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LUZMILA

>> jueves, 19 de septiembre de 2013


Por fin tenía trabajo. Mi suerte fue triple, pues no solo comenzaba a ingresar en mi cuenta dinero de forma regular, sino que el trabajo conseguido resultaba de mi agrado y la oficina a la que debía de acudir se encontraba muy cerca de casa. En pleno centro, concretamente el tercer piso de un edificio histórico con vistas magníficas. Si en la etapa en la que me encontraba ocioso me había acostumbrado a hacer ejercicio diario mediante los largos paseos, ahora no estaba dispuesto a renunciar a ello a pesar de que mi situación hubiese cambiado. Las caminatas seguirían dentro de mi planning. Un camino agradable de casa al trabajo. Cuarenta minutos de recorrido. Entraba a trabajar a las diez, por lo que con levantarme a las nueve menos cuarto tenía tiempo de sobra.

Cada día me las ingeniaba para no caer en la rutina, siguiendo la estrategia a la que había recurrido durante mis dos años de paro: Que el paseo no se repitiera. Es decir, improvisar cada día una senda diferente introduciendo zigzagueos, rodeos, cruces…

Un día, pasé por delante de una floristería. A mí nunca me habían interesado demasiado las flores, pero lo que me detuvo fue precisamente una de las clientes a las que divisé a través del cristal del escaparate. Una chica de pelo castaño, abundante y rizado, salpicada de pecas por todo el cuerpo, con una mirada inocente y de vestido casi tan llamativo como uno de esos centros florales que la rodeaban.

Desde ese día, olvidé mi creatividad y comencé a frecuentar aquel camino a través del cual me había encontrado a aquella mujer. A veces la encontraba de cháchara con una vecina, otras llevando las bolsas de la compra, otras esperando el autobús.

Pensaba que aquella floristería me había traído suerte al haber sido el lugar donde había visto a esa mujer por primera vez. Por eso, decidí seguir apostando por esa suerte y pregunté a la florista por esa fémina misteriosa que me tenía enamorado. Me dijo que se llamaba Luzmila y que podía encontrarla todas las noches en la puerta del número trece de aquella calle. Era prostituta.

Una noche, sin saber muy bien por qué, decidí contratar los servicios de Luzmila. No me importaba cómo, sólo quería poder intimar con ella. Luzmila cobraba bastante caro a sus clientes, lo que me daba la garantía de que se trataba de alguien especial. Yo deseaba que me viese como alguien especial, por lo que traté de hacer cuanto estuvo en mi mano para hacer de aquella noche la mejor de su vida. Conseguir que olvidase que estaba trabajando.

La empresa no fue nada fácil, pues resultó ser una persona bastante exigente. Para empezar, le propuse ir a mi piso, lo que no le hizo mucha gracia. Cuando finalmente conseguí convencerla demostrándole que aquel dormitorio al que solía llevar a sus hombres resultaba bastante antihigiénico (eso sí, lo tenía todo decorado con las flores que compraba en la floristería), hizo de nuevo uso de sus escrúpulos a la hora de entrar en mi coche. No le gustaba el olor del ambientador, me hizo quitar mi disco de Ray Charles para poner la radio. Estuve probando distintas emisoras que emitían música (pasamos por clásica, rock, salsa…) y finalmente acabamos escuchando un aburrido debate político. Al llegar a casa, me dijo que estaba cansada y que no quería subir escaleras. Yo le dije: “El ascensor no funciona” y ella entonces respondió “pues súbeme a la sillita de la reina”. Siete pisos soportando la pesada (aunque bella) carga de Luzmila.

Ya una vez arriba, lo primero que hizo (sin dejar que me repusiera) fue pedirme un vaso con whisky y soda. Después del reciente fracaso en el coche, ni se me ocurrió preguntarle si quería escuchar música.

Esperé a que se terminara la bebida y decidí entrar en faena. A ella le debió resultar que iba demasiado deprisa y me pidió un poco de conversación. Yo comenzaba a cansarme, a pesar de que mi enamoramiento seguía presente (ello me permitió seguir haciendo el imbécil un rato más). Le hablé de mi infancia en la Coruña, de mis tíos de Burgos, de mi pasado como monaguillo en la iglesia del pueblo, de mis frustrados estudios en farmacia y de mi reciclaje como repartidor de libros a domicilio. Mi última etapa en el paro me la ahorré para contarle el nuevo trabajo en una editorial de libros. Me dijo que le resultaba una biografía poco interesante, pero valoró mi talento como superviviente. Mientras esto me contaba, yo ya había comenzado a quitarle las medias y a subirle el vestido. Fue mala suerte que justamente le llegase el periodo en aquel momento. En cuestión de unos instantes comenzó a sentirse mal. Preocupado, le indiqué dónde se encontraba el baño, adonde acudió entre retorcijones y gemidos de dolor.

Luzmila fue la única mujer a la que amé bajo contrato. Fue mi única locura y, tal vez por ello, lo pagué bien caro. Al parecer, mi vida de hombre apocado no me permitía salidas de pata de banco.

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