliano Barral y terminé con Pablo Serrano y Jorge Oteiza. De entre ellos, me llamó la atención un episodio de la vida de Barral que tuvo lugar a propósito de una de sus últimas esculturas. Barral fue uno de los escultores más comprometidos políticamente hablando, lo que evidentemente repercutió en el tipo de obra que decidió realizar como artista. La figura de Pablo Iglesias estuvo estrechamente ligada a su vida, desde el momento de la muerte del líder político. Barral no solo fue el encargado de elaborar su máscara mortuoria en 1925, sino que además cinco años después, en 1930, colaboró con el arquitecto Francisco Azorín para la construcción del mausoleo del fundador del Partido Socialista de Madrid y de la Unión general de Trabajadores. Se sabe que Barral llevaba afiliado al partido desde 1929 (año en que comienza a figurar dentro de las listas).
Como punto final a dicha trayectoria, el 3 de mayo de 1936 (año del inicio de la guerra civil) fue inaugurado en el Parque del Oeste el monumento a Pablo Iglesias, que el escultor realizó en colaboraron con el arquitecto Esteban de Mora y el pintor Luis Quintanilla.
Barral murió durante el cerco de Madrid por parte de las fuerzas de Franco, victima de la metralla de un obús de mortero, cuando se encontraba en el barrio de Usera, en calidad de miliciano, acompañando a un grupo de corresponsales extranjeros que acudían a la primera línea de fuego. 

Emiliano Barral posando con la cabeza de Pablo Iglesias

Tras la contienda, su monumento a Pablo Iglesias fue destruido De la obra destacaba el busto del homenajeado, de más de un metro de alto y labrado en granito gris. Éste, se salvó “milagrosamente” gracias a unos hombres que, arriesgando su vida, lo enterraron una noche en los Jardines de Cecilio Rodríguez, en el parque del Retiro. Durante más de cuarenta años, la cabeza granítica de Iglesias permaneció bajo tierra sin que nadie salvo quienes la enterraron tuviesen constancia de ello. Solo un mapa elaborado con motivo de dicha acción indicaba el paradero de dicha obra.
Tras la muerte de Franco, el legajo fue confiado a una serie de miembros del Partido Socialista, entre los que se encontraba Alfonso Guerra, quienes acudieron al lugar en cuestión para sacar a la luz la efigie y llevarla hasta la Sede del partido, lugar en el que se encuentra en la actualidad. Desde allí, el cabezón de don Pablo ha visto cómo su partido ha ido declinando poco a poco, convirtiéndose en una sombra de lo que fue. “Si don Pablo levantara la cabeza…” Bueno, en este caso se la levantaron, se la desenterraron, pero no fue suficiente. A determinados políticos debería de causarles impresión pasar por la sede del partido y sentirse observado por el fundador del mismo, como preguntándose “¿qué habéis hecho con mi legado?”. Quizá fueron aquellos tiempos del pasado mucho más íntegros, tiempos en los que las personas estaban dispuestas a arriesgar sus vidas por la causa. Ahora, en la actualidad, nos vendemos por un plato de lentejas, como los personajes bíblicos.  
La afición que tenemos por destruir nuestro patrimonio histórico artístico, no ya como efecto colateral de la guerra sino como acción ideológica, se remonta a tiempos inmemoriales. Desde que el hombre es hombre, antes de la consolidación de “España” como tal (recordemos el tiempo de las invasiones, donde el sentido de la palabra “arrasar” se llevaba hasta sus últimas consecuencias). Somos individuos cainitas, tendemos a devorarnos mutuamente. Siempre hay quien decide permanecer con la mente fría y tratar de salvar en la medida de sus limitaciones aquello que puede acabar siendo pasto de las llamas.
En las dos historias que aquí he mencionado, son evidentes sus nexos de unión: se produce una “invasión”, fruto de la cual se destruye ese pasado, ese mundo anterior. Dentro de este contexto, existen quienes deciden hacer uso de esa mente fría y salvar su cultura, aquello que admiran, por lo que profesan ciertas creencias. El método es el enterramiento como forma de desaparición temporal, hasta que las aguas se calmen. Después, se produce un milagro (divino o profano) y lo oculto se vuelve a hacer visible.

El "fusilamiento" del Sagrado Corazón

Volviendo a la primera historia, cabe recordar otro episodio de nuestra guerra más reciente: En 1936, un grupo de milicianos, en un acto puramente ideológico, decidió “fusilar” al Cristo del monumento del Sagrado Corazón en el Cerro de Los Ángeles. La obra corrió la misma suerte que la de Barral, en este caso fruto de la ira anticlerical desatada ya desde los años de la República. La acción, irracional como casi todas las llevadas a cabo en aquellos tiempos, pudo estar en cierto modo justificada por los siglos y siglos de esa opresión a la que fue sometido el “pueblo” por parte de los altos mandatarios, entre los que se encontraban aquellos que representaban a la Iglesia. Una agresión en sí cobarde, como pudo serla aquella otra del monumento a Iglesias, pues lo que se atacaba al fin y al cabo era a los ideólogos de un partido o de una religión, cuando en realidad los “culpables” eran aquellos otros que fueron tergiversando poco a poco esas ideologías originales y puras, a mi juicio.

Lo mismo que Iglesias, la figura de Jesucristo enrojecería al ver lo que los hombres han hecho con su mensaje. Recordaría su palabra y trataría de compararla con la situación actual, tras lo cual no le quedaría otra salida que reconocer el fracaso de la misma. Vivimos tiempos “apocalípticos” donde parecen casi imposibles esos vientos que tanto se imploran: los de renovación.

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