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"ESTE MUNDO NO ES PARA MI"

>> domingo, 29 de septiembre de 2013



Vidoclip del tema "No sabes ser feliz", del grupo "Otra cosa" (Jorge Sáez, Hugo González Aroca, Santi Gil Dueñas y Javier Mateo)

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Recuerdos de infancia


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"OTRA COSA"


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IN MEMORIAM. ANTOINE LE VIRIL

Aquella tarde me detuvo durante nuestro camino y me dijo: "Escribe mi necrológica. Cuéntale al mundo que ya no existo, que mi personaje ha muerto. Este mundo ha acabado con todo aquello que pude ofrecerle. Quizá entonces comenzará a valorarme al percatarse de lo que ha perdido. Pero ya será tarde. Mi yo creativo ya no volverá más". Va por ti, Antoine. ya me contarás qué te ha parecido mi semblanza.

Antoine Le Viril, visto por Álvaro Samaniego





Esta es la historia de un genio despreciado por la vida, incomprendido por el público contemporáneo. No diremos su nombre por respeto. Su pseudónimo, Antoine Le Viril. Natural de Madrid, residente en Villaverde. Escritor, músico, dibujante, cineasta y actor esporádico. Un humanista del siglo XXI. A los veintiséis años, renunció a su existencia. ¿Podría haberse evitado este trágico suceso? Quien sabe. Algunos de sus conocidos, visiblemente afectados tras este luctuoso episodio, coinciden en que él siempre sacaba a relucir su visión pesimista del mundo. Javier Mateo, el amigo con quien últimamente más se veía, justifica el no haberle prestado la atención suficiente que tal vez hubiese requerido con el siguiente argumento: “En sus palabras siempre se advertía un poso de ironía con el que quedaba anulado el posible dramatismo de las mismas… Éramos de la opinión de que no se le podía tomar en serio… Creo que como mejor podía habérsele definido es con esta contradicción: “Un cachondo nihilista”. Respecto a dicha extravagante definición, Javier contó a los compañeros de prensa que una de sus últimas frases de Antonio fue esta: “Estoy peor que Nietzsche cuando perdió el habla. No soy capaz de escribir nada, apenas puedo concentrarme para leer, estoy probando a hablar delante del espejo para tratar de no perder la capacidad de conversar, aunque sea solo conmigo mismo”.Hace un tiempo, había tratado de retomar su afición por la pintura. Estuvo en unos grandes almacenes, pero al ver los precios de los pinceles desistió de volver a los lienzos. En el patio de su casa, logró rescatar una serie de maderas quemadas, usándolas como carboncillos con los que trazar el dibujo del que iba a ser su última obra: un mural de grandes dimensiones (las de la tapia de la casa) cuyo tema iba a versar sobre “Don Quijote luchando contra Europa”. Su estilo, no apto para la mayoría del público, atacaba de flanco a la sensibilidad más refinada para sacar a la luz verdades que escocían. Un feísmo o realismo sucio inspirado en el imaginario de Robert Crumb y sustentado a su vez en una base literaria formada por autores como Bukowski, Houellebecq, Kennedy Toole o Quevedo. Él en cierta forma fue inspirador, muso de muchos de sus compañeros. Dar a luz una obra nueva era para él un acto doloroso que requería de un tiempo indefinido, susceptible de los estados de ánimos siempre tan variables en él. Prefería dar ideas a los demás que aplicárselas en su propio beneficio.Sin duda, padeció en gran parte el mal de Ignatius Reilly: alergia a un mundo que nunca terminó de comprender. Su vida, siempre introspectiva, le mantuvo dentro de su habitación durante largas etapas, dedicándose a cultivar su riqueza interior: leyó el Quijote de cabo a rabo, se puso al día con las novedades en el campo de la ciencia (tanto las oficiales como las secretas que no debían de ver la luz). Su gran modestia impidió incluso que una importante entrevista que en un principio concedió saliera a la luz en el último momento. “¿Y quién soy yo para que a la gente le interese?”. Antoine fue un genio gracias a estos pequeños detalles.Su círculo de íntimos nunca comprendió aquella etapa suya en la que decidió prescindir del colchón para dormir sobre tablas. Él siempre había querido creer, llegar a un misticismo humilde inspirado en personajes como San Jerónimo. Buscaba la esencia de la sencillez, pero incluso esto fue tomado a chanza a su alrededor. Sus creencias no le impidieron conocer otras áreas de la espiritualidad (llegó a practicar incluso la psicomagia de su querido Jodorowsky).En el campo de la cinematografía, produjo una serie de cortometrajes enclavados en la Serie B, cuyo estilo recordaba al de Jess Franco. Interpretó una serie de papeles muy personales que siempre recordaron a los de Orson Welles.

