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EXTRAÑA MUJER QUE MIRA

>> lunes, 9 de septiembre de 2013


Un estudiante acaba de subir a un autobús después de despedirse de sus amigos. Como es su costumbre, avanza hasta el fondo con el fin de encontrar un asiento alejado del resto de personas que suelen ponerse en las primeras filas. Desafortunadamente, el interior del autobús se encuentra prácticamente lleno. Obligado a cambiar de plan debido a tales circunstancias, el nuevo viajero otea el horizonte examinando cada uno de los asientos que todavía están vacíos. Hay uno que no le desagrada. Se encuentra frente a una chica que está leyendo. El estudiante recuerda que también lleva un libro y que puede utilizarlo con el fin de hacer más llevadero el viaje hasta su barrio.
No obstante, aquel idílico plan acaba yéndose al garete. La chica decide emular al perro del hortelano, dejando de leer en cuanto el estudiante se sienta a su lado para, a continuación, comenzar a mirarle fijamente vetándole toda posible intimidad.
El estudiante, que en su juventud es  ingenuo y enamoradizo, se siente alagado por esa mirada que va acompañada de una sonrisa. No le molesta, por tanto, esta novedad. De hecho, le parece más interesante que leer a un hombre que lleva muerto más de cien años y que no conoció los autobuses.
“El libro del buen amor” es sacado por el joven de su cartera. El Arcipreste de Hita olvidó incluir en su “tratado” los romances en los autobuses (y en los trenes, si acaso podría hablarse de “El buen amor dentro de un carro”). Quiere leer precisamente para escudarse de aquella mirada penetrante, pero a su vez no puede evitar mirar y dar a entender que es receptivo al gesto de la fémina.
Resulta extraño el momento en que dos seres se enamoran, y lo son mucho más los momentos posteriores que acompañan a este primero. Hasta que llega el primer beso, toda aquella parafernalia desplegada por los enamorados resulta un juego perverso en el cual se hace todo lo posible para que las cosas que tienen que suceder sucedan aunque ellos simulen no enterarse de lo que pasa. “¡Ah! ¿Yo me acerqué hasta ti y me apoyé en tu hombro? ¡No sé cómo pudo suceder!” parecen decir algunas miradas que fingen no haber roto un plato en su vida.
En este caso, las miradas lo decían todo. El joven se preguntó entonces: “¿Qué puedo hacer además de esto? ¡No voy a ponerme a hablar con ella aquí, delante de todo el mundo, para que el público se entere de hasta el más mínimo detalle! Aunque… seguro que más de uno ya se ha percatado de nuestro juego de miradas… la mayoría serán ignorantes de lo que aquí suceda, pero siempre habrá uno o dos sin nada mejor que hacer que interesarse por el “bien” ajeno. Habrá incluso al que le moleste este alarde de sinceridad, esta desvergüenza de dos personas que se ponen a intimar en mitad de un viaje en autobús. A mí mismo me molesta de hecho que se alardee de un bien público y material… ¿No hay quien se enfada cuando otros hacen alarde del bien económico? Esto sería igual, debería de molestar a la gente que otros presumieran de otro bien, del bien cárnico”…
Dentro de su cartera tenía también un bloc de notas y un lapicero. Podría escribirle sus datos en una hoja y, al levantarse y pasar a su lado con el fin de bajar del autobús, dejarle caer el papel en su regazo disimuladamente… Decirle incluso al oído, a sotto voce: “Me gustas. Aquí tienes mis datos. Llámame”.
De vez en cuando leía un párrafo, pero siempre volvía a levantar la mirada del papel para cerciorarse de que ella seguía allí, mirándole con un interés que incluso podría rozar el acoso. Que una persona sea considerada como “acosadora” o “romántica” depende del otro. Es decir, Si está interesado o no por ella. En caso favorable, el otro será un encantador ser humano. Si no quiere nada con él, por el contrario, le temerá o, cuanto menos, desagradará.
El viaje se había prolongado más de la cuenta, lo que había vuelto tensa y surrealista la situación. Los interesados no habían sabido hacer otra cosa mejor que mirarse todo el tiempo, algo que ya no daba más de sí y que pedía a gritos un nuevo paso. Ese paso nunca llegó. Él pensaba en posibles estrategias sin convencerle ninguna.
Al final, llegó su parada y no tuvo más remedio que bajarse. Pensó en lo idiota y cobarde que había sido. Encontró en aquel episodio una especie de seña “divina” que había dejado pasar con su mojigatería.  A pesar del todo, en el fondo pensaba. “Pero si es que no podría haber hecho nada más en aquella situación…”
Cuando la chica perdió de vista al chico, sacó un cuaderno. En su portada ponía: “Ejercicios de sociología”. Comenzó a escribir: “Ejercicio Nº 4: Observar fijamente a alguien en el autobús. He comprobado mediante este experimento una serie de cosas ya visibles en los anteriores ejercicios. El ser humano…”

2 comentarios:

Sonia 18 de septiembre de 2013, 3:19  

A mí también me ha pasado... la última vez, en una marisquería en Benidorm... sólo le estuve mirando, no me atreví a decirle nada y luego me sentí como una estúpida...
Lo mismo que tu estudiante. Pero, al final, el interés de ella era muy distinto. Es tan cierto...

Tienes que publicar estos cuentos!

nosoydali 19 de septiembre de 2013, 2:38  

¡Qué bueno! ¡Me encanta cuando los cuentos toman vida en la vida de otras personas!
A mi también me encantaría poder publicarlos. A ver si alguna vez me escribe un comentario en una entrada algún editor... jaja

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