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VISITA DE HEMINGWAY A BAROJA

>> viernes, 30 de agosto de 2013



El 9 de Octubre de 1956, un hombre de aspecto nada español llamaba a la puerta del número doce de la calle Ruiz de Alarcón- concretamente el cuarto izquierda- en Madrid.
Probablemente, de haberse cruzado con algún erudito, éste habría relacionado rápidamente aquel cabello y barbas blancas junto a aquella complexión fornida con los rasgos físicos más identificativos del autor de “Las nieves del Kilimanjaro”. No obstante, si alguien pasó por su lado y le reconoció, no intercambió con él ninguna palabra (ni siquiera hubo ninguna cara de expresión sorprendida que delatara al posible “fan”).
Durante su paseo, aquel hombre llamado Ernest Hemingway o Hemingway a secas, se había percatado de la situación privilegiada de la casa a visitar: solo hacía falta andar unos pocos pasos para darse de bruces con Los Jerónimos o El Museo del Prado, pero sobre todo con el Retiro o la Real Academia de la Lengua, sitios éstos que tenían bastante que ver con el hombre a quien iba a visitar. El sujeto en cuestión era escritor como él (de hecho ocupó un sillón en la institución anteriormente citada) y tenía la costumbre de darse paseos interminables por aquel parque, que fue lugar de asueto para reyes en tiempos pasados y en la actualidad un lugar público para disfrute de los madrileños.
El timbre sonó de forma estridente en el piso. Un anciano ataviado con pijama y gorro de dormir se levantó de la cama del dormitorio en el que se encontraba descansando y, con paso lento y quebradizo (sombra de otro decidido del que hizo gala en tiempos anteriores) cruzó aquel pasillo habitado por estantes repletos de volúmenes, recuerdo de toda una vida. Los libros, único lujo de aquella casa austera, delataban a quien los poseía. Muchos de ellos no eran sino copias de obras que él mismo había escrito. En ellos se podía leer como encabezado: “Pío Baroja”. Así pues, el autor, miembro superviviente de la generación del 98 (aunque poco dado a juntarse con otros, dado su carácter huraño), se encontraba convaleciente de una enfermedad que no superaría pero que sin duda nunca conseguiría borrar su nombre como hombre ilustre de letras que fue.
Cuando abrió la puerta y se encontró con el americano, no pudo evitar decir lo siguiente:

-         ¡Coño! ¡Qué hace éste aquí!

Baroja nunca había sentido simpatía por el extranjero. Para él, era un hombretón, a menudo rodeado de prostitutas y repleto de dólares, persona poco seria y muy áspero en el trato.

-         Maestro, he venido a decirle que usted merecía el premio Nobel mucho más que yo. Y mucho más que Unamuno, que Azorín, que Machado, que....

Don Pío le interrumpió haciendo honor a su fuerte carácter:

-         ¡Bueno, pare, pare, que como siga usted repartiendo el premio, vamos a tocar a muy poco!

El vasco había leído su obra más célebre “El viejo y el mar”, y le había parecido francamente aburrida. “Si de verdad quería haber transmitido la sensación de soledad de un pescador en mitad del mar, de veras que lo consiguió. ¡Menudo tostón!” También había leído algunos de sus relatos, entre ellos aquel de “Colinas como elefantes blancos” en el que sin duda no entendió su simbología ni le interesó entenderla. Él, que siempre se había caracterizado por ser un escritor de ideas claras y chocolate espeso, no era muy amigo de aquellos que, en aras de cierta intelectualidad, intentaban con su obra esconder mensajes secretos que les convirtieran en auténticos genios solo degustados por un número reducido de extraños admiradores. Baroja era de la escuela de aquellos que rechazaban cualquier elogio, acabando por ser considerados como “grandes” en su oficio precisamente sin habérselo propuesto. El número de admiradores era inversamente proporcional a la tendencia a huir de lo público de aquellos “humildes”.      

-         Bueno, pase usted, hombre, no se quede ahí…

Hemingway había venido cargado de regalos: un chaleco, unos calcetines, una botella de whisky, y un ejemplar de “Adiós a las armas” con la siguiente dedicatoria: “A usted, don Pío, que tanto nos enseñó a los jóvenes que queríamos ser escritores”.   
Baroja, que no estaba para recepciones, no se cortó un pelo a la hora de regresar a la cama. Hemingway le siguió cargado con sus presentes y, una vez allí, cogió una silla y se sentó cerca del escritor.

-         No se moleste, pero preferiría estar ahora en mi casa de Vera de Bidasoa… No es por usted, es que simplemente echo de menos la vida en el campo. Aquí en la ciudad es como quien está en una lata de sardinas ¿comprende?
-         Si… Yo también soy más hombre de Naturaleza. Las sardinas donde deben de estar es en el agua y no en el aceite… Entiendo que usted se sienta más pececito que hombre…
-         Mi sobrino Julio Caro me ha transmitido de parte del gobierno que debo de renegar de mi ateísmo y creer en la Santa madre Iglesia para ser enterrado en sagrado… Ya ve usted, yo que siempre me quedaba en casa los domingos a trabajar en el huerto en vez de ir a misa… Nunca me gustaron los actos multitudinarios… Sospecho lo que mi amigo Ortega acerca de las masas… Por cierto, ahora que le tengo a usted en frente… ¿Quién demonios le engañó para venir aquí cuando la guerra?
-         Vine en calidad de periodista…
-         Yo acabé hasta la boina de todos y me fui al extranjero… Me parece a mí que usted a lo que vino fue a la aventura… Yo soy hombre de acción pero solo con mis personajes ¿entiende? ¡A mí que me dejen de gaitas!
-         Lo respeto. Yo necesito la adrenalina… Me gusta adentrarme en una selva de África buscando a un león, admiro a los toreros porque hacen del riesgo su profesión… En las guerras también hay mucha valentía que demostrar…
-         Vamos, en una palabra: que le gusta salir de caza. Bien, bien, amigo, es usted hombre devoto de las facultades físicas del ser humano.
-         Me gusta el riesgo…
-         Yo, como Machado, siempre abominé del ejercicio y me dediqué a cultivar solo aquella parte de mi cuerpo con la que podría ganarme la vida: la mente. A pesar de ello, tuve una época de ideales, aquella en la que admiraba a Azorín porque creía que era un anarquista, cuando lo que en realidad demostró ser fue un acomodado al que disfrutaba viendo hacer a otros lo que él nunca se atrevería a hacer…
-         Es usted un sabio…
-         Lo que soy es mayor y ahora me toca hacer recuento de todas estas cosas porque no tengo nada mejor que hacer.


Hemingway veía en Baroja a su maestro al igual que Pekimpah encontró en Cela y en “La famila de Pascual Duarte” inspiración para su cine de acción. Tanto Cela como Hemingway serían los encargados de transportar el féretro con los restos del vasco hacia el cementerio civil el día treinta y uno de aquel mismo mes.

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