Llegó a dominar diversos instrumentos como la gaita, la trompeta y, sobre todo, la guitarra. Hace tiempo que venía revisando algunos ejercicios del método de Dionisio Aguado con la intención de convertirse en un virtuoso de la guitarra. Fue su último idilio amoroso el que le motivó a perfeccionar su técnica, y también fue el desengaño posterior el que le hizo abandonar definitivamente. En su haber deja inconclusos un dúo para violín y guitarra al estilo romanesco y una zarzuela para la cual ya había concebido una serie de números musicales y cuya historia iba a tratar sobre un las aventuras de un minotauro en los sanfermines de Pamplona. Su imposibilidad para el amor le condujo supuestamente a su final. Él siempre decía que las mujeres nunca podrían enamorarse de él porque era bajo. Llegó a pensar en operarse de las piernas para ganar unos centímetros, pero después abandonó al no encontrar apoyo por parte de las instituciones a las que acudió.



Descanse en paz, mesieu Le Viril. Quizá el mundo descubra alguna vez el talento de este genio.

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MAÑANA



He aprendido a olvidar

Tan rápido como a desapasionarme.

La vida me ha enseñado con su experiencia.

A lo único a lo que no me acostumbro

Es al error. Siempre me equivoco.

es un engaño pensar

Que la próxima vez será mejor.

Siempre es lo mismo, pero distinto.

No es duradera la ilusión.

¿Tengo a ella derecho?

Son aquellos nuevos mundos que me esperan

Espejo de este en el que me encuentro.

Pero siempre me lo repito

Para seguir caminando:

“Mañana, mañana será…”

Ahora siéntate,

mírame a los ojos y contesta:

¿Lo crees de verdad?

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LAS NOCHES DE CABIRIA

>> lunes, 23 de septiembre de 2013


De Fellini siempre me llamaron la atención sus obsesiones; obsesiones plasmadas en dibujos que parecían servir como una vía de escape mucho más rápida que la realización de películas o incluso que la escritura. Su modelo femenino poseía siempre curvas y formas desbordantes, siguiendo por supuesto el mismo patrón que el resto de personajes que albergaba en su mente. Todo parecía concebido como una gran caricatura del mundo, un histrionismo rallante en lo cómico. Para Fellini pocas cosas podían tomarse en serio y más valía no renunciar nunca a los sueños, no perder ese reducto en el que podíamos ser felices.
Volviendo a ese concepto de “Venus felliniana”, resulta todavía más curioso compararla con Giulietta Masina, la mujer de su vida. Desde luego, no era una Anita Ekberg, a la que podríamos considerar también como un exceso cárnico en toda regla, aunque mucho más moderada respecto de otras musas escogidas por el genial cineasta.  Masina desde luego no era una belleza, ni mucho menos una modelo de Rubens. Masina era una de esas realidades que Fellini tuvo que aceptar en su vida. No obstante, fue una realidad maravillosa.
Quizá dos de las películas más bellas de la filmografía del italiano procedan de la inspiración que su musa le sugirió. Me estoy refiriendo a “La Strada” y “Las noches de Cabiria”, las cuales le reputaron como un director a tener en cuenta dentro del mercado internacional. En ambas la protagonista por excelencia es Masina y, a mi juicio, son dos actos de amor que su marido le dedica. Tanto Gelsomina como Cabiria son dos personajes construidos de forma magistral, con una identidad propia, capaces de crear empatía en todo aquel que los conoce.
A pesar de que Fellini, cuando las realizó, se encontraba pasando por su etapa más neorrealista, suministrando bofetadas de cruda realidad a diestro y siniestro, la figura de Masina en ambas nos anticipa a todos esos personajes que vendrán en un mundo estético posterior, de colores circenses y mágicos.  Ella representa la esperanza, la mirada pura que anuncia que el mundo puede verse con otros ojos. El blanco y negro de este cine de posguerra parece resplandecer cromáticamente con la aparición de estos modelos de vida encarnados en Masina. Algo nos toca aquí dentro, algo que seguro tiene que ver con la ternura, el humor, la bondad.
Quizá muchos no entiendan esta forma de tratar a un personaje, dotándolo de comicidad hasta el punto de convertirlo en un payaso. No obstante, el mundo felliniano está íntimamente relacionado con ese maravilloso mundo de los carromatos, las carpas, los escenarios inundados de artistas ambulantes… Este es su cine, bien particular y, por supuesto, no concebido para todos los estómagos.  La palabra “payaso” se emplea en muchos casos con carácter despectivo. No obstante, para Fellini, la labor del payaso es una cosa muy seria, como de hecho lo es el humor también.
En el caso de “La Strada”, Gelsomina es el payaso alegre que ha de acompañar a Zampanó, que representa el serio. Dos formas de ver la vida, dos realidades con las que tenemos que vivir dentro de nosotros. En el caso de “Las noches de Cabiria”, Cabiria es una prostituta que siempre alberga la esperanza de encontrar a una persona que la quiera y con la que pueda marcharse, abandonando el mundo en el que vive. Su aparente coraza de fortaleza rápidamente se desmorona mostrando su auténtica personalidad, que no es otra que la de una mujer buena, comprensiva y cariñosa. Es esto en realidad su talón de Aquiles, una ocasión que aprovechar por parte de aquellos que viven de los demás y que, como vampiros, una vez extraída la sangre de su víctima, desaparecen.
Aquel mundo de miseria en el que vive Cabiria no resulta un obstáculo para que ella trate de ser feliz, luchando diariamente por dicho objetivo.
Como el propio nombre del film indica, esta es una historia en la que su protagonista nos cuenta sus andanzas cotidianas. Al igual que Don Quijote, Cabiria camina con la cabeza bien alta y no reniega de su personalidad, a pesar de que los demás la observen como si se tratase de un ser estrafalario. Parece encontrarse desubicada de su entorno, algo que siempre funciona como elemento primordial dentro de las grandes historias. Si no existe conflicto, la narración acaba por perder su interés. Nosotros caminamos con ella y deseamos que las cosas le vayan bien, pero esa primera dulzura siempre trae consigo su otra cara agridulce.

