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EL HOMBRE QUE ROBÓ LA MANO DE LA CIBELES

>> jueves, 19 de septiembre de 2013


Tras tres meses de amistad, Ramón invitó a Pedro a cenar su casa una noche. Era como una demostración de confianza. Pocas personas habían penetrado en su guarida, por lo que Pedro debía de sentirse privilegiado.

Había llevado una botella de vino, un sacacorchos y unos aperitivos como gesto de gratitud a dicha invitación.

Ramón vivía en una de esas casas bajo el Puente de Segovia, en pleno centro de Madrid.

Lo que más le sorprendió a Pedro del piso de Ramón fue su estrafalaria decoración.

- ¿Y esa señal de tráfico que tienes de perchero?

- De una noche de parranda… Iba muy borracho cuando me la encontré al lado de la puerta de casa… no sé por qué pero me dio por subírmela…

Ramón se mostraba orgulloso de su pieza de caza. Pedro no daba crédito a lo que estaba oyendo. Por el pasillo tuvo oportunidad de tropezarse con más sorpresas: un banco de madera con los que se decoran los paseos de los parques, un farol de esos que cuelgan en los techos de las entradas de los ministerios públicos, un carrito de barquillero…

- Pero, sin duda, lo que más te va a llamar la atención está más adelante en el salón… ven, pasa… Es la joya de mi colección.

El “tesoro” se apreciaba al primer vistazo en la nueva estancia. Sobre la mesa que había junto a la falsa chimenea, reposaba una mano de piedra, a modo de centro decorativo, sobre un tapete bordado también blanco.

- ¿Qué se supone qué es eso?

- ¿Recuerdas cuando salió en las noticias lo del robo de la mano de la estatua de la diosa Cibeles? Bueno, pues fui yo en otra noche de borrachera… No sé cómo, acabé subido a la fuente a las tantas de la madrugada. Lo demás no lo recuerdo. Solo sé que al día siguiente me desperté en la cama acompañado de esta pieza.

Pedro no solo pensó que su amigo debía de alejarse del alcohol, pues ésta era la causa de su doble vida y de su perdición. Pensó además que era alguien indigno de esta sociedad, un hijo de mala madre.

- Me tengo que ir…

- ¿Pero qué te pasa?... te noto nervioso… ¿No estás cómodo? ¡Ah, ya entiendo! Te has quedado sorprendido… ¿Te avergüenzas de mi amistad?

- Mañana iré a ponerte una denuncia si no devuelves esa mano…

- ¿Qué dices, Pedro? ¡El problema ya está resuelto! Repusieron esa maldita mano… ¿Qué quieres, que vaya a la cárcel?

- Si no vas voluntariamente a devolver eso te obligaré a hacerlo…

- No puedes hacer eso. Estás rompiendo nuestro pacto… ¿Así me agradeces la confianza que he depositado en ti? Pedro… ¿Ya no eres mi amigo?

- Adiós, Ramón…

- Tú no te vas a marchar de aquí…

- ¿Qué vas a hacer? ¿Secuestrarme? ¿Matarme? ¡Mírate, eres un pobre hombre!

- Cuidado con lo que dices…

- Venga, haz alguna de esas cosas…

Pedro comenzó a dirigirse hacia la puerta de salida. Ramón sentía que no podía dejarle marchar. Cogió la mano de la Cibeles, alcanzó a Pedro y le golpeó con ella para dejarle inconsciente.

La acción le salió cara. Hubo que hospitalizar a Pedro, pues Ramón se pasó con lo de la inconsciencia. Lo de la Cibeles acabó saliendo a la luz, pero como siempre ha pasado en este país, el delincuente fue tratado con benevolencia e incluso recorrió platós de televisión contando su hazaña. Un escritor le dedicó un libro y un cineasta le hizo un documental. Ramón se hizo leyenda y Pedro fue condenado a los infiernos por chivato.

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