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IN MEMORIAM. ANTOINE LE VIRIL

>> domingo, 29 de septiembre de 2013

Aquella tarde me detuvo durante nuestro camino y me dijo: "Escribe mi necrológica. Cuéntale al mundo que ya no existo, que mi personaje ha muerto. Este mundo ha acabado con todo aquello que pude ofrecerle. Quizá entonces comenzará a valorarme al percatarse de lo que ha perdido. Pero ya será tarde. Mi yo creativo ya no volverá más". Va por ti, Antoine. ya me contarás qué te ha parecido mi semblanza.

Antoine Le Viril, visto por Álvaro Samaniego





Esta es la historia de un genio despreciado por la vida, incomprendido por el público contemporáneo. No diremos su nombre por respeto. Su pseudónimo, Antoine Le Viril. Natural de Madrid, residente en Villaverde. Escritor, músico, dibujante, cineasta y actor esporádico. Un humanista del siglo XXI. A los veintiséis años, renunció a su existencia. ¿Podría haberse evitado este trágico suceso? Quien sabe. Algunos de sus conocidos, visiblemente afectados tras este luctuoso episodio, coinciden en que él siempre sacaba a relucir su visión pesimista del mundo. Javier Mateo, el amigo con quien últimamente más se veía, justifica el no haberle prestado la atención suficiente que tal vez hubiese requerido con el siguiente argumento: “En sus palabras siempre se advertía un poso de ironía con el que quedaba anulado el posible dramatismo de las mismas… Éramos de la opinión de que no se le podía tomar en serio… Creo que como mejor podía habérsele definido es con esta contradicción: “Un cachondo nihilista”. Respecto a dicha extravagante definición, Javier contó a los compañeros de prensa que una de sus últimas frases de Antonio fue esta: “Estoy peor que Nietzsche cuando perdió el habla. No soy capaz de escribir nada, apenas puedo concentrarme para leer, estoy probando a hablar delante del espejo para tratar de no perder la capacidad de conversar, aunque sea solo conmigo mismo”.Hace un tiempo, había tratado de retomar su afición por la pintura. Estuvo en unos grandes almacenes, pero al ver los precios de los pinceles desistió de volver a los lienzos. En el patio de su casa, logró rescatar una serie de maderas quemadas, usándolas como carboncillos con los que trazar el dibujo del que iba a ser su última obra: un mural de grandes dimensiones (las de la tapia de la casa) cuyo tema iba a versar sobre “Don Quijote luchando contra Europa”. Su estilo, no apto para la mayoría del público, atacaba de flanco a la sensibilidad más refinada para sacar a la luz verdades que escocían. Un feísmo o realismo sucio inspirado en el imaginario de Robert Crumb y sustentado a su vez en una base literaria formada por autores como Bukowski, Houellebecq, Kennedy Toole o Quevedo. Él en cierta forma fue inspirador, muso de muchos de sus compañeros. Dar a luz una obra nueva era para él un acto doloroso que requería de un tiempo indefinido, susceptible de los estados de ánimos siempre tan variables en él. Prefería dar ideas a los demás que aplicárselas en su propio beneficio.Sin duda, padeció en gran parte el mal de Ignatius Reilly: alergia a un mundo que nunca terminó de comprender. Su vida, siempre introspectiva, le mantuvo dentro de su habitación durante largas etapas, dedicándose a cultivar su riqueza interior: leyó el Quijote de cabo a rabo, se puso al día con las novedades en el campo de la ciencia (tanto las oficiales como las secretas que no debían de ver la luz). Su gran modestia impidió incluso que una importante entrevista que en un principio concedió saliera a la luz en el último momento. “¿Y quién soy yo para que a la gente le interese?”. Antoine fue un genio gracias a estos pequeños detalles.Su círculo de íntimos nunca comprendió aquella etapa suya en la que decidió prescindir del colchón para dormir sobre tablas. Él siempre había querido creer, llegar a un misticismo humilde inspirado en personajes como San Jerónimo. Buscaba la esencia de la sencillez, pero incluso esto fue tomado a chanza a su alrededor. Sus creencias no le impidieron conocer otras áreas de la espiritualidad (llegó a practicar incluso la psicomagia de su querido Jodorowsky).En el campo de la cinematografía, produjo una serie de cortometrajes enclavados en la Serie B, cuyo estilo recordaba al de Jess Franco. Interpretó una serie de papeles muy personales que siempre recordaron a los de Orson Welles.

Llegó a dominar diversos instrumentos como la gaita, la trompeta y, sobre todo, la guitarra. Hace tiempo que venía revisando algunos ejercicios del método de Dionisio Aguado con la intención de convertirse en un virtuoso de la guitarra. Fue su último idilio amoroso el que le motivó a perfeccionar su técnica, y también fue el desengaño posterior el que le hizo abandonar definitivamente. En su haber deja inconclusos un dúo para violín y guitarra al estilo romanesco y una zarzuela para la cual ya había concebido una serie de números musicales y cuya historia iba a tratar sobre un las aventuras de un minotauro en los sanfermines de Pamplona. Su imposibilidad para el amor le condujo supuestamente a su final. Él siempre decía que las mujeres nunca podrían enamorarse de él porque era bajo. Llegó a pensar en operarse de las piernas para ganar unos centímetros, pero después abandonó al no encontrar apoyo por parte de las instituciones a las que acudió.



Descanse en paz, mesieu Le Viril. Quizá el mundo descubra alguna vez el talento de este genio.

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