A medida que vamos entrando en el personaje, a medida que va pareciéndonos más y más normal tras la primera impresión de personaje caricaturesco, vamos amando más y más a Cabiria. Eso debieron de pensar durante la proyección los miembros del jurado que otorgaron a la película el Óscar de la Academia. Poco a poco, fueron convenciéndose que, lo que tenían ante sí, era una obra maestra. Un film en cierto sentido que juega con ciertas ventajas, como la maravillosa música de Nino Rota. Desde que Fellini le conoció en “El jeque blanco”, nunca más se separó de él. Nadie como él comprendió el universo felliniano, y sin él nos resultaría muy difícil tener la idea que de él tenemos. Él es también Fellini, gracias a él silbamos tantas melodías inolvidables cada vez que pensamos en películas como “Amarcord” o “La dolce vita”.

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NOCTURNO


De niño siempre temí a la noche
Nunca terminaban de pasar sus horas
Pero hoy ya no es mi enemiga
Hoy somos como dos confidentes
Nada hago que ella ya no sepa.

A veces le cuento lo mucho que la respetaba
Ahora es en su oscuridad donde me oculto
Donde todo el que quiera puede encontrarme
Siempre despierto, siempre pensante
Estoy en un su primer pasillo, a la derecha.

Es en su periodo donde existe mi nostalgia
Donde solo el pasado vuelve
Para reprocharme muchas cosas
Pero también para aliviarme.
Un momento donde todo puede suceder
Un momento de magia.

El futuro de la mañana es la noche
Pero para mí siempre es presente
Es silencio, reposo, calma.
Aunque yo nunca descanso
Es la noche mi única aliada.

No descorras aún tu negro telón
El último acto aún no ha terminado
El rocío todavía está lejano
Aún la tierra permanece seca
Porque todavía no ha renacido

Concluyendo, como está, su penitencia.

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"Baile de máscaras (Carnaval)"

>> domingo, 22 de septiembre de 2013

Acuarelas y lápices de colores sobre papel

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PIERROT Y COLOMBINA

Un baile de máscaras en el viejo casino de un pueblo. Desde fuera, se puede percibir el sonido de la música y el griterío de los que allí han sido convocados.
Por lo demás, hace una noche tranquila. Nadie queda ya transitando los soportales que sustentan los viejos edificios. Es ya tarde y solo la juventud se mantiene despierta, solicitando aún diversión para su infatigable espíritu.
Por el arco donde desemboca la Calle Mayor, una mujer disfrazada de Colombina se dirige al baile, guiada por los ecos de la fiesta. Se queda unos instantes observando los farolillos que cuelgan de las fachadas, signo inequívoco de que la villa se encuentra de fiesta. Es el carnaval.
Protegiéndola del frío aún invernal, un chal le cubre los hombros, apenas abrigados por un vestido que, más que abrigar, adorna.
la canción que hasta ese momento había estado sonando ha llegado a su final. Por unos instantes, todo parece quedar en silencio.
La joven dirige su mirada hacia el lugar de su destino y encamina sus pasos hacia allí, tras este breve descanso.
Dentro del local, reina un alegre desorden: el confeti danza por aquí y por allá, inundando el aire con sus ráfagas multicolores. Botellas de champan vierten su contenido espumoso tras el restallar de sus corchos, como disparos de cañón que envían sus salvas a un lugar indeterminado del cielo. Matasuegras, cantos desafinados y voces provenientes de sujetos desinibidos terminan de conformar aquel fresco digno de los pinces de Tolouse Lautrec.
Ella cruza el salón decidida, poniendo su atención en cada uno de los personajes que habitan la escena.
Se había citado con un hombre. El día en que ambos se conocieron, quedaron en disfrazarse de un modo muy particular para que, llegado el momento, pudieran reconocerse más fácilmente.
"Seré para ti Pierrot" le dijo él antes de despedirse, a lo que ella contestó: "Y yo Colombina".
En ello piensa mientras va cruzándose en su camino de búsqueda con un Mefistófeles, un Julio César, un torero, un Napoleón y una Cleopatra.
Por fin le encuentra. Está como apartado de los demás, inquieto como ella, oteando el horizonte en pos de otro personaje (que indudablemente tenía que ser ella, Colombina).
Una vez está junto a él, Colombina se quita su máscara.
"¿Me buscabas?"
Pierrot también se desenmascara. La cara de ella refleja asombro. El hombre mantiene su sonrisa, a pesar de que ésta se vuelve cada vez más y más gélida.  Le pregunta entonces "¿qué te sucede?" al no comprender su actitud.

