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LAS NOCHES DE CABIRIA

>> lunes, 23 de septiembre de 2013


De Fellini siempre me llamaron la atención sus obsesiones; obsesiones plasmadas en dibujos que parecían servir como una vía de escape mucho más rápida que la realización de películas o incluso que la escritura. Su modelo femenino poseía siempre curvas y formas desbordantes, siguiendo por supuesto el mismo patrón que el resto de personajes que albergaba en su mente. Todo parecía concebido como una gran caricatura del mundo, un histrionismo rallante en lo cómico. Para Fellini pocas cosas podían tomarse en serio y más valía no renunciar nunca a los sueños, no perder ese reducto en el que podíamos ser felices.
Volviendo a ese concepto de “Venus felliniana”, resulta todavía más curioso compararla con Giulietta Masina, la mujer de su vida. Desde luego, no era una Anita Ekberg, a la que podríamos considerar también como un exceso cárnico en toda regla, aunque mucho más moderada respecto de otras musas escogidas por el genial cineasta.  Masina desde luego no era una belleza, ni mucho menos una modelo de Rubens. Masina era una de esas realidades que Fellini tuvo que aceptar en su vida. No obstante, fue una realidad maravillosa.
Quizá dos de las películas más bellas de la filmografía del italiano procedan de la inspiración que su musa le sugirió. Me estoy refiriendo a “La Strada” y “Las noches de Cabiria”, las cuales le reputaron como un director a tener en cuenta dentro del mercado internacional. En ambas la protagonista por excelencia es Masina y, a mi juicio, son dos actos de amor que su marido le dedica. Tanto Gelsomina como Cabiria son dos personajes construidos de forma magistral, con una identidad propia, capaces de crear empatía en todo aquel que los conoce.
A pesar de que Fellini, cuando las realizó, se encontraba pasando por su etapa más neorrealista, suministrando bofetadas de cruda realidad a diestro y siniestro, la figura de Masina en ambas nos anticipa a todos esos personajes que vendrán en un mundo estético posterior, de colores circenses y mágicos.  Ella representa la esperanza, la mirada pura que anuncia que el mundo puede verse con otros ojos. El blanco y negro de este cine de posguerra parece resplandecer cromáticamente con la aparición de estos modelos de vida encarnados en Masina. Algo nos toca aquí dentro, algo que seguro tiene que ver con la ternura, el humor, la bondad.
Quizá muchos no entiendan esta forma de tratar a un personaje, dotándolo de comicidad hasta el punto de convertirlo en un payaso. No obstante, el mundo felliniano está íntimamente relacionado con ese maravilloso mundo de los carromatos, las carpas, los escenarios inundados de artistas ambulantes… Este es su cine, bien particular y, por supuesto, no concebido para todos los estómagos.  La palabra “payaso” se emplea en muchos casos con carácter despectivo. No obstante, para Fellini, la labor del payaso es una cosa muy seria, como de hecho lo es el humor también.
En el caso de “La Strada”, Gelsomina es el payaso alegre que ha de acompañar a Zampanó, que representa el serio. Dos formas de ver la vida, dos realidades con las que tenemos que vivir dentro de nosotros. En el caso de “Las noches de Cabiria”, Cabiria es una prostituta que siempre alberga la esperanza de encontrar a una persona que la quiera y con la que pueda marcharse, abandonando el mundo en el que vive. Su aparente coraza de fortaleza rápidamente se desmorona mostrando su auténtica personalidad, que no es otra que la de una mujer buena, comprensiva y cariñosa. Es esto en realidad su talón de Aquiles, una ocasión que aprovechar por parte de aquellos que viven de los demás y que, como vampiros, una vez extraída la sangre de su víctima, desaparecen.
Aquel mundo de miseria en el que vive Cabiria no resulta un obstáculo para que ella trate de ser feliz, luchando diariamente por dicho objetivo.
Como el propio nombre del film indica, esta es una historia en la que su protagonista nos cuenta sus andanzas cotidianas. Al igual que Don Quijote, Cabiria camina con la cabeza bien alta y no reniega de su personalidad, a pesar de que los demás la observen como si se tratase de un ser estrafalario. Parece encontrarse desubicada de su entorno, algo que siempre funciona como elemento primordial dentro de las grandes historias. Si no existe conflicto, la narración acaba por perder su interés. Nosotros caminamos con ella y deseamos que las cosas le vayan bien, pero esa primera dulzura siempre trae consigo su otra cara agridulce.

A medida que vamos entrando en el personaje, a medida que va pareciéndonos más y más normal tras la primera impresión de personaje caricaturesco, vamos amando más y más a Cabiria. Eso debieron de pensar durante la proyección los miembros del jurado que otorgaron a la película el Óscar de la Academia. Poco a poco, fueron convenciéndose que, lo que tenían ante sí, era una obra maestra. Un film en cierto sentido que juega con ciertas ventajas, como la maravillosa música de Nino Rota. Desde que Fellini le conoció en “El jeque blanco”, nunca más se separó de él. Nadie como él comprendió el universo felliniano, y sin él nos resultaría muy difícil tener la idea que de él tenemos. Él es también Fellini, gracias a él silbamos tantas melodías inolvidables cada vez que pensamos en películas como “Amarcord” o “La dolce vita”.

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