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LA CHICA DEL ORGANISTA

>> lunes, 2 de septiembre de 2013


Todas las tardes, a la salida de los ensayos, ella acudía con su violín hasta la pequeña iglesia situada frente al parque de la ciudad. El lóbrego reloj que dominaba la fachada del edificio parecía el único superviviente de la acción de la  de la hiedra que, en su afán acaparador, se había dedicado a recubrir durante siglos el resto del edificio de piedra. Sus manecillas se asemejaban a las cuchillas de una tijera que, al juntarse, cortaban fúnebremente cada hora, advirtiendo al paseante del “tempus fugit”.
Sin embargo, a ella se le antojaba una iglesia hermosa.
Tras traspasar los portones de roble, llegaba al interior casi vacío, en el que apenas quedaban un par de beatas sentadas en algún banco, rezando en silencio.
Ella se quedaba entonces al fondo, de pie, mirando hacia arriba, concretamente a la parte del coro, donde se encontraba también el órgano de tubos. Un joven lo hacía sonar a aquella misma hora desde hacía casi un año. Realmente conseguía arrancar de él una música que, más que celestial, resultaba de una espiritualidad inconmensurable. Puesto que la música conecta con las pasiones más insospechadas, de alguna forma podía considerarse de algún modo “espiritual”, puesto que interpelaba al espíritu, consiguiendo paradójicamente mediante su estética (“aisthesis”- de “sensibilidad”) “anestesiar”, hacer olvidar todo cuanto había importado previamente al oyente antes de penetrar en aquel lugar. El pasado quedaba fuera y solo importaba un presente sin tiempo, abandonado a las sensaciones. Esto era lo que le ocurría a nuestra protagonista, que desde que descubrió el talento de aquel chico no se había perdido una sola audición. Ningún día era igual a otro, puesto que el organista improvisaba sobre el teclado siempre, ofreciendo un nuevo concierto en cada interpretación.
Ella se sentía como una elegida, la única que había advertido por el momento la maravilla de aquella música. Pensaba en lo infelices que debían de ser todos los que habían pasado por allí y no se habían percatado de aquel lujo expuesto al disfrute público.
Lo que ella no sabía es que aquel muchacho había sido un gran compositor que, debido a una serie de infortunios, se había visto obligado a aceptar un trabajo como aquel, debido precisamente a la ignorancia musical de quienes se supone debían de haberle valorado. Solo un hombre, aquel que se encargaba de oficiar la misa en aquella iglesia, había sabido ver en él una serie de facultades al parecer invisibles para el resto de “melómanos”. Fue por casualidad, durante un concierto al que acudió debido a que uno de sus feligreses lo había organizado. Vio allí a aquel joven pianista presentando parte de su repertorio ante un público en su mayor parte compuesto de ancianos sin otra cosa que hacer que ir allí, escapando del aburrimiento de sus casas. El sacerdote, que en otro tiempo fue director de un coro de voces blancas, quedó impresionado de las partituras compuestas por aquel hombre que no pasaría de los veinte años. Al concluir el recital, fue a hablar con él y le ofreció el empleo que ya conocemos, humilde y modesto, pero al fin y al cabo útil para él, ya que podía seguir mostrando a la gente su música.
La muchacha se dejaba llevar por aquellas fugas interminables, inspiradas por Bach, Haendel y Scarlatti. Música arcaica que él convertía en rabiosamente contemporánea contribuyendo con su propio estilo personal.
Sin ser consciente de ello, poco a poco se fue enamorando de aquel hombre siempre vuelto de espaldas, como Alma Mahler se enamoró de Gustav Mahler al verle dirigir un concierto. ¿Se enamoró de él o de su habilidad musical? Fuera lo que fuese, lo que era evidente es que sus pies le traían hasta allí y una vez colocada y dispuesta a disfrutar, ya no había forma de despegarse de aquel rincón frío, húmedo y sombrío. La gente que por allí pasaba comenzó pronto a aficionarse por las habladurías. Comenzaron a circular leyendas e historias fabulosas acerca de la relación que aquella muchacha podía tener con aquel que no era sino un desconocido para ella. Para muchos era “La chica del organista”, algo que no dejaba de ser verdad, una denominación indudablemente objetiva (mucho más que los bulos que corrían como la pólvora entre las ociosas beatas).
Cuando el organista concluía su ejecución momentos antes de la misa, ella por miedo desaparecía, se marchaba corriendo. Salía de allí en mitad de la noche, habiendo entrado con la luz del día.

Ocurrió en una ocasión que el inicio de una misa, que comenzó antes de lo acostumbrado, le impidió marcharse a tiempo y tuvo que esperar un tiempo prudente por educación y respeto. Entonces se dijo que tenía que ir a hablar con él, mostrarle su admiración, tal vez quedar con él para tomar algo. Y fue lo que pasó. En un bar cercano a la iglesia se tomaron dos refrescos. Pronto el joven se percató de los deseos que la muchacha sentía por él y que trataba de esconder sin éxito. Entonces le confesó que, en cierto modo, podía considerársele también un sacerdote. El único detalle era que en lugar de haberse consagrado a Dios se había comprometido con la música. Algo así le sucedía a Ravel. La muchacha no se sintió decepcionada. Todo lo contrario. Había descubierto que su amor por él era también espiritual y puro, nada tenía que ver con el deseo o la pasión. 

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