- Tú no eres quien yo buscaba...
- ¿Pero como que no? ¡No digas tonterías!
- ¡Te digo que no! ¡Yo no he quedado contigo! La persona con la que me había citado no tenía esa voz...
- Quizá esté un poco afónico... He bebido y cantado en exceso...
- Tampoco tenías bigote...
- Me lo he dejado crecer en todo este tiempo que ha pasado... ¿Qué tiene de extraño?
- Tú tienes otra personalidad...
- ¿Cómo puedes estar tan segura? Apenas he podido hablar contigo ahora...
- Es extraño porque es como si fueras y no fueras tú...
Colombina se da la vuelta con intención de marcharse, pero Pierrot le detiene agarrándole por el brazo.
- ¡Suéltame!
- Espera... No te vayas, por favor...
- ¿Me vas a sacar de dudas? ¡Esto es una locura!
- Verás, Julia... Yo soy y no soy a quien tú buscas, en efecto... Él se llama Juan y yo José. Empezamos por "J" y tenemos cuatro letras. Pero él no te quiere y yo a ti sí...
- ¿Cómo dices?
- Somos gemelos. Él ha estado jugando contigo... Yo, en cambio, te he admirado siempre.
- Tú no me conoces...
- Más que tú a mí...
- Pero...
- Por favor, dame una oportunidad. ¡Bailemos un vals!

Suena "El Danubio Azul". La orquesta interpreta en este momento su tema principal.

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Retrato de Jorge Luis Borges

>> sábado, 21 de septiembre de 2013


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"Salomé"



Acuarelas y lápices de colores sobre papel

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EL HOMBRE QUE ROBÓ LA MANO DE LA CIBELES

>> jueves, 19 de septiembre de 2013


Tras tres meses de amistad, Ramón invitó a Pedro a cenar su casa una noche. Era como una demostración de confianza. Pocas personas habían penetrado en su guarida, por lo que Pedro debía de sentirse privilegiado.

Había llevado una botella de vino, un sacacorchos y unos aperitivos como gesto de gratitud a dicha invitación.

Ramón vivía en una de esas casas bajo el Puente de Segovia, en pleno centro de Madrid.

Lo que más le sorprendió a Pedro del piso de Ramón fue su estrafalaria decoración.

- ¿Y esa señal de tráfico que tienes de perchero?

- De una noche de parranda… Iba muy borracho cuando me la encontré al lado de la puerta de casa… no sé por qué pero me dio por subírmela…

Ramón se mostraba orgulloso de su pieza de caza. Pedro no daba crédito a lo que estaba oyendo. Por el pasillo tuvo oportunidad de tropezarse con más sorpresas: un banco de madera con los que se decoran los paseos de los parques, un farol de esos que cuelgan en los techos de las entradas de los ministerios públicos, un carrito de barquillero…

- Pero, sin duda, lo que más te va a llamar la atención está más adelante en el salón… ven, pasa… Es la joya de mi colección.

El “tesoro” se apreciaba al primer vistazo en la nueva estancia. Sobre la mesa que había junto a la falsa chimenea, reposaba una mano de piedra, a modo de centro decorativo, sobre un tapete bordado también blanco.

- ¿Qué se supone qué es eso?

- ¿Recuerdas cuando salió en las noticias lo del robo de la mano de la estatua de la diosa Cibeles? Bueno, pues fui yo en otra noche de borrachera… No sé cómo, acabé subido a la fuente a las tantas de la madrugada. Lo demás no lo recuerdo. Solo sé que al día siguiente me desperté en la cama acompañado de esta pieza.

Pedro no solo pensó que su amigo debía de alejarse del alcohol, pues ésta era la causa de su doble vida y de su perdición. Pensó además que era alguien indigno de esta sociedad, un hijo de mala madre.

- Me tengo que ir…

- ¿Pero qué te pasa?... te noto nervioso… ¿No estás cómodo? ¡Ah, ya entiendo! Te has quedado sorprendido… ¿Te avergüenzas de mi amistad?

- Mañana iré a ponerte una denuncia si no devuelves esa mano…

- ¿Qué dices, Pedro? ¡El problema ya está resuelto! Repusieron esa maldita mano… ¿Qué quieres, que vaya a la cárcel?

- Si no vas voluntariamente a devolver eso te obligaré a hacerlo…

- No puedes hacer eso. Estás rompiendo nuestro pacto… ¿Así me agradeces la confianza que he depositado en ti? Pedro… ¿Ya no eres mi amigo?

- Adiós, Ramón…

- Tú no te vas a marchar de aquí…

- ¿Qué vas a hacer? ¿Secuestrarme? ¿Matarme? ¡Mírate, eres un pobre hombre!

- Cuidado con lo que dices…

- Venga, haz alguna de esas cosas…

Pedro comenzó a dirigirse hacia la puerta de salida. Ramón sentía que no podía dejarle marchar. Cogió la mano de la Cibeles, alcanzó a Pedro y le golpeó con ella para dejarle inconsciente.

La acción le salió cara. Hubo que hospitalizar a Pedro, pues Ramón se pasó con lo de la inconsciencia. Lo de la Cibeles acabó saliendo a la luz, pero como siempre ha pasado en este país, el delincuente fue tratado con benevolencia e incluso recorrió platós de televisión contando su hazaña. Un escritor le dedicó un libro y un cineasta le hizo un documental. Ramón se hizo leyenda y Pedro fue condenado a los infiernos por chivato.

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LUZMILA


Por fin tenía trabajo. Mi suerte fue triple, pues no solo comenzaba a ingresar en mi cuenta dinero de forma regular, sino que el trabajo conseguido resultaba de mi agrado y la oficina a la que debía de acudir se encontraba muy cerca de casa. En pleno centro, concretamente el tercer piso de un edificio histórico con vistas magníficas. Si en la etapa en la que me encontraba ocioso me había acostumbrado a hacer ejercicio diario mediante los largos paseos, ahora no estaba dispuesto a renunciar a ello a pesar de que mi situación hubiese cambiado. Las caminatas seguirían dentro de mi planning. Un camino agradable de casa al trabajo. Cuarenta minutos de recorrido. Entraba a trabajar a las diez, por lo que con levantarme a las nueve menos cuarto tenía tiempo de sobra.

Cada día me las ingeniaba para no caer en la rutina, siguiendo la estrategia a la que había recurrido durante mis dos años de paro: Que el paseo no se repitiera. Es decir, improvisar cada día una senda diferente introduciendo zigzagueos, rodeos, cruces…

Un día, pasé por delante de una floristería. A mí nunca me habían interesado demasiado las flores, pero lo que me detuvo fue precisamente una de las clientes a las que divisé a través del cristal del escaparate. Una chica de pelo castaño, abundante y rizado, salpicada de pecas por todo el cuerpo, con una mirada inocente y de vestido casi tan llamativo como uno de esos centros florales que la rodeaban.

Desde ese día, olvidé mi creatividad y comencé a frecuentar aquel camino a través del cual me había encontrado a aquella mujer. A veces la encontraba de cháchara con una vecina, otras llevando las bolsas de la compra, otras esperando el autobús.

Pensaba que aquella floristería me había traído suerte al haber sido el lugar donde había visto a esa mujer por primera vez. Por eso, decidí seguir apostando por esa suerte y pregunté a la florista por esa fémina misteriosa que me tenía enamorado. Me dijo que se llamaba Luzmila y que podía encontrarla todas las noches en la puerta del número trece de aquella calle. Era prostituta.

Una noche, sin saber muy bien por qué, decidí contratar los servicios de Luzmila. No me importaba cómo, sólo quería poder intimar con ella. Luzmila cobraba bastante caro a sus clientes, lo que me daba la garantía de que se trataba de alguien especial. Yo deseaba que me viese como alguien especial, por lo que traté de hacer cuanto estuvo en mi mano para hacer de aquella noche la mejor de su vida. Conseguir que olvidase que estaba trabajando.

La empresa no fue nada fácil, pues resultó ser una persona bastante exigente. Para empezar, le propuse ir a mi piso, lo que no le hizo mucha gracia. Cuando finalmente conseguí convencerla demostrándole que aquel dormitorio al que solía llevar a sus hombres resultaba bastante antihigiénico (eso sí, lo tenía todo decorado con las flores que compraba en la floristería), hizo de nuevo uso de sus escrúpulos a la hora de entrar en mi coche. No le gustaba el olor del ambientador, me hizo quitar mi disco de Ray Charles para poner la radio. Estuve probando distintas emisoras que emitían música (pasamos por clásica, rock, salsa…) y finalmente acabamos escuchando un aburrido debate político. Al llegar a casa, me dijo que estaba cansada y que no quería subir escaleras. Yo le dije: “El ascensor no funciona” y ella entonces respondió “pues súbeme a la sillita de la reina”. Siete pisos soportando la pesada (aunque bella) carga de Luzmila.

Ya una vez arriba, lo primero que hizo (sin dejar que me repusiera) fue pedirme un vaso con whisky y soda. Después del reciente fracaso en el coche, ni se me ocurrió preguntarle si quería escuchar música.

Esperé a que se terminara la bebida y decidí entrar en faena. A ella le debió resultar que iba demasiado deprisa y me pidió un poco de conversación. Yo comenzaba a cansarme, a pesar de que mi enamoramiento seguía presente (ello me permitió seguir haciendo el imbécil un rato más). Le hablé de mi infancia en la Coruña, de mis tíos de Burgos, de mi pasado como monaguillo en la iglesia del pueblo, de mis frustrados estudios en farmacia y de mi reciclaje como repartidor de libros a domicilio. Mi última etapa en el paro me la ahorré para contarle el nuevo trabajo en una editorial de libros. Me dijo que le resultaba una biografía poco interesante, pero valoró mi talento como superviviente. Mientras esto me contaba, yo ya había comenzado a quitarle las medias y a subirle el vestido. Fue mala suerte que justamente le llegase el periodo en aquel momento. En cuestión de unos instantes comenzó a sentirse mal. Preocupado, le indiqué dónde se encontraba el baño, adonde acudió entre retorcijones y gemidos de dolor.

Luzmila fue la única mujer a la que amé bajo contrato. Fue mi única locura y, tal vez por ello, lo pagué bien caro. Al parecer, mi vida de hombre apocado no me permitía salidas de pata de banco.

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Jurado Premio Especial TAI Festival de Cine de Madrid-Plataforma de Nuevos Realizadores

>> martes, 17 de septiembre de 2013




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Concierto al aire libre en Garganta de los montes







Fotografias de Sergio Pablo Castillejo Ruiz


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"Tocar en el metro"


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"Siempre he creído en tí" (del grupo "Otra cosa", con Hugo González Aroca, Santi Gil Dueñas, Jorge Sáez y Javier Mateo)

>> viernes, 13 de septiembre de 2013

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EXTRAÑA MUJER QUE MIRA

>> lunes, 9 de septiembre de 2013


Un estudiante acaba de subir a un autobús después de despedirse de sus amigos. Como es su costumbre, avanza hasta el fondo con el fin de encontrar un asiento alejado del resto de personas que suelen ponerse en las primeras filas. Desafortunadamente, el interior del autobús se encuentra prácticamente lleno. Obligado a cambiar de plan debido a tales circunstancias, el nuevo viajero otea el horizonte examinando cada uno de los asientos que todavía están vacíos. Hay uno que no le desagrada. Se encuentra frente a una chica que está leyendo. El estudiante recuerda que también lleva un libro y que puede utilizarlo con el fin de hacer más llevadero el viaje hasta su barrio.
No obstante, aquel idílico plan acaba yéndose al garete. La chica decide emular al perro del hortelano, dejando de leer en cuanto el estudiante se sienta a su lado para, a continuación, comenzar a mirarle fijamente vetándole toda posible intimidad.
El estudiante, que en su juventud es  ingenuo y enamoradizo, se siente alagado por esa mirada que va acompañada de una sonrisa. No le molesta, por tanto, esta novedad. De hecho, le parece más interesante que leer a un hombre que lleva muerto más de cien años y que no conoció los autobuses.
“El libro del buen amor” es sacado por el joven de su cartera. El Arcipreste de Hita olvidó incluir en su “tratado” los romances en los autobuses (y en los trenes, si acaso podría hablarse de “El buen amor dentro de un carro”). Quiere leer precisamente para escudarse de aquella mirada penetrante, pero a su vez no puede evitar mirar y dar a entender que es receptivo al gesto de la fémina.
Resulta extraño el momento en que dos seres se enamoran, y lo son mucho más los momentos posteriores que acompañan a este primero. Hasta que llega el primer beso, toda aquella parafernalia desplegada por los enamorados resulta un juego perverso en el cual se hace todo lo posible para que las cosas que tienen que suceder sucedan aunque ellos simulen no enterarse de lo que pasa. “¡Ah! ¿Yo me acerqué hasta ti y me apoyé en tu hombro? ¡No sé cómo pudo suceder!” parecen decir algunas miradas que fingen no haber roto un plato en su vida.
En este caso, las miradas lo decían todo. El joven se preguntó entonces: “¿Qué puedo hacer además de esto? ¡No voy a ponerme a hablar con ella aquí, delante de todo el mundo, para que el público se entere de hasta el más mínimo detalle! Aunque… seguro que más de uno ya se ha percatado de nuestro juego de miradas… la mayoría serán ignorantes de lo que aquí suceda, pero siempre habrá uno o dos sin nada mejor que hacer que interesarse por el “bien” ajeno. Habrá incluso al que le moleste este alarde de sinceridad, esta desvergüenza de dos personas que se ponen a intimar en mitad de un viaje en autobús. A mí mismo me molesta de hecho que se alardee de un bien público y material… ¿No hay quien se enfada cuando otros hacen alarde del bien económico? Esto sería igual, debería de molestar a la gente que otros presumieran de otro bien, del bien cárnico”…
Dentro de su cartera tenía también un bloc de notas y un lapicero. Podría escribirle sus datos en una hoja y, al levantarse y pasar a su lado con el fin de bajar del autobús, dejarle caer el papel en su regazo disimuladamente… Decirle incluso al oído, a sotto voce: “Me gustas. Aquí tienes mis datos. Llámame”.
De vez en cuando leía un párrafo, pero siempre volvía a levantar la mirada del papel para cerciorarse de que ella seguía allí, mirándole con un interés que incluso podría rozar el acoso. Que una persona sea considerada como “acosadora” o “romántica” depende del otro. Es decir, Si está interesado o no por ella. En caso favorable, el otro será un encantador ser humano. Si no quiere nada con él, por el contrario, le temerá o, cuanto menos, desagradará.
El viaje se había prolongado más de la cuenta, lo que había vuelto tensa y surrealista la situación. Los interesados no habían sabido hacer otra cosa mejor que mirarse todo el tiempo, algo que ya no daba más de sí y que pedía a gritos un nuevo paso. Ese paso nunca llegó. Él pensaba en posibles estrategias sin convencerle ninguna.
Al final, llegó su parada y no tuvo más remedio que bajarse. Pensó en lo idiota y cobarde que había sido. Encontró en aquel episodio una especie de seña “divina” que había dejado pasar con su mojigatería.  A pesar del todo, en el fondo pensaba. “Pero si es que no podría haber hecho nada más en aquella situación…”
Cuando la chica perdió de vista al chico, sacó un cuaderno. En su portada ponía: “Ejercicios de sociología”. Comenzó a escribir: “Ejercicio Nº 4: Observar fijamente a alguien en el autobús. He comprobado mediante este experimento una serie de cosas ya visibles en los anteriores ejercicios. El ser humano…”

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NOCHE DE SAN JUAN

>> sábado, 7 de septiembre de 2013


A la espalda de una iglesia en parte derruida,
Hay tumultos, gentío, aires de fiesta.
La luz se funda y brota de la madera
E, igual que saltan poderosas las brasas
Lo hacen aquellos que por encima las pasan.

Un calor de agosto se apodera del mes de junio
Siendo el sudor saciado por agua milagrosa
Que corre generosa, de mano en mano.
Son gritos de aquelarre que explotan en el firmamento
Los que escucha, agazapado, aquel hombre solitario.

Mirando fijamente el sol vibrante y engañoso de la hoguera
Cree atisbar, por efecto de la mágica noche, una negra cabellera.
Aquella que durante tantas otras noches grabó en su retina
Reaparece, alegre y danzarina, por efecto de brujería.
Parece tentarle a ir hasta donde está, abrasándose abrazándose a ella.

Nadie de los que allí están le mira, hipnotizado.
Nadie se percata de la tragedia de aquella noche.
La sangre suya está envenenada, qué duda cabe.
Para él no son posibles los actos de purificación
Sigue poseído por esa fiebre por la que tiembla.

Y si él fuera fuego, si él fuese hoguera,
Tal vez se sentiría un poco más fuerte que ahora,
Pero él es en este momento noche
Y solo sus ojos parecen iluminar la oscura senda
Aunque en ellos se dibujen las formas de aquella figura
Que nunca se derrite de calor, ignífuga hembra.

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INSPIRACIÓN MUSICAL

>> miércoles, 4 de septiembre de 2013



Confundida entre voces de guitarras y violines

Volabas entre arpegios, in crescendos y coloraturas

Impulsada de vez en cuando por alguna sonrisa



Nunca abatiste tu vuelo, siendo tu felicidad

Un estado perfecto de gravitación, como una hoja

Siempre impulsada por un inspirado viento



Los músicos te manteaban con sus instrumentos

Pero eras tú sólo la que gravitabas, dando sentido

A aquel recital, a aquel improvisado concierto



Fue una suerte para ellos que ella estuviese allí

Creando esa atmósfera de inspiración aparentemente cotidiana.

Comprendieron al fin, con ello, el objetivo de su música.

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LA CHICA DEL ORGANISTA

>> lunes, 2 de septiembre de 2013


Todas las tardes, a la salida de los ensayos, ella acudía con su violín hasta la pequeña iglesia situada frente al parque de la ciudad. El lóbrego reloj que dominaba la fachada del edificio parecía el único superviviente de la acción de la  de la hiedra que, en su afán acaparador, se había dedicado a recubrir durante siglos el resto del edificio de piedra. Sus manecillas se asemejaban a las cuchillas de una tijera que, al juntarse, cortaban fúnebremente cada hora, advirtiendo al paseante del “tempus fugit”.
Sin embargo, a ella se le antojaba una iglesia hermosa.
Tras traspasar los portones de roble, llegaba al interior casi vacío, en el que apenas quedaban un par de beatas sentadas en algún banco, rezando en silencio.
Ella se quedaba entonces al fondo, de pie, mirando hacia arriba, concretamente a la parte del coro, donde se encontraba también el órgano de tubos. Un joven lo hacía sonar a aquella misma hora desde hacía casi un año. Realmente conseguía arrancar de él una música que, más que celestial, resultaba de una espiritualidad inconmensurable. Puesto que la música conecta con las pasiones más insospechadas, de alguna forma podía considerarse de algún modo “espiritual”, puesto que interpelaba al espíritu, consiguiendo paradójicamente mediante su estética (“aisthesis”- de “sensibilidad”) “anestesiar”, hacer olvidar todo cuanto había importado previamente al oyente antes de penetrar en aquel lugar. El pasado quedaba fuera y solo importaba un presente sin tiempo, abandonado a las sensaciones. Esto era lo que le ocurría a nuestra protagonista, que desde que descubrió el talento de aquel chico no se había perdido una sola audición. Ningún día era igual a otro, puesto que el organista improvisaba sobre el teclado siempre, ofreciendo un nuevo concierto en cada interpretación.
Ella se sentía como una elegida, la única que había advertido por el momento la maravilla de aquella música. Pensaba en lo infelices que debían de ser todos los que habían pasado por allí y no se habían percatado de aquel lujo expuesto al disfrute público.
Lo que ella no sabía es que aquel muchacho había sido un gran compositor que, debido a una serie de infortunios, se había visto obligado a aceptar un trabajo como aquel, debido precisamente a la ignorancia musical de quienes se supone debían de haberle valorado. Solo un hombre, aquel que se encargaba de oficiar la misa en aquella iglesia, había sabido ver en él una serie de facultades al parecer invisibles para el resto de “melómanos”. Fue por casualidad, durante un concierto al que acudió debido a que uno de sus feligreses lo había organizado. Vio allí a aquel joven pianista presentando parte de su repertorio ante un público en su mayor parte compuesto de ancianos sin otra cosa que hacer que ir allí, escapando del aburrimiento de sus casas. El sacerdote, que en otro tiempo fue director de un coro de voces blancas, quedó impresionado de las partituras compuestas por aquel hombre que no pasaría de los veinte años. Al concluir el recital, fue a hablar con él y le ofreció el empleo que ya conocemos, humilde y modesto, pero al fin y al cabo útil para él, ya que podía seguir mostrando a la gente su música.
La muchacha se dejaba llevar por aquellas fugas interminables, inspiradas por Bach, Haendel y Scarlatti. Música arcaica que él convertía en rabiosamente contemporánea contribuyendo con su propio estilo personal.
Sin ser consciente de ello, poco a poco se fue enamorando de aquel hombre siempre vuelto de espaldas, como Alma Mahler se enamoró de Gustav Mahler al verle dirigir un concierto. ¿Se enamoró de él o de su habilidad musical? Fuera lo que fuese, lo que era evidente es que sus pies le traían hasta allí y una vez colocada y dispuesta a disfrutar, ya no había forma de despegarse de aquel rincón frío, húmedo y sombrío. La gente que por allí pasaba comenzó pronto a aficionarse por las habladurías. Comenzaron a circular leyendas e historias fabulosas acerca de la relación que aquella muchacha podía tener con aquel que no era sino un desconocido para ella. Para muchos era “La chica del organista”, algo que no dejaba de ser verdad, una denominación indudablemente objetiva (mucho más que los bulos que corrían como la pólvora entre las ociosas beatas).
Cuando el organista concluía su ejecución momentos antes de la misa, ella por miedo desaparecía, se marchaba corriendo. Salía de allí en mitad de la noche, habiendo entrado con la luz del día.

Ocurrió en una ocasión que el inicio de una misa, que comenzó antes de lo acostumbrado, le impidió marcharse a tiempo y tuvo que esperar un tiempo prudente por educación y respeto. Entonces se dijo que tenía que ir a hablar con él, mostrarle su admiración, tal vez quedar con él para tomar algo. Y fue lo que pasó. En un bar cercano a la iglesia se tomaron dos refrescos. Pronto el joven se percató de los deseos que la muchacha sentía por él y que trataba de esconder sin éxito. Entonces le confesó que, en cierto modo, podía considerársele también un sacerdote. El único detalle era que en lugar de haberse consagrado a Dios se había comprometido con la música. Algo así le sucedía a Ravel. La muchacha no se sintió decepcionada. Todo lo contrario. Había descubierto que su amor por él era también espiritual y puro, nada tenía que ver con el deseo o la pasión. 

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